Cuaderno de apuntes sobre la obra de Rafael Sánchez Ferlosio. Octava Parte. Por Gerardo Muñoz

Ahora me gustaría detenerme sobre un elemento gramatical que ocupa un lugar central en la reflexión de Ferlosio sobre el lenguaje: la hipotaxis. Podemos decir, sin exagerar, que el estilo de Ferlosio es un intento por sostener en equilibrio de las subordinadas en la lengua castellana. Esto también es evidencia de una práctica manierista que busca desvincularse de las formas tradicionales. Ciertamente, Ferlosio no escribió mucho sobre la hipotaxis salvo el programático “Sobre la hipotaxis y el aliento de lectura” (1997). En esta breve nota, Ferlosio sugiere varias cosas muy atendibles. Primero, y es algo que repite varias veces, la hipotaxis es “viciosa”, ya que está íntimamente ligada al deseo de escritura y a la idea de un capricho personal. ¿Qué es un capricho? En el diccionario de Ramón Domínguez (1846) se nos dice que capricho es “el nombre de un deseo repentino y de un antojo, que, como en las cabras, cuando una salta, todas quieren saltar”. Obviamente, la hipotaxis no es un capricho para cualquier escritor, ya que podría no emplearla. Para Ferlosio, la subordinada tiene que ver con una combinatoria con gracia, esto es, una remota permanencia en el tiempo del lenguaje. De ahí la metafórica náutica, que ya habíamos tratado en relación con la figura del ‘pecio’:

“….la hipotaxis es muy viciosa y un galeón no se puede construir….sin un viento de elocución; si la frase hipotáctica de la bola de brillar que he transcrito mas arriba no parece exigir, por lo que creo, que el lector suspenda en algún momento la respiración, para poder recobrar el aliento fuera de la continuidad de la lectura, he llegado a empeñarse en armar algunos grandes galeones que, por decirlo de algún modo, no pasaron, desde luego, el cabo de Hornos; y es que, como ya he dicho por dos veces, la hipotaxis tiene el peligro de que es muy viciosa. Lo cual no quiere decir, en modo alguno, que, a despecho de prestarse a complacencias lúdicas que acaban en catastróficos naufragios, deje yo de considerar el “gran camino” de la lengua, frente a la “pequeña tranquilidad” de la prosa” (huelga ya anteponerle, tras lo dicho, el adjetivo ‘bella”)” (p.XXVI).

La postura sobre la hipotaxis es una toma de partida por el manierismo contra las bondades de la letra perfecta de las convenciones y de los manuales. Por lo tanto, la hipotaxis cumple dos objetivos muy precisos: crea un ritmo en el tiempo de lectura, pero también arriesga desde el estilo, un contacto con su propio fracaso (su naufragio). No podemos descifrar del todo si, para Ferlosio, el éxito se tiene una vez que el barco atraviesa el cabo de Hornos; o, por contrario, si la historia de la escritura hipotáctica es el intento mismo de llegar a esa región (a pesar nunca conseguirlo). Tal vez podemos proponer que la hipotaxis es algo así como el “capricho” del fracaso de la escritura en la escritura. Pero, ¿por qué inscribir esta discusión en el elemento gramatical de la hipotaxis?

Ahora es necesario que pasemos a un libro que sin lugar a dudas influyó directamente en el interés ferlosiono por la gramática de la lengua: Teoría del lenguaje (1934) del lingüista y psicólogo alemán Karl Bühler. Como evidencia la biografía de Benito Fernández, Ferlosio reconoció pocas influencias de lectura en su vida. En realidad, fueron muy pocas: Karl Bühler, Walter Benjamin, o T.W. Adorno. La Teoría del lenguaje de Bühler tiene un interés inmediato en esta discusión en torno a la hipotaxis en la medida en que esta función gramatical aparece en el último capítulo de su obra. En efecto, en el capítulo 27, “El mundo formal de las oraciones subordinadas”, Bühler glosa las teorías de lingüistas como Brugmann para quien la existencia de subordinadas no es un mero accesorio suplementario de la lengua, sino “el acto primario de la creación [del lenguaje]” (p.452).

Partiendo del origen egipcio de la forma hipotáctica, Bühler desarrolla dos teorías principales y divergentes del ascenso formal de la hipotaxis en el lenguaje Indo-europeo (un prototipo no hipotáctico, como nos aclara). La primera teoría es la del lingüista Hermann Paul, para quien la hipotaxis coincide, en un mismo arche, con la génesis de la sintaxis gramatical. En otras palabras, para Paul no hay una “superación de la parataxis por la hipotaxis” en un proceso de desarrollo condicionado por la insuficiencia de la paratáctica. Por el contrario, para Paul la aparición de la conjunción “y | und” es suficiente para la construcción de las subordinadas en la estructura sintáctica: el “y” desde el principio es lo que aglutina a las oraciones y también lo que resuelve su tensión (p.459). La segunda teoría es la del lingüista Paul Kretschmer, para quien la forma hipotáctica surge desde una dimensión experiencial de los hechos en la realidad. Como nos dice Bühler, mientras que la teoría de Paul es relacional (el “entre” de varios estados de una situación); la de Kretschmer claramente tiende a la unidad intencional entre forma y experiencia. Ambas direcciones no tienen que ser irreconciliables.

Como nos dice Bühler, años más tarde otro lingüista alemán, Wilhem Brandenstein, en el artículo “Patrones críticos en las nuevas teorías de las cláusulas subordinadas” (1927) argumentó que: “El término “clausula subordinada quiere decir dos cosas. Primero, que las cláusulas tienen una relación con la apariencia externa; y segundo, que las cláusulas tienen rasgos semánticos siempre por determinar. Estos dos conceptos continuamente operan en el término “cláusula subordinada”, a veces de manera convergente, pero no siempre” (p.469). Lo curioso con la forma hipotáctica es que, como nos recuerda Bühler, se trata de una forma que tiende a la estructura de juicios condicionales o esperables (ej.: si llueve, es que tronará; si canto es que tengo buena voz; si no me ducho, entonces apesto, etc.). Pareciera ser que, la forma hipotáctica encierra en su forma una capacidad proyectiva de la acción en el lenguaje.

El reverso de la hipotaxis es, como sabemos, la parataxis, esto es, la forma sintáctica que no depende de las subordinadas y que las excluye. Para terminar esta discusión quisiera detenerme en un ensayo de Theodor W. Adorno, titulado “Parataxis: sobre la poesía tardía de Hölderlin” (1963), donde el pensador alemán nos da algunas pistas para pensar un contraste con la hipotaxis de Ferlosio. Obviamente que se trata de un ensayo extenso y complejo; en parte, es un diálogo fuerte con los seminarios de Martin Heidegger sobre el poeta alemán, por lo que sólo vamos a enfocarnos en el momento preciso cuando Adorno habla de la técnica paratáctica de Hölderlin. En realidad, la discusión sobre la parataxis en Hölderlin aparece en el momento en que se está hablando de la musicalidad “como una síntesis aconceptual, puesto que se libera de la forma del juicio y de la forma del concepto (p.130). En otras palabras: la música es una liberación de la coordinación de hipotaxis. Luego dice Adorno sobre Hölderlin:

“…Benjamin relaciona la metafísica de Hölderlin entre el polo de lo viviente y lo divino mediante una técnica lingüística. Y esa técnica lingüística de Hölderlin, inspirada del griego, lengua que no podemos decir que no abunde en formas hipotácticas, es plenamente paratáctica…la parataxis crear disturbios que evaden la lógica jerárquica de la sintaxis de las subordinadas” (p.130-131).

En otras palabras, la parataxis hölderliniana transforma la lengua en una musicalidad que difiere sustancialmente de la formas de juicio de la hipotaxis. No es este el lugar de entrar en lo que Adorno llama la “prehistoria de la tendencia paratáctica de Hölderlin” que pasa por la influencia decisiva de Píndaro. Sólo basta recordar aquí la reconstrucción del tema por Eulalia Blay en su magnífico libro Píndaro desde Hölderlin (La Oficina, 2018). Lo importante aquí es que, como menciona Adorno, la forma paratáctica de Hölderlin inaugura una operación de destrucción de la unicidad de la lengua que, sin abandonar la unidad, muestra su dimensión inconclusa (p.136).

Desde el “estilo poético”, Hölderlin no se subordina “al contrato social” (orden y secuencia), sino que “deja ser a la vida, como existencia inamovible y pasividad plena, hacia una verdadera esencia de todo carácter valiente” (p.135). A través de la tendencia del “nombrar” paratáctico – el nombrar que es una construcción vocativa, de “no-persona” en el sentido de Benveniste – Hölderlin depone en cada instancia la abstracción del concepto, así como la destitución del ciclo vicioso entre naturaleza y dominación (p.148). Pero esto sólo puede llevarse a cabo desde la paratáctica del genio del poeta. El poeta paratácticamente funda destinos propios. Si esto es asi, ¿no encontraríamos en la hipotaxis un límite en cuanto relación con la lengua, a pesar de su combate contra el dispositivo de la narración, de la alegoría, o del barroco? ¿Existe una parataxis de la musicalidad para Ferlosio? Terminemos con esta cita de “Sobre la hipotaxis y el aliento de la lectura”:

“Pensar que el aliento de lectura, en la medida en que se presta a este acomodo, no está encerrado entre los ciegos límites de la mecánica fisiológica de la respiración, sino que puede ser regido y modulado por la disposición intelectiva de una lectura con sentido, de tal manera que la frase no cuantitativa sino cualitativamente ‘irrespirable’ compartiría realmente una falta de continuidad de intelección. El escritor hipotáctico ayuda con avisos gráficos…” (p.XXVII).

La respiración es uno de los elementos poéticos de la prosa. De hecho, ¿no es la respiración una instancia paratáctica que desobra la hipotaxis en cada caso? Es curioso que, para Hölderlin , como nos recuerda Adorno, la esfera no-pictórica del mundo (no representativa), y plenamente experiencial, tiene que ver con una suposición atmosférica: “Ich verstand die Stille des Aethers / Der Menschen Wrote verstand ich nie” (“Yo he comprendido el aire / su quietud / jamás el lenguaje de los hombres”) (p.126).

¿No es eso lo que, de otra manera, Ferlosio quería conseguir desde un manierismo extremo en el interior de la herencia de la prosa castellana, haciendo del aire de las velas del galeón y de las pausas de lectura, el vórtice más seductor de su relación singular con la lengua? Y sin embargo, ¿no es cada fracaso en las orillas del cabo del Horno, ese momento paratáctico, siempre poético, que hunde el buque de las frágiles subordinadas?

 

Séptima parte

Sexta entrega

Quinta entrega

Cuarta entrega

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Segunda Entrada

Primera entrega

Some Notes Regarding Hölderlin’s “Search for the Free Use of One’s Own”. By Gerardo Muñoz.

In what follows, I want to comment on Martin Heidegger’s reading of Hölderlin’s well-known dictum from his 1801 letter to his friend Casimir Bohlendorff, “the free use of the proper is the most difficult thing”. Heidegger devotes a whole section to this enigmatic phrase in the recently translated 1941-42 Hölderlin’s Hymn “Remembrance” (2018) seminar, which dates to the years in which he was confronting Nietzsche’s work, and also more explicitly and for obvious reasons, the issue of German nationalism [1]. In the wake of recent conversations about nationalism and patriotism in political rhetoric, it seems like a fitting time to return to Heidegger’s comments on Hölderlin’s work. This also marks a turn in Heidegger’s thinking of the poetic in the strong sense of the term, which has been analyzed widely in the literature.

Heidegger begins by claiming that the “free use of one’s ownmost” requires a direct confrontation with “the foreign” but that at the same time, it is the easiest thing to miss (Heidegger 105). What is difficult is that which is already one’s own and nearest, and because it is intuitive, it is easy to overlook it. What is difficult is not due to some kind of epistemological overcapacity that today we would associate with the complexity of technical density, but rather, it is an immediate inhabitation, a mood of our belonging that is grasped beyond consciousness and propriety. Hence, it is easy to discard it in a gesture of dismissal due to its familiarity. It happened even to the Greeks.

Heidegger quotes Hölderlin’s verses referencing the loss of the ‘fatherland’: “Of the fatherland and pitifully did / Greece, the most beautiful, perish” (Heidegger 105). Following an obscure Pindar fragment on the “shadow’s dream”, Heidegger shows that the absence is the most important element to illuminate the unreal as it transitions to the real. And this is what the poet does. Indeed, the poet can establish a “footbridge”, or rather it came bring it forth, to initiate a transition towards “what is historically one’s own” (Heidegger 109). If anything, what Greece and Germania point to in Hölderlin’s poetry is this otherwise of historical presencing, which Heidegger admits has nothing to do with historiographical accumulation or cultural metaphorcity (Heidegger 109). At times it is all too easy to dismiss what is at stake here. In the beginning of the twentieth century, for instance, E.M. Butler wrote a book titled The Tyranny of Greece over Germany (1935), which studied the “classical influence” of all things Greek since Winckelmann and German Idealism. Many do not cease to repeat the cliché that Heidegger’s thinking – even Schmitt in Glossarium laments the fascination with Hölderlin over Daubler, which is also the controversy between the critique of logos and a Christological conception of History – is a flight back to Greek ruminations for a new German beginning.

Obviously, this is not Heidegger’s interest in reading the holderlinian use of one’s own. There is no cultural equivalence between the German and the Greek sense of belonging; rather it seems that what Heidegger is after is another way of thinking the historicity of the people, which is fundamentally a problem with the relation with time: “A humankind’s freedom in relation to itself consists in funding, appropriating, and being able to use of what is one’s own. It is in this that the historicality of a people resides” (Heidegger 111). The poet is the figure that, by asking the question about the most difficult thing (one’s use of the proper), can discover this task. Only he can take over the business of founding it (Heidegger 112). The task of the poet is always this “seeking”, which is already in Hölderlin’s first fragment in his novel Hyperion: “We are nothing: what we seek is everything” (Heidegger 113). The task of seeking opens itself to what is the highest and the most holy, which for Hölderlin is the “fatherland’. It is “holy” precisely because it is forbidden and the most difficult to retain.

We are far away here from the sacrificial structure of Hölderlin’s “Der Tod Furs Vaterland” (“To Die for the Homeland”), which Helena Cortés Gabaudan has read in light of the archaic Horacian trope of ‘dulce et decorum est pro patria mori’; a staging of the heroic ethos against the backdrop of the aporetic conceit between thinking and action, the sword and the pen, the poet and the warrior in the early stages of the artist fallen into the age of revolutions [2]. Something else is going on in “Remembrance” use of one’s own at the level of the very transformative nature of historical time, in so much as that which is most holy is nothing that resembles a past principle (a work of art stored in a museum, or the poem as an artistic medium), but rather an atheology, which is never negation or lack; it is always nearness to one’s own as the encounter with what’s “holy” (Heidegger 117).

This atheology suspends any given theistic structure in the act of poetizing. (Is it even correct to refer it as an “act”?). And this poetizing is the task as passage is the inscription of the impossible relation with one’s use here and now. But where does the “political” fit in this picture, one could ask? Is Hölderlin’s turn towards the “use of the national” (Vaterland) entirely a question driven by a political vocation of some sort? This is a poet, one must remember, frustrated by the belated condition of nationhood that sealed Germany’s destiny in the wake of the French Revolution. Hölderlin is first and foremost a poet of political disenchantment and a witness to how politics cannot escape this tragic fate. Indeed, only the poet can actually look straight at this predicament, unlike the political thinker who fantasies with a programmed “assault on the heavens”. In an important moment of the analysis, Heidegger touches this problem:

“What is more obvious than to interpret the turn to the fatherland along the lines of a turn to the “political”? However, what Hölderlin names the fatherland is not enchanted by the political, no matter how broadly one may conceive the latter…The turn to the fatherland is not the turn to the political either, however“. (Heidegger 120).

Undoubtedly, this is a Parthian arrow directed at the political essence of the national understood as a gigantism of state, culture, and history as it was conjuring up in the European interwar period. It is also takes a distance from any given “standpoint” of the national becoming. In this sense, I am in agreement with poet Andrés Ajens’ suggestion that, against the dialectics of locational “alternative histories”, the problem of the national is that of an infinite task of the “desnacional” (this is Ajens’s own term) under erasure, in relation to the “foreign”, in preparation for the “passage of learning to appreciate one’s own” (Heidegger 120) [3]. What we cannot grasp in the national is precisely what bears the trace of the task of ‘denationalization’ as the homecoming of “the clarity of presentation” in its discrete singularity (Heidegger 122). This last line is also from the letter to Bohlendorff.

It is interesting that every time that the form of denationalization has been referred to in strictly political terms, it entails the overcoming of politics by an exogenous force that liquidates the capacities for its own limits. This is, indeed, the realm of the political in the strong sense of the term, in line with the emergence of sovereignty that Hölderlin’s poetic thought wants to curve toward an otherwise of the national. This use of the national wouldn’t let itself be incubated by the supremacy of the political. Let us call this an infrapolitical kernel of patriotism.

This is why at the very end of this session Heidegger mentions that Hölderlin, unlike Nietzsche, must be understood as a “harbinger of the overcoming of all metaphysics” (Heidegger 122). We wonder whether the emphasis on the “People”, however fractured or originary, does not carry a residue of metaphysical rouse. Nevertheless, it is undoubtedly true that Hölderlin aims at something higher. Perhaps he aims at an “inebriation that is different from the “intoxication of enthusiasm” (Heidegger 125); that is, a distance from Kant who elevated the perception of the French Revolution as an anthropological affection.

The step back of the singularity is driven by the “soul” – which Heidegger connects to the polysemic usage of the word Gemüt (at times translated as disposition or gathering) – as other than politics, since it sees through the offering of the dark light and keeps thinking in the human. Transposing it to our discussion, we can say that a politics is irreducible to Gemüt, and that only Gemüt is the excess in every politics. The use of one’s own, vis-a-vis the national (or the process of denationalization), is a resource to attune oneself with this “disposition”. No human can bear to be human without it. Hölderlin seeks to reserve this poverty as the primary task of the poet as a radical neutralization of all techno-political missteps. Or, in the last words in the session: “…it is the while of the equalization of destiny” (Heidegger 131).

 

 

 

Notes

  1. Martin Heidegger. Hölderlin’s Hymn “Remembrance”. Bloomington: Indiana University Press, 2018.
  2. Friedrich Hölderlin. Poesía esencial, ed. Helena Cortés Gabaudan. Madrid: Oficina de Arte y Ediciones, 2018.
  3. From a personal exchange with Andrés Ajens.