Cuaderno de apuntes sobre la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Novena Parte. Por Gerardo Muñoz

Hablábamos de la predilección ferlosiana por la hipotaxis. Como se demuestra con la metafórica del naufragio, la hipotaxis supone asumir el riesgo que implica escribir en  castellano. Ese es el riesgo errante en la existencia de escritura: puede o no fracasar, puede o no doblar el cabo de Hornos, puede mantener su equilibrio o no mantenerlo (como el nadador del fragmento de Kafka que logra un record en competencias de natación sin realmente saber nadar). Me gustaría sugerir que hay al menos tres hipótesis por las cuales Ferlosio elige caminar por el sendero de la hipotaxis, aunque sin duda seguramente habrían muchas otras. Me atengo a estas tres.

La primera hipótesis. Si la hipotaxis tiene que ver con la “recursividad” misma del lenguaje humano (le agradezco el término a mi amiga, la lingüista Ana María Collazos), entonces la parataxis, como veíamos anteriormente con Hölderlin, es la detención de ese mecanismo. La poesía es, en cualquier caso, la absolutización de la respiración (de la voz) que escapa la subordinación porque es atáxica. El ritmo del manierismo recursivo puede mantenerse a flote gracias a las subordinadas; mientras que la poesía se explica mediante una voz, esto es, desde el neuma de la Musa. Por eso la poesía está más cerca de la música como tonalidad originaria del afuera, mientas que la escritura es siempre el testimonio que el lenguaje lega al mundo. Aquí tenemos dos cortes del fenómeno de la lenguaje: a) un plano recursivo que tematiza la zona de la expresión, b) una transversal paratáctica de la voz que proviene del misterio de las Musas. Como ha mostrado Walter Otto, el viejo mito de las Musas está íntimamente ligado a la idea musical. Y es esto lo que parece nunca haberle interesado a Ferlosio, como él mismo dice en uno de los pecios de Campo de retamas (2016): “Música, vas demasiado de prisa, demasiado segura, demasiado alegre para que yo te entienda” (p.173).

¿Por qué dice Ferlosio no poder entender la música? ¿Por qué le parece ‘demasiada alegre’ la aparición de la musicalidad? Probablemente tenga que ver con lo que Adorno dice en su ensayo “Vers une musique informelle” (1961): “los fines de la música no pueden ser previstos ni controlados en el curso de la producción artista…la tensión entre lo que es imaginado y lo que no puede ser previsto es en sí mismo la esencia de la música. Aunque es más que un elemento vital, ya que no es una la tensión nunca puede ser resuelta” (p.303). En la música, y en particular en la “nueva música informal” (atónica), algo siempre se escapa. La tonalidad disuelve la mediación entre sujeto y objeto. Sólo allí podemos situar el acontecimiento de la Verdad. Una verdad que no es la producción de un nuevo trascendente sintético de la forma, sino la anarquía de un sentido fuera de la cultura (sentido que Adorno intentó contener desde una fase superior de la dialéctica como miedo ante la des-individuación de la cultura de masas. Solo que a Adorno se le escapó pensar que la individualidad no es lo mismo que un proceso de singularización, de la misma manera que el sujeto no es la especie) (p.314).

La segunda razón se conecta directamente con esto: el problema de la verdad. Si Ferlosio no puede comprender la música es, porque al final, pone toda su energía en la incredulidad sobre la “Verdad”. El ensayo “La música celestial de la verdad” despeja de manera nítida su postura. Una postura que lee el ascenso de la hegemonía de la Verdad como dispositivo genetico del Cristianismo. Como dice Ferlosio: “La Verdad Absoluta, los clérigos suelen tomarse excesivas confianzas en el empleo de la palabra verdad, despreocupándose de la mera suficiente determinación gramatical de los decires en que la despilfarran, como si fuese cosa que pudiese salpicarse así a voleo, rociándolo a granel a puro golpe de hiposo, igual que el agua bendita en los bautizos” (p.511). La verdad de los teólogos trasciende la verdad de la predicación, esto es, de lo predicable como descripción de un estado actual de las cosas. En cambio, la invención del Cristianismo es la absolutización de la verdad mediante dos operaciones divergentes: un mandato (“Yo soy la verdad”, “Tu debes creer en mi”), y la verdad como principio fideísta de la salvación cristiana.

Según Ferlosio, fue Filón de Alejandría quien había integrado el dios personal al logos como “exegesis alegórica” mediante el pecado original de los hombres (p.514). No es este el espacio para demostrar cómo, al interior de la tradición cristiana, hubieron otras formas heréticas de comprender el problema del pecado original. (Por ejemplo, la formulación de Odo de Tournai, para quien el pecado original no es una falta del alma, sino un vinculo genérico en toda la especie). Pero es obvio que a Ferlosio no le interesan los márgenes de la genealogía cristiana, sino el corazón de su institución. Dice Ferlosio glosando “La creación del mundo” de Filón:

“[él] recoge la expresión estoica “to hegemonikon” (‘lo que manda’, ‘lo que domina’, para caracterizar el logos, la parte racional del alma. De modo que la razón es (y yo sospecho que solo eso hubo de ser originariamente) la unidad de mando, el capitán que tiene que doblegar y someter a latigazos a toda la despreciada chusma amotinada de las pasiones del alma y los apetitos de la carne, hasta ponerlos al servicio de sus fines. “Racional” sería aquello que alcanza sus designios. Y para el cristiano….se referirá al designio de la salvación” (p.515).

Este es, sin lugar a dudas, uno de los momentos más nítidos del movimiento destructivo ferlosiano contra el principio de hegemonía. El “to hegemonikon” es, mucho antes de su conversion política, una forma de destrucción de las almas. Hegemonía: una devastación que desde la unidad de voluntad impide el acceso a la tonalidad. Por eso cualquier intento de pensar la singularidad en el movimiento de su recorrido por lo real es lo que queremos llamar posthegemonía. La verdad ya no sería una forma del comando o de la orden, ni de la dominación sobre las almas, sino, al contrario, la relación entre yo, las cosas, y el mundo. A la “verita effectuale della cosa” le yuxtapondríamos una verdad relacional entre las cosas y el mundo. Esta dimensión informal es necesariamente musical.

La tercera razón: finalmente, podríamos decir que la hipotaxis, en realidad, no es ajena a la deformación musical. En su discusión sobre la música atonal, Adorno dice algo directamente relacionado con esto: “Las posibilidades ilimitadas de la música atonal, deben ser puestas en relación dinámica constantemente; en una relación dinámica comparable a la relación de las clausulas subordinadas en la gramática” (p.311). Para Adorno, en efecto, la música es siempre relación antes que fines. En este sentido, su “verdad” requiere de la intuición y no del concepto, puesto que su dimensión elíptica escapa las categorías jurídicas de la persona. La música pone boca arriba lo que Ferlosio describe como la institución eclesiástica: “La Iglesia se ha caracterizado, de manera especial, por hacer de la verdad precisamente producto de consenso, sino que, por añadidura, no hay constancia de ninguna otra institución regida por procedimientos de consenso que se haya atrevido nunca a tanto como a legislar la verdad” (p.517). Un análisis que coincide, casi palabras por palabra, con el diagnóstico que Ivan Illich hizo de la causa instrumental como administración del mal (dogma) de la Iglesia. Ahí se inaugura el partido del mal.

La música sería, entonces, todo lo que escapa a la ecclesiae institutione. Y por eso se ha dicho que la música es la forma más alta del pensamiento. Pero no se dice en un sentido de géneros, sino en el sentido que apunta a la cristalización externa de lo interno (el alma). Allí donde hay música, las formas son revocadas hacia una zona de la no-dominación. Ferlosio sólo lo registra de pasada: un ‘sepulcro del alma’ como lo órfico-pitagórico (p.514). O, para citar nuevamente una de las más bellas intuiciones de Adorno en el ensayo ya aludido:

“La música quiere revocar realmente el dominio de la naturaleza; si pasa por una situación en la que los hombres ya no ejercerán el dominio mediante el espíritu, ello únicamente lo consigue gracias al dominio de la naturaleza. Solo una música dueña de sí misma sería también dueña de la libertad de toda compulsión, incluida la propia; guarda analogía con eso el hecho de que solo en una sociedad racionalmente organizada desapareciera con la indigencia de la necesidad de represión a través de la organización. En una música informe cabría superar positivamente el hoy deformado momento de la racionalización.” (p.318).

 

 

 

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Cuaderno de apuntes sobre la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Séptima Parte. Por Gerardo Muñoz

La pregunta por el estilo no se limita a una práctica de escritura. Es por esto que decíamos antes que su naturaleza es siempre experiencial, en la medida en que es un sobrevenido en la vida más allá de la vida, o de la vida fuera de la vida como lo ha elaborado el filósofo Mårten Björk. Esa es la marca de la verdadera vida que irrumpe en la historia de los “argumentos”. Ferlosio tematiza las consecuencias decisivas de su ars stilus en el decisivo “Carácter y Destino”, un texto relativamente breve, trabajado en varias partes de su obra, y finalmente recogido como apéndice de God & Gun (2008). Como lo mencionábamos anteriormente, el punto de partida es una escena experiencial con su hija en el Retiro donde ambos encuentran un retablo de guiñol. Así lo describe Ferlosio:

“Hemos llegado con la obra ya empezado  o avanzada , y ella [la hija] se está riendo con cada paso – o frase – como una unidad que se bastase  sí mismo sin un contexto de sentido del que tomase significación; una unidad completa dentro de sí, que no se cumplía como un eslabón dentro de una cadena causal con un antes y un después. Lo que no echaba de menos era justamente esa estructura de concatenación y consecuencia….un fin que los adultos llamamos un argumento. Por eso no comparará para ella ninguna deficiencia o insuficiencia, sino, por el contrario, una autosuficiencia de la significación, del puro decir en sí, emancipado de cualquier impresión en un campo de sentido” (p.632).

Este teatro de marionetas le revela a Ferlosio una instancia del sin porqué: un tiempo sin causas (dia tade) y sin las secuencias y justificaciones que demanda la Historia. ¿Qué tiene lugar realmente en ese momento? Pues un vínculo con la esencia de lo real más allá de las formas sin “sacrificar la particularidad y la contingencia, que es literalmente que dejarla vacía de vivientes” (p.634). En esa devolución de la contingencia fuera del tiempo del humano, donde encontraremos la posibilidad del ethos (ya volveremos sobre esto luego). Otra vez Ferlosio:

“Esa mañana se me reveló que la pura manifestación era una función independiente, autónoma, autosuficiente de la lengua, y que, en aquella pieza de reír, el argumento no era más que un soporte prextextual destinado a dar pie para los personajes se manifestarán” (p.636).

¿Qué significa manifestarse? Obviamente que la manifestación no tiene que ver con una actuación impostada en la persona, una especie de máscara que encubriría la verdadera esencia del sujeto. La manifestación de los personajes es la liberación del estilo de su carácter; el brillo más intimo de su constancia en la plenitud de su gestualidad y sus movimientos. En el momento de la manifestación se explicita lo invariante del carácter. Por eso dice Ferlosio: “La manifestación del carácter en su plenitud, que es igual que decir “en su gratuidad” es privilegio emite de la comedia…la proyección de intenciones, los trabajos racionalmente dirigidos al logro de los fines lo que constituye un “argumento” en el sentido fuerte, y no pertecer por lo tanto al orden carácter, sino al orden del destino” (p.638). El verdadero carácter, por lo tanto, no tiene destino. O sí lo tiene, pero ese destino siempre ya ha acontecido, puesto que nunca ha podido acontecer. Carácter: la zona de lo invivido en la vida.

Hay una vacilación en Ferlosio entre “comedia” y “drama”, entre humor y tragedia. En efecto, Ferlosio distingue correctamente entre ambos polos. El primero es la manifestación, mientras que el segundo se encuentra ligado al dominio de la proyección de destino. Como ha visto Giorgio Agamben en su libro Pulcinella, ovvero divertimento per li regazzi (2016), mientras que en la tragedia los actos son decisivos (una Tragedia sin acción es imposible, según Aristóteles); la comida depone constantemente la acción en función del carácter, ya que el carácter “remite a una misma experiencia que siempre puede volverse a vivir, mas nunca ser vivida. Etimológicamente ethos (carácter) y ethōs (forma de vida) es una y la misma palabra que quieren decir “individualidad” (seità). La individualidad siempre se expresa en un carácter o en un hábito. En cada caso, se trata de la imposibilidad de vivirla” (p.110). El secreto del carácter (como en el guiñol para Ferlosio o como para Pulcinella de la Comedia del Arte napolitana) es que no hay secreto, sino solo éxodo de los principios burocráticos que rigen la vida “en un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio” (p.639).

La comedia es así la forma en que el carácter entra en contacto con su estilo, mas no con sus acciones. No podríamos pensar una versión más opuesta a la filosofía de la historia y sus dramas esotéricos que dotan un sentido pleno a la forma de la salvación cristiana. Esto explica porqué Carl Schmitt contempló con tanto detenimiento el elemento trágico en la historia de la salvación desde el mito de Hamlet. Los errores, las vacilaciones, el aturdimiento de un monarca caído en la ilegitimidad aparecen redimidos desde el drama de la filosofía de la salvación cristiana y desde el dispositivo del pecado original.

En realidad, ese nivel de abstracción de la filosofía de la salvación cristiana no le interesa a Ferlosio. Aquí se juega una via de salida: ubi fracassorium, ibi fuggitorium (donde hay una catástrofe, hay un derrotero de fuga). ¿Cuál es la catástrofe? Ferlosio lo resume citando un importante momento de Filosofía de la Historia de Hegel y que es importante reproducir en su totalidad:

“Precisamente en Hegel nos hemos de apoyar para poner un ejemplo inmediatamente accesible a cualquier experiencia que ilustra la oposición entre el orden del carácter y el orden del destino. En uno de los pasajes mass celebres y que mass han preocupado a toda suerte de lectores de la Filosofia de la Historia dice Hegel así: “También al contemplar la Historia se puede tomar la felicidad como punto de visto; pero la Historia no es un suelo en el que florezca la felicidad. Los tiempos felices en ella son páginas en blanco. Cierto que en la Historia universal se da también la satisfacción, pero esta no es lo qu se llama felicidad, pues es la satisfacción de fines que sobrepasan los intereses particulares. Fines de importancia para la Historia universal requieren voluntad abstracta, energía, para ser mantenidos. Los individuos de significado para la Historia universal, que han perseguid o esos fines, han encontrado ciertamente satisfacción, pero han renunciado a la felicidad”. (p.641).

Como vemos, una vez que se ha renunciado a la felicidad también se ha renunciado al carácter, y, por lo tanto, a la vida verdadera que nos consagra el estilo. Por esta razón es que la felicidad se reemplaza por la “satisfacción” (satisfacción es acción + efectividad) en tanto que forma finalista por la cual el goce se transfiere como búsqueda de lo necesario y lo inmediato en nuestra época expresionista. Y es que la satisfacción no solo es lo inmediato y la realización y la proyección de una acción, sino también lo que cuenta como narrable y contable. En cambio, la felicidad, como dice Ferlosio unas páginas después, “carece de cualquier posible contenido histórico, porque, literalmente, no tiene nada que contar. Salvo que hoy parece que el estigma de lo historico ha penetrado tan profundamente el mundo de la vida que se ha apoderado de casi todas las cosas y hechos de los hombres” (p.645). En realidad, no vivimos en el fin de la Historia, sino en la espuma infinita de su acumulación sin trascendencia y sin transmisión de una tradición que esté en condiciones de liberar los gestos que potencien la felicidad.

No es que un momento de felicidad no pueda ser narrado, sino que la felicidad como momento epifánico y milagroso prescinde de todo relato. ¿Cuándo fue la última vez que has estado feliz o que has experimentado la felicidad? En nuestra época esta pregunta se vuelve esquizofrénica, o abiertamente cínica; siempre vinculada al aparato de la satisfacción. Yo recuerdo un momento específico: era niño, debí tener unos 5 o 6 años, y mi padre me había enviado el primer Nintendo, aunque no le había dicho cual videojuego quería. Finalmente un día llegó y ese dia vi, junto al aparato, uno de los juegos más conocidos (creo que se llamaba Contra) de esos años. (Jugar videojuegos o ajedrez, paradójicamente,  no deja experiencia: es la experiencia). La felicidad fue indescriptible porque se trataba de un encuentro con lo inesperable.

El juego como relación de carácter con el tiempo en el tiempo, con el lenguaje en el lenguaje, con las imaginación desde las formas, no es algo que pueda ser fácilmente narrado. En efecto, la narración es siempre secundaria. Tal vez esta sea la diferencia más importante: mientras que la satisfacción tiene lugar gracias a una estructura clara de narración y causalidad, la felicidad puede ser narrada a posteriori a cambio de que pierda la efervescencia de su aparición. Por eso es que la felicidad no puede ser un destino de lo humano, sino siempre instancia de carácter; forma del cómo que vincula al singular con el tiempo, con el mundo, con las cosas.

Pero, ¿le podemos llamar a esto “libertad”? ¿Es la felicidad el momento supremo de la libertad? Como es sabido, uno de los Founding Fathers del constitucionalismo norteamericano, Thomas Jefferson, se permitió hablar del “pursuit of happiness” como finalidad de la existencia ciudadana en la nueva república. Pero lo cierto es que Jefferson, aunque entendía la felicidad como el propósito de la vida, jamás ofreció una definición de la felicidad. La felicidad no puede ser la promesa realizada por la política (este es el error del Tomismo), sino el sobrevenido en el carácter de una vida. Sin embargo, podemos intuir que para Jefferson la felicidad – la “Gran Felicidad en Democracia” – era del orden de los fines, y por lo tanto, el argumento caía en el plano de lo individual.

En el “Query XIV”, comentando la educación de una nueva ciudadanía ilustrada, Jefferson escribe que estos saberes humanísticos (la Historia, las lenguas clásicas, el derecho): “may teach them how to work out their greatest happiness, by shewing them that it dies not depend on the condition of life in which chance has placed them, but is always a result of good health, occupation, and freedom in all just pursuits” (p.389).

Esto contrasta con la felicidad que le sobreviene al brillo de carácter, ya que esta no puede ser buscada, y jamás puede ser entendida como un “pursuit”. El misterio de una “libertad” ya siempre decida para el sujeto moral de la democracia solo tiene lugar como administración distributiva que, a su vez, encubre la existencia. De ahí que la felicidad no pueda ser búsqueda, como tampoco scopo de lo político. Aquí Ferlosio es iluminador: “cuando el argumento se rompe sobreviene la felicidad” (p.651). A la luz de Jefferson, podemos decir que este es el momento en que el misterio de la libertad es depuesto a la zona de nuestro estilo.

 

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Cuaderno de apuntes sobre la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Cuarta Parte. Por Gerardo Muñoz

Ahora pasamos al ensayo Mientras los dioses no cambien nada habrá cambiado (1986), otro de los libros que desmonta la lógica sacrificial constitutiva de toda filosofía de la Historia. Al final del ensayo, Ferlosio deja claro que aquello que entendemos por “sentido histórico” no es una mera abstracción que ocurre en la lejanía, sino un marco mental, o como dirían algunos, un proyecto de la subjetivización que pierde su rumbo en la “descivilización“. Ferlosio llama a esto “mentalidad expiatoria”. Escribe Ferlosio:

“Llamo pues, “mentalidad expiatoria” a esta inveterada obstinación de que, de un lado, los bienes tenga que surgir del sacrificio, y, ed otro, que los sacrificios sean necesariamente por sí mismos generadores de valor, de valor adquisitivo para comprar los bienes, o de valor en el sentido de crédito moral o de semilla que germinará (“sangre  fecunda”). Esto tiene que ver sin duda, ya como origen, ya acaso más bien, como resultado, con la concepción de la guerra como creadora de derecho, concepción absoluta y plenamente vigente….” (p.83-84).

Volveremos al asunto de la guerra cuando leamos con detenimiento God & Gun. Por ahora, basta con apuntar que la crítica ferlosiana al armazón histórico busca desocultar sus residuos teológicos inmanentes. Una crítica efectiva de la civilización tiene como condición la pregunta por los dioses (Principios). Se repite hasta el cansancio la frase de Benjamin: toda civilización es al mismo también un proceso de destrucción y barbarie. Pero en el interregnum de entreguerras, Benjamin todavía podía apostar por un mesianismo débil, una interrupción gestual, y un ars combinatoria capaz de trastocar el tiempo del desarrollo al interior del proceso del desastre. Ferlosio, escribiendo en el crepúsculo del siglo veinte tras experiencias como la Guerra de las Malvinas o el accidente del transbordador Challanger en 1986, ya no comparte el mismo destilado del pensador alemán. Para Ferlosio, el “comunismo [también] es un heredero legítimo y natural del cristianismo” (p.83).

Tronti diría que el marxismo nunca estuvo a la altura del Cristianismo, porque se abstuvo de confrontar la dimensión demoniaca de la Historia. El Comunismo (del siglo veinte) nunca se enfrentó a los dioses verdaderos. Por supuesto, desde una tradición melancólica protestante, la latencia de la falla (la falta misma de un proceso constituyente nacional) convoca  al nuevo comienzo. Para un ensayista español en las postrimerías de la ratio imperii, el primer paso es descargar el peso de la teología. Lo barroco ayuda a tomar distancia y desde ahí se gana objetividad. En uno de los momentos lúcidos de Mientras no cambien los dioses, escribe Ferlosio sobre la calculabilidad moderna:

“Cuadrar, lo que se dice cuadrar, ya sea en la Tierra, en el Cielo, en el Infiero, en el ser o en la mañana, las cuentas de la felicidad y del dolor era, al final, lo que ya se ofrecía desde siempre en todas las religiones y doctrinas positivas, en cuya más acrisolada tradición esta ese arreglo contable de saldar el dolor de los sacrificados con la felicidad de los bienaventurados, tal y como he venido remachando ya sobradamente desde que arremetí con Buoanrroti.” (p.87).

Esa operación del “cuadrar” es otro nombre para una racionalidad entregada al absoluto teleológico. Esta capacidad operativa (que tiene en su interior la deuda y el crédito) se amortiza con la vida misma con tal de alcanzar un resultado concreto para la Historia. En efecto, no hay Historia sin un cómputo que proyecte su dominio ya sea como ‘saldo acreedor o ‘saldo deudor’ en el sujeto. Por eso la filosofía de la Historia no es una región abstracta del desarrollo del Espíritu (aunque también es eso), sino una fuerza efectiva sobre el cuerpo y las mentalidades.

De ahí la invención de la moral como voluntad estética. Un hecho interesante en Ferlosio: la recurrente alusión a la obra de Veblen. ¿Por qué, Veblen? Ferlosio nos da una pista cuando escribe: “…el clarividente análisis de Veblen, ninguna sincera y bien asimilada voluntad moral podrá por si sola raer de la emoción estética ese maligno ingrediente de violencia y de depredación; no, ninguna moral podrá jamás tener éxito alguno con admoniciones perfectamente razonadas de “este debe gustarte y esto no” (p.55). No existe una concepción de la Historia que no sea, al mismo tiempo, la historia de las justificaciones para la dominación.

En mi opinión: este el centro mismo del liberalismo en cuanto régimen legal de lo moderno (ver The Morality of Law, de Lon Fuller). Escribe Ferlosio: “Dominación y sufrimiento están de todos modos en el centro de su imagen de la Historia, como fuerzas preponderantemente positivas y creadoras, o, a veces, en el peor de los casos, al menos necesarias. Pero, al representarse el ejercicio histórico especialmente como dominación, propende más a la imagen instrumental del sufrimiento histórico – a la sangre en la batalla – que a la sacrificial”. (p.47).

Toda la historia del contrapoder durante el siglo veinte fue una formalización manifiesta de esta imagen de la Historia ligada a lo que me gustaría llamar ‘la realización idealista’: pienso una idea, la llevo a cabo mediante estos fines, y finalmente la ejecución queda resuelta. Y con razón es que Ferlosio afirma: “Las posiciones revolucionarias serán, pues, naturalmente en cuota más fuertemente proyectivas, las que rinda más culto al sacrificio y se muestren más prontas a aceptar y a justificarlo”( p.47). Guevara, Dalton, Jouvé, y todas las guerrillas urbanas pecaron de este misma sacrificialidad que enaltecía la actio de los cultos religiosos. El “pecado original” se traducía como pasión mortífera de la necesidad histórica (p.82).

Termino con tres corolarios. Primero: la astucia del “encuadre” (que otros llamarían armazón) pasa por un impersonalismo de la dominación. La vieja omnipotencia ha declinado (ominipotentia dei), pero nuevas fuerzas sido realizadas desde una maximización de principios fundamentales (Progreso, Deuda, Deber, Razón, Guerra, Sacrificio, etc). ¿Principios sin centro? Post-Katechon. El corazón del ensayo de Ferlosio se juega en esta tesis:

“….de ahí que no sólo sean los tiranos personales (los únicos respecto de los cuales la adhesión pude estar motivada por la espera de cualquier beneficio material), sino, en mucho más alto grado, los impersonales, como el Progreso o la Tecnología (de quienes nuestra adhesión mal podría esperar la recompensa de prebenda alguna), los que imponen tan gratuita activada de acatamiento: seria demasiado intranquilizador, a estas alturas, perder la fe en el porvenir de algo que ha llegado a ser tan invencible como la tecnología” (p.67).

En segundo lugar: el proyecto de la civilización de la técnica – a pesar de su supuesta neutralización, objetividad, inmanencia, naturalidad, y fundamentación desde la legitimidad auto-afirmativa – tiene como vórtice a la “fe”. La fe es siempre fe de futuro, y fe ante el crédito (pistis) y ante la técnica. Esta última es la más risible, puesto que la Técnica se autodenomina todo el tiempo como atea. Pero ese ateísmo esconde un dios aún más siniestro, ya que su proceso de deificación es absoluto y excluyente. O sea, es sacer. Por eso Ferlosio dice algo extremadamente lúcido y que quizas hoy se aparezca de manera irreversible: “Es posible que la configuración actual del mundo necesite esa fe” (p.65). La fe técnica condensa una blasfemia compensatoria: dejad que inventen otros. Detrás de cada movimiento del Humanismo, vibra el espíritu de la Técnica. De Silicón Valley a West Virginia se dibuja esta línea roja.

Tercer corolario: la época de la Técnica tuvo un semblante creíble mientras duraba la civilización de la producción. Ahora que todo eso ha desaparecido, es muy fácil comprobar que el arbeiter era una mera justificación de la eficacia del desarrollo histórico. Como dice Ferlosio: “el lobo no necesita ya ni siquiera disfrazar con pieles de cordero es cuando podemos decir que todo está perdido. Cuando la técnica no necesita ya ni siquiera la hipocresía de decir “países en vías de desarrollo” es cuando ya no cabrá confiar siquiera en el último residuo de la mala concina…y su propia falacia y perversión” (p.70).

En efecto, el delirio de la técnica civilizatoria ya no se tiene que presentar como oveja, puesto que el poder no tiene límites: confrontación desquiciada, consumismo absoluto, enriquecimiento extractivo de la pobreza, o la apropiación total del tiempo de la vida. Lo que Ferlosio podía apenas vislumbrar en 1986 ha sido realizado de forma impecable en unos cuarenta años. En efecto, del Challanger al Security State, los dioses se han mostrado imperturbables.

Pero lo más llamativo del análisis de Ferlosio, en mi opinión, es que las contradicciones de la Técnica no generan un verdadero “conflicto”. Ferlosio va más allá: “[en la época de la Técnica] no llega a haber conflicto, en el sentido fuerte que quiero reservar, en el momento en que, tal como sucede, la contradicción es reabsorbida y reintegrada mediante un desarrollo regulado” (p.77-78).

¿Cómo pensar una política concreta que libere el conflicto sin amortizar la guerra al sacrificio? Aquí Ferlosio invita a un pensamiento no-dialectico en torno a la Historia. Un pensamiento que, en otra parte, he llamado la postura madura. En cambio, cuando la guerra es mera administración, se termina en la neutralización de la energía de la interacción humana. Tomar muy en serio la recomendación de Ovidio: “Viejo y ordinario es el engañar bajo el título de amistad” (p.73).

 

 

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Hegemony, Legitimacy, and the Mature Position: on Chantal Mouffe’s For A Left Populism. By Gerardo Muñoz.

Chantal Mouffe’s For A Left Populism (Verso, 2018) is deliberately written for the ‘populist moment’. It resembles the patriotic pamphlets, which according to historian Bernard Bailyn fueled passions months prior to the American Revolution. For Mouffe, the crisis of democracy will continue to grow if populism is not taken seriously both politically and theoretically, and her book is an excellent guide in that direction. For A Left Populism does not pretend to tease out new arguments. Rather, it seeks to revise and render accessible some of the main tenants of the radical democracy project that she elaborated, along with her late partner Ernesto Laclau, in books dating back to Hegemony and Socialist Strategy (1985). Mouffe reminds us that their task was to propose a theoretical horizon in the wake of the crisis of Eurocommunism, and against the ‘third-way’ of liberal democracies that dismantled the Welfare State. The populist agenda is ambitious: it proposes a move beyond Marxist liberationism, but in doing so it takes distance from market liberalism of Western democracies.

But what does “left populism” has to offer? For Mouffe the answer is short: a politics for the People, “in the name of the People”, capable of organizing an equivalency of social demands through the construction of a political frontier against a common adversary (the elite). Mouffe is right about the diagnosis: both Liberalism and Communism were attempts to deface the People. Whereas Communism promised a new man in a society outside capital, Liberalism offered the guarantee of happiness for the individual citizen. These two attempts were ways to neutralize social contingency between civil society and state relations. Contrary to the citizen and the subject, populism assumes heterogeneous social actors that vis-à-vis their equivalent demands are capable of radicalizing democracy. This process of radicalization entails that a social dynamic attentive to material needs could avoid the pitfalls of the Marxist historical subject as well as the sedimentary flow of institutions. The strategy that catalyzes such radicalization is the theory of hegemony (Mouffe 24).

Now, the logic of hegemony introduces an array of important elements for the radicalization thesis. First, hegemony, according to Mouffe, is what effectively disputes the “consolidation of neoliberal hegemony in Western Europe” (Mouffe 33). In a way, hegemony here takes the form of an avatar of the existing order of domination; a political transposition of capitalist reproduction. In fact, what hegemony shares with capitalism is the formalization of equivalence. Secondly, hegemony is understood as the missing tool in liberalism, which shrinks democratic life (Mouffe 38). Finally, hegemony emerges as an alternative to communism’s eschatology by accepting the current institutional designs in pursuit of ‘passion for equality’ (Mouffe 43). Common to all of these arguments is the main claim that only hegemony can rescue democracy from its post-political gloom. Hence, the theory of hegemony posses two important edges: one is descriptive and the other one is prescriptive. On the one hand, neoliberal postpolitics is already hegemonic. In other words, it does not allow an outside to what is provided by the general equivalent. On the other hand, hegemony appears, following Antonio Gramsci’s lessons, as a central political force that can transform the real-existing order.

But as political philosopher Jorge Yágüez has noted, Gramsci considered hegemony as a passive development that cannot be merely reduced to a political technique of state domination [1]. Mouffe would reply that she is not interested in gramscian textualism, but rather in the practical uses well beyond his original intentions. That is fair, but at the same time there is no reason to think that Gramsci’s theoretical horizon was more complacent under the sign of radical revolution than in the republican separation of powers or popular sovereignty. In fact, there is something to be said about Mouffe’s efforts in trying to move the discussion about populism outside the sociological determinations. Mouffe is aware that rendering the notion of hegemony effective within liberal-democratic order requires attending to the problem of legitimacy. Indeed, in one of the cardinal moments of For A Left Populism, Mouffe writes:

“A liberal-democratic society supposes the existence of an institutional order informed by the ethico-political principles that constitute its principles of legitimacy. What is at stake in a hegemonic transformation is the constitution of a new historical bloc based on a different articulation between constitutive political principles of the liberal-democratic regime and the socioeconomic practices in which they institutionalized. In the case of a transformation from on hegemonic order to another, those political principles remain in force, but they are interpreted and institutionalized in a different way” (Mouffe 45).

By disposing the idea of a drastic rupture in institutional life, hegemony accepts the liberal-democratic framework in exchange for coming to terms with the principle of legitimacy. But if we are in an epoch that has gone through an absolute decline of founding principles, is a “different way” of management enough? In studying the administrative state, for instance, I have argued that legitimation, once centered on charisma, has ceased its domain to administration. This means that legitimacy becomes synonymous with technique, and the political leader becomes synonymous with the bureaucrat.

How does hegemony stand in relation to legitimacy? Hegemony can stand as a superstructural element above it, but it can also become the principle of legitimacy itself to renew democracy. Mouffe is not explicit about this, except when she considers the Gramscian notion of the ‘integral state’ as significant to remake the contract between state and society (Mouffe 47). It is curious that this formulation coincides with José Luis Villacañas’ recent preface to Gramsci’s prison notebooks [2]. Let me briefly turn to Villacañas’ text.

For Villacañas, hegemony does entail a substitute of the legitimacy principle, now in crisis, which can open a transformative epoch beyond the domination of economy. Villacañas and Mouffe converge on this point: the essence of hegemony juxtaposes the political region against the economic region. But where as for Mouffe hegemony operates to defend and radicalize the principles of democracy, for Villacañas, hegemony is a “civilizational principle” that secures an ethical state in the form of a passive revolution (Mouffe 49, Villacañas 19). But, can legitimacy be resurrected from a political will unified under hegemony? There are two possibilities here. If we say that hegemonic populism is a struggle to politize a post-political scenario, then hegemony is merely a temporal stand-in to the current legitimacy. On the other hand, if we say that hegemony is a principle of legitimacy, what can guarantee its force is the cathexis between the political leadership (“clase dirigente”, says Villacañas) and the People. In reality, neither of the two options have the capacity to offer a social contract to reform democracy.

Mouffe claims that hegemony stands for identification via “different forms of subjectivities” (Mouffe 76-77). In other words, hegemony is a form of subjection. This means that in order to partake in hegemony you must necessarily be subjected to it. The civilizational drive of hegemony repeats the same step that led to the crisis of democratic politics in the first place, since it reduces democracy to a legislation of demands for recognition. It is not surprising that the minimal unit of equivalency is the demand. Thus, hegemony is first and foremost the demand to be a subject of hegemony. This is why leftist democratic politics based on hegemony is a self-defeating mechanism: it promises conflict but it reduces it through an empty signifier; it promises to displace the historical subject but it relocates it through equivalent subjective agglutination; it cares for legitimacy but it offers management not very different from the liberal paradigm. In this way, hegemony reintroduces politics as administration cloaked under political cordiality [3]. But we know that no effective politics were ever created on the basis of love or good intentions or unity.

If neoliberalism upgrades the “totalitarian” aspiration onto its economic indexation of life, as Argentine psychoanalyst Nora Merlin has argued, then the concept of hegemony runs the risk of absolutizing political domination as its substitute principle [4]. By reminding faithful to principle of unity and equivalence, the logic of hegemony tends to reproduce the results that it attempts to avoid. In other words, hegemony merely displaces the technique of the economy to a technique of the political. Is there a different position without discarding populism and moving back to liberal technicity? It is interesting that Mouffe mentions in passing posthegemony, which she reduces to an “affective turn” that ignores the lessons of psychoanalysis (Mouffe 74).

I would like to argue, on the contrary, that posthegemonic populism is the mature position that avoids the closure of conflict internal to hegemonic rationality. In fact, if psychoanalysis were to be taken seriously, hegemony would amount to yet another master discourse that aims at administering singular desire through a two step procedure: vertical cathexis and horizontal agglutination. The hegemonic recentralization of conflict leads necessarily to the closure of other potential conflicts and risks. Posthegemony, on the other hand, names the political position that aims at liberating the conflictive nature of politics within any democracy. It comes as no surprise that at the very end of her essay, Mouffe comes full circle to posit faith in “certain forms of consensus” once hegemony has been accepted as the logic of the political (Mouffe 93). By insisting on the optimization of conflicts, rather than in its verticalization, posthegemonic populism would allow turbulence in politics beyond the dead end of consensus.

A hegemonic alternative to legitimacy not only fails to renew democratic life, but it taxes life on behalf of the political. In this sense, by becoming a technique of dominance hegemony is incapable of transcending the antinomies of state and civil society, politics and economics at the root of the crisis. In broader terms, we know that the disintegration of the modern state form is neither an economic nor a political problem, but one of a deeper symbolization as a result of the primacy of legality over legitimacy, something that Carl Schmitt noted in his later works [5]. Hegemony can only offer a political legislation out of the crisis, but not much more.

Legitimacy is vital for democracy. But hegemony cannot do the work, except as faith. Democratic politics, however, is precisely what is incommensurable to beliefs. By positing hegemony as integration from within, Mouffe leaves us with an alternative political theology. This political theology works solely on behalf of its believers. The posthegemonic position concedes Mouffe & Laclau’s formula a winner for democratic politics, but it prefers to recognize conflicts at face value; that is, not as a question of principles, but rather of optimization beyond the intended precautions. It seems that this is the mature position for populism if it wants to be successful today.

Notes

  1. Jorge Álvarez Yágüez. “Retorno a Gramsci” (2017). https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6135405
  2. José Luis Villacañas. Pasado y presente: Cuadernos de la cárcel. Prefacio de J. L. Villacañas Berlanga. Barcelona: Gedisa, 2018. See also, the debate between Villacañas and Moireras on hegemony & posthegemony: https://infrapolitica.com/2018/06/23/respuesta-de-jose-luis-villacanas-a-precision-sobre-posthegemonia/
  3. Antoni Puigverd, “Hegemonía de la cordialidad” (2018): https://www.lavanguardia.com/opinion/20180709/45776820190/pedro-sanchez-parlament-torra-cordialidad.html
  4. Nora Merlin, “Neoliberalismo, el retorno del totalitarismo por otros medios” (2018): https://www.eldestapeweb.com/neoliberalismo-el-retorno-del-totalitarismo-otros-medios-n46759
  5. For Carl Schmitt’s critique of values and a self-critique of his concept of sovereignty, see The Tyranny of Values (1996) and Glossarium (2015).

Precisión sobre “Posthegemonía.”

En su introducción a Pasado y presente.  Cuadernos de la cárcel, por Antonio Gramsci (Barcelona: Gedisa, 2018), mi amigo José Luis Villacañas dice:

“Ese es el destino de una introducción, convertirse en una invitación.  El motivo no puede ser otro que extraer de él materiales para una genuina política republicana capaz de estar a la altura de los tiempos y de ofrecer un programa democrático emancipador.  Que eso pueda presentarse como una teoría de la hegemonía es una cuestión abierta, pero no por las objeciones que puedan surgir procedentes de la tesis de haber entrado en una época decididamente poshegemónica” (24).

Me permito usar este blog para expresar mi objeción a esas últimas líneas, que parecen una descalificación demasiado directa de nuestro trabajo y en ese sentido desde luego una invitación al debate, que recojo aquí.  No es posible saber qué alcance exacto le da Villacañas a eso de “haber entrado en una época decididamente poshegemónica,” pero si atendemos a otros momentos del prefacio, en los que dice que “la hegemonía, como sabe cualquiera [!!], implica disponer de un nuevo principio civilizatorio” (16), y además que es “la lucha por ofrecer un contenido ético al Estado” (19), y además que es la “lucha por la definición de la realidad” (23), entonces se comprende el disgusto de Villacañas: el “poshegemónico,” en paródica versión, es alguien que afirma no disponer de ningún principio civilizatorio, y menos uno nuevo, que duda de su capacidad de ofrecerle una ética al Estado (o que piensa que tal proyecto es ya históricamente obsoleto), y que también está algo perdido en cuanto a una definición de la realidad políticamente imponible.  No sé si otros partidarios de la hegemonía harían suyo ese programa un tanto maximalista, en el que retornan viejos temas de la filosofía de la historia.  En cualquier caso es verdad que alguien interesado en la poshegemonía lo está en la medida en que cuestione, o rechace, la posibilidad misma, o el interés, de tales pretensiones.

Pero Villacañas ahonda en la parodia, o la desautoriza como tal, para decir, con toda seriedad, que el poshegemónico vive, además o por lo tanto, en “ceguera voluntaria” (24), es decir, que es una especie de tonto intencionado.   Y eso ya no parece correcto desde ningún punto de vista.    No hay más ceguera voluntaria en el intento de pensar lo que hemos venido llamando “poshegemonía” de la que hay en el intento de rescatar la “hegemonía” como palabra para el presente desde su acotación y reinvención semántica, apelando a Gramsci o a cualquier otro autor del pasado.  En realidad, no son ejemplos de “cegueras voluntarias,” sino de opciones y estilos de pensamiento, y es claro que el pensamiento de la poshegemonía está en otro lado con respecto de cualquier intento de rescate unilateral del concepto de hegemonía.

El asunto se hace más confuso, quizás, cuando Villacañas repite que no está claro para él cómo debe uno pensar “la hegemonía apropiada para el republicanismo del presente” (24).  Lo único claro, parece, es que hay que pensar necesariamente “la hegemonía,” y que no conviene cuestionar la relevancia de tal concepto.  Y que para eso hay que leer a Gramsci.  Está bien.  Sin duda hay que leer a Gramsci.  Pero no como condición de pensamiento.

A mí me toca, por supuesto, como Villacañas sin duda imaginó, cuestionar no solo el concepto de “hegemonía” en su posición de concepto-fetiche para la izquierda contemporánea (eso está hecho muchas veces ya en los textos de este blog y en otros que seguirán), sino también su afirmación descalificadora de la poshegemonía como ceguera voluntaria o estupidez terminal.  No es que interese mayormente la precisión de la interpretación de Gramsci.  Diga lo que diga Gramsci, que al fin y al cabo no posee la palabra, lo que los “poshegemónicos” dicen de la hegemonía es obviamente algo otro, incluyendo desde luego una visión alternativa de lo que significa y ha significado históricamente la palabra “hegemonía.”   En cualquier caso conviene recordar lo que decía Rafael Sánchez Ferlosio de las palabras sagradas: “la palabra sagrada apaga toda virtualidad significante para adquirir poder performativo: no busca ser entendida, sino obedecida . . . no hace falta entender, basta acatar” (Campo de retamas).

Terminan estos días unas jornadas en la Universidad Complutense dedicadas a la obra de Chantal Mouffe y organizadas por Villacañas y su equipo.   Tengo entendido que se logró un alto grado de consenso y acuerdo en torno a “hegemonía.”  Es admirable, sin duda.   Por este blog no tenemos más remedio, sin embargo, que seguir exhibiendo nuestros reparos.  Sin ahogarnos en ellos ni permitir que llegue la sangre al río.   Y en plena admiración por la obra de Chantal Mouffe y de Ernesto Laclau y de Antonio Gramsci.  Pero lo cortés no quita lo valiente.

A veces parece que la hegemonía gramsciana, para algunos intérpretes, no es más que una idea consumada del estado civil hobbesiano: es decir, el imperio no ya de la ley, sino de la ley que ni siquiera es ley, solo sentido común; la ley justamente que queda vencida en el texto paulino, sublimada y superada en el amor cristiano tal como el comunismo puede lograr hacer con la ley burguesa.  Villacañas habla de un “nuevo principio civilizatorio” encomendado a la persuasión sin coacción ni dominación de la parte activa del pueblo, de la voluntad popular más genuina.  Ante eso, también es legítimo–igualmente legítimo al menos, pienso, sin “ceguera voluntaria” de ninguna clase–opinar que la hegemonía, en cuanto expresión final de una posición de poder, siempre incluye un elemento de despotismo. La hegemonía, en otras palabras, convierte a los ciudadanos en lo que dice Tácito en el libro I de su Historia que le dijo Galba a Pisón después de la muerte de Nerón: “imperaturus es hominibus qui nec totam servitutem pati possunt nec totam libertatem.” Todo el que va a imperar va a imperar siempre sobre alguien que ni es totalmente esclavo ni puede ser totalmente libre.  Para mí, es verdad que la libertad no se asocia al estado de naturaleza–pero tampoco al sometimiento hegemónico, por bueno que sea y por muy encomendado que haya quedado al buen pueblo elaborador de nuevos principios civilizatorios.   El republicanismo debe reducir el imperio, no amarlo, aunque sea del pueblo (que nunca lo es, por otro lado).

No sé por qué resulta tan hiriente para otros la noción de que sea importante para un republicanismo del presente y del futuro pensar “poshegemónicamente;” es decir, pensar más allá de la noción de que hay una hegemonía histórica por construir en la que una parte acabará imponiendo su visión sobre el todo.  Y de que más vale que esa parte sea la buena, claro.

Pero pensar más allá de tal noción es lo que la “posthegemonía,” con la te, qué diablos, busca.  Sin complejos ni disculpas. En cualquier caso, valga decir que, en mi opinión, un republicanismo del futuro habrá de ser un republicanismo poshegemónico, o no será.

El Santo y el Político. Por Gerardo Muñoz.

 

El ascenso del ‘servidor público’ nos sitúa ante la pregunta sobre el agotamiento de la figura del político de vocación. Se trataría de algo más que un mero desplazamiento de Weber a Kant, aún cuando estas categorías hayan sido heredadas de las gramáticas del pensamiento moderno. Hoy estamos en condiciones de preguntar: ¿podemos hoy seguir hablando de liderazgos políticos? ¿O es acaso todo líder reducible a la figura del gestor de las buenas intenciones? Esta sigue siendo una conversación pendiente entre quienes nos interesa pensar las mutaciones de las élites políticas.

La cuestión del liderazgo ha estado a flor de piel en los últimos días en la coyuntura española. Y no solo por la salida de Rajoy de la Moncloa, sino también por la discusión que se abre en torno a sus relevos. El periodista Pedro Vallín subrayó el liderazgo de Pablo Iglesias (Unidos Podemos) en la moción de censura. Y por su parte Iglesias le recomendó a Sánchez aparentar “presidenciable” y no un mero “mal menor”.

Liderazgos para política de alta presión y mirada larga. La imagen misma de Iglesias como político-santo (del bien común) tiene entre sus múltiples propósitos liberarse de los subusleos de un modelo financiero inscrustado en los lazos sociales. Esto lleva el nombre “corrupción”, aunque tampoco es reducible a lo que normalmente entendemos por esto.

Se abre un hondísimo problema para pensar el nudo entre política y moral. El caso del chalet de Iglesias-Montero, por ejemplo, permite un manejo gradualista bajo el presupuesto de que es un asunto ‘privado’. Pero la moción de censura anticorrupción hegemoniza aquello que constituye ‘lo público’ (el fisco) desde las más diversas alianzas (PSOE, UP, PNV, las fuerzas independentistas catalanas, etc.). La hegemonía en política hoy coincide con el político como gran gestor. Y el tema viene al caso dada la incidencia ganadora de la teoría de Laclau en la hipótesis Podemos. Es el mayor dilema de toda propuesta política contemporánea sin obviar sus riesgos de neutralización.

El carisma de santo de Iglesias – como bien lo ha notado Enric Juliana – es franciscano. La mirada del Fatricelli encaja con el pastoreo de Francisco (Papa Peronista, no lo olvidemos) y entona con el ethos sacrificial que ha naturalizado la crisis. El líder franciscano descarga el peso ominoso de los líderes jesuíticos. Piénsese en Fidel Castro, quien provenía de esas filas. Pero el franciscanismo trae las malas noticias en tanto que práctica ajena al goce, es incapaz de producir el corte de una emancipación efectiva. Aunque como también ha visto Jorge Alemán en su lectura lacaniana En la frontera: sujeto y capitalismo (2014), aquí también puede producirse un singular desvío al interior del discurso capitalista y de la política consumada en Técnica. El franciscano se mide en ajustes y contenciones, hábitos y reglas. Puesto que experimenta el sinthome desde otro lado.

Vale la pena volver a ver Francisco, Juglar de Dios (1950) de Roberto Rossellini sobre la habítica comunidad del Fatricelli. O sea, de su relación mínima con la propiedad. Una delicada trama, puesto que ante el goce ilimitado que todos buscan hoy en día, el gestor franciscano pareciera desatender la tesis de que es el consumo el que libera y no al revés.

*Una versión de esta columna se escribió para Tecla Eñe Revista.

Errejonismo y poshegemonía. Por Gerardo Muñoz

En una reciente ponencia en el seminario “Feminismo y Hegemonía” que tuvo lugar en el Departamento de Filosofía y Sociedad de la Universidad Complutense de Madrid, Íñigo Errejón junto a Clara Serra, afirmó provocativamente que en el feminismo hay algo nuevo para la teoría de la hegemonía [1]. Algo así como un “impensado” de la hegemonía, aunque Errejón no lo explicitó de esta forma. Jorge Alemán diría que la nueva noticia en realidad son malas noticias, si bien es cierto que esas ‘malas noticias’ son buenas noticias para la reinvención de toda política contemporánea. Creo que no hay dudas que este es el gran tema de debate en nuestro tiempo. Aunque Errejón no lo elaborara, lo que me gustaría hacer aquí es ensanchar un poco más el desmarque intuitivo de Errejón.

Pues bien, la noticia que el feminismo le anuncia a la teoría de la hegemonía tiene que ver, necesariamente, con lo que Jacques Lacan tematizó como la “sexuación femenina”, y que para Joan Copjec supone la fisura y fallo en la universalidad de la sexualidad masculina [2]. En la conferencia, Errejón llega a reconocer esto explícitamente (minuto 7:30). El deseo masculino por la universalidad es la fantasía utópica de una política de la anti-separación, y, por lo tanto, de la abnegación del fallo de la diferencia sexual. Esto es siempre mala politica, o por lo menos una política con altos grados de deficiencia democrática. En cambio, la sexualidad femenina invocaría un resto irreducible en toda política, y que tiene su fundamento en la imposibilidad de homologar el deseo singular con el de sus semejantes y en tanto tal solo tendría una instancia de quiebre con respecto a toda formalización articulatoria.

Hasta aquí creo que no habría desacuerdos básicos con la posición de Errejón. El desacuerdo estaría en lo siguiente: si tomamos en serio la diferencia de la sexuación femenina, ¿podemos seguir hablando de la lógica de la hegemonía como clave maestra de la articulación de equivalencia? ¿No es acaso la sexuación femenina necesariamente poshegemónica, en la medida en que recoge la premisa laclausiana de la contingencia diferencial del vacío o el no-todo social, pero que rechaza el cierre equivalencial casuístico de lo masculino? Sí, los feminismos le traen noticias atractivas a la teoría de la hegemonía. Pero estas noticias no tienen nada que ver con el orden un ‘agregado de cuerpos’ o de ‘subjetivación’, o de ‘movimientos desde abajo’ o de ‘negación’; operaciones que vendrían a rectificar cierta dinámica masculina aparente en la lógica de significación, tan solo expandiendo la lógica equivalencial sin alteración alguna. Por eso de ninguna manera interesa un feminismo de la subjetividad cuyo horizonte sea el suplemento equivalencial como forma de alianza y sumisión obligatoria a la organización política. Obviamente, interesan la sexuación femenina y también la lógica de alianzas, aunque recompuestas de otro modo.

Es aquí, me parece, donde habría un punto de encuentro importante entre lo que se ha venido llamando errejonismo y la cuestión de la poshegemonía. Si partimos de que la transversalidad errejonista es la clave fundamental para cualquier reinvención política democrática real, entonces la hegemonía no puede entenderse como la ratio última de esta estrategia. Esto implicaría una regresión al cierre del universo masculino y la suspensión de la fisura de la sexuación femenina. En un intercambio reciente con el brillante teórico de En Comu Podems, Adrià Porta Caballé, me interrogaba si de alguna manera introducir la poshegemonía no implica suspender el conflicto de la hegemonía en nombre de la neutralización de lo político en registro liberal. El mismo Porta Caballé ha hecho un trabajo muy importante sobre la copertenencia entre hegemonía y conflicto convergente [3]. En eso estamos de acuerdo. Obviamente, la poshegemonía no busca imaginar un estado de pureza o de pacificación de la sociedad, ni tampoco le interesa quebrar alianzas en nombre de algún deseo destructivo o de un egoísmo resentido como reacción anti-populista. Al revés, lo que interesa es desplazar el cierre de la teoría de la hegemonía por lo que he llamado antes una fisura poshegemónica que implica justamente que el conflicto no puede cerrarse en el momento de su deriva verticalista que organiza en cada caso el significante vacío (Fernández Liria usa una buena imagen para esto: cerrar el círculo con una línea para armar un cono). Por lo tanto, la poshegemonía se hace cargo de la transversalidad errejonista más allá de todos los pacificismos apolíticos, pero también tomando distancia del discurso del Amo que viene a decir ‘ustedes, niños malos, si no se unen a la alianza equivalencial, quedan irremediablemente fuera. Móntense en el carrito hegemónico. O terminarán como unos niños extraviados en el corral político’.

Me parece que esta treta en función de la incorporación subjetiva se cifra en eso que Moreiras, vis-a-vis Perry Anderson, ha llamado recientemente el corazón katapléxico de toda hegemonía [4]. En efecto, Anderson nos invita a que miremos más allá de las dicotomías gramscianas de coerción y consenso que son, al fin de cuenta, acicates para la propia dinámica del conflicto en toda política democrática. Volviendo a la sexuación femenina, diríamos entonces que la noticia que trae a la teoría de la transversalidad es la recomposición de la conflictividad, evitando de esta manera la peluca que la propia lógica hegemónica le impone a la política una vez que se ha cerrado en la forma del cono. Aquí la figura del líder aparece de forma paradojal: por un lado es siempre contingente previa a su instancia de ascensión; pero por el otro, es siempre absoluta e irremplazable posteriormente.

Lo curioso de todo esto es que quien siga el debate sobre Cataluña en el último año, se dará cuenta que más allá de su fuerte composición de lucha hegemónica en varios frentes (Madrid vs. autonomía, eje soberanista vs. eje “constitucionalista”, convergen vs. esquerristas), la solución más atractiva resulta ser justamente la de Xavier Domenech y el federalismo pactado contra los juegos de “significantes vacíos” que ha funcionado para soterrar lo que Jordi Amat ha llamado la “competición de los liderazgos” [5]. La hegemonía ha cancelado esta posibilidad, como bien se ha visto al menos desde diciembre.

En la manera ‘hegemonicista’, la política democrática, aun cuando habla del conflicto, corre el riesgo de apelar a una totalidad de lo social en detrimento de la disputa. El deseo femenino, si nos dice algo hoy a quienes estamos interesados en pensar los procesos populares, es que la irrupción al interior de la equivalencia hegemónica (su “fallo matemático”), le da riendas a las posibilidades de una mejor política democrática (minimización de la dominación y expansión del antagonismo social) de máxima duración y de mayores deseos.

 

 

 

 

Notas

  1. El recording de la conferencia de Serra y Errejón puede verse aquí: https://www.youtube.com/watch?v=iMKmGrOR9jM&t=1068s .
  2. Joan Copjec. Read My Desire: Lacan Against the Historicists (Verso, 2015). 217-225.
  3. Adrià Porta Caballé. “Què és l’hegemonia convergent?”, diciembre de 2016. http://www.elcritic.cat/blogs/sentitcritic/2016/12/23/que-es-lhegemonia-convergent/
  4. Alberto Moreiras. “Plomo hegemónico en las alas: hegemonía y kataplexis”, mayo de 2017. https://infrapolitica.com/2017/05/16/plomo-hegemonico-en-las-alas-ii-hegemonia-y-kataplexis-borrador-de-ponencia-para-conferencia-allombra-del-leviatano-tra-biopolitica-e-posegemonia-universita-roma-tre-m/
  5. Jordi Amat. La conjura de los irresponsables (Barcelona: Anagrama, 2018).

Political poetics and posthegemony: on Jorge Alemán’s Soledad: Común: Políticas en Lacan. By Gerardo Muñoz.

img_7272The horizon of Jorge Alemán’s thinking is constituted by a desire to confront two deficiencies that have become commonplace in contemporary political thought. The first calls for radical subjectivation to achieve liberation, and the second, the articulation of psychoanalytical theory as an instrument to move away from certain impasses of social emancipation in a moment where the outside of the capitalist general principle of equivalence has become the reification of itself through negation. Subjectivity and theoretical supplementary negation are what constitutes the frame of today’s so-called “Leftist critical hemisphere,” which has achieved nothing but the fides for those persuaded in the subtleties of the Communist Idea, the Multitude, or the biopolitical subject. The refreshing theoretical import of Alemán’s thinking is, first and foremost, that it radically breaks with all theories of subjectivity that guard the foundation of politics today and their sadistic Master discourse.

Just a couple of days ago at a conversation panel session, a person said to another with all sincerity: “there are times where you have to join the Resistance, and give up European critical theory. There are times where there are no other options.” Putting aside the extreme decisionism that such opinion entails, the surge in the absolute of inclusion through communization is today the logical and linguistic articulation by which nihilism today takes the form of exceptional politics. Renouncing communization, or thinking the common otherwise, is enough for radically expulsing whoever brings to bear the fractures within every order of majoritarian hegemony. Against the possibility of a counter-majoritarian hegemonic undoing (which would only be inverting the demand for a narcissistic and thetic contraction of the sameness, of another community, etc.), Alemán’s Soledad:Común: Políticas en Lacan (Capital Intelectual 2012) proposes a radical suspension from every communitarian closure in favor of a solitude of singular desire against the demand of the Master, the equivalence of capitalist structural differentiation, as well as the economy of salvation that is presupposed in every communitarian interdependence as mass psychology of the political. According to Alemán, what is at stake today is to think the “Common” not as a dispensation of propriety and genus, but in relation to the ontological gap that is irreducible to meaning and representation and that opens itself to “existence” (18).

This ontological indeterminacy brings to divergence the poles of politics and psychoanalysis and displaces the metaphysical subjectivist politicity at the core of leftist subjective productionism in thinkers such as Gilles Deleuze, Antonio Negri and Michael Hardt, and Alain Badiou. The metaphysics of the subject, Alemán reminds us, is still caught up in the Master discourse and logic of identification, unable to properly give an account of the common as that what names the “void space in every social linkage” (25). Of course, the separation of the void that constitutes the unground of the subject’s ontological indeterminacy is to be distinguished from the liberal and Rortyan relativism that articulates the social space vis-à-vis moral good intentions before the Big Other. For Alemán, on the contrary, facing the non-knowledge of the psychoanalytical school is to confront the very void as the essence of every social contract, which fundamentally exposes the singular to its tragic finitude. For Alemán, and this is of major importance, Heidegger and Lacan are two proper names that untie the Master’s discourse towards a destruction of every commonality onto-theologically grounded for a messianic enterprise of liberation. Alemán calls this other than messianic subjectivist politics a “poetical politics,” which he links to the task of thought and the new beginning for politics:

“La tarea del pensar, en el sentido de Heidegger, aquella que ya ha franqueado el plano “ontoteológico” de la misma filosofía, tiene entre sus propósitos la apertura a un acontecimiento epocal que nos entregue las senas de una nueva donación del Ser. A nuestro juicio, si despojamos esta propuesta de sus acentos teológicos, se trata de construir una “poética política” hecha con los mimbres de Freud, Marx, Heidegger, y Lacan.” (38-39).

I am intrigued by what Alemán is trying to pursue here under the concept “political poetics” (poética política), which he registers in passing, but fails to define at length, immediately moving to what the concept itself has to promise for “emancipation” of the European and the Latin American regional spaces. It is obvious that poetical politics is not a new regionalism, and is not interested in the least in articulating something like a politics for Latin America, or a post-imperial (or Kojevean grand space) European geopolitics. Of course, there is an echo of Heidegger’s concept of the artwork and poetry as solicitation of dwelling; a path that for Alemán needs to suspend the Badiousian militant subjectivity, which he calls a dead subject (un sujeto muerto) at the end of the day. Later on, Alemán provides a clue when he says, “for us the problem today is how to understand the expression of the Will” (49). So, is political poetics a new re-formulation of a political will? But what is a will if not a step back to the command, whether in political, ethical, moral, or theological structure? I am suspicious of a new call for will that could leave behind the Kantian and medieval disputatio that has a long and complicated history in the medieval debates around the Infinite (the work of François Loiret here is very much at stake in thinking through the history of the Will in medieval metaphysics). Alemán is very well versed in the difficulties that the question of the will presupposes, and that is why he will identify the will with Lacan’s “decided desire” (50).

However, this decided desire is the fundamental fiction produced by the neurotic subject. Hence, the question for Alemán is whether this passage from solitude/common to the Will to the neurotic decided subject does not amount to a final story-telling that needs to be rendered inoperative in order to liberate the path of un-grounding (desfundamentación) radically open beyond the Master discourse and the faith in the general principle of equivalence. This is a problem that Alemán does not solve in Soledad:Común. But it is here where the maximum intensification between hegemony and posthegemony resides. In other words, whereas hegemony is the decided desired, posthegemony as I define it, would be the name of a fissured democratic politics that accepts the void of the social contract without subsequent compensatory hegemonic-political reconstruction of the social space. Later on in Soledad: Común, and when Alemán is teasing out the role of knowledge in Lacan’s understanding of School, he writes:

“…las distintas manifestaciones de lo Real, angustia, trauma, pesadilla, repetición, pulsión de muerte, debe ser recibidas, en su “no saber” para luego elaborar la construcción correspondiente propia de una “invención de saber y su transmisión”. El no saber no es la pasión por la ignorancia, es la distancia irreducible entre la verdad y el saber, distancia que debe ser habitada para que surja un invención.” (56-57).

It would seem that for Alemán the destruction of all grounds of politics are preparatory for establishing what he calls, following Laclau, a new “logical dignity that takes the People as the invitation of a logic of hegemony” (59). The problem of the Will seems to allow the hasty move from the fantasy of the neurotic to the construction of a social hegemony. In a way, what at first what discarded as a mass psychology of Freudianism is later achieved by submitting thought to the operation of the Will that re-organizes hegemony in the name of the People. And the problem is that this hegemony of the social is refractory of the singular. In fact, Alemán says at the very end: “This Equality would be identical to what we have called the Common” (69). But can hegemony be then the name of the psychoanalytical cure? Alemán warns us that the Common always opposes, each and every time, the logic of equivalence and value, since the sinthome of the barred-subject is always irreplaceable.

But, it is precisely for this reason why hegemony cannot do the work and it remains insufficient as a mechanism of translation for a generalized cure in the social. In other words, it is because there is always something that fails, that post-hegemony advances a politics of common solitude and the singular sinthome.

Stories or fiction? A footnote to Derrida’s The Question of Being and History. By Gerardo Muñoz.

Arguably, one of central problems in Heidegger: The Question of Being and History (2016) is the radical destruction of storytelling proper to onto-theological history. For instance, if we are to take the question of historicity seriously, Giorgio Agamben’s recent efforts on a ‘modal ontology’ provides yet another form of storytelling principled on henological absolutism. A similar gesture appears in Reiner Schürmann’s late work on the possibility of an outside of metaphysics vis-à-vis Plotinus’s hypostases of a “One” prior to all differences and intellect [1]. Although Schürmann points to Derrida’s suggestions on Neo-Platonism as an exception to onto-theology, one should bare in mind that any effective destruction of storytelling would also bring to ruin the henological difference under the critique of the trace. This is the crucial passage delivered very early in the seminar:

“The writing that tells stories is easy, narration is easy and philosophy, in spite of appearances, has never deprived itself of it. The point is to break with the philosophical novel, and to break with it radically and not so as to give rise to some new novel. The philosophical novel, philosophical narration, is of course, but is not only, the history of philosophy as doxography that recounts, reports, gathers and lays out the series of philosophical systems. “Telling stories,” in philosophy, is for Heidegger something much more profound and that cannot be so easily denounced as doxography. The Novelesque from which we must awaken is philosophy itself as metaphysics and as onto-theology“. [2]

As it becomes usual throughout the seminar, telling stories is not just an intellectual operation of the history of philosophy and the philosophy of history. The gesture of going beyond storytelling entails an affirmation of the ontological difference. This leap is not to be understood as a way of entry into a higher kingdom of speculation. Rather, it implies an invitation to radically confront history without exceptions or absolutes. In a way, this is the opposite end of philosophical anthropology’s task, which for Blumenberg amounts to a nonconceptual metaphorics capable of man’s self-affirmation against the absolutism of reality.

But I wonder if one could make the case that the deconstructive operation already in the 1964 seminar vis-à-vis the destruction of storytelling opens to a new conception of fiction. It is telling that ‘fiction’ as such is never brought in the seminar. This displacement, however complex and aporetic, should point to a minimal difference between Heideggerian destruction and Derridean deconstruction when it comes to dismantling every effective onto-theological operation. Should one, then, distinguish between storytelling and fiction? For one, if storytelling belongs the realm of the sleepwalking of philosophy and ontology, then it would be productive to think whether the shift after destruction takes place between thinking and fiction. I am still unable to grasp (if it is indeed possible and consistent) if fiction could effectively be understood as an excess of storytelling. It is not a question of form or even truth.  Should fiction point to the distance between politics and infrapolitics in thought? Could we say that infrapolitics is the dissemination of singular fictions announced after the destruction of onto-theological storytelling? Fiction: a non-metaphorical essence over existence after the end of metaphoric translation.

A negation of fiction puts us in a position of anomy. Here the fiction of law is a productive site for thought, because it is a discipline in which we find that fiction (fictio) is an operation that organizes and brings about a nebulous domain. According to Yan Thomas, who is arguably the central scholar on the fictive nature of Roman law: “The fictio is, from the point of view of Western history, without precedent. It only arrives as an operation of law to fix and keep within its boundaries the limits of reality, and the possible distances that it could trace with the fictive Nature” [3]. Roman law’s artificiality is a second-degree fiction that can no longer represent the state of things, but only the ‘as if’ of every probable manifestation. Fiction is always double, aware and checking its own artificiality. Agamben has appropriated Yan Thomas’ hermeneutical notion of ‘operations of law’ in an opportunity to ‘render inoperative’ the ‘politico-theological machine’ of Western governance. But this non-contained negation of principles speaks to Agamben’s anarchy, which differs from Derrida’s democracy to come. Later on in his life Derrida will establish a coterminous relation between fiction and justice as hyperbolic conditions of democracy.

I think an important moment appears in Rogues, where Derrida endorses a notion of democracy in possession of an “essential historicity” [sic] well beyond the subject and natural rights. Derrida also seems to be grappling with an evolving and transformative notion of democracy that cannot be subsumed either as vulgar historical as principle (arche) nor as reversed impolitical an-archy. One cannot evade history, but can one evade the fiction of democracy?

Back to the seminar. At the very end of the last session, Derrida reasserts that “it is not a matter of substituting one metaphor for another, which is the very movement of language and history, but of thinking this movement as such, thinking metaphor in metaphorizing as such, thinking the essence of metaphor (this is all Heidegger wants to do). There is thinking every time that this gesture occurs, in what is called science, poetry, metaphysics, and so on.” (Derrida 190).

So fiction cannot amount to a mere substitution for storytelling. Fiction should name the process of uncontained de-metaphorization within an evolving economy of democracy that has no political arche. The end of philosophical storytelling will open to a contamination of the turbulence of fiction by which the legal operation is always insufficient, but never deposed. The shift from the absolutist negation of the Roman fictio (the political as roman ratio according to the Parmenides lecture) to democracy as an essential historicity, retreats politics in the shadow of fiction. Couldn’t we say, assuming all the risks involved, that infrapolitics is also a reflection on the nature of fiction as a condition for democratic reinvention?

 

 

 

Notes

  1. Reiner Schürmann. “The One: Substance or Function”. Neoplatonism and Nature (ed. Michael F. Wagner). State University of New York Press, 2002.
  2. Jacques Derrida. Heidegger: The Question of Being and History. University of Chicago Press, 2016.
  3. Yan Thomas. “Fictio legis. L’empire de la fiction romaine et ses limites médiévales”, Droits, no 21, 1995.

The administrative state as second Leviathan. A response to Giacomo Marramao. By Gerardo Muñoz.

The two day conference “All’ombra del Leviatano: tra biopolitica e postegemonia” in Rome Tre University, was extremely productive and rich for continuing thinking the effectivity of posthegemony as a category for contemporary political reflection. Giacomo Marramao made this very clear in his generous introduction, as well as Mario Tronti, who took up the term several times in light of the crisis of depolitization and neutralization in democratic societies on both sides of the Atlantic. Sadly, at times conferences do not allow more time to reshuffle ingrained beliefs and hardened convictions. Thus, I just want to return to a question that was thrown by Giacomo Marramao regarding my paper on posthegemony, constitutionalism, and the administrative state [1]. 

I do not have a recording of Giacomo’s commentary, but from my notes, I recall he asked me a question that had two separate parts: a. whether the administrative state was synonymous with the securitarian state, b. why did I refer to the administrative state as a “second order Leviathan”, which I do explicitly in my text without much elaboration. This a central question, which I would like to elaborate in writing a little bit more, as to get me started thinking about a further relation between posthegemony and legality.

So, I will start with the first question: is the administrative state the same as the security state? My gut reaction in the exchange with Marramao was to say no. However, perhaps today the security state is a compartmentalization within the administrative state. In the United States, there is a clear and substantial difference between the rise of the administrative state and the security state in two separate tracks. In the historical development of American legality, we tend to associate the administrative state with the robust state building social policies of the New Deal, that is, with the classic welfare state. In fact, Moreiras argued a few years back that Keynesianism is one of the last figures of modern katechon [2]. Of course, Keynesian economics is somewhat different from the administrative legal development, but I do think that they complement each other. On the other hand, the so called securitarian state, is usually understood in the wake of the the emergency executive power, the torture memos, Guantanamo, and the expansion of other federal agencies to biometrically further deter terrorism after 9/11. At first sight, it seems to me that in Europe the securitarian state has now normalized and conquered the legal paradigm. In the United States, paradoxically, there seems to be a minimal difference between the security and administrative state.

A good example, in fact, is the case of Kris Kobach, a constitutionalist who favors legal securitization against illegal immigration, but not so much in the name of the administrative state. On the contrary, Kobach wants, very much in line with Steve Bannon, to ‘deconstruct the administrative state’. So, my intuition is that whereas in Europe legal developments have led naturally to the securitarian state, in the US the natural development has been towards deference and the delegation principle of administrative law [3]. We have yet to witness a securitarian state as fully hegemonic within the American legal development.

Now, the second question: why do I (should we?) call the administrative state a second order Leviathan? It is true that I should have made clearer that I was implicitly trying to turn around Schmitt’s argument in The Leviathan in The State Theory of Thomas Hobbes. Everyone remembers that in this book, Schmitt revises the state form in the wake of modern political theology, as already a ‘big machine, a machina machinarum’ within the age of technology [4]. To put it in Gareth Williams’ terms, the katechon was already post-katechontic, unable to fully give form to disorder, and incapable of providing long-lasting authority. In this sense, I agree with Marramao’s paradigmatic thesis that power today lacks authority, and authority lacks power. This seems to me a variation that fully applies to the administrative state. Of course, Schmitt thought administration dispensed anomy. But I think it is quite the opposite. The administrative state has become a great neutralizer of the political as defined by the friend-enemy distinction in the second half of the twentieth century. This is the second katechon.

This administrative katechon withholds the anomy of the full-fleshed market force, as well as the potential force of total politization. This is why both Schmitt from the political sphere, and Hamburger, from the market’s sphere, despise the administrative state. They both seek its destruction, which is an assault against the rule of law. But again, these positions grossly misunderstand the internal development of law’s abnegation, to put it Vermeule’s terms (2016). This katechon has internal legitimacy, but it lacks ex-terior democratic legitimacy of participation and dissent. But the argument of absence of dissent from administration has also been contested (Rodriguez 2014, Williamson 2017). Can one probe the administrative katechon today?

Interestingly, Mario Tronti wrote an essay on the Leviathan to challenge this question. As a Marxist, he called for a will to resist it. Let me briefly quote Tronti: “Men confront the archaic symbols of evil, and against them, they struggle. When men think that, through some of sort divine grace, they do not longer need to struggle, is when they become even more defeated. If time dispenses the tragic, we end up with just a positive acceptance of the world” [5]. This is what Tronti calls the “red heart of conflict”. I have doubts that a principle of subjective will to power can do the work to deactivate the katechon as it stands for the administrative state. In fact, I wonder whether any ‘willing’ against the katechon is even desirable. At the same time, doing so will not differ much from the libertarian position that in the name of an abstract freedom, forgets the infrahuman base of any social existence.

But I also wonder whether Tronti himself still believes in resistance today, since in the conference he called for a reformist political praxis and revolutionary intellectual ideas. I tend to agree more with this scheme, since the administrative state also stands for a process of rationalization. No subjective practice can emerge as an exception to this new katechon without automatically appearing as a bate for this monstrous apparatus. Perhaps another way of thinking about Marramao’s dual question is whether the security state can dethrone the administrative state. Could it happen? If that happens, I will be willing to accept that it will be the end of the second historical katechon as we know it.

 

Notes

  1. My essay written for the Roma Tre Conference on posthegemony can be read here: https://infrapolitica.wordpress.com/2017/05/23/posthegemony-and-the-crisis-of-constitutionalism-in-the-united-states-paper-presented-at-allombra-del-leviatano-tra-biopolitica-e-posegemonia-universita-roma-tre-may-2017-by-gerardo/
  2. Alberto Moreiras. “Keynes y el Katechon”. Anales del Seminario de Historia de la Filosofia, Vol.30, N.1, 2013. 157-168.
  3. This is the central argument in Adrian Vermeule’s important book Law’s abnegation: from law’s empire to the administrative state (Harvard U Press, 2016).
  4. Carl Schmitt. The Leviathan in The State Theory of Thomas Hobbes. Chicago: University of Chicago Press, 2008. 44 pp.
  5. Mario Tronti. “Leviathan In Interiore Homine”. La Política Contra la Historia. Madrid: Traficantes de Sueño, 2016.