Kenosis and Withdrawal. (Alberto Moreiras)

Deconstruction is always and in every case the deconstruction of onto-theology, and politically it is always and in every case the deconstruction of political theology, that is, of political onto-theology. In this context, infrapolitical hermeneutics are given as a need for thought in the two quotations I found in an old index card that dropped out of a book–quotations I had myself written down a few years ago and forgotten. They are from Reiner Schürmann’s Broken Hegemonies: “The excess of a nocturnal knowledge in daylight, which defined the tragic hero . . . , has become our own excess. We owe it to the kenosis, to the emptying out of normative representations” (4). And, “there is no reconciliation between the ultimates of the universalizing principle and the singularizing withdrawal” (4). Infrapolitical deconstruction (which I see as the conjunction of the deconstruction of political theology and infrapolitical hermeneutics) is a practice of kenosis on the basis of a singularizing withdrawal.

Infrapolítica y Hermenéutica. (Arturo Leyte)

Agradezco a Alberto Moreiras su detallada y lúcida lectura de algunos capítulos relevantes de mi libro EL PASO IMPOSIBLE. Lejos de pretender deslumbrar mediante una frase evocadora y hasta cierto punto nostálgica, el título se limita (de nuevo) a reflejar la tesis principal (quizá habría que hablar, más bien, de “la intención principal”) que recorre la publicación y mi propio recorrido de los últimos años: Se dice “paso imposible”, y por eso mismo intransitable, a diferencia del paso posible (este sin comillas, porque es el que se está produciendo regularmente). Si el segundo es, no solo el del idealismo (alemán) sino el idealista en general, el primero es el que caracteriza al hermenéutico. Por eso cabe hablar mejor de “paso hermenéutico” que de teoría hermenéutica o cosas por el estilo. En algún lugar de la publicación se insinúa que la tal teoría hermenéutica es de suyo ya idealista, o está siempre en trance de serlo, desde el momento en que fija una posición y hasta un procedimiento (un método): ¿Y se puede decir que haya un “método hermenéutico”? Su significado, en todo caso, diferiría mucho de lo que habitualmente se entiende por método, a saber, el medio para alcanzar un determinado objeto, aunque ese objeto sea el sujeto mismo. En cambio, por “método”, en lo de hermenéutico, cabe reconocer más bien un camino que no lleva a ninguna parte, pero principalmente porque no se refiere a un sentido diacrónico, sino al puro carácter sincrónico: “camino” significa estar ya siempre “en camino” y no este o el otro camino; es independiente, así pues, de cuáles sean las posibles posiciones, estaciones y momentos. En definitiva, camino no es otra cosa que la pura perplejidad de “encontrarse en”, una perplejidad que no puede tematizarse si no es ya siempre por medios derivados y por lo tanto “posibles”, frente al imposible carácter de la perplejidad ante el encontrarse que se quiere ocultar por todos los medios, simplemente porque no da nada de sí. Es este “no dar nada de sí” (en definitiva, este “no” y esta “nada”) lo que confiere el único contenido posible al paso imposible: efectivamente, por la nada y el no resulta imposible transitar, pero sin el reconocimiento de esa imposibilidad, lo positivo (transitable mecánicamente) se hace protagonista exclusivo y factor y esfera dominantes. Políticamente, habría que decir que ese no y esa nada nos defienden. Pero, ¿de qué? En principio, del ilimitado tránsito que no reconoce límites sino infinitos métodos para infinitos (todo ese infinito es el mundo de la posibilidad) mundos, reales o virtuales, cuando esa misma distinción se ha vuelto irrelevante.

Habría que anticipar, en todo caso, que cualquier resituación del no y la nada como figuras antagónicas a ese infinito positivo haría de ellos (que hasta ese momento valen porque son solo elementos inexistentes) otra figura tan positiva como su opuesto, de modo que en realidad dejaría de haber opuestos. Y el no –y la nada, que según Heidegger sería su origen – no puede definir una esfera opuesta al sí y lo positivo, fundamentalmente porque no es esfera alguna. Aquí se juega, seguramente, la relación comprensiva entre política e infra/política, significante siempre amenazado de aparecer como significado también dominante.

Si en mi libro, la oposición idealista/hermenéutico corresponde a la oposición Hegel/Heidegger, cabe decir algo de esta oposición y del peligro en el que se encuentra siempre el segundo elemento (hermenéutico/Heidegger), peligro inherente a la misma asimetría: mientras que lo uno (lo ideal, que es lo posible; Hegel) es, lo otro no es, pero ese “no ser” puede acabar enfatizado de tal manera que venga a tener casi más poder que el mecánico “es”, liquidándose entonces a sí mismo, dialécticamente. Y se trata de pensar que entre ese “es” y el “no es” no rige una relación dialéctica ni, por lo tanto, un mecanismo de superación, aunque sea el propiciado por la libertad política (la revolución que vendría a reconciliar ambos mundos y esferas).

Si se me preguntara en qué formulación del maltratado Heidegger (también maltratador, en primer lugar de sí mismo, cuando juega un juego que raya la desfiguración – ver mi “Heidegger: una nota sincrónica”, último capítulo de “El paso…”) se encuentra la clave de su propuesta, y también la de su malentendido definitivo, no dudaría en remitir a una frase de su opúsculo “De la esencia de la verdad”, texto radical y ambiguo donde lo haya. Dice así: “Wahrheit ist nicht ursprünglich im Satz beheimatet”. De la traducción depende ya un resultado. Yo mismo lo traduje (en colaboración) hace años así: “La verdad no habita originariamente en la proposición”. Quizá hoy probaría de estas otras maneras: “La verdad no es originaria de la proposición” o, más radicalmente, “Verdad es lo que no procede originariamente del enunciado” o, invirtiendo el sujeto gramatical, pero no el sentido: “La proposición no es el lugar natural y originario de la verdad”. ¿Por qué se atisba ya en esta aparentemente inofensiva afirmación todo el malentendido Heidegger? Yo diría: porque la formulación principal de la tesis – que se resume en que verdad y enunciado no coinciden – se encuentra encubierta bajo una expresión en la que aparecen dos significantes – “lo originario” (ursprünglich) y “la casa” (beheimatet) – de un carácter tan acusadamente retórico que invade todo el sentido, al punto de identificar lo expresivo con lo semántico. ¿Por qué disociar la verdad vinculada con lo originario y la casa de la verdad reconocible solo en la proposición? ¿Por qué no quedarse con la más sobria formulación ensayada en Ser y tiempo (parágrafo 33, GA 9, 185): “La proposición como modo derivado de la interpretación”? En cualquier caso, por motivos que trascienden estas breves líneas, Heidegger formula una extraña propuesta – la verdad no radica originariamente en la proposición – bajo una expresión que corre el peligro de constituirse ella misma en una esfera tan importante como la de la proposición, cuando la intención inicial debería ser seguramente la contraria. De nuevo en Heidegger la expresión mítica (“origen”, “casa”) se solapa con la filosófica, pero en un sentido radicalmente distinto al de Platón. Podríamos decir: en un sentido devaluado.

Sin embargo, el Heidegger que se sugiere en “El paso imposible”, sin pretender descontar el papel de la expresión por irrelevante, se propone contra Hegel, reconociendo como valiosa su (la de Heidegger) inicial intención anti-ilustrada, es decir, directamente anti-política. Que esa intención pueda ser también valiosa comprendiéndola “infra/políticamente” depende sobre todo del lector e intérprete, en este caso nosotros. En cualquier caso, hacer jugar, frente a la proposición (y en su conjunto frente al conocimiento, es decir, frente a la ciencia y la política en general), la interpretación, que no cabe en teoría alguna y por eso se debe refugiar “teóricamente” en la expresión de lo imposible, el no, la nada (pero también “lo originario”, “la casa”), conlleva un peligro: el de acoger al Heidegger anti-ilustrado y anti-moderno como representante de la figura del reaccionario. Si a eso se le añade su filia política, el carácter de reaccionario se vuelve además repugnante (ser bolchevique, en cambio, hubiera significado en aquel tiempo ser moderno y progresista, no sé si repugnante).

En todo caso, lo que se trata de pensar no es la filia o la fobia política; tampoco quién era o dejaba de ser reaccionario (Heidegger lo era), sino el estatuto mismo de la “reacción” (es decir, no del eterno progreso) y su vinculación con algo así como la (imposible) interpretación al margen de una teoría y ligada a “una” verdad cuyo sentido no es la coincidencia lógica sino nada…. Si esa “nada” queda vestida a su vez con los significados de origen, casa y procedencia natural, tenemos al Heidegger mítico. Si, en cambio, esa nada se lee tal cual, según la he traducido yo en “¿Qué es metafísica?”, como ese desistir inherente a todo ser, al punto de que lo caracteriza radicalmente, tendríamos que el origen no es algo anterior, ni algo perdido, ni algo, por lo tanto, a lo que haya que volver, sino la imposible naturaleza de las cosas, cuya habitación no es una “casa” perdida, sino la nada, el desistir que acompaña su manifestación. Entonces, la máxima “¡a las cosas mismas!” tendría otro eco, tal vez este: “¡a la nada misma!”, que es lo único que quizá salve de tanto apabullante ser.

Infrapolítica post-aurática II (borrador)

En este sentido, más allá de una cierta lectura liberal de Michel Foucault, lectura que convertiría su genealogía en una aparato confirmatorio del progreso de la ley como suavización o sofisticación del castigo, lo que nos interesa sería desactivar la versión progresista de la historia que ve en el derecho una permanente conquista de la libertad, para hacer aparecer la permanente violencia del mismo derecho, su operación efectiva y pragmática, como escritura aurática y soberana sobre los cuerpos. Más que una continuidad en las tecnologías del castigo, cuya pendiente vendría dictada por el desplazamiento desde lo físico hacia lo psíquico, interesaría entonces pensar la diversificación del castigo como clave de la biopolítica contemporánea. No se trata de marcar una ruptura o una novedad, sino el permanente re-emprendimiento de su operatoria como domesticación, doma, control, educación y disposición de la corporeidad. Así, en Vigilar y castigar (2002), Foucault nos advierte de un desplazamiento que no debe ser leído como progreso sino como intensificación del castigo. Después de haber presentado el descuartizamiento público de un regicida llamado Robert François Damiens, pena máxima que se aplica en pleno siglo XVIII, nos advierte cómo unos cuanto años después se habría producido una cambio fundamental, asociado a la invención de la criminología panóptica. Se trataría ahora de

“Unos castigos menos inmediatamente físicos, cierta discreción en el arte de hacer sufrir, un juego de dolores más sutiles, más silenciosos, y despojados de su fasto visible, ¿merece todo esto que se le conceda una consideración particular, cuando no es, sin duda, otra cosa que el efecto de reordenaciones más profundas? Y, sin embargo, tenemos un hecho: en unas cuantas décadas, ha desaparecido el cuerpo supliciado, descuartizado, amputado, marcado simbólicamente en el rostro o en el hombro, expuesto vivo o muerto, ofrecido en espectáculo. Ha desaparecido el cuerpo como blanco mayor de la represión penal” (Vigilar y castigar 15-16).

Y habría que poner atención a la desaparición del cuerpo en la “represión penal” como principio humanista de una nueva criminología que no logra, a pesar de sus esfuerzos y su nueva economía, conjurar al mismo cuerpo y expulsarlo totalmente de la escena política. Foucault, en efecto, piensa esta sofisticación humanitaria como irrupción de un momento epistémico importante, donde “la antigua pareja del fasto punitivo, el cuerpo y la sangre, ceden el sitio. [Y] entra en escena, cubierto el rostro, un nuevo personaje. Se pone fin a cierta tragedia” (24) pero solo para dar paso al “principio [de] una comedia con siluetas de sombra, voces sin rostro, entidades impalpables. El aparato de la justicia punitiva debe morder ahora en esta realidad sin cuerpo” (24) del culpable.

Pero esta substracción del cuerpo desde el ejercicio público del castigo no debe llevarnos a la errónea conclusión acerca de un cierto fin de la operación que el castigo pone en marcha. Por el contrario, la sofisticación de la pena también implica la sofisticación de la forma en que la misma ley se inscribe en el cuerpo, ya no sólo en el acto monumental de la ejecución pública, sino en las diversas operaciones que tallan sobre los cuerpos los códigos del poder. Dispositivos varios que van desde hospitales y regimientos hasta prisiones y escuelas, aparecen ahora en lugar del cadalso y de la torre central de tortura. La misma tortura se ha metamorfoseado en un conjunto médicamente sostenido de intervenciones puntuales orientadas a mantener vivo el cuerpo sufriente como testimonio, siempre precario, de la invulnerabilidad del poder. No habría así un tipo de castigo pre-moderno, brutal y sobreexpuesto y otro sofisticado, sutil y moderno, sino infinitas combinatorias de inscripción y escritura sobre los cuerpos con la misma finalidad: perpetuar la validez del contrato en la fragilidad de la carne.

Si estas relaciones de poder penetran y se inscriben en los cuerpos, no debemos olvidar que en cuanto relaciones ellas mismas contradicen un modelo centralizado, monumental y trascendental con el que históricamente se ha representado el poder. Foucault, en efecto, mediante una simple pero efectiva revisión de los postulados de la economía clásica del poder, presenta un modelo descentrado, desigual y combinado en el que diversos dispositivos y mecanismos, diversos aparatos y disciplinas se turnan en la organización disciplinaria de la sociedad. Los postulados de la propiedad, de la centralidad, de la unilateralidad, de la esencialidad, etc.; postulados que describen un poder todavía monolítico y territorializado en la figura del Estado, y de los aparatos de Estado, quedan así desplazados por una cartografía cruzada por redes y líneas en las que el poder ya no es propiedad ni institución, sino intensidades en variación. Sin embargo, es en ese contexto que Gilles Deleuze descubre una cierta auraticidad en la escritura foucaultiana:

“El libro de Foucault está lleno de una alegría, de un júbilo que se confunde con el esplendor del estilo y la política del contenido. Está ritmado por atroces descripciones hechas con amor: el gran suplicio de Damián y sus desahuciados; la ciudad apestada y su control; la cadena de los condenados a trabajos forzados que atraviesa la ciudad y dialoga con el pueblo; después, y por oposición, la nueva máquina aislante, la prisión, el coche celular, que hablan de otra «sensibilidad en el arte de castigar». Foucault siempre ha sabido pintar maravillosos cuadros como fondo de sus análisis. Aquí, el análisis se hace cada vez más microfísico, y los cuadros cada vez más físicos, expresando los «efectos» del análisis, no en el sentido causal, sino en el sentido óptico, luminoso, de color: del rojo sobre rojo de los suplicios al gris sobre gris de la prisión” (Foucault 49-50).

Aquí, en el júbilo de una escritura luminosa, que elige bien los contrastes y pinta bien los cuadros donde se explicita la aridez de una lectura teórica controvertida, es donde habría que pensar la analítica del poder foucaultiana más allá de los presupuestos evolucionistas liberales según los cuales, el progreso de la ley se comprueba en la sofisticación humanitaria del castigo. No porque dicha sofisticación esconda una brutalidad secreta, que sigue ocurriendo en la oscuridad de las prisiones y los reclusorios modernos, sino porque como tal, más que constituir un momento de superación de las atrocidades del pasado, es simplemente una interrupción de ese horror, un horror que está siempre a punto de volver a acaecer, tan pronto como la soberanía comience a hacer la experiencia de su propia finitud. La arqueología del poder no opera en una diagonal evolutiva, sino que está ritmada, como nos dice Deleuze, por una tensa e inanticipable relación de diferencia y repetición, donde los mecanismos destinados a extorsionar el cuerpo para que confiese su crimen se complementan fluidamente con los dispositivos destinados a modelar sus comportamientos tolerados. Si no entendemos eso, corremos el riesgo de caer, como lectores, en la auraticidad de una escritura superior que dibuja la atrocidad de la violencia según la secreta ley de una progresión.

El desmembramiento, la decapitación y la quema pública no solo no desaparecen, sino que suspendidas en la lógica contemporánea que altera las relaciones entre visibilidad y secreto, amenazan con reaparecer en cualquier momento. La cartografía no es interrumpida por un evento singular y soberano, sino por infinitas escansiones genealógicas que nos expulsan del discurso criminal hacia una ontología inestable del presente, donde la ley ya no se dibuja unilateralmente sobre un cuerpo, sino que pinta un paisaje general sobre el todo social, con intensidades variables y con tonalidades diversas.

En esta sutil masificación se haya la clave de la actual violencia post-fordista, en cuanto violencia que no responde ni a la organización panóptica de la vigilancia, ni al modelo hobessiano de la soberanía. Los mismos postulados que Foucault describe y desplaza para dar cuenta de la teoría tradicional del poder podrían ser utilizados para dar cuenta de esta forma fluida e intermitente de la violencia que hoy por hoy parece restituir la legitimidad de los castigos públicos como conjuración de su propia inestabilidad. La proliferación de formas brutales de violencia contemporánea no solo contradicen el esquema liberal del progreso punitivo, sino que también confirman la indeterminación de la misma relación soberana, la que necesita volver a inscribirse-pintarse en el paisaje social para confirmar su predominancia y su pre-potencia. Y aunque ya no se trata del castigo ejemplar, como en el caso de Fu-Tchu Li o de Robert François Damiens, se trata de la producción masiva de cadáveres ya no por la excepcionalidad de la guerra (o del Holocausto), sino porque el Estado de excepción ha llegado a ser la regla. Necesitamos pensar el cadáver en la época de su reproductibilidad técnica ilimitada, no como índice de una desnudez esencial, sino como ruina y despojo catastrófico en la historia natural de la destrucción contemporánea.

Infrapolítica post-aurática I (Borrador). (Sergio Villalobos)

Quisiera proponer una simple hipótesis: que la exacerbación del cierre biopolítico de la existencia humana, como teoría unilateral de la dominación, está caracterizada por una cierta concepción aurática del poder, una auraticidad no problematizada radicalmente y que se expresa como cancelación de la misma política, no en cuento actividad acotada y subjetivamente orientada, sino en cuanto la política sería equivalente a la historicidad del ser. Georges Bataille concluye Las lágrimas de eros con una referencia fundamental al Leng Tche (muerte por cien cortes), un procedimiento de castigo que implica la muerte lenta del ejecutado que es descuartizado metódicamente y mantenido vivo con dosis de opio que se reflejan en su rostro, en el que convergen el dolor del suplicio y el éxtasis de una experiencia “fuera de sí”. La imagen utilizada por Bataille le habría sido dada por un tal doctor Borel y reflejaría el suplicio aplicado a Fu-Tchu Li el 25 de marzo de 1905, por haber asesinado al príncipe Ao-Han-Ovan. Él mismo Bataille nos indica, no sin asombro, que este suplicio le habría sido asignado por el emperador al regicida como acto de misericordia para evitar la pena máxima que consistía en ser quemado vivo. A partir de esa imagen, se revela para el francés una convergencia fundamental entre el horror horripilante y el placer orgásmico, llevando la experiencia del sacrificio, constitutiva del orden religioso, más allá del éxtasis místico, hacia una materialidad corpórea que se hace carne en la misma forma en que la soberanía comunica su mandato al pueblo mediante la inscripción de su poder en el cuerpo del sancionado. En efecto, Fu-Tchu Li, su cuerpo de culpable, es auratizado mediante la inscripción de la ley soberana y de la misericordia del soberano, dibujándose en su rostro no solo el opio destinado a retardar su muerte, sino el goce soberano de la sanción y la excepción. La pena de muerte y la piedad de un suplicio que sería, en principio, menos drástico que la incineración del afligido. “Tal es, en mi opinión, la inevitable conclusión de una historia del erotismo. Pero debo añadir lo siguiente: limitado a su ámbito propio, el erotismo no hubiera podido acceder a esta verdad fundamental, reflejada en el erotismo religioso, es decir, la identidad del horror y de lo religioso. La religión, en su conjunto, se fundamentó en el sacrificio. Pero sólo un interminable rodeo ha permitido acceder al instante en el que, visiblemente, los contrarios aparecen vinculados, donde el horror religioso, reflejado, como sabemos, en el sacrificio, se vincula al abismo del erotismo, a los últimos sollozos que sólo el erotismo ilumina” (Las lágrimas de eros, 249-250). Interesa, en principio, detenernos en esta relación constitutiva entre erotismo, poder y excepción, o si se prefiere, en la inscripción brutal del goce soberano en el cuerpo como clave de una teología política que no es ni privativa de Occidente ni está referida a un cierto pasado, ya superado por la lógica humanista del derecho occidental. Bataille entiende que esta imagen del suplicio concluye su investigación del erotismo, iniciada ya antes de la Segunda Guerra Mundial, y le permite abrirse hacia una consideración de la superposición entre la petite morte del orgasmo y la muerte como experiencia radical de negatividad. La pretensión de su hipótesis es que dicha fotografía captura, de una u otra forma, y de manera no verbal, una experiencia inenarrable, la experiencia del morir. Pero, a la vez, ese reflejo de la muerte teniendo lugar sobre el cuerpo no debe ocultar la otra experiencia fundamental que dispone del cuerpo como lugar de su ensañamiento, a saber, la inscripción-escritura de la ley soberana sobre el afligido, el que queda convertido en una especie de lienzo donde la misma ley soberana se dibuja y se confirma en un mismo acto. Así, no se trata de una universalidad pre-definida y estatuida de una vez y para siempre, sino de una permanente redefinición de la frontera misma que separa la ley de su opuesto, el crimen. Lo que importa de esta permanente re-definición, entonces, es la frontera misma como algo indefinido, algo que debe ser establecido, recordado, de forma permanente. Como en el relato de Kafka, En la colonia penitenciaria (1996), donde el culpable es castigado mediante un proceso que consiste en escribir sobre su dorso la ley que éste habría transgredido, siendo el mismo castigo una práctica rememorativa de la ley. Las agujas que penetran la espalda del afligido no solo ejecutan una sanción ejemplar, sino que convierten el mismo cuerpo en el lugar de inscripción y materialización de la operación efectiva de la ley. En esto consistiría precisamente dicha operación, en la inscripción de la soberanía sobre un cuerpo que, mediante la auratización desencadenada por la misma violencia de esa inscripción, hace de la superficie corporal sometida al castigo el lugar no solo en que se inscribe la ley sino donde coinciden su pretendida universalidad y su excepcionalidad fáctica. El cuerpo sometido a suplicio comunica al espectador el mensaje del soberano, pero este mensaje debe re-inscribirse permanentemente, una y otra vez, pues el soberano está él mismo sujeto a una relación indeterminada que solo se articula mediante el permanente ejercicio de la excepcionalidad. Ese es el secreto de la relación soberana, no su cierre biopolítico definitivo y unilateral, sino su indeterminación, misma que habita el corazón de la tradición teológico-política y que la obliga a repensar permanentemente el estatuto mismo de la ley, confrontada incesantemente por el acto de la profanación, de la transgresión (Foucault, Prefacio a la transgresión, 1996). De ahí entonces la condición infinita de la demanda del poder, su paranoia insatisfecha, pues el soberano sospecha que la fragilidad de su dominio depende no de la cancelación de una deuda contraída por el pueblo con él, sino del incremento potencial de esa deuda, que debe ser amortizada periódicamente mediante múltiples sacrificios. En otras palabras, la clave de la inscripción soberana es la perpetuación de la deuda como ocultamiento de su indeterminación. Recordarán ustedes la crítica radical de Pierre Clastres a este mecanismo de transferencia, a partir de comprobar cómo en ciertas sociedades pre-estatales, la deuda funciona en un sentido totalmente inverso, no como fuente del poder, sino como su consecuencia (Society against the State, 1989). Sería la inversión teológico-política de esa relación de subordinación del poder a la comunidad, lo que marcaría el comienzo de la deuda soberana. Y es en ese contexto que la crucifixión y el sacrificio rememorativo son partes del ritual confirmatorio del poder. Recordemos que es en la ritualidad cristiana del investimento donde Ernst Kantorowicz (1997) descubre las transformaciones del Corpus Cristi en el cuerpo mortal del soberano, cuerpo, este último, que en su misma precariedad delata el carácter contingente de la soberanía. Algo similar nos devela Benjamin en su temprano ensayo Capitalismo como religión (1996): “El capitalismo es, presumiblemente, el primer caso de un culto que no expía la culpa, sino que la engendra” (288). Entonces, siguiendo esta lógica argumentativa, podríamos sostener que dado el carácter contingente de la soberanía, no habría un cierre biopolítico definitivo precisamente porque nada puede ser definitivo en términos de relaciones soberanas. Tanto el Leng Tche o muerte por cien cortes, como el suplicio de la máquina kafkiana en La colonia penitenciaria, no son operaciones unilaterales de un poder que se configura trascendentemente, sino marcas que delatan su contingencia. Lo que se escribe en el cuerpo como castigo es la misma ley que mediante ese acto se re-actualiza y se re-constituye. Habría así una dimensión pictórica de la ley que debe ser interrogada, dimensión ésta relativa a la forma en que la misma ley dibuja sobre el cuerpo su imagen, y para la cual el cuerpo conservaría una relación aurática que resulta fundamental para su propia puesta en escena: el espectáculo soberano del poder dispone de los cuerpos destazados, destrozados y mutilados como marca inexorable de su propia precariedad.

A Question on “Infrapolitical Action.” (Rubria Rocha de Luna)

In “Infrapolitical Action,” posted below in the blog, it is stated that Lacan considers that men can never completely understand the law. This lack of knowledge or stupidity is part of being human; proof of this is neurosis. The impossibility of knowing the law is caused by censorship which, in Freudian terms, would be an instance of the super-ego. Sovereignty passes through the same process, since it also “belongs in the domain of the unknown.”  Is sovereignty to be associated to the Freudian “navel of the dream,” which nevertheless, as “the point where the relation of the subject to the symbolic surfaces,” is the very name of being (“what I call being is that last word,” says Lacan in Ethics [105])? It is in that very sense that sovereignty is apotropaic and katechontic: either we uphold sovereignty through our very unbelief in it, through our very lack of understanding and rejection of it, or we lose our head, which is cut off” (Infrapolitical Action).  Can anything else be contemplated?

For Nancy, 1968 is the year when the structure of democracy and its subject were about to change. Nancy considered that “European democracies at the time were democracies without demos,” and an epochal crisis is felt concerning the subject of the political. Then the notion of subject changed its meaning: “Nancy critiques modern democracy as having been always occupied by a notion of a subject with mastery in terms of “representations, volitions, and decisions’” (25): “the subject . . . presupposed by a self-producing and autotelic being-for-itself, subject of its own presuppositions and of its own anticipations . . . whether individual or collective, was now overwhelmed by events” (24). Nancy, for the post-1968 period, that is, for the present, “proposes a democracy without a figure” and the “return of the originary moment when the city forfeits the formative-figurative principle in the renunciation of the common as general equivalence”. (Infrapolitical action)

According to this, is the demos that is lacking in 1968, the site of the infrapolitical? How could we understand Nancy’s subject after 1968? Does this subject follow the same structure proposed by Lacan? If so, how does the infrapolitical work within that structure?

Sobre la nota de Gerardo y las citas de Antonio. (Alberto Moreiras)

Gracias, Gerardo, magnífica nota, y gracias, Antonio, por copiarnos esos fragmentos de Gadamer. Creo que es quizás el momento de plantearse el enigma que supone el relativamente reciente texto de Agamben sobre la dimisión del Papa Benedicto. Igual que Schmitt y Althusser y Galli, Agamben constata el fin de toda legitimidad en las categorías de la política contemporánea, que es donde empieza su nota Gerardo en torno a Maquiavelo (también Maquiavelo habría dicho que “todo poder es necesariamente ilegítimo”). Gadamer supone que el irónico Schmitt pudo denunciar la carencia última de legitimidad de lo político a favor de una filosofía de la historia católica, que sin embargo nunca propuso afirmativamente (solo como genealogía denegada en el origen de la política moderna). Lo que hace Agamben es, a propósito del Papa Benedicto, restituir la filosofía católica de la historia. Que, obviamente, sería la única forma en la que Agamben puede pensar se podría combatir el nihilismo a tumba abierta de la ilegitimidad presente. La evolución de Althusser es más complicada, pues en él lo que está en juego es casi el procedimiento opuesto: él empieza por el abrazo dogmáticamente férreo a una filosofía de la historia, coincidente no ya con la tradición católica, pero tampoco con el marxismo originario, sino más bien con la escatología del Partido cuya filiación es clásicamente estalinista, para ir “subterráneamente” abjurando de ella hasta el punto de hacer de su obra una obra a leer sintomalmente, pues no puede hacerse coherente en lo relativo a principios. Entonces, la destrucción de la política en Althusser no se hace a partir de una alusión, implícita (Schmitt) o explícita (Agamben), a una filosofía de la historia de carácter religioso (con respecto de la cual el marxismo althusseriano sería una clásica secularización), sino que se hace ya como invivibilidad de la filosofía de la historia, como insoportabilidad de toda filosofía de la historia. Esa insoportabilidad arroja de sí un aroma de locura, como sabemos. Lo que queda es una destrucción conceptual abierta y un camino sin trayecto–el materialismo aleatorio obviamente no hace sino anunciar ese camino abierto pero no seguido, quizá no seguible. Cuando nosotros decimos que hoy la política debe pensarse infrapolíticamente o correr el riesgo de no poder pensarse nos referimos a esa constelación de problemas o situaciones. Pero también proponemos, implícitamente, que la reflexión infrapolítica ni apunta a la reconstitución fantasmática o irónica de filosofía alguna de la historia, ni apunta a la locura del eautontimoroumenos, la incoherencia que solo puede rescatarse de sí misma sintomalmente. Busca otra cosa.

A Minor Provocation. (Alberto Moreiras)

We are familiar with the old Gramscian division of the intellectual field between organic and traditional intellectuals.   Deleuze and Foucault have their own divisions.   Althusser, in Machiavel et nous, proposes his own: he talks about the litterateurs, whose mission is presumably the interpretation of a given state of ideology, the ideologists, whose mission is the reproduction of the system, and the political thinkers proper, whose mission is of course the transformation of the world.   The reference to the thesis on Feuerbach on transformation as the task of materialist philosophy was crucial for Althusser, as we know, and the proper content of his notion of epistemic break.   So, within that classification, what about infrapolitical thinkers?   Neither interpretation nor reproduction nor transformation—or rather, all of them, necessarily, but not as thematic for the endeavor.   Infrapolitics is inhabitation, and the infrapolitical thinker is a thinker of inhabitation.   We are far from the aesthetics of existence, or the ethics of existence, or the politics of existence, or the ideology of existence—or rather, those are all factors, but not thematic. We want to reflect on the conditions of existent dwelling on earth—no less, no more. This does not close off reading, it opens it to possibilities the critical tradition has mostly left aside. Overwhelmed with distraction as it has been.   Our contention: given that sad state of affairs, the infrapolitical thinker also dreams of a determinate absence, of an empty space one would hope to fill some day.

Marginal Note. (Alberto Moreiras)

Infrapolitics is not a spatial metaphor for history any more than posthegemony is a temporal metaphor for political space. I am not sure supplementary conceptuality–something that would perhaps help us understand more and better, but also something that might retrospectively have become premature, in the absence of proper clarification of what is already on the table–is so necessary at this point (although why not?  We’ll take the risk.)   What we really need is a proper and nonreductive understanding of what is at stake through the very word infrapolitics. Over the last two months, in this blog, an attempt at mapping a territory of engagement has taken place that is still ongoing. But doing it in the blog, and in the context of an ongoing seminar that follows a proposed reading list, has very serious limitations. Those very limitations might be backlashing now. They are fostering potential misunderstandings that might derail the conversation (although I understand that there would be no conversation without misunderstandings).  But they could become misunderstandings leading nowhere.  This is presumably nobody’s fault but my own, although I attribute it to the medium.   No doubt a more formal proposal regarding the understanding of infrapolitics that we have been developing is necessary, and no doubt it will come at some point.   For now, we are simply on the way, which is all we can do.  

Althusser’s Machiavelli, 1. (Alberto Moreiras)

The French edition of Machiavelli and Us incorporates an article by Matheron, whose subtitle is “Althusser et l’insituabilité de la politique,” and which I hope I can comment on over the next couple of days, that throws some doubts as to Louis Althusser’s very understanding of politics.   Politics became a curious undecidable for him, particularly in his later years, and against the background of the fetishization of the plenitude of the Party as the subject of history.

It is not therefore surprising that Machiavelli and Us, which is a text Matheron himself dates between 1971-72 and 1986, should incorporate some hesitations on politics as such.

So, on the one hand, it is clear that Althusser thinks political tasks are “assigned by history” (58), and that, to that extent, Machiavelli should have dreamed of the creation of a national State, even if necessarily under a New Prince, since national States under New Princes were already in successful existence in France or Spain; it is also clearly consistent with Althusser’s ostensible goals that the national State would have been imagined by Machiavelli from the perspective of the people, not the Prince; and it is equally consistent that Machiavelli be presented as a thinker of the conjuncture, not the structure, to the point of claiming that all the theoretical work in Machiavelli´s writings is clearly subordinate to the task of thinking the concrete situation, that is, the conjuncture, but not in the form of a thinking of the conjuncture, about the conjuncture, rather in the form of a thinking under the conjuncture, within the conjuncture.

The conjuncture is not invented by men—it is given by history, no matter how aleatorily.   The political task attached to the conjuncture is therefore also given by history, and it sets obligations for everyone defined by everyone’s position in the class struggle.   Althusser seems to move in this first chapter towards stating that it is the instance of political practice within an aleatory conjuncture, nevertheless binding as such, that determines theoretical needs, hence, that prompts thought towards concrete politics, at least for those who are thinkers of or with the people, that is, not litterateurs or ideologists of the ruling class.   Such would have been the case for Machiavelli, who, in Antonio Gramsci’s words, “made himself people” in The Prince.

What I find particularly interesting in this first chapter, however, is the possibility that a certain “thinking under the conjuncture” could move towards infrapolitics as such.     This may seem surprising. Machiavelli, everybody says, wants the emergence of an Italian national state ruled by a New Prince.   Hegel thought so, Gramsci thought so.   What is the point, then, of making sure everybody understands such a New Prince was going to be a despotic scoundrel?   As Althusser puts it, Machiavelli “avows their unavowable procedures and puts their secret practices in the public square” (72).   “La vérité du Prince apparaït alors pour ce qu’elle est: une ruse prodigieuse, celle de la non-ruse, une dissimulation prodigieuse, celle de la non-dissimulation: le grand filet de la ‘verité effective’ tendu en plein ciel où les Princes vont venir se prendre tout seuls” (72).

Rousseau attributed Machiavelli a “secret intention” and Diderot, the likely author of the Encyclopédie article on Machiavelli, thinks Machiavelli actually told his readers: “if you ever accept a master, he will be such as I have painted him, voilá the ferocious beast you will be abandoning yourselves to” (73).

If one accepts the hypothesis of the esoteric Machiavelli, I suppose one has a choice: to think that Machiavelli was a democratic republican whose understanding of history was radically committed to anti-despotic politics, and that he denounced avant la lettre the bad lesson of the national State under an absolute ruler; or, indeed, that he was not only a democratic republican, but was one always already captured by a radical foresight concerning the misfortune of politics as such.   For this latter Machiavelli, there was no anti-despotic politics, only the possibility of “the void of a distance taken” (41), which is what we could call his infrapolitical turn.

It is not my intention to claim that Machiavelli was “the first thinker of infrapolitics” or any such thing. I am interested, rather, in following some of the more hidden nuances in Althusser’s understanding of the political-historical—precisely those that seem to subvert his good-boy stances.  To be continued.