Posiciones y apuestas de Crossing Mexico: Migration & Human Rights. (Gerardo Muñoz)

Primero, habría que decir que el evento que tuvo lugar en Princeton University bajo el título Crossing Mexico: Migration & Human Rights in the Age of Criminal Politics (pero que también se extendió a la New School of Social Research y a NYU) no fue una apuesta aislada de lo que varios de nosotros venimos pensando en los últimos años. Éste intentó abrir una escena crítico-política en torno a algunos problemas de este nuevo conflicto social y sus gramáticas que se extienden sobre los territorios de América Latina, pero cuya cartografía es hoy global.

Los que hemos venido pensado esto – los colegas Pablo Domínguez Galbraith, Jennifer Rodríguez, Jorge Quintana, Rita Segato, Rossana Reguillo, núcleos de amigos en Texas A&M, compañeros de Argentina y Chile, otros asentados en NYC o México- no ocupan ni quieren ocupar un pedestal de la hegemonía intelectual-académica contemporánea, a la cual entendemos como parte integral del reacomodo del poder simbólico en el momento de la consumación del nihilismo epocal instalado en el interior de la tardía universidad neoliberal. Situados dentro o fuera de la universidad, nos interesa lo que llamé en algún momento del congreso una posición marrana del intelecto. La tensión entre universidad y su afuera volvió con cierta recurrencia en los debates, si bien nuestra aproximación fue escasa y tímida por momentos.

En un momento en el cual la brutalidad de la universidad es explícita a todo nivel institucional- en términos de despojo, burocratización y fácil mercantilismo de ideas, precarización de la vida intelectual y sedimentación de la reacción política; continuos intentos de frustrar iniciativas que provienen desde abajo – apostamos por un tipo de intervención que busca acercarnos de manera transversal a nuestras realidades e iluminarlas, no desde el saber maestro y su suelo firme, tan común de la división del trabajo de la vida social, sino más bien desde la pregunta y el pensamiento que la coyuntura va arrojando sobre nosotros.

Esta apuesta marca nuestro límite y desacuerdo con todas las variantes de la razón criolla latinoamericana, así como de todo saber maestro, ya de por sí policial y disciplinario, de la universidad moderna constituida en su crisis no moderna, para parafrasear al homónimo libro del filósofo chileno Willy Thayer. No con esto queremos decir que la universidad no sea aun un espacio de tensiones productivas e incluso de problematizaciones al centro del abismo que nos sitúa a la palestra de una guerra global en curso y que pareciera ocupar la totalidad de eso que ingenuamente seguimos llamando “sociedad”. Solo asumimos que podemos dar una lucha y una apuesta dentro de otro tipo universidad: una universidad sin condiciones y atenta a la multiplicidad de actores, movimientos, discursos, lenguas, afectos, y pensamientos (no desde el “pluralismo” vulgar que aun esgrimen con temor las ideas del liberalismo o el más joven neo-liberalismo depredador).

Si el neoliberalismo ha podido dar su batalla desde abajo – conquistando afectos, cuerpos, y subjetividades en diversos grados de astucia y múltiples resonancias , como ha mostrado con fuerza recientemente Verónica Gago en su libro La razón neoliberal (Tinta Limón, 2015)- una conversación como la que estuvimos inmersos en los últimos días supone entender ya no solo la precariedad de las formas de vida contemporánea, sino la impotencia del poder en su fase an-árquica de acumulación cuyo tejido va elaborándose a partir de violencias expresivas sobre los cuerpos. Subrayamos esta “impotencia del poder”, puesto que las violencias que se ejecutan y diagraman sobre los territorios (desapariciones, desmembramientos, masacres masivas, nueva opacidad del poder) han dejado de pertenecer a la matriz concertada del poder, para signar una nueva forma oscura de un tipo de fuerza para la cual no tenemos nombre. Como nos ha enseñado Rita Segato, solo podemos leer el poder actual a partir de sus efectos. Nos encontramos en un nuevo “infierno” para el cual no hay Virgilio que nos acompañe.

Es obvio que toda esta novedad – “novedad” que es solo nueva en la medida en que explicita el imperi arcanum de la excepción soberana de la región, como propuso Villalobos-Ruminott – nos interpela a la vez que arruina el aparato categorial de la teoría política moderna, así como de las formas vinculantes del pensamiento “interdisciplinario” de la universidad contemporánea. No hay rigor con el cual, por lo tanto, podamos articular un mero ‘qué hacer’ vanguardista, puesto que los principios mismos de la acción y sus ontologías correspondientes han dejado de operar ante la inmanente dis-posición (o “sistematización del mundo”, digamos) del misterio de la fuerza que nos conduce hacia un nihilismo voraz de lenguas e intelectos.

Cómo hacerlo – quizás sea esa una forma mucho más modesta (que se abre hacia una relación inconmensurable más allá de todo cómputo), pero incisiva en la larga sombra que nos contiene en la insolación de un desierto global. Si al final de este evento, Segato afirmó que todo “fascismo es anti-teórico, y que la teoría es una pasión feliz” – lo que resonaba del pedido de la antropóloga frente a la crisis actual no era un abandono o retirada (patéticamente a veces entendida como suspensión de la “acción”), sino más bien un pensamiento que constantemente deshace los hilos de sus propias condiciones, puesto que ya ha dejado de hablar desde la sabiduría o la certidumbre escolástica.

Ese pensamiento salvaje y aprincipial (los términos los ha venido trabajando Alberto Moreiras y el Colectivo Infrapolitcal-Deconstruction) es el que hoy suscribimos como una modalidad para reflexionar en el interior de este infierno transitorio. Se nos hace lógico, por eso, comenzar una serie de podcasts que llamaremos “Pensamientos sin principios” que buscará seguir profundizando algunas ideas que se pudieron generar en conversación con una red de amigos, y así seguir los ecos sonoros que el evento Crossing Mexico ha conseguido instalar en la ontología del presente.

Conversación incompleta con José Valero sobre La filosofía de El Capital de Marx, de Felipe Martínez Marzoa. (Alberto Moreiras)

Moreiras: Martínez Marzoa introduce la posibilidad de la infrapolítica al decir, en la página 138 de La filosofía de El Capital, que el produccionismo científico-técnico capitalista se enfrenta a “infinidad de microoperaciones humanas contingentes.” Es decir, en última instancia, es el concepto marxiano de Krisis el que impide la consolidación total de una conformación onto-teológica (o físico-matemática) del mundo, el que por lo tanto guarda la posibilidad de una ruptura, sólo imaginable ahí, del principio de equivalencia general. La “republica democratica” como Estado moderno, fundada sobre un sistema de garantias de igualdad entendida como sistema de derecho, es la contrapartida politica de la conformacion fisico-matematica del mundo. Por eso la infrapolitica no puede sino concebirse como el intento por suspender la hegemonia misma del Estado moderno incluso en su calidad de “republica democratica.” Esta operacion de suspenso infrapolitico tiene dos dimensiones centrales: la suspension de la legitimidad (weberiana) y la suspension de la hegemonia (gramsciana). Para mi esto es enteramente consistente con la postulacion de una democracia posthegemonica como la indicacion tanto de la necesidad de “destruccion” del Estado moderno como de una nueva potencial invencion de forma-Estado. Y la bomba: el proyecto socialista de Marx (léase comunista) supone un intento conservador de salvar la modernidad de lo moderno resolviendo sus contradicciones internas: “de las dos vías por las que puede cumplirse la finitud histórica, la ‘socialista’ es precisamente aquella que no es la ‘destrucción’ abstracta de la sociedad moderna, sino la asunción del patrimonio histórico que ella representa.”

Valero: Tal como yo lo veo lo que en ese párrafo Marzoa denomina “infinidad de microoperaciones humanas contingentes” no implicaría para el mismo Marzoa una ruptura con el principio de equivalencia general, sino que es sólo aquello cuyo quedar atrás es condición de posibilidad de que aparezca la estructura de la equivalencia general (ciencia moderna-sociedad civil). En efecto se refiere al trabajo real que no entra en el espacio de lo civil sino en la medida en que puede ser considerado trabajo abstracto, esto es, en la medida en que entra en relaciones de equivalencia. Así, en Marzoa esto define únicamente el límite que constituye la especificidad histórica de la sociedad moderna. Por otra parte si lo que la infrapolítica propone es un regreso a aquellas microoperaciones humanas contingentes, entonces estaría hablando de regresar a estructuras jerárquicas definidas naturalmente, cuando es justamente ese efecto de naturalización algo a lo cual la infrapolítica habría que oponerse.

Moreiras: Verdad que Martínez Marzoa no habla de infrapolítica ni nunca se le ocurrió hacerlo. Por eso yo digo que esas frases, es decir, ese punto preciso en su discusión, “introducen la posibilidad de,” si uno quiere pensar a partir de Marzoa, más que lo que dice Marzoa. Las microoperaciones humanas contingentes e infinitas no se llevarían a su término ni consumación incluso en el caso de una exitosa dictadura del proletariado que radicalizaría las posibilidades democráticas de la igualdad. Marzoa no habla de esto, sólo insiste en que, según él, Marx no autoriza ninguna especulación al respecto en términos de una sociedad futura. Para mí no es necesario hablar de regreso alguno, como si las microoperaciones humanas contingentes e infinitas sólo pudieran pertenecer a la “sociedad moderna” o a su figura. La “naturalización” está más bien del lado de pensar que la sociedad burguesa, en su giro revolucionario, pueda agotarlas. En el límite podría pensarse–esto lo dice Marzoa, para decir a continuación que él prefiere abstenerse de pensarlo–que la consumación revolucionaria de la república democrática como dictadura del proletariado sería la integración a la totalidad planificadora de todas esas “microoperaciones contingentes,” que en el capitalismo no encuentran funcionalidad sistémica y deben quedar desechadas o condenadas a su ruina. El socialismo sería en ese sentido “conservación revolucionaria” del sentido de la modernidad. Pero Marzoa comenta también que, una vez haya triunfado el socialismo, parece abrirse otra dimensión, el “comunismo” propiamente dicho, sobre el que Marx fue no sólo abiertamente vago sino también confuso. En fin, lo que queda es que el comunismo sería un cambio ontológico necesariamente, el comienzo posible de otra figura histórica de la que por lo tanto, al no tener su idea, no podemos hablar. Pero aquí se cuela, pienso yo, una filosofía de la historia encubierta en cuanto denegada, y es esa, la de Marx, la que está buscando reducir Marzoa. Infrapolítica se cuela por el agujero de sostener que las microoperaciones contingentes en cuanto tales, es decir, no en cuanto a su forma concreta sino en cuanto a su irreducibilidad a sistema, son el lugar en el que reside la posibilidad misma de enunciar la finitud radical de la sociedad moderna como figura, pero no en cuanto finitud diacrónica, sino en cuanto finitud sincrónica. Es decir, que son irreducibles también a la dictadura del proletariado, que son por lo tanto la reserva de la diferencia ontológica.

Valero: Mi intención era señalar que esa expresión apunta de algún modo a trabajo real que es lo que aparece ausente cuando el trabajo es social (y al cuál no se retorna por ejemplo en un tránsito revolucionario en la medida en que la revolución es un elemento más en el espacio de lo civil y no algo que lo supere) Eso conduce al “imperativo de la transparencia comunicacional” y que establecería las condiciones de la producción moderna. Entonces la cuestión para mí es cómo pensar la forma república (que para mí no es lo que Negri denomina forma estado) como conjuntos de operaciones contingentes cuando justamente en el momento de su génesis ideal está asociada a la planificación de la producción, es decir, a la socialización del trabajo.

Moreiras: Claro, exacto. Desde esta operación crítica de Marzoa el neocomunismo se desvanece como operación metafísica, es decir, queda marcado como operación consumadamente onto-teológica. Por eso esa forma-república no puede pensarse como realización positiva de un intelecto general!! Para mí pensarla, y por lo mismo criticar lo propuesto por Negri, etc., es el contenido específico, político, de la noción de posthegemonía.

Valero: La cuestión además es que la contrapartida de la ciencia moderna es, antes que el Estado Moderno, el espacio civil. Así, Estado o revolución no son superaciones del espacio civil (en el sentido de que el primero la integre y el segundo la destruya) sino movimientos diacrónicos dentro de una misma estructura que es lo civil. La forma-república excede y a la vez explica los intentos de establecer garantías en un espacio de equivalencia general que es lo civil. Así surgen aparatos de gestión de la fuerza como el Estado (y específicamente en su sentido moderno) La cuestión es que no da igual un estado que otro (aunque todos sean posibilidades de una estructura) porque no todos son capaces de ofrecer los mismos sistemas de garantías (por ejemplo hay estados que en nombre de unos derechos suspenden otros tantos) a la vez que ningún Estado satura la forma república (y los que lo hacen terminan en catástrofe) porque esta es una cuestión de iure y el estado es una cuestión de facto.

Moreiras: Cierto, pero, en la explicación de Marzoa, la dictadura del proletariado zanjaría, idealmente, esos desfases del Estado moderno consigo mismo. Creo que ahí estamos muy cerca de la noción de doble registro en el Espectros de Marx de Derrida. Lo cual nos lleva a preguntar si una forma-república trans-figurada, que es lo que tendría que pensar o concebir el segundo registro (aquí hay una fuerte diferencia entre Marzoa y Derrida) todavía podría contemplar conceptos como el de sociedad civil o incluso ciudadanía. Se me ocurre que aquí la idea de plasma, de Bruno Latour, que es parte de su crítica de lo social, podría ser interesante.

‘Un pinche infierno’: sobre La fila india. (Gerardo Muñoz)

La más reciente novela del escritor mexicano Antonio Ortuño, La filia india (Océano, 2013) nos coloca al interior infernal de nuestro presente. Al decir “infernal” no recurrimos a un uso fácil de una metáfora, ni remitimos a la innumerable tropología que la literatura le ha dado a esa estación imaginaria desde La divina comedia hasta Libro del cielo y del infierno (Sur, 1960). El infierno que relata Ortuño a lo largo de su novela tiene un nombre: Santa Rita.

Este el nombre de un pueblo al sureste del territorio mexicano, pero podría ser cualquier territorio de los que hoy, en América Latina (de Guerrero al Conurbano), atraviesa y dibuja sobre el mapa un nuevo conflicto social. Santa Rita es tierra de nadie y desocupados, de maleantes y bandas criminales, de migrantes centroamericanos y burócratas de la Conami (Comisión Nacional de Migración). Pero ninguno se identifican con quienes aparentan ser, y por lo tanto ya nada es reducible a la analítica de la subjetividad. Atravesados por distintas fuerzas que imponen sus propias “razones” o “leyes”; esta vecindad descompuesta como el desierto del aburrimiento que tematiza 2666, es una región que lejos de ser “transparente” se caracteriza por nuevas gramáticas de la violencia.

Santa Rita (o La fila india, como máquina de narrar el horror) es una cartografía de los procesos an-arquicos que atraviesa la frontera sureña de México, desde la cual la porosidad entre cuerpos, capital, y muerte van dando la clave del fin de lo político en una guerra que se va desatando transversalmente. Surge la pregunta: ¿cómo narrar esa anarquía sin recurrir a la artificialidad de un nuevo intimismo o a la vieja “totalidad” caída hacia una nueva filosofía (global) de la historia?

La fila india no resuelve esa pregunta, pero si apunta a una sintomatología. En la cartografía que se traza sobre el territorio de Santa Rita – y sus espacios periféricos que emergen como espectros: las ciudades fronterizas de Estados Unidos, la frontera sur, Centroamérica –  abunda en un conflicto multivalencial plegado a varios actores y circuitos que van tramando lo que Diego Sztulwark, vía Rita Segato, ha querido llamar recientemente una nueva política de la opacidad [1].

Desde luego, no se trata de sugerir aquí que el desplazamiento hacia un nuevo exceso (y subceso) de la política pasa meramente por la una política de la oscuridad entendida como un mero “no-saber”, sino que la batalla sobre los territorios hoy son complejas matrices de guerra donde no hay demanda que pueda suplir con claridad y certeza la oscuridad a la cual es constantemente arrojada. De ahí que La filia india, que arranca con la investigación de una matanza en un albergue del pueblo, no se detenga ahí o se limite a esa experiencia como excepción. La matanza, nos van dando señales las múltiples voces de la novela, es moneda corriente de vidas que solo cuentan bajo un nuevo estatuto zoológico. Así, no hay “mapa cognitivo” ni “cartografía de lo absoluto” que valga en el interior de este nuevo desierto que diagrama la guerra global en su máxima expresión: solo hay cadáveres y la putrefacción de una afterlife de la tierra. En un momento en cual Ortuño abunda sobre la naturaleza de Santa Rita se nos da un alegato de esta condición anómica.

“…la Conami de Santa Rita florecía como los basureros con las lluvias. Me hundí en el agua, de noche, imagine la zanja, la peste a mierda y tierra, la boca llenándose de gusanos y piedras, la planta, remandado a que se movieran los que en el lindero de la muerte se agitan, como insectos, pese a tener la cabeza rota. […] En otros países se habrían quedado sentados hasta que llegara la ONU. Pero, bueno, supongo que en otros países no hubieran rematado a los niños a machetazos o a sus madres a tiros ni hubieran puesto a los hombres a pelear entre ellos para ejercer el premio de vivir unas horas más” [2].

La filia india, sin embargo, no solo nos arrastra hacia su interior el exceso del cuerpo sin redención (ese producto para el fuego y la ceniza; un infra-nivel del resto, tal y como lo ha venido pensando Pablo Domínguez Galbraith). El otro registro del infierno se nos da en la fachada misma de la burocracia de la Conami, abundante en todo tipo de gestos del aburrimiento: bostezos, miradas al vacío, silencios, susurros, voluntad de hacer y no hacer. La ‘fila india’ es el último gesto que reinstala la lógica de la amo-esclavo en el momento de la consumación burocrática del Mundo. Y así la repetición: una reiteración de los comunicados (‘una circular eterna’, cuatro en total en la novela) van dando el ritmo de una liturgia burocrática en la  transformación de la política hacia la administración de los infiernos.

Como ha visto Giorgio Agamben en Il regno e la gloria, el infierno en realidad no es más que una forma penitenciaria una vez que los Ángeles han abandonado el quehacer de la política, y que al quedar desocupados de su jerarquías, la distribución de la justicia divina deviene en manos de los demonios que ejecutan una pena eterna [3]. Ante la condena demoníaca de toda forma de vida sobre los territorios, la burocracia como anomia en la tierra solo puede operar a través de una relación promiscua con la esfera del derecho que pone en suspenso y crisis el estatuto mismo de la ética. Y por consecuencia también de lo forense y de la vida social. Así nos dice la funcionaria:

“Los periodistas solidarios también comían, necesitaban premios y becas y algunos temas iban a desarrollos y otros no….La ética de hacer lo que se pueda hasta donde se pueda, identidad punto por punto a la del resto de nosotros. Cruzaban por la frontera los pollos porque podían, los robaban, golpeaban, y violaban por lo mismo pero, a cambio, nadie intervenía porque no, porno como iba a ser. Eso no”. [4]

Las instituciones burocráticas que administran la nueva condición infernal del mundo tan solo encarnan una ética de “hacer tan solo nos permita nuestro poder” (que siempre, claro, termina siendo poco). Y solo queda la voluntad de voluntades como última extracción de lo humano, puesto que su potencia ha sido destruida y finalizada. Un humanismo ínfimo como puesta en escena de la praxis. Hacer y dejar ser, lo cual supone a lo largo de la novela, dejar morir.

Como en Los migrantes que no importan (Sur+, 2010), esa notable crónica del periodista Oscar Martínez sobre las vidas en la “bestia” (marca del ángel caído, además), la zona que ocupa Santa Rita es un campo de guerra donde la astucia del poder encuentra su mayor grado de concreción en los cuerpos vejados y marcados por violaciones, torturas, y extorsiones. La presencia de lo demoniaco ya no aparece en forma figural de una bestia, sino sobre el curso bélico que instala una serie de huéspedes extraños (así le llamó Carl Schmitt a Hitler) como apóstatas de un nuevo reino sin forma (katechon) [5]. Es esa la condición post-formal que Luna brutalmente le relata a la burócrata de la Conami como si fuese una pintura de Grunewald:

“le narró historias sobre migrantes crucificadas en postes de luz, cuerpos sin cabeza, cabezas sin lengua y dedos sin falanges, mujeres a las que les habían sacado para afuera todo lo que tuvieron dentro y hombre as lo que les habían metido todo lo que tuvieron fuera” [5 152].

La llamada violencia expresiva que estudia la sociología hoy en la región (pensemos aquí en los importantes trabajos de Rita Segato, Rossana Reguillo, o Pilar Calveiro) apunta a un nuevo tipo de escritura corporal más allá de lo propio, y por lo tanto inconsecuente con la división entre víctimas y asesinos de la política moderna, ya que esto supondría la naturalización de una forma (gestalt) puesta en crisis en el interior mismo de la guerra encarnada como exceso sobre los cuerpos mutilados y vaciados en la oscuridad del paisaje global [6].

Esta violencia desborda los parámetros de la crueldad establecidos en la co-pertenencia entre injuria y castigo – tal y como lo ha problematizado Jacques Derrida en su seminario The Dealth Penalty (University of Chicago, 2014) para entender las tramas entre violencia y soberanía. Santa Rita en La filia india, como Santa Teresa en 2666, es una nueva localización hiperbólica de un ‘pinche infierno’ que atraviesa, desde ya, el vasto habitar del mundo. Un mundo desnudo de su capacidad de horizonte y forma.

 

 

Notas

  1. Diego Sztulwark. “La opacidad del presente político”. (Clinamen, Radio La Mar en Coche, Marzo de 2015). http://ciudadclinamen.blogspot.com/2015/03/la-opacidad-del-presente-politico.html
  1. Antonio Ortuño. La fila india. 121.
  1. Giorgio Agamben. Il Regno e la Gloria. Il Regno e la Gloria: Per una genealogia teologica dell’economia e del governo. Neri Pozza, 2007.
  1. Antonio Ortuño. La fila india. 128
  1. Carl Schmitt en Glossarium sugiere que Hitler fue un ‘huésped extraño’ que, desde el corazón de la era de era de Holderlin, terminó ocupado el interior de la forma (gestalt) de la cultura alemana, dotándola de una “forma extraña” o fin de la forma.
  1. Alberto Moreiras ha sugerido que este nuevo tipo exceso de violencia y crueldad marca una región externa a la forma clásica de lo político. Ver su “An example of infrapolitics”, una glosa sobre Cruel Modernity (Duke, 2013) de Jean Franco. https://infrapolitica.wordpress.com/2014/09/18/an-example-of-infrapolitics-by-alberto-moreiras/

Seminar Notes on Felipe Martínez Marzoa, Heidegger y su tiempo (Madrid: Akal, 1999). (Alberto Moreiras)

First Note: Heidegger’s time=our time. The time of reading remains the time of writing.   This can be said of Heidegger’s work but not of Hegel’s or Nietzsche’s.   But it can be said on the basis of Heidegger’s own thought. It is Heidegger’s thought that reveals or unconceals a state of affairs—but this state of affairs is the state of affairs out there, in the world out there, with things themselves, with the thing as it is.   Heidegger’s thought is the unconcealment of a temporal state of affairs that is still ours.   The state of affairs is: our time, and Heidegger’s time, is the unlimited and unqualified, de-qualified time of being.   Heidegger’s thought is, on the one hand, the determination, in the sense of unconcealment, of a particular state of affairs with being (unlimited, de-qualified). On the other hand, the meditation on it: if so, what of it?   How do we relate to what relates to us fundamentally, how do we dwell in unlimited and dequalified time, how do we survive our belonging to it, if it is a matter of surviving, of not simply falling for it?   We assume that it is a matter of surviving it on the notion that time as unlimited and dequalified is historical, that is, that it has come to be, that it is not eternal and fixed—it therefore has an outside, there is an outside of the time that fundamentally determines our belonging.   Keeping the question open regarding such an outside—that is Heidegger`s thought, and there is, there would be nothing else to it but that.   It is a simple thing. If time is historical, there would be, and there would have been, another time . . . Being is the referent of that fundamental, and abyssal, frameless frame=the history of being is history as such.

[We could say: deconstruction is a working out of that state of affairs, essentially the thought that the state of affairs exceeds or subceeds the state of affairs, that there is always something that escapes. As to infrapolitics, it comes to the same: if, precisely, the time of unlimited and dequalified time is also the time in which, for the first time, one can say that everything is political, that everything is politics, if politics has now become one with the state of affairs of time as it is, if politics, at the time of the completion of metaphysics as the metaphysics of subjectivity, exhausts the horizon of time, and time exhausts the horizon of politics, then infrapolitics is only the simple claim that there is an excess, or sub-cess, that there is an outside to politics, an otherwise than political when politics is nothing but the implementation of unlimited and dequalified time. And that is a simple thought that, however, calls for a task: the task of an alternative understanding of the time of life. Perhaps infrapolitics, vis-à-vis Heidegger’s work or the task of deconstruction, is only its turn towards the thought of the time of life—which is not the time of work, and is not the time of the subject.]

(Note from Jorge Alvarez Yagüez: El tiempo del cumplimiento de la metafísica es el tiempo de la “techné”, no el de “polítiké”. Esta desaparece justamente por el recubrimiento de todo por aquella, la política se convierte en “gestión”, que es el modus técnico en la esfera en que se mueve. La extensión (e intensión) planetaria de lo técnico pone todo a disposición del sujeto, que al mismo tiempo adopta formas de relación consigo y con los otros de carácter técnico (estratégicas, calculísticas), su propia subjetividad, todo é, sensible y cognitivamente, es colonizado por aquello que coloniza. La forma que impone al mundo se le impone a sí. El momento de desaparición de lo político es paradójicamente el momento de su posible potenciación, toda vez que esa disponibilidad universal demanda una decisión compartida guiada por el interés de la polis, el de lo común. Y ahí entra la infrapolítica, en una doble tarea: 1) la de rescatar lo político sobre lo técnico; reivindicación de lo político 2) la de debilitar lo político mismo (este es su lado”infra”, en el sentido de inferiorizar, menoscabar) en la nedida en que este se asuma aun como forma del imperio de la subjetividad. Es posible que esto segundo no pueda ser cumplido sino dando lugar a una forma nueva ya no catalogable como “política” (ni siquiera en el sentido de la contraposición entre lo político y la política), pues esta no sea susceptible de superar su condición moderna. Y tal intento demanda otro manera de pensar, otro modo de pensamiento, que no puede ser sino, al mismo tiempo, otra forma de vida, y un modo en que pensamiento y acción (uso, inoperosità, praxis pura ??) vengan a fundirse.)

Second Note: There is a thing, or the thing, but we cannot be certain that we have access to it. There is the thing, it can always escape. By the same token, we may have access to it.   Let us bracket for the moment the thing that is only certain. Every other thing is also uncertain.   But it is a curious uncertainty, because of every thing we can say there is a possible certainty, even if we miss it.   In other words, there is a position of certainty for every thing in the context of everything else. This mote of dust is here (or it is not): if it is here, our certainty is correct. If it is not here, then we must revise our position regarding every thing else as well. (Hegel: the universe itself would be destroyed if a mote of dust in it could be destroyed: everything is interdependent.)   But this means, if we are properly certain of one thing, then we are properly certain of every thing else: we have access to the ens unicum, also called, the subiectum, the what of every thing.   The ens unicum, the subiectum, the what of everything, that thing of which things can be predicated (a cat is . . . an animal), opens the thought that the ens unicum is also the ens totum, the totality, the one-all.   This is metaphysics, but not any metaphysics. This notion of the thing, die Sache, re, to pragma, is itself historical. The thing as explained is modern metaphysics, certainly Hegel’s.

So the question is about the question. If the thing ends up in the one-all, this has to do with the nature of the fundamental question behind it.   We don’t ask about what we already know, we ask about what is somehow distant.

Modern metaphysics reveals itself as a distance from the thing which is at the same time a distance with the totality of things.   We ask about the thing because the thing has vanished or sunk, the ens unicum is distant, and so is the one-all.

But of course even here we find a difference between the type of distance to things that turns them all into an “indefinite, neutral, aconceptual, merely quantitative multiplicity”—this would already be the vulgar version of modern metaphysics, what would be ordinary or prephilosophical.   And the philosophical determination of the question of the being of beings in modernity. Both are certainly related, but there is a difference between them. If nothing else, this difference is the very alibi of modern metaphysics (and science, and politics, etc.): a disparaging reference to a vulgar understanding that does not rise to the level of a concept with which, otherwise, it is perfecty compatible (in a vulgar manner). [We need only point out to the difference between actually existing communism and its idea, or actually existing democracy and its idea, or actually existing religion and its idea, etc.]

So modern metaphysics is already the symptom of a loss, of an uprooting (“desarraigo o pérdida o desapego”) (we ask about what is no longer ours). But there is no turning back to the moment prior to it. The loss is all there is. Understanding that is assuming the distance, understanding the distance as loss, the loss as distance.   The one-all as unlimited continuum is loss. Every thing from now on would be an arbitrary, gratuitous cut in the continuum, every thing is just as good as any thing else—things are de-qualified [and general equivalence, which is the same thing as indifferent difference, reigns].

“La pérdida no es sino la propia comparecencia de aquello que se pierde; ello mismo acontece perdiéndose, su tener lugar es su escaparse,” “el zapato es en verdad zapato sólo mientras no es aquello de lo que se trata, es decir, mientras simplemente caminamos seguros.”

Being therefore means not just presence, but also and inseparably that which in presence has been left behind.

Third Note: We call that double sense “ontological difference.”   In a precise phenomenological sense: what is is ontic. The ontic prompts a question—the question makes us move towards . . . something that will not be found, because it is not itself ontic (and only ontic things can be found).   This is a tearing, a “desgarro.” There is this and there is the fact that this this is already a loss. When I say cat I kill the cat, when I say shoe I kill the shoe.

How can one, then, thematize the ontological difference without killing the ontological difference? [Is this not the fundamental question of what we are calling infrapolitics?]

Modern metaphysics has always already solved that question, appealing to the non-vulgar understanding of the being of beings as one-all, unlimited continuum, the absolute.   “La cuestión de cómo hay que entender y pensar para que se pueda estar en efecto reconociendo la exigencia de totalidad es, en este espacio, la peculiar versión de la diferencia ontológica; claro que no es la cuestión ontológica, pero precisamente por eso en cierta manera sí, porque no es la omisión estéril de esa cuestión, sino justamente la marca de ausencia de la misma, a saber, el que la cuestión del ser ya es expresamente sólo posible como cuestión de lo ente uno y total, el que la cuestión ontológica ha derivado en cuestión óntico-total . . . la cuestión óntico-total sólo es posible como derivación o marca de ausencia de la cuestión ontológica.”

There is therefore a peculiar mode of saying, of Saying, in modern metaphysics, just defined. But—is there an alternative Saying? Is there a Saying that could say the ontological difference without covering it over as the ontic-total vs. the particular thing?   There is always a “sense” of the questioning, and the question about that “sense” is the question about a particular kind of Saying.

Could the poet be the fellow who can Say the ontological difference without killing the ontological difference?

Fourth Note: But who is the poet? Is the poet just . . . the poet?   Or do we invert the definition and we talk about the thinker of ontological difference as the poet?   Poet= whoever can Say the difference, that is, say the difference without killing it. So, it is not in any case a matter of the poet being poetic and casually hitting, through her or his innate genius or poetic talent, whatever escapes the metaphysical taming, the withdrawal of Being as such in its articulation with its presencing.   We could even say that, as Willy put it in a recent comment, the last thing we need are poetic poets—they are just as bad as authentic authentics or musical musicians (they always end up whistling Bulgarian wedding tunes in any case, pachan pachan).   So perhaps we can say that there is a problem as to “the poet” in Heidegger, concretely regarding the question “what is a poet supposed to Say?” Because it is the Saying that makes the poet, not the other way around (this may not be so for right Heideggerianism, where a nationalist poet might qualify as the Namer of Being.)   Is Cecil Taylor a poet, in the Heideggerian sense?   Is Cezanne a poet in the Heideggerian sense?   Perhaps the answer is yes.   But then Lope de Vega may not be a poet, Espronceda may not be a poet, Neruda may not be a poet—mere amateurs.

Which brings us to Hölderlin.   Heidegger depends on Hölderlin in a way, says Martínez Marzoa, that cannot be limited to the dependence of a thinker on a poet.   Why? Because Hölderlin, who was a member of the Jena Circle, that is, a friend of Schelling and Hegel, understood something crucial (that very thing that Kant may also have understood but pulled away from, according to Kant and the Problem of Metaphysics)—it was so crucial that could and would have put German Transcendental Idealism on its head.   It has to do with the fact that the ens unicum, the interdependence of the thing with the one-all, the belonging of the thing to the unlimited continuum of timespace, means that the thing is subordinate to the one-all, that what truly is is the one-all, that a thing is only insofar as it is subsumed into the one-all.   The one-all is therefore the self-positing of everything, the subjectum of everything. And this is what German Idealism would have called the ego, I, the subject. The subject is the substance. This is the moment in modernity that begins the completion of metaphysics (Nietzsche will take one more step and so forth).   The self-positing of being as substance is the moment of maximum withdrawal of the ontological difference, the moment of the triumph of Being as Presence.   But, through the extreme absence of the question of the difference, the question of the difference returns as maximum presence, in the same way that only places from which even the ghosts have departed can be full of ghosts.

Hölderlin would have understood that, which is that in Hölderlin that drastically attracts Heidegger. But we don´t have the time to see how Hölderlin processes such an understanding through his poetry—except to say that it has something to do with Greece. Why?

Hölderlin understood, and stated, that in the apotheosic absolute self-positing of metaphysical modernity something “queda atrás,” is left behind, withdraws, and sinks into concealment.   Modernity refuses to understand that, and sees in its very refusal, in its “clearing of the ground,” a radical “absence of prejudice” which is consistent and compatible with the general indifferentiation of things into the unlimited continuum.   It is clear that the unlimited continuum is not historically new—it had been posited in the Hellenistic period. But, at that time, it was considered a state of affairs pertaining to the world of appearances, which could only be made consistent through theology (onto-theology). Modernity does away, in regards to the unlimited continuum, with the notion that things are inconsistent, that the world of appearances is only illusion. It posits its own understanding as final—prejudice-free empirical materialism, which of course does not preempt the belief in ontotheological spirit as well.

Another way of saying that: it is not the absence of the question of the ontological difference that identifies modernity, rather it is the fact that the absence has become principial, constitutive, grounding.   And this started with Hellenism, that is, after Aristotle. Aristotle is still a thinker for whom the ontological difference counted as a problem that had to be dealt with. Hellenism has already dealt with it, has already made its own solution “obvious,” and that dealing launches the history of modernity as the history of a forgetting.

So, Greece, and Greece also for Hölderlin and in Hölderlin’s work, is the historical name for the moment in which our history begins. How does it begin? Politically: “Que el juego que siempre se está jugando pretenda hacerse relevante él mismo, eso es lo que llamamos la pólis, no doctrinas acerca de la pólis, sino precisamente la pólis misma; y el que esa relevancia sea a la vez la pérdida podría decirse exponiendo cómo la pólis perece no por el ataque de los bárbaros, sino precisamente porque se sostiene.”

So Greece is the name of that historical beginning whose examination may help us remember the dual face of being, the ontological difference, also in or starting from, the political realm.   Why should we do this? Because our time, our modernity, our completion of the loss and the forgetting, our plight of having forgotten the plight itself, makes itself noted.   It is simple: if there is a problem you cannot solve, study the problem—historically.

Fifth Note: So who is the poet? And what is a poet? It just so happens those are not Greek notions, they are Hellenistic. In Greece proper we find no word for poets, or poem, or poetry.   What we have there is a notion of an excellent Saying.   And the Saying was excellent also in the sense that it was preeminent—not as it is the case with us, in which there is an objective, normative Saying, which is precisely not poetry.

So in Greece there is an excellent Saying that is excellent because it achieves relevance and preeminence.   In what sense?   In the sense of the ontological difference: “la excelencia del decir comporta . . . el que lo que lo que siempre ya queda atrás tienda a hacerse ello mismo relevante de alguna manera. . . . en el decir excelente, el decir, diciendo en todo caso las cosas, esta y aquella y la otra cosa, a la vez permanece especialmente enganchado en el decir mismo como tal.

The Saying of the poet is the saying of the ontological difference.   Excellent Saying says beings in reference to Being.

And was that not precisely what Dasein is supposed to accomplish as Dasein, that is, insofar as Dasein remains authentically as Dasein instead of letting itself be covered over by the inauthenticity of a false saying? If Dasein has it in itself to access Being, that is, to be responsible to the call of Being, if the voice of conscience, which calls to Being, is precisely the constant reminder of ontological difference as such, beyond the thrownness into the midst of beings, the Saying that corresponds to that is . . . Saying.

Can we get its possibility back from historical forgetting at the time of the full completion of metaphysical onto-theology as technology?

Sixth Note: The unlimited continuum is the unlimited continuity of the now—it is secondary (if it were not secondary, there could not be things, since a thing always implies a limit), it only operates on the (primary) absence of the question of sense (which is also the question of the ontological difference).

Dasein wonders about sense, because Dasein wonders about its own limit—being means limit. The affirmation of the limit is also at the same time the questioning of the unlimited continuum.   But Dasein’s limit is: death.   The anticipation of death is both the questioning of the unlimited continuum, the realization that it is secondary, and the priority of another temporality, a temporality that, as coming from the future, embeds the question of the ontological difference.   Time is already the ontological difference, and points to it. Time breaks time.

In the mood of the unlimited continuum, however, time does not break, it simply fails. Why? Because the one-all has no opposite, nothing is its opposite. And if the one-all confronts nothing, it does not take place. Nietzsche realized this. Hence his Doctrine of Eternal Return is his attempt—the last doctrine of metaphysics—to guard time from itself, that is, from its own failure—in the metaphysical mode, although inverted.

We talk about Hegel and Nietzsche, but the situation they reflect, the situation their thoughts reflect, is the general situation, that is, it also applies, for instance, to the State, and to everything else. Which means that the time of the end of metaphysics is also the time of the completion of the State, hence of the end of the State, the time of the end of ontotheological politics, etc.

But Heidegger has left few indications to take his thought into realms alternative to the philosophical tradition, particularly as regards the political sphere, civil society, and the like. And yet we can say: “la posición del Estado con respecto a la cuestión ontológica es la que hemos atribuido a la ciencia en sentido fuerte; por así decir: él es un problema ontológico, e incluso se basa en que haya quedado atrás la cuestión ontológica, pero no es él mismo ontología.”

The scientist, the statesman or politician, the poet—they eventuate truth in different ways.   The thinker is not the poet or the artist: if the latter two Say the truth, the thinker interprets it. The thinker is the hermeneutist, the reader.

But this means, for the thinker: the thinker can only read the unthought in the thought, that is, the thinker can only read what appears insofar as it is lost; what appears withdrawing, in withdrawal.   Everything else is, today, merely culture, and cultural industry.

[Understanding history, understanding the event of history—if this is all that is left, at the end of the pathway, for Heidegger in Martínez Marzoa’s interpretation, and if we claim Heidegger as an important guide towards infrapolitics, the question comes up: is infrapolitical reflection merely, and nothing but, a mere understanding of history, a mere dwelling in the errancy of history, a mere freeing of the hermeneutical relation? And yes is the only possible answer—which does not make it any easier.]

Hugo Ball y la ratio teológica-política. (Gerardo Muñoz)

En los últimos años han sido publicadas casi simultáneamente dos traducciones (al castellano y al inglés) fundamentales de Hugo Ball. No se trata de obras de su trabajo mejor conocido; aquella escritura ligada a los años del Cabaret Voltaire y a la efervescencia de la vanguardia DADA, sino más bien de ensayos políticos y culturales, en los cuales se da cuenta de una figura cardinal de lo que Michael Hollerich ha llamado el espíritu del «catolicismo anti-liberal de la República de Weimar» [1]. Tanto Dios tras dada (Berenice, 2013) como el número 146 (Otoño 2013) de la revista October recogen la extensa reseña que hiciera Ball del pensamiento de Carl Schmitt hacia la década del veinte.

Para ser más exacto, se trata de una reseña publicada en la importante publicación católica Hochland sobre el mes de Abril de 1924. Fuera de un interés propiamente filológico, la recuperación de esta extensa nota de Ball es fundamental, como intentaremos apuntar, por varias razones que explicitan no solo la unidad teórica del pensamiento de Schmitt en contexto, sino algo más sobre la discusión en torno a la teología política. En este sentido, este comentario sigue una recomendación hecha recientemente por José Luís Villacañas, para quien el pensamiento político contemporáneo pareciera aún gravitar sobre el horizonte de Schmitt. En su reverso, también pudiéramos afirmar que el pensamiento político a-principial (y la infrapolítica en la medida en que ésta constituye una respuesta en común a la crisis del nihilismo epocal) merita una comprensión detenida y laboriosa sobre las múltiples formas en que se despliega el schmittianismo a través de sus críticos y compañeros de ruta.

La reseña de Ball es, claramente, más que una reseña, ya que logra poner en diálogo distintos momentos del pensamiento de Schmitt, y de esta forma dar coherencia entre los pasadizos de Romanticismo Político a La Dictadura, de Teología Política a Catolicismo y forma política. Si bien Ball ignora los primeros textos de Schmitt – aquellos que versan sobre el problema de la culpa y el individuo en el derecho – su analítica parte del momento en que Schmitt trabaja sobre el espacio del pensamiento político tout court. Esta no es una cuestión unidimensional, puesto que inteligentemente Ball ya nota cómo dentro de ese campo referencial del “pensamiento político”, Schmitt se posiciona como un “jurista” (es decir, sus consecuencias son estrictamente jurídicas), y el principio de razón se inserta directamente en la tradición católica.

Toda crítica al schmittianismo, por lo tanto, tiene que atender muy detenidamente los desplazamientos y vericuetos por lo que Schmitt se mueve entre esas tres esferas de articulación reflexiva. No por azar, Leo Strauss en su conocido comentario sobre El concepto de lo político, también se percatara de la división de las esferas propia  del pensamiento de Schmitt, hasta llegar a decir que su pensamiento aun se encontraba bajo el signo de la modernidad liberal [2]. Ball, a diferencia de Strauss, es mucho más generoso, aunque no apele a la discusión de la división de las esferas de Schmitt. Para Ball, curiosamente, el pensamiento de Schmitt tiene como confrontación no la modernidad in toto, en tanto problema abstracto europeo, sino la cuestión del Romanticismo. De ahí que ponga el Politische Romantik (1919) como condición a toda elaboración posterior en torno al decisionismo y el soberano, la dictadura y la autoridad axiomática del derecho. Ball lee esa primera monografía de Schmitt, crítica del pensamiento “teología sin decisión” de Adam Muller y al espíritu alemán del diecinueve, como la puesta en escena de la “bancarrota culturalista del culto extravagante del genio” [3].

Los románticos, para Schmitt, encarnaban una nueva religión basada en el evangelio personalista del “genio”. Un genio que aun cuando queriendo hablar de política (pensemos aquí en “La necesidad de la fundación teología de toda política”, de Muller), no logra ofrecer más que un lirismo filosófico sin la decisión concreta que exigen los nuevos tiempos de la mecanización estatal. Digamos que, en la versión revisionista (aunque esta sería la fundacional) sobre Schmitt, la caída hacia el nihilismo epocal no estaría ceñida en un momento ligado a la simple “liberalización del mundo” – aunque cierto es que el romanticismo alemán no era ajeno al liberalismo en su esencia – sino a una poetización (dichtung) que el romanticismo aportaba a través de la fabricación del vaciamiento de una actividad subjetiva encarnada en la figura del demiurgo individualista.

El espíritu del genialismus para Schmitt, a diferencia de Heidegger, estaba íntimamente arraigado al nombre de Hölderlin. Pero si para Heidegger, el dichter representaba la esencia del Ser en el poema alemán (la proximidad de la lengua alemana al “olvido griego”); para Schmitt lo alemán había que encontrarlo en la lengua de Theodor Daubler y Konrad Weiss, esto es, en la lengua católica post-expresionista. El problema con el “genio romántico”, por lo tanto, no es que carezca de “teología” en el pasaje hacia la modernización secular, sino que su teología permanece vaciada de todo decisionismo, co-implicada en el momento de la ironía que había quedado plegada a la gran “Era de Goethe”, aunque también al momento del 900 vienés, tal y como lo ha estudiado Cacciari en Dallo Steinhof :prospettive viennesi del primo Novecento (1980).

La “teología romántica alemana”, por lo tanto, no fue más que un paisajismo iluminado y superficial que idealizaba la belleza de la Edad Media suprimiendo la concreción del presente político. De ahí que, como nos dice Ball, el trabajo posterior a Romanticismo Político Schmitt se dedicara estrictamente a responder a la “teología del genio alemán” leyendo el pensamiento ultramontano de Bonald, Donoso Cortés, y De Maistre. A diferencia de un retorno bucólico a la Edad Media, lo que busca Schmitt en las figuras de la “contra-revolución” es la entrada de la soberanía o del dictador, una vez que la Iglesia ya ha dejado de constituir “concretamente” su poder katechontico en el mundo. En este punto, encontramos un doble movimiento en el pensamiento teológico-político de Schmitt, puesto que su intento analítico es reconciliar la “fuerza irracional” de la Iglesia con el “racionalismo” de la autoridad soberana. De ahí que, como matiza el propio Ball, Schmitt se mueve entre el racionalismo y el irracionalismo, desmarcándose tanto del romanticismo del “genio”, así como del nuevo mito “irracional” que propagaba Georges Sorel desde la izquierda en esos años.

Contra la “clase discutidora” del parlamentarismo democrático y el genio (subjetivización), Schmitt propone la decisión dictatorial. Si bien se trata, como distingue con la figura de Oliver Cromwell, de una decisión que en tanto tal aparece legitimidad desde la esfera del derecho y de la autoridad de la Iglesia. Dicho de otra forma: no puede haber dictador que no sea católico, y no puede haber catolicismo que no esté arraigado en el derecho. Esa transferencia es el origen del decisionismo legalista schmittiano. Solo a partir de esas dos condiciones es que podemos comprender cómo la mutante morfología dictatorial radica en la esfera del derecho.

Ha sido José Luís Villacañas quien, en un estudio reciente ha notado cómo el Schmitt posterior a 1945, en Glossarium, reposiciona críticamente su obra como producto de cierta cultura del genio (genialismus) alemán del 900, y no en la genealogía de la metafísica de la soberanía de la época del barroco (de Bodin a Hobbes). José Luís ha escrito sobre la entrada de la época del genio:

« ¿Pero cómo fue posible que esta época se impusiera? Como fue posible alcanzar mediante el Estado este simulacro de la Iglesia. ¿Cómo fue posible interpretar la mera visibilidad como unidad de ser, idea y poder? ¿Cómo se dotó a lo visible de tal naturaleza? Más allá de aquellos héroes del siglo XIX, iniciadores de esta corriente, Schmitt dejó constancia de que el verdadero fundador del Genialismus alemán había sido Hölderlin. Su descubrimiento fue una revolución cultural que acabó transformando las categorías de la política. Ese paso se dio alrededor de 1900 y significó ante todo dejar atrás la edad dominada por Goethe. Este hecho transformó toda la gramática de la vida cultural » [4]

No sé hasta qué punto pudiéramos decir que la época del 900 de la “Alemania Secreta” encarnada en el grupo de George fuera una continuación de lo que Ball alerta como la hegemonía de la cultural del genio del romanticismo alemán. Más importante es notar, me parece, cómo el pasaje del “sujeto del genio romántico” al personalismo decisionista de Schmitt es constitutivo de un mismo momento del “genialismus” en la medida en que genera la visibilidad y la excepción de un mecanicismo sin fin (como el cine que Villacañas llama la atención bajo la “Welfoffentichkeit”, la co-pertenencia entre la mentira y lo diabólico). Me interesa notar, como hipótesis, que el genio romántico es lo que deviene en la cultura del 900, y más precisamente en el pensamiento de Schmitt, bajo el concepto de “persona” que explicita Ball. Y como nos dice el autor de Flametti, no hay decisión si no hay ya un concepto de persona:

« El concepto de personalidad en la obra de Schmitt cobra un interés mayor en cada uno de sus libros. Es una actitud escatológica católica, para cuya comprensión recomiendo un breve libro del español Miguel de Unamuno. La relación entre persona y realidad, o estado y forma de la ley, es prácticamente la esencia de Teología Política. Una dictadura es impensable sin una personalidad e igualmente impersonal sin una representación digna de valor. Así como no hay forma sin decisión, no es posible la decisión sin una persona que decida. Según Schmitt, la persona no puede pensar fuera de la forma absolutista de la jurisdicción: en el sentido propio del sujeto encontramos el problema de la forma jurídica » [5].

Si la ‘persona en concreto’ es la condición de toda decisión soberana, esto implica la necesidad de homologar derecho (jurisprudencia) y teología (católica) como principio unitario de la ratio formal del derecho. En efecto, el matiz más interesante del texto de Ball radica justamente en ese momento en donde se muestra que la “razón de Iglesia” se encuentra por encima de la razón de Estado. Una ratio teológica-política que es, antes que nada, una razón fáctica e inmanente de la esfera del derecho. Escribe Ball:

« Ratio en Latin, significa no solo razón” (Vernunft) sino también explicación, “medida”, “derecho”, y “método”. Ratio es, en buena medida, la explicación de la naturaleza de un fenómeno, así como el sentido general de su organización (Einrichtung). Dicho esto, la ratio por naturaleza presupone el concepto de reprsentatio que denota el hacer presente (Vergegenwartigung) a través de su figuración…» [6].

La ratio es el núcleo secreto de la decisión que hace visible el cuerpo místico de la iglesia, y para Ball, quien por estos años ya había escrito su libro sobre los íconos bizantinos Byzantinisches Christentum. Drei Heiligenleben (1923), la invisibilidad de los santos y ángeles que acompañan la santa comunidad. La ratio se opone a la representatio del cálculo moderno, pero aun depende y ejecuta su poder a partir de la “persona”; invención del derecho jurídico romano, como bien supo ver Simon Weil en su conocido “La persona y lo sagrado”. El fenómeno de la persona funciona de esta manera en el pensamiento dictatorial de Schmitt en dos registros:

1. como aplicación o transformación de la teoría del genio alemán romántica, a la vez que intenta superarla via la cancelación de toda subjetividad abstracta o idealista.

2. como suelo “legal” por donde legitimar la excepción soberana más allá del principio anárquico del poder o la fuerza dogmática de la iglesia (más bien el dogma si entra pero solo en la medida en que es posterior a la ley).

Es fundamental entender aquí que la esencia de la Iglesia Católica para Schmitt no es culturalista ni moral, sino el aparato de la consumación de la jurisprudencia romana. Y es a través la persona que la mediación concreta (Vergegenwartigung) de su legítima razón (ratio) puede ocurrir. Así, la esfera del derecho y la legitimidad eclesiástica constituyen un círculo hermenéutico en el centro del pensamiento schmittiano.

Si esta lectura vis-a-vis Hugo Ball es correcta, lo que se nos exige es la profundización de una crítica de la operación efectiva del derecho, para tomar el concepto de Villalobos-Ruminott, y deshacer la relación entre derecho y persona, haciendo posible la pregunta por la “vida” más allá de las categorías principiales de lo político.

Schmitt fue muy consciente de la importancia de la interpretación de Ball a su primera etapa intelectual, a tal punto de reconocer que, junto a Leo Strauss o Ernst Junger, el poeta de DADA había acertado en colocar Romanticismo Político en el centro de sus preocupaciones y haber captado su esencia. En un congreso que tuvo lugar en Plettenberg en 1970, Schmitt recordaba aquella reseña de 1924 junto a una fraseología de Ball sobre el “Ser” como “forma de la consciencia en el tiempo”.

Es, otra vez, la cuestión de la ratio y la persona, como dos conceptos que Schmitt interpretó a su manera cuando se describió hacia la década del 50 como un “Epimeteo Cristiano”. Pero es muy probable que haya sido Ball quien acentuara la imagen del último Schmitt sobre sí mismo:

« Dunque, che cosa rimane? Non mi va di criticarlo, vorrei capirlo, e a dire il vero proprio per un autentico amore, non solo per amicizia e stima nei suoi confronti. Puo anche aver fatto della mia persona cio che voleva, questo non cambia nulla. Ora sono vecchio abbastanza per saper valutare in certa misura il significato di Ball per noi tutti. E stato proprio lui, del resto, a dire di me la cosa piu bella che sia mai stata detta in segno di lode e riconoscimento. Ha detto di me: «Nella forma di coscienza [Gewissensform] della sua attitudine vive il proprio tempo » Una frase meravigliosa in ogni dettaglio, forse non lo si nota a prima vista. « Nella forma di coscienza della sua attitudine vive il proprio tempo »: prendo questa frase come riconoscimento nei miei confronti. La forza significante di questa frase e ancora pi grande della bellezza stilistica che si sente quando la si legge o anche quando la si ascolta » [7]

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Notas

1. Michael Hollrich. « Catholic Anti-Liberalism in Weimar: Political Theology and its Critics”, en The Weimar Moment: Liberalism, Political Theology, and Law (ed. Leonard V. Kaplan). Lexington Books, 2012. 17-47

2. Leo Strauss. “Notes on Carl Schmitt, The Concept of the Political”, en Heinrich Meier, Carl Schmitt and Leo Strauss: the hidden dialogue, University of Chicago Press, 1995. p.90-120.

3. Hugo Ball. “Carl Schmitt’s Political Theology”. October, 146, Fall 2013. (La traducción al castellano es mía).

4. José Luís Villacañas. “Carl Schmitt: una autocrítica”. (ponencia inédita). Leída en el marco de Infrapolítica / Poshegemonía/ Literatura, Universidad Complutense, Verano 2014.

5. Hugo Ball. “Carl Schmitt’s Political Theology. p.84

6. Ibid. p.89.

7. Carl Schmitt. « Coloquio Su Hugo Ball », en Carl Schmitt: un giurista davanti a se stesso (ed. Giorgio Agamben). Neri Pozza, 2005. p. 149.

Krisis, proceso sin juicio: sobre Pilato y Jesús, de Giorgio Agamben. (Gerardo Muñoz)

Agamben Pilate Jesus 2015El más reciente ensayo de Giorgio Agamben publicado en inglés, Pilate and Jesus (Stanford University Press, 2015) es una exégesis microscópica en torno a una sola escena: el juicio de Jesús en manos de Poncio Pilato. Aunque más allá de una mera exploración erudita en torno a unos de los episodios más relevantes de la historia de Occidente, para Agamben se trata de comprender las consecuencias decisivas – en la esfera de la teología política, la filosofía de la historia, el pensamiento – de ese encuentro que se da a través de dos bematas (púlpito del juez en hebreo: בּימה) y que a su vez representan las dos formas diametralmente opuestas del Reino: el terrenal y el divino, el temporal y el eterno, el romano y el de los cielos. Es en ese momento donde se juega, en el origen mismo de la cristología occidental, no solo el estatuto del derecho, sino también la verdad en la inmediatez de dos lenguas.

Además de mostrar la diversidad exégetica con la que la hermenéutica bíblica ha tratado la enigmática figura de Pilato (desde las minuciosas prosodias del evangelio de Juan, pasando por la integración de la “economía de la salvación” en las apologéticas de Bonaventure y Karl Barth; el problema de la legitimidad y la justicia en los argumentos de Dante y Pascal hasta la interpretación anti-valorativa de Nietzsche sobre la ‘verdad’), lo que llama la atención Agamben de este momento ‘principial teológico-político’ es que su desarrollo solo es legible si se le ubica como proceso judicial, esto es, como krisis. La krisis, en griego, denomina no solo el “juicio”, sino que etimológicamente también se inscribe en el campo semántico de krino que significa ambas cosas, “separar” y “decidir”.

Por lo que la krisis no solo signa el desenvolvimiento mismo del proceso judicial, sino también la decisión de ‘enjuiciar’ (someter al proceso), a la manera del “último juicio” (en hemrai kriseos). Pero más importante aún es el sentido de la krisis en términos médicos, puesto que designa el momento en que un doctor debe anunciar el diagnóstico sobre la evolución de la enfermedad de un paciente. No es por azar que, en la conocida obra de Mijail Bulgakov, Pilato se dirija a Jesús como un “doctor de los milagros”. Como tampoco es coincidencia que en la discusión contemporánea, la krisis designe el momento en que los burócratas de las finanzas se dirijan a la economía en términos estrictamente médicos (la “salud” en nombre del “cuidado” de las fuerzas invisibles de la oikodicea, tal y como lo ha llamado recientemente Joseph Vogl).

Pero el encuentro Pilato-Jesús es aun más complejo, puesto que se trata de un proceso que carece propiamente de un juicio. Y esto se formula en dos formas: ni Pilato es capaz de “enjuiciar” a Jesús bajo la lex Julia del Imperio Romano, ni Jesucristo reconoce la legitimidad del Reino que establece el vicario del Cesar (ya que su Reino es “de otro mundo”). Por lo que, argumenta Agamben, “los dos reinos que se encuentran cara a cara pero no llegan a ninguna conclusión. No queda claro quien juzga a quien; si es el juez del poder terrenal o quien se vuelve juez a través de la injuria pero que representa el reino de otro mundo” [1].

Esta doble interrupción entre dos tiempos inscriben en Occidente el arche de toda tradición anfibológica que divide entre lo espiritual y lo humano, el tiempo eterno y el profano, lo invisible y lo visible, Dios y el hombre. Y si bien Agamben no lo explicita, esas son las formas que atraviesan tanto el pensamiento escolástico occidental, así como el dualismo racionalista que va de Descartes a Badiou.

Si la krisis termina en una indeterminación sin juicio, ¿qué es finalmente lo que le ocurre a Jesús? Sobre esta pregunta, Agamben decide atender al multivalente concepto de paradosis – intraducible en muchos sentidos – pero que significa algo así como “la entrega”, pero que también implica “la tradición”. Entregarse a la tradición es la acción que recoge la krisis sin juicio. En otras palabras, de la misma manera que Pilato “entrega” a Jesús a los oficiales para su ejecución; Jesús se entrega al Padre, a los Judíos, y a Judas con el aporético fin de una salvación-destrucción de la que inscribe su propia entrega (si bien no como “resto” en el sentido paulino). Esta “entrega” no solo es la signatura excepcionalista del encuentro de Jesús-Pilato, sino también la que define la ley, a la manera de K, quien en la famosa novela es “entregado” al “misterio del proceso” sin haber sido enjuiciado o condenado en ningún momento del desarrollo de su caso. Es ahí que las palabras que dan cierre al Der Prozess (1925) cobran un sentido decisivo: “fue como si la vergüenza le hubiera sobrevivido”.

Pero dejando a un lado al proceso al cual regresaremos en un momento, lo que se juega en la instanciación de la krisis no es otra cosa que la pregunta por el nihilismo en tanto transmisión de toda tradición. Es decir, no se trata de comprender la “tradición” en un sentido banal de “transmisión cultural ” o “tradicionalismo reaccionario”, sino de las formas comunes del pensamiento en el interior de su “crisis”. Y aquí es imposible no dejar de pensar cómo Agamben silenciosamente está respondiendo al libro Krisis, Sabio sulla crisi del pensiero negativo da Nietzsche a Wittgenstein (Feltrinelli, 1976) de Massimo Cacciari. Escribe Agamben en lo que considero el momento decisivo del ensayo:

“En el papel de prefecto de Judea y del juicio, krisis que pronuncia Pilato no se inscribe en economía de la salvación como instrumento pasivo, sino como un personaje real de un drama histórico, no carente de pasiones y dudas, caprichos y escrúpulos. Con el juicio de Pilato, la historicidad irrumpe en la economía y suspende el mismo acto de la “entrega”. La krisis histórica es también, y sobre todo, una crisis de la “tradición. Esto significa que el concepto cristiano de historicidad en tanto ejecución de la economía divina de la salvación debe ser reexaminado” [2].

Para Agamben, obviamente, no se trata de reinstalar un nuevo formalismo de la tradición en nombre de la tachadura de la krisis ni mucho menos revivir una trama oculta de la tradición cristiana, sino de volver inoperante el decionismo constitutivo en el arche cristológico de la teología-política y su cesura entre tiempo profano y tiempo celestial. Ya que es bajo el nombre de la krisis que opera la maquinaria de la filosofía de la historia. La tarea futura del pensamiento es desactivar y suspender el “permanente estado de crisis” [3].

Esto resuena en un presente que, signado por la consumación del nihilismo epocal, opera bajo la activación perpetua del decisión-making de la matriz política-económica global. De ahí que si la esfera política en los tiempos que corren genera un permanente “estado de excepción”; la llamada “crisis contemporánea” lejos de ser un fenómeno nuevo, expone la visibilidad del principio de krisis entre un ‘indeciso Pilato’ que decide infinitamente sobre los asuntos de la tierra y un Jesús que ya no consta de decisión alguna.

Si en cada uno de sus libros Agamben confronta un pensador epigonal de la Modernidad (Foucault en Homo Sacer, Schmitt en Estado de excepción, Peterson en El Reino y la Gloria), Pilato y Jesús es un diálogo frontal con el jurista italiano Salvatore Satta, quien en Il mistero del processo (1949) fue el primero en notar la correspondencia asimétrica entre ‘proceso’ y búsqueda de Justicia. Y aunque el proyecto de Homo Sacer ha llegado a su culminación con Stasis y L’uso dei corpi, la reducción del pensamiento destructivo de lo político en Agamben merita una incursión profunda con la esfera del derecho en la medida en que ésta supone el ‘misterio’ de la ley sobre la vida.

La indeterminación de la krisis cristológica es, por lo tanto, el núcleo secreto del misterio del proceso que hace imposible la tarea de la Justicia. Aquí el argumento de Pilato y Jesús resuena directamente con el otro ensayo reciente de Agamben, “Mysterium Burocraticum”, donde la figura de Adolf Eichmann es tomada como la ‘voluntad de voluntades’ de la ruina ética-política moderna [4]. Una ruina que, según afirmara Arendt en su reporte, es un efecto de la modestia como valor [6]. Pero solo encarando ese “misterio” somos capaces de imaginar otra forma política de aquello que aun no tiene nombre, pero que se nos guarda como un secreto.

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Notas

  1. Giorgio Agamben. Pilate and Jesus. 37. (La traducción del texto de Agamben al castellano es mía).
  1. Ibíd. 30.
  1. Aunque Agamben explícitamente afirma hacia el final de su ensayo que las dos formas del historicismo en la modernidad son “proceso” y “juicio”. Sería fundamental pensar si en términos de la temporalidad de la historia no ocurre una dualidad similar. Pienso, en especifico, en el argumento sobre las dos temporalidades modernas (el eterno retorno y el tiempo homogéneo vacío) en el trabajo de próxima aparición de Jaime Rodríguez Matos, The Writing of the Formless: Revolution, Religion and the End of Times (Fordham University Press, forthcoming).
  1. En “Mysterium Burocraticum”, incluido en Il fouco e il racconto (Nottetempo, 2014), Agamben escribe: “mysterium burocraticum e, allora, I’estrema com- memorazione dell’antropogenesi, dell’atto immemo- rabile attraverso cui il vivente, parlando, e diventato uomo, si e legato alia lingua. Per questo esso concerne tanto I’uomo ordinario che il poeta, tanto il sapiente che I’ignorante, tanto la vittima che il carnefice. E per questo il processo e sempre in corso, perche I’uomo non cessa di diventare umano e di restate inumano, di entrare e uscire dall’umanita. Non smette, doe, di accusarsi e di pretendersi innocente, di dichiararsi, come Eichmann, pronto a impiccarsi in pubblico e, tuttavia, innocente di fronte alia legge. E finche I’uo­ mo non riuscira a venire a capo del suo mistero – del mistero del linguaggio e della colpa, doe, in verita, del suo essere e non essere ancora umano, del suo es­ sere o non essere piu animale – il Giudizio, in cui egli e insieme giudice e imputato, non cessera di essere aggiornato, continuamente ripetera il suo non liquet” (23).
  1. Hannah Arendt quien notó por primera vez la figuración “pilatiana” de Eichmann en su Eichmann in Jerusalem (Penguin, 2006): “At that moment, I sensed a kind of Pontius Pilate feeling, for I felt free of all guilt”. Who was he to judge? Who was he “to have his own thoughts in this matter”? Well, he was neither the first nor the last to be ruined by modesty” (112).

Deconstruction, not a good word. (Alberto Moreiras)

It should not be surprising that Jacques Derrida’s “Letter to a Japanese Friend,” dated 1983, has some connections to Martin Heidegger’s “A Dialogue on Language Between a Japanese and an Inquirer,” published in 1959.   Pablo Domínguez Galbraith said a few weeks ago that, in his opinion, Derrida in fact takes explicit distance from Heidegger in a few of his lines, when he says “I would not even dare to say, following a Heideggerian schema, that we are in an ‘epoch’ of being-in-deconstruction, of a being-in-deconstruction that would manifest or dissimulate itself at one and the same time in other ‘epochs.’   This thought of ‘epochs’ and especially that of a gathering of the destiny of being and of the unity of its destination or its dispersions . . . will never be very convincing” (4).   But distance is a form of relation.

What is at stake in the Derridean letter to his Japanese friend?   Apparently a definition of deconstruction, since it is the demand for a “schematic and preliminary reflection on the word ‘deconstruction’” that prompts it.   The definition will not come: “What deconstruction is not? Everything of course! What is deconstruction? Nothing of course!” (5).   Which leads Derrida to say that, therefore, deconstruction must not be a good word (“bon mot,” 5).   It can be or could have been “of service” (5) in the European languages “in a highly determined situation,” that is, historically speaking (5). But translation may have more to say, particularly as “translation is [not] a secondary and derived event in relation to an original language or text” (5).   Derrida then goes on to say that the Japanese translator, the “friend,” may be able to find a “more beautiful” word (5).   And, in his last lines, hints, merely, that translation, as a “writing of the other,” is of the order of the poem (5).   This is, then, the “positive” contribution of the letter, responding to the demand of the friend that Derrida’s reflection should “avoid, if possible, a negative determination of its [deconstruction’s] significations or connotations” (1).

But there is a little more, starting with the notion that, even in French, there is a shadowy (“somber,” 1) gap between the ostensible meaning of the word and its “usage itself, the reserves of the word” (1).   How did it come about? Derrida tells us that the word came to him by itself at the time of Of Grammatology, as he was trying to translate the Heideggerian “Destruktion or Abbau” (1), for an operation “bearing on the structure or traditional architecture of the fundamental concepts of ontology or Western metaphysics” (1). The models or regions of meaning provided by the archive of the French language were only models for it—and they in fact “have been behind a number of misunderstandings about the concept and word of ‘deconstruction’ because of the temptation to reduce it to these models” (1).   Against those models, Derrida invokes the “use value” of the term as he has been using it (1).

So, yes, at the time of structuralism, it seemed important to rehearse an “antistructuralist gesture” (2): “Structures were to be undone, decomposed, desedimented” (2). “But the undoing, decomposing, and desedimenting of structures, in a certain sense more historical than the structuralist movement it called into question, was not a negative operation. Rather than destroying, it was also necessary to understand how an ‘ensemble’ was constituted it and to reconstruct it to this end” (3).

The perceived negativity was hard to erase, particularly as one realized that deconstruction could not propose itself as an “analysis” (“the dismantling of a structure is not a regression toward a simple element, toward an indissoluble origin” [3]) or as a “critique:” “the instance of krinein or of krisis (decision, choice, judgment, discernment) is itself, as is all the apparatus of transcendental critique, one of the essential ‘themes’ or ‘objects’ of deconstruction” (3).   And the same can be said about “method” (3), which has the pleasant/unpleasant corollary that deconstruction, therefore, is not a methodology for reading and interpretation and can therefore not be “reappropriated and domesticated by academic institutions” (3).   Neither analysis nor critique nor method, it is also not an “act or an operation” (3), because there is something more passive about it than the passivity that is opposed to activity and because it does not return to an “individual or collective subject” (3). The most that can be said, therefore, is that deconstruction happens, there is deconstruction, ca se déconstruit, and the “se” “bears the whole enigma” (4).

If there is “that,” ca, then there is deconstruction. And that is one thing. But there is one other thing, and “all my essays are attempts to have it out with this formidable question” (4). This is the question of deconstruction’s timeliness or modernity or contemporaneity—and here is where Derrida introduces his “distance” from Heidegger.   Right after it there comes what I think is the single most important determination of the use value of “deconstruction” in this text: “It is therefore only a discourse or rather a writing that can make up for the incapacity of the word to be equal to a ‘thought’” (4). This is rather enigmatic, and Derrida does not elaborate on it at all. What is this “thought” that hover beyond the word?

So, let me suggest that the thought that there is a thought that hovers beyond the word organizes in this text the proper distance from the Heideggerian “Dialogue on Language.” Which is also very much a relation.

Let me attempt a few brief indications—I have to give up in advance on the pretense of doing justice to the later Heidegger’s text.   It is one of the texts where something like a cosmopolitical perspective insinuates itself in the Heideggerian oeuvre. And let me say it right out, but tentatively: Heidegger’s cosmopolitanism would here be organized around the notion that there is some incapacity of the word to be equal to a possible thought.

The Japanese visitor is a student of Count Shuzo Kuki’s, one of Heidegger’s Japanese students in the early 1920’s.   They rememorate the fact that many conversation with Kuki revolved around the Japanese word Iki. The word “incapacity” shows up in the second page. According to the Japanese, the encounter with European thinking has brought to light “a certain incapacity in [Japanese] language” (2).   Because Japanese would be deprived of a certain power to produce concepts.   The Inquirer is skeptical about the claim and refers to an inconspicuous “danger” that emerges through the very claim, but is left unspecified for the time being.   What is said is that the danger is embedded in the dialogue, on the basis of the fact that the near-impossibility of translation shows up in it, but also remains concealed. The Inquirer says, “I do not yet see whether what I am trying to think of as the nature of language is also adequate for the nature of the Eastasian language; whether in the end, which would also be the beginning, a nature of language can reach the thinking experience, a nature which would offer the assurance that European-Western saying and Eastasian saying will enter into dialogue such that in it there sings something that wells up from a single source” (8).   The question, the question that remains, is therefore whether a single thought can come into language, or whether language, in and through its very multiplicity, will remain incapable of reaching it.

Hermeneutics has everything to do with this, as defined: “the art of understanding rightly another man’s language” (11). The example of Iki comes up again. What is Iki? Can a non-Japanese grasp Iki through a European language?   Or is that word, and other words such as Ku and Iro, inevitably destined to be betrayed by the metaphysical structuration of the European language?   The danger is then that, in dialogue and through dialogue, the very possibility of saying “that of which we are speaking” be destroyed—and it is a danger that is only increased by what the Inquirer calls “the complete Europeanization of the earth and of man” (15).   Kurosawa’s Rashomon is now discussed as another example of dangerous translation, since, on the one hand, says the Japanese, Rashomon is a symptom of the fact that “regardless of what the aesthetic quality of a Japanese film may turn out to be, the mere fact that our world is set forth in the frame of a film forces that world into the sphere of what you call objectness. The photographic objectification is already a consequene of the ever wider outreach of Europeanization” (17), and on the other hand, there are in the film inconspicuous gestures that point in the direction of something other than Western.   But how can such gestures be discussed?

A brief discussion of gestures in No plays seems to take a step forward, as they are said to be a “gathering which originally unites within itself what we bear to it and what it bears to us” (19), in such a way that the gesture, “so gathered, bears itself to encounter emptiness in such a way that in and through it the mountains appear” (19).    But is this mention of emptiness not similar to what the Inquirer attempted to describe as “nothingness, that essential being which we attempt to add in our thinking, as the other, to all that is present and absent” (19)?   If so, this is a nothingness that a Japanese could never understand as “nihilistic” (19).   At this point in the conversation the notion of an “overcoming metaphysics” comes up to be described as neither a destruction nor a denial, but rather “an original appropriation” (20).

The danger of a dialogue, and the danger of language, is always to opt out of the concealed original appropriation, the concealed essence or nature of language.   How would the Japanese refer to language?   Is there a Japanese word that can express the appropriation of language, the ‘thought’ of language?   If so, as a word about essence, in terms of language, it would not refer to anything linguistic. Languate cannot represent language—and this is a limit where the danger conceals itself. Conceptual representation is not adequate to a manifestation of the nature of language—perhaps only gestures or “hints” will do. Perhaps only hinting at the nature of language is possible (24). Perhaps a word “is a hint, and not a sign in the sense of mere signification” (27).   And a hint of what?   The ontological difference, here called the “two-fold,” the “ambiguity of Being” as Being and beings, is perhaps already hinted at in the Japanese’s words: “And while I was translating, I often felt as though I were wandering back and forth between two different language realities, such that at moments a radiance shone on me which let me sense that the wellspring of reality from which those two fundamentally different languages arise was the same” (24).

Perhaps language, or a thoughtful reflection on language, can only aspire to produce tidings of that sameness—we may want to call it hermeneutics if we are to say that “language defines the hermeneutic relation” (30) as the relation of human nature to the two-fold.   “But the word ‘relation’ does want to say that man, in his very being, is in demand, is needed, that he, as the being he is, belongs within a needfulness which claims him” (32). This is the needfulness of the two-fold, which aims to be preserved. But can this needfulness be represented?   It can only be “used” (33). “The two-fold is not an object of mental representation, but is the sway of usage” (33).   Usage names the “originarily familiar,” which, the Japanese tells the Inquirer, “is what your thinking pursues” (33).

This “originarily familiar”—“our dialogues speaks historically precisely in its attempt to reflect on the nature of language” (34)–, would it not be what the Japanese must strive for? “Professor Tanabe,” says the Japanese, “often came back to a question you once put to him: why it was that we Japanese did not call back to mind the venerable beginnings of our own thinking, instead of chasing ever more greedily after the latest news in European philosophy” (37). The question can then be turned to the Inquirer regarding his own interest in the Greeks.   If the Japanese must turn to their venerable beginnings, says the Inquirer, “our thinking today is charged with the task to think what the Greeks have thought in an even more Greek manner” (39), which seems impossible, but has a plausible twist, or a twist of plausibility: it has to do with thinking the unthought of the Greeks, and “to see it so is in its own way Greek, and yet in respect of what it sees is no longer, is never again, Greek” (39).

The unthought of a thinking is the concealment of the two-fold, the non-appearance of appearance. “In the source of appearance, something comes towards man that hold the two-fold of presence and present beings” (40).   It is a “voice,” the “almost imperceptible promise announcing that we would be set free into the open” (41).   Heeding that voice implies a “transformation of thinking,” to be understood as “a passage . . . in which one site is left behind in favor of another . . . and that requires that the sites be placed in discussion. One site is metaphysics. And the other? We leave it without a name” (42).

Can we then speak of Iki not aesthetically, that is, metaphysically, but on the other trail?   Let us venture that Iki might be grace, or the gracious. Iki is a hint of the two-fold, “the message of the veiling that opens up” (44).

What about Koto ba, as the Japanese word for the non-linguistic essence of language? Is it also graciousness? Would there be a connection with the Sophoclean “charis,” which is also called “tiktousa—that which brings forward and forth” (46). As Dichten and tikton say the same, “graciousness is itself poetical, is itself what really makes poetry, the welling-up of the message of the two-fold’s unconcealment” (46).   Yes, there would be, as Koto ba refers to the “petals that stem” from “the happening of the lightening message of the graciousness that brings forth” (47).

We would now have to find a Western word that could match Koto ba, that could establish a relation and a dialogue with Koto ba. The word is Saying, as “let appear and let shine, but in the manner of hinting” (47), “the beginning of that path which takes us back out of merely metaphysical representations, to where we heed the hints of that message whose proper bearers we would want to become” (48).

But it is a beginning, and it still guards a danger. The danger is, Saying cannot be a word “about” language, because “speaking about language turns language almost inevitably into a concept” (50). Saying speaks from out of language not about language.   But this means, saying could only be a dialogue (51), a “saying correspondence” (52) in usage.

So that there can be dialogue.

Can there be?   Deconstruction may not be a good word for it. But it can be used. And it can be used in order to let the “se” of se déconstruit come into its own. That “se” is the mark of the two-fold, of ontological difference, of a transformation in favor of a passivity anterior to the difference between passivity and activity, an originary passivity that breaks, graciously, into poetical (or infrapolitical) dwelling. It is, in other words, a matter of translating, through dialogue, the untranslatable—historical thought, for the sake of cosmopolitical “appropriation.” Or, if the word “appropriation” “will never be very convincing,” perhaps we should stick to the more modest “transformation” as a mere passage to another site.

Nota a propósito del libro de Peter Trawny, Heidegger et l´antisémitisme, Seuil, Paris, 2014.

La tesis central del libro de Trawny es que en los Hefte el antisemitismo se inscribe en la Historia del ser. Tesis que yo diría no viene aquí sino a confirmarse, pues no es esta la primera vez que se nos ofrece. Es una interpretación conocida que en Heidegger lejos de haber un corte estricto respecto de sus querencias políticas de la experiencia del rectorado, lo que se da posteriormente es un elaborado trabajo de ocultamiento de esas posiciones siendo retomadas en un nivel de abstracción en que el judaísmo se convierte en la quintaesencia de lo que otras figuras ya expresaban. El americanismo, la democracia, el bolchevismo, el imperialismo, el nazismo, digamos, “desviado”, actores todos ellos, sonámbulos, del cumplimiento de la metafísica en su última etapa de la tecnología. Los judíos encarnan en estos Cuadernos la “racionalización y tecnificación”, “la maquinación”, el “desarraigo” (Entwurzelung, Bodenlosigkeit), la “ausencia de mundo”, “pérdida de la historia”, el “subjetivismo de los Tiempos Modernos”, en fin, todo aquello que significa la decadencia de una civilización, de Occidente; muy particularmente lo que impide al “pueblo” alemán, a su “raza”, realizar aquello a que está llamada: un “nuevo comienzo”. La depuración -el término “purificación” es muy frecuente en esos escritos- de ese elemento infectante es mero corolario. No se puede hacer frente a lo uno (maquinación) sin lo otro (depuración de los judíos).
Un pensamiento que sabe calar en este devenir civilizatorio ha de estar preparado para lo más terrible; en 1941 Heidegger anota que el proceso de superación puede exigir los más graves acontecimientos, un “último acto” en que se vea “la tierra estallar y la humanidad actual desaparecer”, lo que ante una mirada penetrante no será “una desgracia, sino la primera purificación del ser de su más profunda desfiguración por la predominancia del ente” (40) Lo que aparece en los Cuadernos, son las claves, por momentos tabernarias – con evocación inevitable del panfleto Los protocolos de los Sabios de Sión -, de esa ontoteología, las que emocionalmente, en su cotidianidad, harían entender la gran filosofía a los profanos, y que a la postre serviría de justificación a su autor.

Ni que decir tiene que con estos Cuadernos queda absolutamente demolida la tesis de un Heidegger no antisemita (Safranski), de un hombre que incluso en los momentos de mayor compromiso con el nazismo se distanciaba del antisemitismo vulgar de sus mamporreros colegas de partido; por momentos ni siquiera se puede hablar de una diferencia de estilo, pues lo que por un lado se disimula en la ontología se desvela en la expresión sincera de lo que puede escucharse a micrófono cerrado (“judería mundial”, “los judíos”, “judaidad”, “raza”, nómadas semitas…).
La raza judía aparece definida por una estar en el mundo, por una forma de pensamiento, tiene, se nos dice, un “don particularmente acentuado para el cálculo”- una expresión que apenas disimula el tópico del apego al dinero del semita; lo que era consignado por la época en que se quemaba la sinagoga de Friburgo, se hacían destrozos en el cementerio judío de la ciudad, y se deportaba a varios cientos al campo de Dachau. El “cálculo”, esta “racionalidad vacía” sería la forma de pensamiento que mejor conviene al omniabarcante imperio de la tecnificación del mundo, y que hace que las más graves decisiones que exige el futuro sean «inaccesibles a esta “raza”».
Justamente aquí, por sorprendente que pueda parecer a hermenéutas más finos, habría que hallar la razón última de por qué Husserl, aun a pesar de su valor, “no alcance de ningún modo el dominio de las decisiones esenciales”, y su fenomenología recaiga en la tradición, en el neokantismo y el hegelianismo formal, en el olvido de la cuestión del ser. El judaísmo es la ceguera del maestro, el calculismo vinculado al racionalismo de los judíos ha sido un límite insalvable para él. Pero el ataque a su maestro como tal, apenas importaba a Heidegger, pues en él se jugaba mucho más, no era una cuestión de personas: “El ataque funda un momento histórico para la decisión suprema entre el primado del ente y el fundamento de la verdad del ser” (52). La “decisión suprema” no se jugaba solo en el plano de la teoría, ciertamente. Es evidente que aquí de la decisión de que se trata es de la Entscheidung schmittiana. Al fin, la hostilidad entre los judíos y el pueblo alemán debe ser comprendida ontológicamente, como encarnando dos “principios raciales” opuestos, uno el del cálculo, el otro el del que está en las vías del pensamiento meditativo y es fiel a su suelo, a su tierra. ¿No era esto lo que, en definitiva, delimitaba la división amigo/enemigo? Heidegger extrae las consecuencias para el devenir de la Ontoteología de la concepción política schmittiana. Y no cabe duda de que la decisión puede implicar desagradables efectos; el más que cauto y extracomedido Trawny, es lo suficientemente ecuánime para afirmar cosas como esta: “no podrá excluirse nunca que pudiera tener por necesaria la violencia contra los judíos” (28).
Ahora aparece a otra luz aquel excusador “cuando un hombre piensa a lo grande se equivoca a lo grande”. El error no habría sido otro que dar crédito a una especie de nazismo inauténtico, el pensar, al ver, desde su ventana, al Führer pasar, que éste era la encarnación del Espíritu, del “nuevo comienzo”, ese que la filosofía heideggeriana, confundida una vez más con la marcha de la Historia, revelaba. Ya se sabe, Alemania sería la heredera de Grecia, solo su lengua como otrora la griega podían dar acogida al ser. “Solo el alemán puede poetizar y decir de nuevo el ser de manera original – solo él llegará a conquistar la esencia de la theôría y a crear finalmente la lógica” escribe en sus Cuadernos en 1938 (43). Ese era el gran mito, que él no tenía por tal, en el que todo cabía ser dispuesto. Según Trawny esta construcción es esencialmente lo que llevó a Heidegger al compromiso nazi (46)). Heidegger habría creído en un “nazismo espiritual”, que distinguía del “nacional-socialismo vulgar” – expresiones de los Cuadernos. Su equivocación fue creer que aquel empezaba a plasmarse; eran aquellos momentos en los que hablaba de “la verdad y grandeza internas de este movimiento” (Introducción a la metafísica). Más tarde, escaladas ya las alturas de la historia del ser, se daría cuenta de que el mismo nazismo no era sino una figura más en el complejo cumplimiento de la metafísica. ¿Habrá pues que esperar otro momento auroral? Heidegger no corrige, entonces, nada en lo esencial, no era aquel el movimiento esperado; ha sido un problema óptico; la gran decisión aun está por tomarse. ¿Con sus purificaciones?.
Todo se transmuta en categoría, perteneciente al devenir ontológico, y así adquiere otro cariz. Ante los signos de la derrota de la Guerra, el necesario “nuevo comienzo” será reinterpretado como caída, el momento trágico del proceso de salvación, parte necesaria del complejo Ereignis.
Y también aparece a otra luz, su silencio sobre Auschwitz. Habría que decir que no fue sino silencio en la “esfera pública”, que él, por otra parte, tan consecuentemente -tan anti-kantianamente-, despreciaba (recordemos aquello de “la dictadura de la publicidad”) pues por lo bajo rumiaba su justificación, “a lo grande”.
Entendiendo en claves de la historia del ser las luchas de la época, toda posición de asunción de responsabilidades aparecería como ejemplo de incomprensión, cuando no de antropomorfismo naif. ¡Qué se le va a hacer si el decurso del Ser en la historia es antisemita!. La marcha de las categorías sustrae a los hombres de toda carga moral individual. Mientras Heidegger podía restituir a Nietzsche al destino de la metafísica por mucho que le pesara al filósofo del martillo -no sin tomar de él acaso lo mejor que late en su propio pensamiento- sí podía simpatizar o sumarse pasionalmente a sus invectivas antisemitas, sirviéndose al tiempo del aristocratísimo situarse más allá de bien y de mal.

Como tantas veces en la historia de la interpretación, no cabe otro camino que leer a Heidegger en contra de sí mismo; pero también el de ser muy consciente de que una de las lecturas es la que él mismo hace de sí, nada es unívoco. Es muy posible que tras la categorías heideggerianas esté toda esta experiencia; que, por ejemplo, el “ser arrojado” del Dasein se entienda en claves de referido a una tierra concreta, a un suelo al que ha de serle fiel si no quiere caer en la inautenticidad… ; la mejor plasmación de esa categoría podría verla su autor en ciertos impulsos del movimiento nacional-socialista. Evidentemente de ese humus la categoría se distancia y transciende, lo que hace que otro pueda leerla al margen de él, y también de la plasmación que veía su autor, pero tampoco podrá negar la coherencia de este.
La infrapolítica ha de ser una contestación a la metapolítica como forma política que no se reconoce como tal al disimularse bajo la especie de ontología. La infra, mira desde abajo, es desconfiada y acecha al enano que mueve los hilos del muñeco.

(Nota: todos los términos entrecomillados y citas, salvo cuando se especifica otra cosa, son de Heidegger, pertenecen a los Cuadernos excepto la correspondiente, como se indica, a la Introducción a la Metafísica)

Fascist Historicality. (Alberto Moreiras)

The reference in the blog entry below to “there is no non-somnambulic hero of thought that can claim infrapolitical sovereignty” is a negative reference to #25 (“Historicality and Being) in Heidegger’s Contributions to Philosophy. (Of the Event.).  This paragraph seems to me a very clear and explicit articulation of the notion of inceptual thinking in Heidegger with fascism; henceforth, one of the passages that our project needs to counter.  Notice Heidegger’s thorough biopoliticization of politics, and then the claim of a totally other space for the masters.  And the masters are those who would make it possible for the political process of drastic uprooting for the sake of a new rootedness (a clear reference to the brutality of Nazi power, endorsed) to result in a proper thorough transformation of what he would in other places call “the essence of the human:”

“Historicality here grasped as one truth, the clearing-concealing of being as such.  Inceptual thinking as historical, i.e., as co-grounding history in compliant disposability.”

“Sovereignty over the masses who have become free (i.e., groundless and self-serving) must be erected and sustained with the shackles of ‘organization.’  In this way can what is thereby ‘organized’ grow back in its original ground, so that what is of the masses is not simply controlled but transformed?  Does this possibility have any prospects at all, given the increasing ‘artificiality’ of life, which facilitates and by itself organizes that ‘freedom’ of the masses, that arbitrary accessibility of everything for everyone?  No one, however, should undervalue resistance to the inexorable uprooting, calling a halt to it;  indeed, that is what must happen first. Yet would that guarantee the transformation of the uprootedness into a rootedness, and above all would the means necessary for such an action guarantee this transformation?”

“Still another sovereignty is needed here, one that is concealed and restrained and that for a long time will be sparse and quiet.  Here the future ones must be prepared, those who create in being itself new locations out of which a constancy in the strife of earth and world will eventuate again.”

“Both forms of sovereignty, though fundamentally different, must be willed and simultaneously affirmed by those who know.  Here at the same time is a truth in which the essence of beyng is surmised: in beyng there essentially occurs a fissure into the highest uniqueness and the flattest commonality.”   (I do not know–I do not have the German original–whether the word fissure is Riss.  If so, then it ain’t just a fissure, also a relation of sorts opens up, which would be a fascist one indeed. If it is Zerklüftung, then the question remains as to what Heidegger meant by fissure between “those who know” and the common ones in need of a new rootedness.)

IDC Genealogy and Projections. (Alberto Moreiras)

If the project of the Infrapolitical Deconstruction Collective has a common genealogy, and it must have it, although it is lived differently by every one of its members, we could probably find it in themes that have been developing since the late 1990s. They would be: the necessary destruction of the general cultural studies paradigm, a critique of the history of the left, including the so-called academic left, a dissatisfaction with dominant theoretical paradigms in the larger field of the humanities and in the smaller field of the Latin Americanist humanities, including subalternism, a critique of the neoliberal turn in the university as such, and, finally, a critique of so-called North American deconstruction.  I would myself propose that all of these negative or critical predispositions developed in the wake of a certain congenital marranismo, understood as the interesting side of the Hispanic intellectual and existential tradition.

And yet IDC means to insist on, and to continue to let itself be inflected by, a tradition of thought marked by the Heideggerian scheme concerning the history of being/end of metaphysics/end of epochal history/end of principial thought.   The former list of genealogical conditions should make it abundantly clear that it was never our intention to be in favor of any particular valorization (or de-valorization) of particular historico-cultural horizons or specific human profiles.  Indeed the notion of value, or any form of cultural value, was denounced by some of us as incompatible with a subalternist approach even at its most superficial.   Our marranismo had a few teeth, but not to chew on the exaltation or denigration of any form of human life: letting-be was our fundamental political position, from which every critique sprang.

The ongoing publication of Heidegger’s Black Notebooks makes it clearer than it ever has been–there is now no doubt that Heidegger was also an anti-Semite, and not just merely some sort of idealistic or deluded or merely opportunistic Nazi–that our project must also affirm a radical anti-Heideggerianism as well.   If the Heideggerian scheme on the history of being, which is very much a variation of the Hegelian one, hence it pertains to the history of thought as we know it, cannot be renounced tout court, and can only be engaged thoughtfully, the explicit, intentional undertones revealed by the Black Notebooks suggesting an “ontic” or “existentiell” plunge into both anti-Semitism and an overvaluation of “German” destiny in the preparation of the inceptual thought of the Other Beginning must be rejected not just in themselves, but also as master tropology for any kind of alternative cultural-historical valorization.   IDC must affirm the radical suspension of any cultural-historical valorization as principial thought, which, as principial thought, would always already be committed to hegemonic power and hegemonic accomplishment.

The Heideggerian thematics of the end of epochal history can only be referred by us to the end of the hegemonic/sacrificial structuration of history and historical life.  IDC articulates itself as a renunciation of power as principial force from an idea of an-archy whose foundations can be traced back to Heidegger as well, mediated by Emmanuel Levinas and Reiner Schürmann among others.

There is then a practical question in terms of how to read the Heideggerian text, which is at the same time the text of the end of metaphysics.   Given Heidegger`s own use of the tropology of “destruction,” it might not be appropriate to imagine our own reading of Heidegger as a practice of destruction (just as it would seem dubious to claim that one wants to undertake a deconstruction of Derridean deconstruction).   But “critique” seems to fall short as well.  We have been trying out the notion of “demetaphorization” in the wake of the recent publication of Derrida’s 1964 seminar on Heidegger and the Questions of History and Being.   We have used its corollary, “de-figuration.”  Catherine Malabou’s book on Heidegger (Le change Heidegger) also insists on a “third incision” in the Heideggerian wake having to do with desymbolization as a new practice or imagination of the real.   The object of all of this would be to arrest the very possibility of either of the two false exits from the Heideggerian schematic structuration: the rupture of the principle of general equivalence in favor of an alternative ontic or existentiell hierarchization; or the philosophico-artistic (or poetic) pretension that a refoundation or historial re-inauguration can be prepared by the thinkers or the poets, “the future ones” from Contributions to Philosophy.   IDC does not favorably hierarchize the labor of thinking or poetizing because it refuses to hierarchize values.  There is no non-somnambulic hero of thought that can claim infrapolitical sovereignty.   All of this forms one of the theoretical crossroads of our project.  We have tried to address it as the problematic of an infrapolitics of transfiguration or an infrapolitics of “vencimiento.”