Cuaderno de apuntes sobre la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Sexta Parte. Por Gerardo Muñoz

En un número de la revista Archipiélago en 1998, Sánchez Ferlosio escribió un texto autográfico titulado “La forja de un plumífero”. Este ensayo de vejez nos pone delante de su ars stilus. Es un texto particularmente importante por dos razones: en primer lugar, porque muestra cómo en el cosmos de Ferlosio no hay programa ni constricción estética cerrada. En segundo lugar, este texto nos ayuda a tematizar una región infrapolítica, ya no como mero registro negativo o pasión de escritura, sino como otra cosa. A esta otra cosa quisiera llamarle voluntad de estilo. En su temprano El alma y las formas (1911), Georg Lukacs preguntaba: “¿No es el estilo lo que concierna a la totalidad de la vida del escritor?” En efecto, el estilo es siempre la disonancia que destapa los accidentes previos a la conversión de las formas. Por eso en aquel ensayo, Lukacs distinguió entre el poeta y el platonista, esto es, entre la cesura de la errancia y la Idea, entre la voz y la prosa. Las declinaciones tratadas por Ferlosio sintonizan con las intuiciones del pensador húngaro.

Una primera impresión: “La forja del plumífero” recoge una serie de epifanías experienciales. La epifanía de un diálogo con el padre falangista; la epifanía de encerrar en un cuarto para estudiar Teoría del lenguaje de Karl Bühler a base de tinta y anfetaminas; la epifanía sobre el destino mientras andaba con su hija por el Retiro. Toda la reflexión sobre la existencia – y específicamente sobre la existencia de la escritura – depende de estos momentos experienciales. No hay otros fundamentos. Esto es lo que siempre acompaña a Ferlosio: contra el mundo de la Abstracción (y de la Alta Alegoría), una mirada discreta sobre los fenómenos. Y contra la translucidez del concepto, la capacidad reflexiva de la hipotaxis. O bien, contra la gramática, el brillo de un estilo que le devuelve a la vida la dimensión de sus accidentes.

Ferlosio carece de un fetichismo por la escritura: la gramática es índice de una pulsión de muerte que suprime el accidente des-subjetivizante de la ilegibilidad: “….el resto del tiempo seguía escribiendo como un loco, aunque la caligrafía empieza a írseme yendo de las manos, disparándose hasta desconocerse casi por completo” (p.565). Como ya en la antigüedad había visto Aristóteles, la inserción de la gramma en el lenguaje supone la domesticación de lo decible en la lengua, ya que desde ahí origina el orden entre los hombres y las cosas, y entre el lenguaje y el mundo. Por eso es que la “Historia” es el relato de un sacrificio que intenta generar “una gramática” (p.567). La vida incorporada a la letra ya no puede ser vivida. Ferlosio recuerda que el propio Stalin quiso construir una “gramática de clase”, algo completamente consistente con la teoría del comunismo real como teoría de la lingúistificación de lo Social (Groys).

La gramática evaporiza al lenguaje en la medida en que lo vuelve refractario de un sistema de esquematismos, de representaciones, de mentalidades, de proyecciones, de intenciones, de equivalencias, de metáforas…pudiéramos seguir. En un momento importante del “plumífero”, escribe Ferlosio glosando a Dostoievski:

El alma es muda, y lo que se pretende que dice de sí misma ya no es anímico, sino mental” representaciones, interpretaciones o versiones hechas con palabras – y con los tópicos verbales disponibles en la lengua común – que, sin duda, pueden mediar y reactuar las afecciones puramente anímicas, pero no son esas mismas afecciones (p.569).

La gramma silencia la voz en su potencia indecible. La gramática destruye ese espacio de lo incorruptible en lo Humano. En realidad, la historia del liberalismo también puede ser entendida como el intento por asegurar un “derecho narrativo” contra lo que hubiese sido el “derecho de las almas” (tomo prestada la expresion de mi amigo Ángel Octavio Álvarez Solís). El alma informe es la sombra que se acecha a la Modernidad en su caída a la técnica. Por derecho narrativo, Ferlosio entiende “convenciones además de ser ideológicas ya en cuanto formas o más bien formulas en sí, se han convertido también en eficaz instrumento pedagógico, potenciador de ideologías” (p.571).

El derecho a la narrativa es la antesala al mandato una vez que te has aceptado la demanda de la subjetividad, tal y como ocurre en el “Informe para una academia” de Kafka. Una vez que contamos la vida, nos ponemos una máscara para tapar el brillo que que emana del estilo de la existencia.  En el temprano ensayo “Crítica de la violencia (1921), Benjamin habló, en efecto, de “una violencia que no atenta contra el alma de los seres vivientes”. Ferlosio: atravesar el armazón de la gramática para llegar al estilo de las almas.

Solo una vida que cuide de los “derechos de las almas” puede ser entendida más allá de la biopolítica y del derecho, de la administración de los entes y del gramma. La ratio imperii en la imaginación de Ferlosio es el nombre por el cual se obstruye una relación apropiativa y des-apropiativa con el alma (singularidad). ¿Cómo ha sido taponeado? Ferlosio ofrece una hipótesis, que según él es su gran descubrimiento ligado a la historia de la lengua castellana; la misma lengua en la cual Ferlosio quiere dejar una huella. Vale citarle de manera extensa:

“Cuando dejé toda lectura de obras literarias y empecé a dedicar mis ocios a la historia y a los documentos del ayer…creí poder sacar la conclusiones que el enorme desarrollo de la hipotaxis en el castellano se fue formando especialmente a partir del lenguaje administrativo y sobre todo el de la administración de las Indias, que acabó coronando en lo que yo llamo “la gran prosa barroca”. […] El pensamiento barroco – decía Antonio Machado – pintura virutas de fuego / hincha  y complica el decoro / sin embargo…oh sin embargo! / siempre hay un ascua de veras / en su encendido de teatro, donde se evidencie que estaba pensando en el barroco literario o artístico; pero si vamos a buscarlo en la documentación administrativa de las relaciones, alegatos, etcétera, siempre obligado por la escrupulosa precisión de su funcionalidad en los complejos asuntos administrativos con sus intersecciones e interferencias simultaneas entre lo factico, lo técnico, lo económico, lo jurídico, y lo político, toda esa aparente gratuidad declamatoria que se le atribuye se verá justificada, en máxima medida, por la exigencia de rigor en sus necesidades funcionales” (p.572-73).

Habría que resaltar al menos tres aspectos de esta hipótesis. En primer lugar, que lo que Ferlosio llama “prosa barroca” es un dispositivo desde el cual fluyen en todas las operaciones efectivas sobre la realidad. La gramática es el mecanismo que logra cartografiar el mundo desde una legibilidad funcional y finalista. En segundo lugar, lo barroco emerge como una teoría flexible de la letra, y no como un concepto límite de época. En  efecto, lo barroco es el vínculo expresivo entre los bienes del mundo y las relaciones entre los hombres. En tercer lugar, algo que Ferlosio no llega a tematizar: ¿qué significa que un lenguaje tenga un origen administrativo? Obviamente, para Ferlosio ‘origen’ no es un punto arcaico en el pasado, sino un vórtice que no cesa de aparecer en su surgimiento, al decir de Franz Overbeck. Esto es consistente con la misión velada de Ferlosio: atravesar el castellano desde el castellano; contraponer un estilo a la administración de la prosa barroca contra la dominación hegemónica de la historia hispana.

¿A dónde llegamos? Al estilo. Pero la noción de estilo nunca puede ser administrativa ni política, sino existencial. El estilo es lo que dibuja y concede “manera” al carácter. No hay carácter sin maneras e inclinaciones. Este es el “asunto principal” en Ferlosio: la relación entre carácter y destino mediante el estilo. En realidad, este es su end game. Dice Ferlosio en el momento epifanico de su hija: “Por eso la primera referencia en que se plasmo para mí la dualidad de destino y carácter fue la de “personajes de existencia” y “personajes de manifestación”; estos segundos eran inmóviles, constante, no tenían acontecer, y ella logró alcanzarlos, aceptarlo y celebrar en su ahora, por que ella no veía razón alguna para que tuviere que haber un “argumento” (p.572).

Cada instante era la emanación de una necesidad sin porqué que “expresa toda la esencia del hombre, íntegramente y sin residuo – donde todo deviene simbólico, y donde todo, como en la música, sólo significa lo que es” (p.39). Así escribía Lukacs en otro momento de El alma y las formas (1911). Aunque, ¿no es el mundo de las marionetas un actuar que desactiva toda noción de destino como intromisión de lo trágico sobre aquello que no ha tenido lugar en la prosa de la vida? Dicho de otra manera, ¿puede lo trágico interrumpir la administración de la Gran Prosa Barroca, o es más bien su astucia final? El postrado ejercicio de estilo en Ferlosio es uno de los mayores esfuerzos por atravesar las ruinas de nuestra des-civilización en el lenguaje más allá de la lenguaje; desde la vida más allá de la vida; y en el carácter en cuanto informe de lo no-vivido. Como dice Giorgio Agamben sobre Hölderlin y Walser en Autorretrato en el estudio (2017):

“La torre en la casa del carpintero en Tubiga y el pequeño cuarto en la clínica de Herisau: he aquí dos lugares sobre los que no se debe dejar de meditar. Lo que se realizó entre esas dos paredes – el rechazo de la razón por parte de dos poetas sin par – es la más fuerte objeción a nuestra civilización. Y, una vez más, en palabras de Simone Weil: sólo quien ha aceptado el estado más extremo de la degradación social puede decir la verdad…En nuestra sociedad, todo lo que se permite que sucede es poco interesante, y una autentica autobiografía debería ocuparse más bien de los hechos no acontecidos” (p.114).

La existencia del plumífero también habita en ese retiro. Ahí donde brilla la ex-centricidad de un estilo.

Cuaderno de apuntes sobre la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Quinta Parte. Por Gerardo Muñoz

Mientras vamos adentrándonos en la selva ensayística de Sánchez Ferlosio en preparación para el curso, se asoma una pregunta que tarde o temprano terminaría imponiéndose: ¿cómo pensar una legibilidad entre el movimiento analítico de Ferlosio y un despeje infrapolítico? ¿Existe un horizonte propositivo en la escritura de Sánchez Ferlosio, o, por el contrario, ese movimiento es algo que tenemos que ofrecer nosotros como lectores extemporáneos de su obra? Pienso en Ernst Jünger, quien ante la consumación de la técnica y el agotamiento de la imaginación introdujo toda una serie de figuras: el Waldgänger, la tijera, el Anarca, la interioridad espiritual, o el mito como energía contra el desvalor del sujeto. ¿Hay otro gesto en Ferlosio? Las notas que siguen es un merodeo inicial sobre esta cuestión en diálogo con el pensador Jorge Álvarez Yágüez.

Yágüez: Me parece que la relación de Ferlosio con la infrapolítica pasa por el wittgensteniano “aire de familia”: intempestivo, fuera de lugar respecto a los cánones, desconfianza respecto de los grandes relatos, de la historia o del poder, sospecha sobre toda legitimación del sufrimiento, rechazo implacable de toda lógica identitaria, escritura insobornable, sin concesiones, desconfianza respecto de la razón, sensibilidad agudizada hacia el lado oscuro, hacia la violencia innocua, malestar en la cultura, descrédito del yo, del individuo, saber que el modo en que se vive el tiempo es lo determinante…

Muñoz: Estoy de acuerdo, aunque se me hace difícil ver un paso propositivo de parte de Ferlosio; esto es, una salida, una fuga, una alteración. No lo digo sólo como límite interno, sino para dar cuenta de otra cosa: tal vez para Ferlosio una interrupción de la proyección de la historia sacrificial no pasa por la efectividad de un concepto. Es como si entre la palabra y el concepto se arrojara una sombra. Lo interesante es la sombra misma, el agujero. Un concepto sería otro dispositivo para sostener el dominio desde la filosofía que siempre aparece en el último acto. Alain Badiou dice algo interesante en el seminario sobre Lacan (Sesión 4, 1995, p.112): una vez que una hegemonía impone su discurso, la filosofía (el concepto) aparece para redimir su legitimidad. Badiou luego remata: a eso le llamamos política, el intento de taponear la brecha entre el discurso y lo real. Lo que me ha llamado la intención de este momento del seminario de Badiou es que aparece la misma figura que utiliza Ferlosio en los pecios: la política como una especie de pegamento . En “Alma y Vergüenza”, Ferlosio afirma que ese tapón es lo que “crea jurisprudencia” [cursivas suyas] como fuerza de constricción entre sujeto y sus actos (p.117). Un paso atrás nos situaría en lo que pudiéramos designar por infrapolítica.

Yágüez: Con respecto al derecho se mantiene en la idea benjaminiana de la violencia originaria generadora de valor. Con respecto a infrapolítica la idea de autenticidad, en efecto puede mantenerse desde la idea de que infrapolítica sea una especie de reivindicación de la existencia frente a su supuesta perversión en lo político donde este ha quedado vaciado de todo sentido republicano, pero en Ferlosio esa repulsa a lo afectado va mucho más allá que su referencia a la política, es mucho más general y afecta a todo, a lo que diríamos es algo así como la forma moderna de vida. Desde otro punto de vista, que no es el de existencia versus política, sino algo metódico, como alguna vez he intentado defender, tendría más que ver con el concepto de “furor de dominación”, su clave explicativa de la historia, la génesis de su violencia, eso sería lo previo, lo que subyace a toda instancia política, lo infrapolítico.

Cuando digo auténtico no hacía proyección filosófica alguna sobre el término, tan solo lo usaba como el antónimo de fingido que puede consultarse en cualquier diccionario. Desde el momento en que la autenticidad se volviera una especie de proyecto de vida acabada o algo semejante entraría en el campo de su opuesto. Esto es lo que tanto Ferlosio como García Calvo, tan convergentes en tantos puntos, siempre han sostenido. La referencia de todo ello a la política no es central, como apuntaba, es más bien dirigida a toda una forma de sociedad y de cultura, que incluye obviamente a lo político mismo, cuya consideración en clave republicana Ferlosio nunca llega a contemplar, no es algo que le haya interesado, en gran parte porque piensa que el meollo está en otra parte fuera de la instancia política, de la que por lo demás nunca ha creído que pudiera esperarse gran cosa.

Muñoz: Claro, creo que Ferlosio ve en el derecho una máquina productora de fictio, como tan bien lo estudió Yan Thomas en el derecho romano. Pero eso último que dices me parece extremadamente importante. O sea, a Ferlosio pareciera no interesarle fetichizar el problema de la dominación en la Política, porque lo político es ya un sobrevenido de una escena arcaica. En este sentido que me gusta la conjetura que nos da en QWERTYUIOP: ” la gratuita imaginación me ha hecho asociar a las pinturas rupestres a él “vítor” como el bautismo de sangre del montero se dejan relacionar con uno de los asuntos más antiguos y extendidos que se contempla en la antropología: los ritos de iniciación” (p.483-484).

La política sutura una escena arcaica, por eso siempre es ratio compensatorio. La polis es ya siempre tráfico de bienes o actividad de piratas (como ha argumentado recientemente Julien Coupat) cuyo fin es la construcción de un nomoi. En el léxico ferlosiano: la constricción institucional es la hegemonía fantasmal de lo Social. La política para Ferlosio es siempre un fantasma secundario. De ahí que la crítica efectiva de la política ya no sea un registro primario. Lo importante es retener la mirada sobre los principios de descivilización que la sustenta (los dioses Impersonales o las distensión del derecho de la persona al cualquiera). En este sentido, la política es siempre equivalencia en tanto que forma legislativa de lo Social.

Yágüez: Sí, creo que lo formulas bien. Para Ferlosio lo político es meramente derivativo, un escenario del que, no obstante, a veces se ha ocupado (especialmente en la época de Felipe González, incluso llegando a cubrir para alguna revista un congreso del PSOE, observando siempre las imposturas a las que conduce el poder), pero su foco, el de sus problemas siempre se ha situado en otra parte, yo diría primordialmente en dos espacios: el de lo que podría denominarse de crítica de las ideologías en (en el sentido de los francfortianos)  que tanto le han acompañado, (deporte, industria del ocio, Disney y Collodi, filosofía de la historia, etc.) esos elementos que configuran conductas y formas de vida; y el registro de los arcana imperii, o de ciertas instancias últimas: dominación, el laberinto de la identidad, o genealogía de la moral.
Primera parte, Segunda parte,Tercera parte, Cuarta parte

Cuaderno de apuntes sobre la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Tercera Parte. Por Gerardo Muñoz

Non Olet (2003) es uno de los ensayos tardíos de Sánchez Ferlosio sobre materia económica. En realidad, su vórtice es la mutación del modelo de la producción al dominio del consumo. El aliento de las premisas del ensayo es muy ruskiano, aunque nunca se aluda a John Ruskin. Una mirada contramoderna como la Ruskin puede ayudarnos a desenmascarar las veleidades del valor como absoluto. Por eso hay que recordar que en Unto This Last, Ruskin argumentaba que el objetivo final de la economía política es siempre la glorificación exitosa del consumo, porque lo “usable” deviene sustrato de su sustancia hegemónica para perfeccionar el valor. Ruskin, por supuesto, no tuvo que esperar al declive histórico del trabajo y el cierre de la fábrica para darse cuenta. Ya todo estaba en el cosmos del liberalismo y del commerce.

El rastreo de Ferlosio se mueve en esta rúbrica. Para Ferlosio, la estructura tardía del capitalismo es esencialmente de equivalencia absoluta: “…el poder de determinación de la demanda y por lo tanto el poder determinante de la producción sobre el consumo, tendría el inimaginable porvenir de convertirse en el quid pro quo fundamental para el portentoso triunfo del liberalismo” (p.13). Ferlosio subraya que la “estructura de la demanda” es la unidad básica del este aparato del valor, ahora expuesto con la crisis de la forma tradicional del trabajo, puesta que hoy “el único capital humano que necesitan [las empresas] no es sino el que está compuesto de consumidores” (p.41). La intuición de Kojeve: si Marx fue el Dios, Ford fue su profeta.

No deja de curioso cómo la “demanda” también se ha convertido en el último resorte conceptual de la teoría política. No por gusto Jorge Dotti decía que la teoría del populismo era una mímesis de la equivalencia del dinero. En este nuevo absoluto, la brecha entre economía y política se rompe, haciendo del consumo la forma definitiva de la “Economía”. Por ejemplo, la noción de “ocio” entendida como tiempo de consumo es la expresión de una determinación compensatoria ya siempre entregada a la producción. En otras palabras, ahora producción y consumo son dos polos de una misma máquina que ha entrado en una zona de indeterminación (p.50).

Y es por esta razón que un marxista heterodoxo como Mario Tronti podía escribir en Operai e capitale (1966), que para luchar contra el capital la clase obrera debía primero luchar contra sí misma en cuanto capital. Es una sentencia dinámica, difícil de atravesar, y que coincide con la expansión del discurso de lo ilimitado. Hablar de un exceso en la exterioridad del Capital pone en crisis la negatividad de lo político. Así, se inaugura una nueva tiranía de los valores. Por esta razón, Ferlosio prefiere hablar de la Economía como “absoluta equivalencia, ajena a todo principium individuationis que pone en jaque a todas las formas de vida” (p.75).

La crisis de la negatividad es también agotamiento de la separación en la vida, esto es, de lo narrable como brillo de experiencia. Lo irónico de la economía moderna es que, a pesar de su origen como descarga contra el absoluto, su destino es la justificación de la rentabilidad como única verificación del valor” (p.81). El ethos económico moderno no es haber dejado atrás el peso de la contingencia del dios omnipotente, sino haber diferenciado el valor como una “función social” de las diferencias. Por eso es que Ferlosio no cree que podamos hablar de “sociedad civil” ni de “funciones sociales”, puesto que lo social ya presupone el valor como antesala de toda relación humana (p.106-107). Ferlosio escribe: “Bajo el omnímodo y omnipresente imperio de la “sociedad contractual”, todo queda indistintamente comprendido bajo el signo de las relaciones económicas. La sociedad no ya más que el sistema vascular para el fluido y el flujo de los intercambios económicos” (p.108). En efecto, ya no hay más “sociedad civil”, sino cómputo (cost & benefit) que sostiene la forma Imperio.

La estructura genérica de la sociedad consta de tres elementos – crédito, valor, y deber – que componen la máquina tripartita que produce al sujeto de consumo. De la misma manera en que la magia de la producción ha sido depuesta hacia el polo del consumo, ahora la existencia es depuesta como vida que debe ponerse en valor. Escribe Ferlosio: “Bajo la férula de la racionalidad económica, hoy coronada por el absolutismo de la hegemonía del a producción, no hay ya otra confirma de relación hombres que la de las relaciones contractuales; cualquier posible resto o renovado intento de relación no-contractual o está en precario o alcanza apenas una realidad fantasmagórica.” (p.158-159).

Un examen que nos toca de cerca: ¿no es la cultura de la culpa un modo contractual en todas relaciones sociales contemporáneas? ¿No ha sido el asenso de la identificación y la empatía, la nueva máscara obscena de la relación contractual entre personas? La función contractual no hay que entenderla como una esfera efectiva del derecho (no hay que firmar un documento en cada caso), sino como una función plástica del poder, ya sea como deber, como mandato, o como obligación. El agotamiento del contrato de la época del Trabajador, vuelve cada praxis humana una forma contractual. Es curioso que al mismo tiempo que se eliminan los contratos duraderos en la esfera laboral, toda experiencia con el mundo es hoy un contrato. Ferlosio nota un cambio importante: la palabra “caridad” (carus) paulatinamente fue reemplazada por “solidaridad”. ¿Y qué es la “solidaridad” (palabra que puede aparecer ya sea en el discurso de  una ONG, de una corporación de Wall-Street, o en el discurso piadoso de un profesor de Humanidades)?

La solidaridad es un término filtrado desde la esfera jurídica que apela al reconocimiento de un acuerdo previo. La solidaridad es el contrato con la Causa. Por eso sabemos que no hay solidaridad sin intereses y sin milicias. Sólo podemos ser solidario con la Humanidad, ya que en realidad reservamos el cariño para los amigos. La solidaridad despacha siempre a lo no-humano. Aunque lo no-humano realmente sea lo único importante; lo único que rompe la equivalencia general y que le devuelve la mueca mortal a la vida. De eso se trata: de devolverle al singular sus olores contra el non-olet genérico del Capital. Sánchez Ferlosio nos recuerda que hasta Edmund Burke tuvo “solidaridad” con los pobres en función de “la situación general de la humanidad” (p.161). Hoy cierta izquierda es burkeana porque sintetiza la solidaridad en nombre de una Humanidad que, por supuesto, cambia de rostro mensualmente. En efecto, las “Causas” no huelen.

 

Primera entrega

Segunda entrega

Cuaderno de apuntes sobre la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Segunda Parte. Por Gerardo Muñoz

¿Qué es un pecio? El último libro de Sánchez Ferlosio, Campo de retamas: pecios reunidos (2015) es una exploración total de esa forma. El pecio no llega a ser un aforismo, ni tampoco un decálogo de máximas, en la estela de La Rochefoucauld o Lichtenberg. Definición de pecio según la lexicógrafa María Moliner: “pecio es resto de una nave naufragada o de lo que iba en ella”.

El pecio irradia desconfianza, dice Ferlosio: “Desconfíen siempre de un autor de “pecio’. Aún sin quererlo, es fácil estafar porque los textos de una sola frase son los que mass se prestan a ese fraude de la “profundidad”, fetiche de los necios, siempre ávidos de asentir con reverencia a cualquier sentenciosa lapidariedad vacía de sentido pero habilidosamente elaborada con palabras de charol” (p.11). El pecio puede derivar el poder de lo indiscutible, y lo indiscutible es “como un carisma que sacraliza la palabra” (p.11).

El pecio, por lo tanto, es un resto que descarga la deriva sacer del lenguaje. Los restos nunca pueden terminar en la síntesis de la Alta Alegoría. El pecio por lo tanto no interesa tanto como forma, sino, para decirlo con Rodriguez Matos, de lo informe. Esto es lo interesante del pecio: su potencia al delegarnos una metafórica del naufragio. En Campo de retamos no hay ningún esfuerzo meta-teórico por definir el pecio. Todo pecio es singularidad, porque es superficie y extravío. De ahí también su densidad.

El pecio como metafórica del naufragio. Según Hans Blumenberg, el naufragio es la mejor exposición de la existencia humana. En el mar encontramos al existente en una situación de riesgo anómico. Mar es anomia. En la experiencia del naufragio, vemos la miseria y la autoafirmación de lo humano. Blumenberg cuenta anécdota que aparece en uno de los diarios tardíos de Jünger: los marineros antes del siglo diecinueve negaban sin saber nadar. La razón era simple: delegan a la velocidad del tiempo de una probable muerte (caso de naufragio) la incapacidad de ejecutar una acción. En otras palabras, incluso en una región anómica como el mar, la existencia habilita mecanismos de distanciamiento y repliegue. Por esta razón, lo más importante en la vida no es la unidad o la cohesión social, sino lo que trasciende la vida. Solo esto puede ser realmente considerado lo sagrado en la vida (lo ex-sacer), esto es, una vida auténticamente profana.

Volvamos a la cuestión de la singularidad contra la cohesión social que para Ferlosio remite al problema de la “unidad”. Escribe Ferlosio: “…la expresión “cohesión social: ninguna otra palabra podría recordar más de cerca el pegamento capaz de pegar cascotes rotos, pero no de conciliar personas” (p.47). Volviendo a la metafórica del naufragio: en el mar el naufragio se distancia de la unidad como artificio compensatorio. La unidad es una invención de la autorictas, de la misma manera que “el destino es un invento de la desventura, como el pecado es un invento del castigo y el juez es un invento del verdugo” (p.97). Se pide “unidad” para no pedir el sacrificio; son bondades de la gramática de la hegemonía. Es importante que en uno de los pecios de Campo de retamas se titule explícitamente ‘Anti-Goethe’, porque aquí queda expuesta la crítica ferlosiana  a la noción de “vida”:

“A nadie podría sentir yo más ajeno y más contrario que al que dijo: “Gris, mi querido amigo, es toda teoría; verde, en verdad, el árbol de la vida”. Siempre ha parecido a mí, por el contrario, ser la vida lo gris, y aun lo lóbrego, lo nusiestor, polviente y reseca momia de si misa. Verde, tan solo he visto, justamente, el árbol idea de la teoría; dorada, solo la imaginario florido de la utopía…desafiando la ominosa noche, en la ciudad bajo los bombardeos” (p.126).

No es menor que el blanco sea Goethe. Puesto que Goethe es la figura ilustrada en el camino de la Forma. La vida es ya la formalización de la existencia. De ahí la postura anti-Goethe. En cambio, a Ferlosio le interesa el desvío en lo informe. La unidad de la vida como facticidad alimenta las pretensiones de la Historia. Como escribe Ferlosio: “El fascismo consiste sobre todo en no limitarse a hacer política y pretender hacer historia” (p.53). La vida de la heliopolítica de Goethe es una Alta Alegoría de la Humanidad: lo que es legibilidad en la Historia (Lux) se convierte en la pegatina de la “unidad” en política. Ferlosio, en cambio, es un pensador fuerte de la separación. En realidad, el pecio es la unidad mínima de la separación entre vida y existencia, plenitud y naufragio, sol y la noche del pensamiento. El derecho positivista no nunca puede recoger esto como “alfombra solada bajo un suelo futuro” (p.103).

El pecio es el resto profano irreductible a la unidad. Hacia la última parte de Campo de retamas, escribe Ferlosio: “La amistad relaciona a los hombre en su condicion de de hombres; la unidad los junta y mantiene juntos como cosas. La unidad destruye la amistad porque la desplaza y la reemplaza, usurpando su lugar. La unidad funciona igual que un pegamento, es una especie de sindeticón, que mantiene pegados a los hombres como cascotes inertes, inconscientes, de un cacharro roto…El origen del concepto de unidad no es otro que la guerra y la dominación” (p.200).

La unidad es condición de toda cohesión social que suprime la stasis en nombre de la guerra como motor dialéctico de la Historia. ¿Qué es la teoría para Ferlosio? El árbol más verde, porque es la contemplación de las formas de vida. En el artículo del 2002 titulado “Naufragios democráticos”, Ferlosio retoma la metafórica marítima para discutir de la crisis como arte del gobierno: “…”crisis” no connota el inmediato aspecto “natural” del accidente”, sino el mediato del riesgo político electoral” (Ensayos 2, p.306-308). La crisis es la afirmación de la excepción en lo inmediato.

En otras palabras, la crisis en política no es un elemento creativo (Schumpeter) de la naturaleza del capitalismo. La crisis es la forma en que la guerra es administrada desde la eficacia del error. No dejar de ser curioso que las últimas palabras de Ferlosio, reaparezca la metafórica del naufragio, en versos de Leopardi: “E il naufragar m’e dolce in questo mare”. Una oposición importante en Ferlosio: riesgo vs. naufragio.

El concepto de “riesgo” no es ajeno al constitucionalismo. En cambio, el naufragio del pecio nos retrae a la desobra de otra imaginación. Una imaginación que siempre antecede a los titanismos del polemos del orden.

 

Primera Entrega

Cuaderno de apuntes sobre la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Primera Parte. Por Gerardo Muñoz

La serie a continuación son solamente notas de lectura en preparación para el curso que daremos en unos meses titulado “Rafael Sánchez Ferlosio y la infrapolítica“. La lectura va dirigida en función de dos hipótesis de trabajo: a. Primero, tener una idea integral de la operación “destructiva” de Ferlosio; operación que abriría, según ha dicho el propio escritor, una entrada a “la esencia de la lengua pertenece al ser profana” (Pecios, p.12). Ferlosio pertenece – junto a una serie de escritores, como Simone Weil, Cristina Campo, Yan Thomas, Giorgio Agamben, o María Zambrano – a una modalidad que busca cuestionar el suelo sagrado (sacer) de los dispositivos del humanismo. b. Segundo, me interesa ver lo que Sánchez Ferlosio tiene que decir sobre la optimización del conflicto contra el paradigma de la guerra. Estas dos líneas de lectura buscan explorar lo que pudiéramos llamar el arcano de la obra Sánchez Ferlosio. Para llevar a cabo estas interrogaciones, utilizaremos solo dos fuentes bibliográficas: los ensayos reunidos en cuatro volúmenes (ed. Ignacio Echevarria, Debolsillo, 2018), y la biografía El incognito Rafael Sánchez Ferlosio: apuntes para una biografía (Ardora Ediciones, 2017), de J. Benito Fernández. Una de las metas de esta investigación es poder llegar a decir algo sistemático sobre la crítica de los fundamentos teológicos-políticos de Sánchez Ferlosio. Sólo así pudiéramos despejar en él la órbita infrapolítica.

En esta primera parte quiero detenerme en el ensayo de 1996-1999 titulado “El Castellano y Constitución” (p.397-443). Interesa por al menos dos razones: como comentario a la escritura de las constituciones, y como análisis del aparato lingüístico. El punto de partida, para Ferlosio, es una máxima constitucional: “El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla“.

Es curioso que Ferlosio no diga nada de los dos polos que cierran la máxima, y cuyo peso conceptual no se le escapa a nadie: deber y uso. Veremos si en textos posteriores Ferlosio pondrá atención en la noción kantiana de “deber” que tanta influencia ha ejercido en el derecho moderno y en la subjetividad hispánica (Opus Dei). Ferlosio prefiere aislar estos términos para enfocarse en la esencia “modal” de la expresión, y de la estructura del presente indicativo (p.399). Las constituciones tiene mucho de presente del indicativo, pero también de la forma modal. Esto hace que se establezca una especie de “efecto de noticia”, que la vuelve siempre actual (p.400).

Dice Ferlosio: “Así pues, el que informa a otro del contenido de una ley usa el presente, porque da noticia de algo que, por decirlo con la lúgubre formula inmemorialmente acunad para el destino, ya “esta escrito”. Con esta misma fórmula “está escrito”, se remitían los judíos a la Torá, a la Ley, cuyos libros no, ciertamente, por casualidad tomaron precisamente el nombre de Escrituras” (p.400-401).

Ferlosio detecta uno de los misterios del derecho en Occidente: la ley tiene que estar escrita. No hay derecho sin escritura. La escritura misma en la constitución es “escritura escribiente” (p.401). (Nikolas Bowie tiene un artículo muy interesante sobre este problema como la arcana del constitucionalismo norteamericano: “Why the Constitution Was Written Down”, Stan.L.Rev, 2019). Pensar aquí en Yan Thomas: la escritura funciona como uno de las operaciones de la artificialidad del derecho. Esta es una de las herencias fuertes de la romanitas. Lo importante, nos dice Ferlosio, es que el presente indicativo de la escritura constitucional no es un “valor veritativo”, sino imperativo: “La ley es un mandato obligante; su enunciado no puede ser más verdadero o falso de cuanto puede serlo una frase en el modo llamado “imperativo” (p.401).

¿Qué es un mandato? Es la pregunta que sobresale en estas páginas de Ferlosio. El mandato traspasa el límite de lo verídico, y puede prescindir de ella, puesto que su interés es producir una orden que a su vez ordene. Esta es la esencia del sacramento (p.402). El mandato es principio y orden, pero más importante, dice Ferlosio, es que produce un sentido de “futuro”, ya que la afirmación del sujeto y predicado ya esta dada. Piénsese en este mandato: “Pondrás la mesa todos los días” (p.406). La futuridad no es una cosa de mera temporalidad abstracta, sino de la construcción de hábitos y normas efectivas. El derecho es la coherencia de la normalización.

Dice Ferlosio: “La noción de norma, no acepta en modo alguno cubrir una orden ocasional como la que se dan “imperativo”, de tal manera que puede servir como piedra de toque para distinguir entre las funciones del modo “imperativo” y las del “futuro” (p.407). Lo decisivo aquí: el indicativo de la ley produce “vigencia” (p.408). O también pudiéramos decir, eficacia. Por eso, la ley no puede ser más que el futuro, nunca el presente (p.409). En realidad esto es importante, puesto que si pensamos en las discusiones sobre el “originalismo” en el constitucionalismo norteamericano, el debate pareciera ser una operación de fidelidad en el origen, pero no es tal. La verdadera operación es instrumentalizar el principio para tener acceso directo al futuro y atrapar al destino. Ferlosio cita una frase de Benjamin que va directo al problema: “El juez puede ver el destino donde quiere; en cada pena debe infligir ciegamente el destino” (p.410). Pero como decía Carl Schmitt (Hamlet o Hecuba): ningún destino inventado es un destino. Y este es el problema.

Este también es el problema de la lengua. El castellano se ha vuelto ley escrita y por lo tanto un dispositivo de la hegemonía imperial, perdiendo radicalmente su destino material y profano. Termino con este momento al final del ensayo. Escribe Ferlosio sobre el “castellano”: “…España no significa la unidad e integridad  – o “de destino” – sino sencillamente la amistad entre sus reinos o, en lenguaje de la Iglesia, la “paz y concordia entre los príncipes cristianos” (p.437). La operación moderna por la cual la guerra civil es suprimida y desplazada, a cambio del miedo (Hobbes) y la auctoritas tiene un secreto importante en la operación de la lengua como forma del imperativo. Un imperativo que está ya siempre caído al imperii del futuro.

La sinousia de Platón. Por Gerardo Muñoz.

Plato laws Penguin

En el intercambio que acabo de terminar con Giorgio Agamben (de próxima aparición en el número monográfico sobre su obra editado en la revista Papel Máquina), el filósofo italiano vuelve a insistir, luego de una pregunta mía sobre L’uso dei corpi (2014), sobre la necesidad de pensar una “institucionalización de la potencia destituyente”. Esta operación es completamente contradictoria, dice Agamben, ya que el poder destituyente es, en cada caso, lo que permanece irreducible al derecho y lo que se desprende de cualquier cuadratura jurídica. Agamben cita el término platónico synousia, que no es fácil de traducir, pues consta de varios sentidos técnicos en los diálogos socráticos. Sinousia puede significar “estar-juntos”, pero también “estar-con” o “juntarse” (recogimiento de más de una persona), y a veces “vivir juntos” o “aprender juntos”.

Al final de L’uso dei corpi (2014), Agamben lo emplea en la designación que aparece en Leyes de Platón (y no en la “Carta VII”, que es el otro lugar con el que se le suele asociar): metà synousia pollen. Pudiera traducirse como “perdurar estando-juntos”. Parecería una definición más o menos convencional de la institución política entendida como la descarga de pruebas para “aliviar” los hábitos de los hombres ante la realidad.

Pero Agamben pasa a recordarnos que la sinousia de Platón no es una institución política, ni puede pensarse en función de la esfera del derecho, ni tampoco como instrumento jurídico. Esto tiene sentido en la obra del filósofo italiano, para quien la concepción de institución política en Occidente es ya una figura caída a la dinámica del gobierno (oikonomia) en cuanto administración del mal, tal y como ha sido expuesto en su ensayo sobre Benedicto XVI (hace algún tiempo reseñamos ese libro aquí). Por lo tanto, la sinousia platónica es de otro orden.

Este orden Agamben lo relacionada con la harmonía musical. Una metáfora que implícitamente alude a la concepción de la kallipolis, o de la belleza de la ciudad griega que integra la singularidad como exceso de la politización. La sinousia produce belleza en la polis, pero esa belleza no es ni puede ser una belleza política. Claro, una práctica sinousyal produciría mayor rango de Justicia, que es, al fin y al cabo, la posibilidad de rebajar la dominación del hombre por el hombre. Pero la kallipolis no es un agregado de ‘diferencias culturales’, ni se vincula a la metaforización de identidades en equivalencia. Se prepara una kallipolis desde la sinousia.

En cualquier caso, la sinousia nos remite a un singular en relación que, sorprendentemente, tiene un parecido a lo que Jorge Alemán ha llamado una soledad-común. La soledad del singular evita dormirse ante el anhelo de una totalidad sin fisuras. Es llamativo, por ejemplo, que en varios de los diálogos platónicos (Teages, Teeteto, Epístola VII, o Apología), Sócrates emplee la sinousia para referirse a dos cosas opuestas: al trabajo de una partera que acoge al recién nacido, y al maestro (Sócrates) en relación con sus discípulos.

Una primera intuición nos haría pensar que la sinousia es una vía para “formar personas” o dar “entrada al sujeto”. Sin embargo, sabemos muy bien que Sócrates es un filósofo que no sabe nada. Por eso es válida la distinción entre Sócrates y el platonismo, así como entre Jesucristo y el Cristianismo. En el diálogo Teages, por ejemplo, el discípulo Arístides le confiesa que él no ha aprendido absolutamente nada. La sinousia es una renuncia a la relación de subordinación al discurso maestro, y solo así está en condiciones de inscribir un quiebre en el saber que ha dejado de cumplir las tareas de “epistemizar” contenidos y producir formas.

La única manera en que la sinousia innova es cuando deja madurar al daimonion. Estamos ante el trabajo de un filósofo-analista que descree de las ingenuidades de la conciencia y rechaza administrar el goce del otro en nombre de una comunidad nómina. Por eso la sinousia platónica apunta a algo más allá de la subordinación a la ley del maestro o de una ‘voluntad colectiva’. Me atrevería a decir que la institucionalización que estaría pensando Agamben, aunque él no la hace explícita, es la de un anarco-institucionalismo, contra la supremacía de los teólogos (punto ambiguo en Leyes), que cuida de un proceso transformativo del singular más allá de lo propiamente político o antipolítico. La sinousia es índice de la separación en toda relación de co-existencia.

Es llamativo que Foucault en el curso de 1982-83, oponga la sinousia a la mathemata. Mientras la segunda da “forma” y vuelve “formulaicos” los contenidos del saber, la sinousia es destello de luz y “secreto lubricante del alma” en la absorción generativa de la filosofía. O en palabras de Sánchez Ferlosio, el “fondo de un punto ciego por el que entra la noche. Ese nadir es la aporía de una Razón completa”.

A Merciful Reason: on David Soto Carrasco’s España: Historia y Revelación, un ensayo sobre el pensamiento político de María Zambrano. By Gerardo Muñoz.

In the new book España: Historia y Revelación, un ensayo sobre el pensamiento político de María Zambrano (Círculo Rojo, 2018), David Soto Carrasco has given us a systematic treatment of Zambrano’s philosophical project in a double interpretative frame (in the sense that he considers both the philosophy-political implications of her work for Spain and European modernity simultaneously) of her oeuvre. According to Soto Carrasco, Zambrano’s originality resides in a highly unique modality of thought that goes well beyond the confines of Philosophy (the metaphysical tradition), which produced a speculative critique of European history as it descended into political nihilism. In fact, Zambrano, very much like Simone Weil or Judith Shklar, writes from the abysmal non-place of the ruin of the political, and the rise of new tempting fears and pieties. Her confrontation with liberalism and democracy, at least since her vocational years as a student of Jose Ortega y Gasset, expands thinking to the turbulence of those historically defeated. Indeed, Zambrano never stopped reflecting upon what she perceived as the sacrificial structure of history and the need to open up to a non-imperial relation to politics in the name of democracy.

España: Historia y Revelación fills an important gap in contemporary thinking about the origins of the political, which remains unsteady if not failing in confronting the complex philosophical inheritance of the great thinker from Malaga [1]. Quite to our surprise, and very early on in his book, Soto Carrasco advances a downy version of his thesis, in which he calls for Zambrano’s thinking as that which bends towards an infrapolitical relation to sovereignty against the liberal foundation of politics. Carrasco states:

“…[Zambrano] pretenderá abandonar todo intento de política soberana, esto es, de establecer lo político sobre la base de un concepto infrapolítico de soberanía. De este modo, nuestro ensayo plantea que hay un mesianismo impolítico que recorre toda la obra de Zambrano. Desde esta perspectiva, la historia consistirá en que haya siempre victimas e ídolos” (Soto Carrasco 19).

Taking distance from the Schmittian critique of liberal neutralization from the friend-enemy divide integral to unity of political theology, Soto Carrasco identifies that Zambrano’s “infrapolitics” (which he only mentions once without specifications of a narrow sense of the term) announces a solicitation of democratic community against a thwarting of sacrificial history and the subject of sacrifice. This is fair enough. Soto Carrasco has in mind Zambrano’s categories of “el claro”, “la vida sin textura”, and “razón poética”, which prepare the path for an athological gnosis and arranges the conditions for what the philosopher termed the “person of democracy” [2]. Zambrano’s project for the interwar and postwar period was undoubtedly an extraordinary meditation for the Liberal interregnum and its modern political ideologies. In what follows, I would like to assess the limits and reaches of Zambrano’s project in Soto Carrasco’s reading, which in our times, due to the conditions of global and the effective disintegration of inter-state sovereignty, could allow us to think beyond some of the impasses of the valence of reason and poetics, which are still latent in contemporary thought.

Zambrano’s thinking took off in the 1930s in books such as Horizonte del liberalismo (1930) and Hacia un saber del alma (1934). This is a period of a strong readjustment of European politics and parliamentary democracy. It was a period that went through the rise of fascism, totalitarianism from the right and the left, but also of instances of restoration (conservatism), revolution (left-wing communism), and welfare containment (United States). As Carrasco reminds us, Zambrano not only wanted to make these epochal shifts legible. She also wanted to assume an “insalvable distancia”, or an “irreducible distance” from a politics that had “shipwrecked into scientism and the most mediocre form of positivism” as the justification of dictatorship and ius imperi. This is a position that Zambrano shares with the Heidegger of the Parmenides, who understood the imperial inheritance of the hegemonic domination under the sign of the Roman falsum. Zambrano was highly aware of the calculative operation of the politics that we now associate with the principle of general equivalence as the ontology of modern civil society. In this sense, fascism and communism were two ends of the continuation of absolutism.

But so was liberalism, which in Zambrano’s view, failed due not just to its foundation on a “moral economy”, but because it eluded to the sentimental dimension of man, making him a human, but not a person. The modern foundationalism of the political ran in tandem with a process of the absolutization of the logos. This meant that reason was opposed to myth, a component that had always helped the psychic balance to battle the different external absolutisms of reality. In this way, Zambrano’s definition of conservatism – “it wants to not just have reason, but absolute reason” – could well apply across the ideological spectrum to identify the nihilism of politics. This dead end leads to a philosophy of history, whose horizon of sacrifice undermines the res publica as well as the separation of powers of democracy. The notion of person, in a complete reversal of Simone Weil’s impersonal characterization of the sacred, was the condition for democracy as a livable experience in Zambrano’s own propositional horizon in light of the crisis of liberalism.

Against a politics of domination and sacrifice, one would expect Zambrano to turn to philosophy or tradition. But it is here, as Soto Carrasco argues, that we find a poetological turn in her work as a retreat from the imperial-theological drift of modernity. Carrasco asserts: “La poesía se reivindicará como género para evadir la sistemática razón moderna y rememorar un orden sagrado perdido. La poesía será su más clara revelación” (Soto Carrasco 51). It is at conjuncture where Zambrano’s Spanish context should be taken into account, says Carrasco, since due to the insufficiency or absence of a philosophical tradition in the Iberian Peninsula, there was no concept to find refuge in, but rather, the Spanish ethos was to be found in poetry or the novel. In authors like Machado, Bergamín, Unamuno, or Galdós, Zambrano will clear a path for what she calls an “intuition of a world and a concept of life” (Soto Carrasco 55). In this turn, we arrive at a substitution of Philosophy for the Poem with the promise that it will grant a “verdadera vida” or a true life, at least at the level of intra-national Spanish topoi. This strategy is more or less repeated for the European space in the essays published between 1943 and 1945, such as La agonía de Europa or La confesión, género literarios y método, which for Soto Carrasco complements her critique of logos in the tradition of the West that runs from Plato to Heidegger (Soto Carrasco 73). It is difficult to accept Heidegger as a thinker of logos; a task that became the central operation for the destruction of Western onto-theology and the new beginning of philosophy for an authentic life. Soto Carrasco never fleshes out this complex discussion, and I suspect whether Zambrano herself engaged in a thorough way with Heidegger’s work after the 1930s. But there is an important distinction that Carrasco makes in the last part of his book in relation to Heidegger. When commenting on Zambrano’s notion of “claro”, he writes:

“Por ello, el claro [de Zambrano] no es un Lichtung. Si para Heidegger la “apertura” va a actuar como sorge, como una luz que ilumina la verdad la acción desde la capacidad interrogante, para Zambrano, el “claro” es luz opaca, donde la Palabra surge a las “entrañas” porque en ellas se padece con pasividad. De ahí que el filósofo se oponga al bienaventurado” (Soto Carrasco 125).

The differences are set straight here: Heidegger, in Carrasco’s reading of Cacciari’s reading Zambrano, remains tied too deep into “philosophy”, where Zambrano opens a clear path for a poem that instantiates itself in the divine and recognizes the blessed in ‘thy neighbor’. Zambrano will be on the side of the poem of salvation, but also on the side of ethics. Whereas Heidegger is situated in the threshold of a philosophical project that demands the question of being to be asked; Zambrano’s poematic offering opens an inter-subject mode of care. Again, Soto Carrasco thematizes the differences: “Si para Heidegger pensar el olvido del ser era pensar una posibilidad no-imperial de lo político, para Zambrano, toda posibilidad de lo política fuera de una historia sacrificial solo puede pensar desde el olvido de lo divino, de la relación abismada entre el hombre y Dios, que el bueno de Molinos definió” (Soto Carrasco 83). Zambrano’s “new beginning” is not properly existential, nor can we say after this description that it is one of an infrapolitics of existence, but rather that of an ethics for a human history based on errancy and exile. But it is also an exile that finds is meaning in opposition to the loss of country.

It is in this aporetic limit of Zambrano’s project that I would like to derive a few consequences from Soto Carrasco’s intelligent and important reading. Just a couple of pages before this allusion to Heidegger, Soto Carrasco quotes from La agonía de Europa that reads “in the Roman imperial dominion, existence is lived like a nightmare” (Soto Carrasco 77). If existence is liberated from imperial politics, but substituted to the ethical determination of the poem, isn’t there a risk of assuming that the endgame of the “poetical reason”, based on “misericordia” and “un saber de salvación y sufrimiento” is only capable of being moved by the delirium of the suffering of the world, but not properly achieving a transformative freeing of existence against the transparency of the concept (“la claridad de la idea”)? And does not the inverted messianic and redemptive time posited by a gnosis arrangement against political gigantism, give us yet another chapter in the history of salvation of the onto-theological tradition and its historical productivity? If, as Soto Carrasco does not fail to remind us vis-à-vis Nietzsche, we need History but “History otherwise”, what follows is that any messianic poematic history has unfulfilled this promise as it remains tied to an account of subjection to salvation in detriment to existence, and hence within the walls of imperi and its economy of “novelerías” (Soto Carrasco 105) [3].

It makes sense that the occlusion of existence paves the way for an explicit affirmation on “life”, which Carrasco systematically teases out in the last chapters of the book. He quotes Zambrano affirming that “la vida resulta ser, por lo pronto…un género literarios”; or in relation to Galdos’ characters “una vida habiendo conocido la extrema necesidad acaba libre de ella” (Soto Carrasco 107-08). It is not difficult to find in this concept of life the texture of the Franciscan form of life that, while shredding off the goods of commerce, it still carries the vestiges of an ethical rule of an ontology of the totality of the living (in fact Zambrano in a moment writes “una totalidad desconocida que nos mueve”). This becomes even more present in Soto Carrasco’s defining moment of “razón poética” for Zambrano as based on “love”:

“Es la razón poética hecha razón misericordiosa o piadosa. Amor que solo puede emerger de la revelación, desde un nuevo nacimiento. Es fundar una “comunidad de corazones”. Ante las Palabras de Juliana, se nuestro este eros…”. Yéndose de sí misma seguía sirviendo a la Piedad sin ser devorada por ella, en la verdad de su vida” (Soto Carrasco 113).

Poetical reason offers a communitarian symbolization for a more “ethical Christianity” against the dark night of imperial politics in the name of a new salvation. Zambrano’s mysticism sought in the Spanish tradition of symbols that could mobilize a détente against the force of philosophy and politics, and the hegemony of reason spiraling downwards. The question is whether Zambrano’s poetical and merciful reason can provide us with an authentic exodus from onto-theology and alternative foundations. Or, if on the contrary, the articulation of a substitute ethical condition to the sacrificial horizon of history is really an exception that is already contained within the dual machine of modern historical development that hampers singularization from community and as well as from the negative structure of the political. That is why it remains puzzling why Soto Carrasco states at the very end of the book that Zambrano’s thinking is also a “political philosophy” that is tied to history (Soto Carrasco 134). If Zambrano’s poem produces a reification of political philosophy, then there is no question that the ius imperi is still haunting a counterhegemonic practice even when it wants to speak in the music of democracy. No political philosophy can open a path for infrapolitics, and no infrapolitics can amount to the closure of a political philosophy.

But then again, much could be said about ethics and Zambrano, but also about the ethical traction in contemporary thinking today as politics enters an irreversible crisis for conceptual renovation. In his recent book Karman (2018), Giorgio Agamben interestingly makes the claim that Alain Badiou’s recourse to the “event” amounts to a substitution for the general crisis of modern Kantian ethics, upholding an ethical determination while repeating the antinomies of being and acting proper to the fractured political foundation [4]. I suspect that the same duality can be registered about ethics and politics, or the poem and the logos. There seems to be no other pressing problem today in contemporary thought than to move, for once and for all, beyond the ethico-political axis without any reservations to messianic and poetological substitutes. What is at stake, as Soto Carrasco reminds us, is an originary sense of being. But this would require us to move beyond the mercies of lovable life and the reassurances and prospects of a glorious subject too comfortable in the pieties and mercies that cloak modern ethics. The astuteness and intensity of Soto Carrasco’s brief essay on Zambrano’s thinking asserts the need for us today to push beyond the community and the political into a region that draws out an infrapolitical fissure unbinding the temporalities of singularization in the outlook of a politics that never coincides with life.

 

 

 

Notes

  1. Roberto Esposito has juxtaposed two different ontologies of the political by contrasting Arendt and Weil’s projects in relation to imperial and totalitarian politics. See The Origin of the Political: Hannah Arendt or Simone Weil? (Trans. Gareth Williams, 2017).
  2. See Alberto Moreiras, “Last God: María Zambrano’s Life without Texture”. A Leftist Ontology: Beyond Relativism and Identity Politics (2009). 170-184.
  3. For a dual critique of the modern Hegelian philosophy of history and its messianic reversal, see Writing of the Formless: Jose Lezama Lima and the End of Time (2016), by Jaime Rodriguez Matos.
  4. See Giorgio Agamben, Karman: A Brief Treatise on Action, Guilt, and Gesture (2018). 42.

Beyond rigorisms: notes on Martin Heidegger’s “What is Metaphysics?” (1929). By Gerardo Muñoz.

A preliminary note: it is important to have in mind that Heidegger understood metaphysics as onto-theology. This means that metaphysics was not anevent among others in history, but rather the event that allows the dispensation of the history of the forgetting of being as such. This is why it is always insufficient to take up the mission of founding an “alternative metaphysics” or an immanentization of the metaphysical horizon, which is, at the end of the day, the high price that Averroism has to pay for reenacting absolute aristotelianism against Christian dogmatics. Already in the opening line of “What is Metaphysics?” (1929), (“The question awakens expectations of a discussion about metaphysics…” 82), we encounter the gesture of awakening from the sleepwalking that is the essence of metaphysics as constituted by figures of the supreme (those “idols” that Gareth Williams already brought up to our attention in his commentary) on the one hand; and by the logic reconstruction of identity and difference of historical time on the other.

The engagement against all metaphysical rigorisms must open to a region of factical existence that clears a distinctive path that does not coincide with the demand for “exactness” in the wake of modern scientific development and the legitimacy of the ‘spiritualization of technology’. This spiritualization grounds the objectivity of scientific knowledge as its self-legitimation: “Today the only technological organization of universities and faculties consolidates this multiplicity of dispersed disciplines; the practice establishment of goals by each discipline provides the only meaning source of unity. Nonetheless, the rootedness of the science in their essential ground has atrophied” (82-83). Thus, the question of Da-Sein must necessarily move away, in a counter-universitarian fold, from the demand of exactness of mathematics and the rigorisms of inquiry that is only capable of establishing grounds. The techno-universitarian machination vis-à-vis exactness and rigor ascertains legitimacy through being understood as unveiled will-to-power and reserve for transformation, production, and distribution-organization.

But how? Of course, Heidegger not once speaks of legitimacy in this essay, and I would leave it open to whether the ontological difference and existence is a path that could be thought as an otherwise point of entry into the inquiry for legitimacy in the modern age. (A long parenthesis: this question seems pertinent, in my view, in order to bypass the recurring indictment of Heideggerianism as a “mystical step back” to the antiquity of the Greeks, to the inhumane hypsipolis apolis of the city, or turn to dichtung as the stamp of the German genialismus destroyer of the Enlightenment. I would bracket this question here for future investigation. I must clarify, however, that I pose this question not in the order of intellectual history, but as someone interested in the problem of the genesis of modernity. Also at stake here is the crucial debate with Ernst Jünger regarding the “crossing over the line” as the condition of nihilism, as well the unexplored relation between Lacan’s psychoanalysis, anthropological deficiency, and the ontological difference). In “What is Metaphysics”, Heidegger suggests that any real confrontation must be done through the nothing. The question of nothing for science and the techno-spiritual constellation is “an outrage and a phantasm”, a sort of suppository for transparent rationality (84). Indeed, Heidegger writes: “Science wants to know nothing about the nothing.” (84). But the nothing is never sutured, and that is why it takes a spectral figure; it returns whenever science fails to bring to unity of its own ground.

The question regarding nothing must be cleared from the logic operation of ‘negation’, which for Heidegger is “a doctrine of logic and a specific act of the intellect” (85). Here, Heidegger not only wants to break away from all forms of the Hegelo-Marxist dialectical philosophy of history, but with a deeper anthropological assumption that resides in the insistence of the condition of anticipation (86). (Note for future elaboration: a central kernel of philosophical anthropology – from Helmuth Plessner to Arnold Gehlen, from Hans Blumenberg to Odo Marquard – has been the story of finding ways to institute conditions of anticipation to discharge the absolutism of phenomena and organizing symbolic reality through compensatory and manageable partitions of spheres and actions). But I agree with Gareth Williams that what is at stake in the non-grasping of the question of the nothing is sustaining thinking as nihiliation to an “unconcealed strangeness” that opens up the condition of finitude. Originary attunement is what “makes manifest the nothing” (88), for Heidegger, the possibility of the closest proximity and near true distance. The unwelt of attunement (which never constitutes the idealism of a weltanschauung) is said to be found in boredom or anxiety that rips a hole in language, since “anxiety robs us of speech” (89). Boredom puts us in relation to the animal.

Now, this ur-stimmung knows no hypokeimenon (the pure “that is” of the subject, what subjects the pre-supposition), and that is why it is an instance where the “nothing is manifest” as the clearing of being as a sort of black sun in the open of nothing. “Nihiliation will not submit to calculation in terms of annihilation and negation. The nothing itself nihiliates” (90). This original attunement is what allows for freedom completely disintegrate “logic itself in the turbulence of a more originary questioning” (92). The digression on freedom is important. That is, the freedom that is evoked here is necessarily detached from the freedom of the subject of dialectical thought, the two conceptions of freedom in classical Liberalism (positive and negative), and freedom understood as a conatus of experience engrained in the subjective fabric of affects and habits in the tradition of immanence and philosophies of vitalism, etc. Let’s bracket it in a schematic form: freedom against liberty (liberalism):: attunement against affect (life). A question at this point: is the emergence of the freedom in this early text as a vortex of the attunement of anxiety and boredom, later displaced in Heidegger’s insistence on the Galassenheit as the fundamental mood of a suspended topology? Or is the Galassenheit an adjoined mood as the attunement with the nothing? The question of freedom emerges again at the end in an important passage:

“We are so finite that we cannot even bring ourselves originally before the nothing through our own decision and will. So abyssally does the process of finitude entrench itself in Dasein that our most proper and deepest finitude refuses to yield to our freedom” (93).

The question of freedom as posited here runs all absolute rigorisms amok, whether ethical or political, which ultimately makes their propositions fall within the regime of the “legitimacy of the dominion of “logic” in metaphysics” (95). I would like to call the freedom that opens up in this region where philosophizing takes place infrapolitical freedom. But philosophy here is trans-formed; this is thought. The dismissal of the nothing “with a lordly wave of the hand” as science does, or through an accumulation of facts as it is done in historiography, cannot guarantee freedom in the originary sense that is housed in existence.

As Heidegger says at the very end: “no amount of scientific rigor attends to the seriousness of metaphysics. Philosophy can never be measured by the standard of the idea of science” (96). Not fully abandoning Husserl (or at least that is my wager here, briefly crossing to a late essay on the question of “Earth” beyond science), the philosozing occurs in the measureless earth, an earth that does not move, and beyond any conception as a ready-made idea of measurement. The moment that philosophy raises the question of our existence, it embarks in a decisive removal of all rigorisms of truth (be it ethical, logical, political, anthropological, or historical –hegemonikai or guiding faculties) as well as the absolute trepidations of the negative. Only when positing being at the proximity of the fissured ark, there is the possibility of a bringing the questioning of the nothing. It is here where all rigorisms collapse and good theories end.

Bibliography

Edmund Husserl. “Foundational Investigations of the Phenomenological Origin of the Spatiality of Nature: The Original Ark, the Earth, does not move”. Shorter Works (University of Notre Dame, 1981). 222-233.

Gareth Williams. “First Take on “What is Metaphysics” by Martin Heidegger”. https://infrapolitica.com/2018/02/18/first-take-on-what-is-metaphysics-by-martin-heidegger-by-gareth-williams/

Martin Heidegger. “What is Metaphysics” (1929), Pathmarks (University of Cambridge Press, 1998). 82-97

Stories or fiction? A footnote to Derrida’s The Question of Being and History. By Gerardo Muñoz.

Arguably, one of central problems in Heidegger: The Question of Being and History (2016) is the radical destruction of storytelling proper to onto-theological history. For instance, if we are to take the question of historicity seriously, Giorgio Agamben’s recent efforts on a ‘modal ontology’ provides yet another form of storytelling principled on henological absolutism. A similar gesture appears in Reiner Schürmann’s late work on the possibility of an outside of metaphysics vis-à-vis Plotinus’s hypostases of a “One” prior to all differences and intellect [1]. Although Schürmann points to Derrida’s suggestions on Neo-Platonism as an exception to onto-theology, one should bare in mind that any effective destruction of storytelling would also bring to ruin the henological difference under the critique of the trace. This is the crucial passage delivered very early in the seminar:

“The writing that tells stories is easy, narration is easy and philosophy, in spite of appearances, has never deprived itself of it. The point is to break with the philosophical novel, and to break with it radically and not so as to give rise to some new novel. The philosophical novel, philosophical narration, is of course, but is not only, the history of philosophy as doxography that recounts, reports, gathers and lays out the series of philosophical systems. “Telling stories,” in philosophy, is for Heidegger something much more profound and that cannot be so easily denounced as doxography. The Novelesque from which we must awaken is philosophy itself as metaphysics and as onto-theology“. [2]

As it becomes usual throughout the seminar, telling stories is not just an intellectual operation of the history of philosophy and the philosophy of history. The gesture of going beyond storytelling entails an affirmation of the ontological difference. This leap is not to be understood as a way of entry into a higher kingdom of speculation. Rather, it implies an invitation to radically confront history without exceptions or absolutes. In a way, this is the opposite end of philosophical anthropology’s task, which for Blumenberg amounts to a nonconceptual metaphorics capable of man’s self-affirmation against the absolutism of reality.

But I wonder if one could make the case that the deconstructive operation already in the 1964 seminar vis-à-vis the destruction of storytelling opens to a new conception of fiction. It is telling that ‘fiction’ as such is never brought in the seminar. This displacement, however complex and aporetic, should point to a minimal difference between Heideggerian destruction and Derridean deconstruction when it comes to dismantling every effective onto-theological operation. Should one, then, distinguish between storytelling and fiction? For one, if storytelling belongs the realm of the sleepwalking of philosophy and ontology, then it would be productive to think whether the shift after destruction takes place between thinking and fiction. I am still unable to grasp (if it is indeed possible and consistent) if fiction could effectively be understood as an excess of storytelling. It is not a question of form or even truth.  Should fiction point to the distance between politics and infrapolitics in thought? Could we say that infrapolitics is the dissemination of singular fictions announced after the destruction of onto-theological storytelling? Fiction: a non-metaphorical essence over existence after the end of metaphoric translation.

A negation of fiction puts us in a position of anomy. Here the fiction of law is a productive site for thought, because it is a discipline in which we find that fiction (fictio) is an operation that organizes and brings about a nebulous domain. According to Yan Thomas, who is arguably the central scholar on the fictive nature of Roman law: “The fictio is, from the point of view of Western history, without precedent. It only arrives as an operation of law to fix and keep within its boundaries the limits of reality, and the possible distances that it could trace with the fictive Nature” [3]. Roman law’s artificiality is a second-degree fiction that can no longer represent the state of things, but only the ‘as if’ of every probable manifestation. Fiction is always double, aware and checking its own artificiality. Agamben has appropriated Yan Thomas’ hermeneutical notion of ‘operations of law’ in an opportunity to ‘render inoperative’ the ‘politico-theological machine’ of Western governance. But this non-contained negation of principles speaks to Agamben’s anarchy, which differs from Derrida’s democracy to come. Later on in his life Derrida will establish a coterminous relation between fiction and justice as hyperbolic conditions of democracy.

I think an important moment appears in Rogues, where Derrida endorses a notion of democracy in possession of an “essential historicity” [sic] well beyond the subject and natural rights. Derrida also seems to be grappling with an evolving and transformative notion of democracy that cannot be subsumed either as vulgar historical as principle (arche) nor as reversed impolitical an-archy. One cannot evade history, but can one evade the fiction of democracy?

Back to the seminar. At the very end of the last session, Derrida reasserts that “it is not a matter of substituting one metaphor for another, which is the very movement of language and history, but of thinking this movement as such, thinking metaphor in metaphorizing as such, thinking the essence of metaphor (this is all Heidegger wants to do). There is thinking every time that this gesture occurs, in what is called science, poetry, metaphysics, and so on.” (Derrida 190).

So fiction cannot amount to a mere substitution for storytelling. Fiction should name the process of uncontained de-metaphorization within an evolving economy of democracy that has no political arche. The end of philosophical storytelling will open to a contamination of the turbulence of fiction by which the legal operation is always insufficient, but never deposed. The shift from the absolutist negation of the Roman fictio (the political as roman ratio according to the Parmenides lecture) to democracy as an essential historicity, retreats politics in the shadow of fiction. Couldn’t we say, assuming all the risks involved, that infrapolitics is also a reflection on the nature of fiction as a condition for democratic reinvention?

 

 

 

Notes

  1. Reiner Schürmann. “The One: Substance or Function”. Neoplatonism and Nature (ed. Michael F. Wagner). State University of New York Press, 2002.
  2. Jacques Derrida. Heidegger: The Question of Being and History. University of Chicago Press, 2016.
  3. Yan Thomas. “Fictio legis. L’empire de la fiction romaine et ses limites médiévales”, Droits, no 21, 1995.

Is There an Infrapolitical Dignity Worthy of the Name? By Gareth Williams.

Rome dignitas

Geoffrey Bennington, Scatter 1: The Politics of Politics in Foucault, Heidegger and Derrida. New York: Fordham University Press, 2016.

My presentation is framed as a question, but is simply an attempt to think alongside scatter, with no definitive response to the question itself. I would like to begin by expressing my gratitude to Alberto Moreiras for this gathering, and my admiration to Geoffrey Bennington for Scatter 1, which, via the “politics of politics” in Foucault, Heidegger and Derrida, posits a thinking not of the political per se, but of a certain autoimmune distance from the political, which is, of course, a distance from politics understood as the dialectical orientation and administration of force. Bennington proposes a dismantling of the hermeneutics of the political, and, as such, a deconstruction of the originary polemos/polis relation. He does this in such a way as to unveil—that is, to loosen and scatter—just some of the originary concealments that lie at the heart of the political. Bennington presents us with what one might call, perhaps a little inappropriately, a form of anticipatory resoluteness that is extended, however, not in the name of power over Dasein’s existence, as in Heidegger’s not so surreptitious decision, but in the name of autoimmunity. This movement uncovers a “modest falling short of the transcendental”; the potentiality of a turn toward a thinking of autoimmunity that traces the contours of a thinking without mastery; an opening to a certain environmentality within thinking that remains at a significant remove from the dialectic of reason and the certainties of political consciousness that animate every teleology.

We could understand Scatter1, therefore, as a protocol of reading that highlights, and animates, a certain trembling at the heart of the political; a trembling that is covered over, concealed, and systematically rendered oblivious in the name of teleology. Bennington’s is a protocol that is extended with a view to dispersing all fugitive Self-Other concealments. This is obviously not the work of a card carrying Heideggerian, however. Quite the contrary, the author proposes the detours of scatter in such a way as to open up a task for thinking that does not regurgitate Heidegger’s troublesome metaphorics of proximity and gathering; a metaphorics that Derrida in May ‘68 (“The Ends of Man”), but also in his lectures from a few years before On the Question of Being and History, had already outlined as a thinking of “simple and immediate presence, a metaphorics associating the proximity of Being with the values of neighboring, shelter, house, service, guard, voice and listening” (“Ends, 130). As Derrida highlights in reference to Heideggerian metaphorics, this is “not an insignificant rhetoric” (130).

With this in mind, Scatter 1 takes aim at the underlying problems of the “moment of vision” (Augenblikt), which Heidegger developed with a view to anchoring and holding together the factical and the transcendental, the existential and the existentiell; the gathering together of all thrownness, dispersal and ek-sistence. In contrast to Heidegger’s moment of vision, Bennington invites us to approach the politics of politics in the absence of such a problematic metaphorics, in the process raising the question of metaphoricity in general, and along with it the very conceivability of plurality, coexistence and simultaneity.

Echoing Derrida’s “differance”, Scatter 1 offers its readers the tomb of the proper, the death of the tyranny contained in Heidegger’s metaphysics of gathering and proximity (Derrdia, 1972, 4). As such, the politics of politics unveils an economy of death that lies at the heart of the metaphorics of the familial and the proper. Rather than positing presence, scatter loosens, breaches and breaks open in a movement toward the politics of politics; politics in its autoimmune self-difference, or alter. The politics of politics marks not the sign politics, but the sign of the sign, and therefore the opening to the unveiling trace of the erasure of the trace itself. As a result, Scatter is the movement of an autoimmune destitution of political presence that moves in the name of an economy without reserve, always preceding and differentiating itself from the political.

In these movements the politics of politics governs nothing. If it is anything, scatter is the name for that which “lingers in the expanse of unconcealment” (Derrida,”Ousia and gramme), and, as such, in the expanse of the trace of the erasure of the trace. Scatter is a thought of lingering and of falling short. Making the unveiling of oblivion the issue not of politics, but of the politics of politics, scatter suspends teleology from the start, in the name of always, humbly, and necessarily, falling short of gathering. As such, it remains at all times without a kingdom and without an epoch; as Derrida observes in reference to differance, which remains at all times the underlying movement of scatter, it is an “affirmation foreign to all dialectics” (27). As a result, there is no philosophy of bios and zoe available to us here; there is no affirmative biopolitics in scatter. Rather, it is thinking in the name of blind tactics, empirical wandering (Derrida, 7), and the circumventing of the willful politics of the decision, of any specific political consciousness, and of the operation or action of a subject on an object. In scatter sovereignty is nothing and the only democracy worthy of the name would be an-archic.

This is, of course, a fundamental project for our times, understanding our times as our atrocious, forced familiarity with a seismic shift in the coordination of teleology and eschatology that we have come to call globalization. Half a century ago, in “The Ends of Man”, Derrida first approached the question of dignity and democracy, highlighting the following limit: “What is difficult to think today is an end of man which would not be organized by a dialectics of truth and negativity, an end of man which would not be a teleology in the first person plural” (121). Fifty years later our phrasing would have to be slightly different, since that limit evoked by Derrida has been displaced by the globalizaton of techne and the determination of humanity as standing reserve. In these dire circumstances, we might now have to say that what is difficult to think is an end of man that could possibly be organized by a dialectics of truth and negativity, an end of man that could possibly be a teleology in the first person plural, other than that which leads to the eschaton of complete nomic collapse, of course.

It is in this context that Bennington returns to Derrida’s approach to, and distancing from, the Kantian stipulation that a dignity “worthy of the name” be returned to politics, in such a way that a new politics—a repoliticization, another concept of the political—be forged in which rational beings are treated always as an end, “and not merely as a means to be arbitrarily used by this or that will” (Kant, Foundations of the Metaphysics of Morals). What is ultimately at stake (and this is inevitable in this proposition) is the aporia of a political re-instrumentalization of man as an end in itself, rather than as a value, even though dignitas is only ever an expression of value—of a certain auctoritas—and, as such, the expression of a certain property of the State. The question of force still, and perhaps only ever, haunts this attempt to make room for, and to distance oneself from, dignity in the politics, property and titles of the State.

Bennington asks: “Is it possible to think of a dignity that is not bound up in (and, one might be temped to say, compromised by) the teleological structures of the Kantian Idea?” It is this question that leads to the question of the structure of (in)dignity—the constitutive indignity—that upholds “the supposed dignity of [all] metaphysical concepts”. From an infrapolitical, rather than from a classical political perspective, what is at stake here is how to try to make room not for dignity in real politics, and therefore in the administration of force (auctoritas), but to let the dignity of a remove from the metaphysics of force (that is, a constitutive indignity) be involved in existence. With this question of constitutive indignity in mind, we are left to wonder if there is an infrapolitical inflection—an inflection that is without doubt akin at all times to the protocols of deconstruction, but that is not necessarily bound by the protocols of deconstruction—; I repeat, is there an infrapolitical inflection available to us that might allow us to reckon with the distance from auctoritas, from the property titles of the State or the dignity of metaphysics, from a site other than that of the Kantian inheritance that Derrida reckons with from “The Ends of Man” (1968) all the way through to the end itself in 2004?

At this point I will merely offer an example, and that, precisely, is the weakness of everything that follows (though in Specters of Marx Derrida notes that “an example always carries beyond itself; it opens up a testamentary dimension” (41). I wonder, then, whether in the example there lies the problem and possibility of an infrapolitical inflection that turns away from the political, and turns in the direction of allowing that the dignity of a remove from force be involved not in politics, but in existence.

Of all people, it is Cicero the elderly statesman who might exemplify such an inflection. In a brief essay published in 1960, the Oxford classicist J.P.V.D. Balsdon recounts Cicero’s return from exile and ultimate political capitulation in 56BC, when, in the face of “the prolonged triumph of gangsterdom which followed his exile” (49), Cicero found himself obliged to turn his back on the dignity and prestige of a public life. He had become an ineffective pariah in the motley world of populist resentment. What is at stake in Balsdon’s treatment of this moment in the history of the Republic are the slight shifts in Cicero’s uses of the terms dignitas and otium, together, at this particular time of capitulation and relinquishment.

In general, the term otium referred to the private or retired, as opposed to active public, life. However, in public life otium could also refer to peace and freedom from disturbance, or relief after war and internal disorder (47). It referred to a form of serenity or harmony in the wake of war. Upon Cicero’s political capitulation, Balsdon says, “the opening remark of the De Oratore, [signaling pseudos] which was finished in 55, introduces the new conception ‘cum dignitate otium’. ‘Otium’ is now retirement, the condition of the elder statesman who turns his back on the political. His active political life, his consulships and proconsulships are at an end (49). “Battling through the stormy seas of popular agitation”, observes Balsdon, Cicero had to “make for a different harbor . . . ‘cum dignitate otium’” (50). For the classicist Balsdon this is a harbor of studious relief from disturbance, freedom from agitation, and relief after war and internal disorder, for “persistence in opposition which was doomed to ineffectiveness would not, for the Roman world at large, promote “cum dignitate otium’” (50).

Learning to turn one’s back on the political in order to exist “cum dignitate otium”, learning to be without or in the absence of the dignitas of auctoritas, and, as a result, detouring back toward the constitutive indignity of the pre-political, and doing so while understanding at all times the agitations of the world of force, Cicero would have confronted and suffered the weight of a dignity uprooted from all titles of community. This would have been a dignity without dwelling in political life, and therefore not entirely worthy of its name, since at the same time it would have been a return to a constitutive indignity that was destined to always fall short of the political metaphysics of gathering, of majesty, or of any harbor.

Surely Cicero would have lived it as a “sad or sober pragmatic renunciation of some fuller version of dignity”, as Bennington puts it at the end of Scatter. But perhaps one could speculate that it is here—“cum dignitate otium”, in the infrapolitical turn back to a constitutive indignity that is exposed to real and symbolic death itself—that one could learn to exist, think, and write in an infrapolitical rather than a political fashion. It is there that one might have to learn to live with the without, in such a way as to exist not in the name of dignity or of a future politics or communal title anchored by the sublime or the general structure of “going beyond”, but in the name of a without that nevertheless lets the dignity of the remove from the public world of force be involved in existence. Perhaps it is cum dignitate otium’s passive movement of allowing to be involved in existence—of a care for that which comes at a remove from the biopolitical orientation and administration of forcethat forges the possibility not of a new democratic form, of a re-democratization built liberally on the logics of inclusion and exclusion, but of an infrapolitical scatter of mastery and title that casts freedom from among the ashes.