Respuesta (provisional) de Germán Cano a El quiasmo en Podemos.

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(Ver, más abajo en el blog, El quiasmo en Podemos)

Te digo tras una lectura rápida (debo leerlo bien otra vez). Es muy interesante lo que planteas en cuanto al liderazgo y cuestionamiento del “personaje” como contenedor vacío, y muy agudo, pero no estoy de acuerdo en lo que planteas de la hegemonía, que creo que es el único horizonte político posible hoy en nuestras sociedades. Asimismo, ese liderazgo y reparto de funciones que fue asumido voluntariamente desde el principio, hoy, en efecto, está en crisis. Hay, en efecto,una rebelión del líder que representa el significante vacío, pero, ojo, porque no quiere dejar de serlo, como revela su voluntad plebiscitaria, lo que creo que perjudica a todos: necesitamos abrir espacios. Por eso el debate es más profundo y no es cierto que en el fondo no hay tanta diferencia, creo que sí las hay, otra cosa es si es irresoluble, yo entiendo que no. La figura de cartón es una imagen potente que representa esta última fase: un soberano que se siente impotente y maniatado en un dispositivo que no controla y quizá en el que ya no cree. Por eso, para bien de todos, creo que lo que nos jugamos es menos significante vacío y más republicanismo y reparto de poderes, atenuar la identificación con una voluntad hegemónica más afinada. Lo que está en juego no es el abandono de la hegemonía, sino de un tipo de populismo, el duro, que 1) desequilibra el proyecto originario y 2) se está embarcando en una huida hacia adelante peligrosa por voluntarista que tiene por fuerza que desvalorizar todas las mediaciones institucionales y los contrapesos de poder. Esta lógica beligerante no entiende lo político más que como defensa o ataque a los obstáculos y terminará autofagocitando todo, si no reflexiona. Creo que entender hoy que la hegemonía pasa por la identificación con Iglesias es un error. Bajo esta idea me parece que el énfasis en el conflicto de los pablistas es un modo no de estar tanto en la calle como de resguardar la identificación con el líder en esa negatividad insobornable. Entiendo la necesidad de cuestionar los postulados iniciales, pero no creo que debamos abandonar el niño hegemónico con el agua sucia de los problemas ahora aparecidos. Sé que tenéis este decisivo debate desde hace años y conozco bien el libro de vuestras discusiones (no estoy de acuerdo en absoluto con Beasley-Murray, te lo adelanto), pero creo que separas demasiado la cuestión parresiástica y la cuestión hegemónica. En todo caso, le daré una vuelta porque dices cosas muy perspicaces y diferentes del ruido autocomplaciente, Alberto. Gracias por escribirlo, porque lo del corsé en el que se encuentra Iglesias toca hueso importante. Si tú tienes razón, no obstante, la hipótesis Podemos que se formuló desde el principio no sirve, y en eso no quiero estar ni estoy de acuerdo hoy. 🙂 P. D. tienes que ver The Young Pope de la HBO, porque va de esto…

El quiasmo en Podemos. Por Alberto Moreiras.

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Uno de los problemas de aceptar la teoría de la hegemonía como marco exhaustivo del debate es tener también que aceptar lo que Ernesto Laclau llamaba “los fundamentos retóricos de la sociedad,” con sus secuelas inevitablemente sofísticas y antiparrésicas.   El político embarcado en la obsesión de “construir pueblo,” es decir, de construir hegemonía, no puede sino intentar acertar con la expresión que de suelo a un efecto de equivalencia, redefinible como catexis de identificación afectiva.   La retórica impera en esta táctica a expensas de la más sobria voluntad de decir la verdad—no se trata de que el hegemónico necesariamente mienta, sino más bien de que su voluntad de verdad está cruzada inevitablemente por una estrategia de disimulación, en la que lo disimulado es cualquier pulsión no susceptible de catexis identificatoria. El político populista apuesta por la comunidad, nunca por la separación. El espacio político hegemónico es siempre simulacro de comunidad, quizá en la esperanza vaga de que el simulacro se asiente en comunidad auténtica. La separación, como efecto necesario de la palabra verdadera (el que dice solo la verdad lo hace desde su soledad incompartible, desde aquello que en él no es comunitario ni busca catexis), es irreducible a práctica hegemónica o hegemonizante.

Hace unas semanas, cuando empezaba a perfilarse al menos públicamente la confrontación de posiciones entre Pablo Iglesias e Iñigo Errejón que iba a establecer las coordenadas para la reconfiguración del partido en Vistalegre 2, Iglesias le escribe a Errejón, o más bien le escribe al público con Errejón como pretexto de interlocución, una “Carta abierta a Iñigo” (cf. 20 minutos, 12 de diciembre 2016). En ella Iglesias habla de amistad, de “echarse unas risas,” de compañerismo e intimidad, pero se preocupa, dice, porque “quizás eso no dure siempre.”   Iglesias da un paso atrás, dice darlo, y le promete a Errejón que esta su carta pública, su carta abierta, no es la carta de “tu secretario general,” sino que es la carta de “tu compañero y amigo.”   La catexis identificatoria está implícita como propuesta para todo lector de la carta que tenga compañeros y amigos sin tener necesariamente secretarios generales al mando. Ah, qué bien, aquí no habrá autoridad, solo reflexiones íntimas. Eso me decían a mí mis tutores en el colegio, también decían hablar desde la amistad pura, y yo, por supuesto, les creía, cómo no creerles sin traicionar la amistad que yo mismo sentía.

Pero no hay que leer las cartas siempre desde la sospecha, eso está mal entre amigos y compañeros. Iglesias le da unas lecciones fraternales a Errejón, y le dice que se “enorgullece” de seguir siendo su candidato a secretario general, pero que no le es posible aceptar la separación que propone Errejón entre “proyectos y personas.” Esto es claro: si Errejón propone que la candidatura de Iglesias a la secretaría general no será amenazada, Iglesias le avisa con sinceridad amable de que a él le iba a resultar muy difícil, como a todo el mundo, ser el líder de un partido sin mando real, es decir, tener que liderar sobre las ideas y los equipos de otros.   Es perfectamente entendible y lógico. Así que Iglesias invita a Errejón a un “debate fraterno” que permita en última instancia “lograr la mayor integración de todos los proyectos.” Pero, Iñigo, no me pidas “que desvincule mi papel de secretario general de mis ideas.”   Creo que eso es lo esencial en la carta, que termina diciendo “quiero un Podemos en el que tus ideas y tu proyecto tengan espacio, del mismo modo que los de otros compañeros como Miguel y Teresa. Quiero un Podemos en el que tú, uno de los tipos con más talento y brillantez que he conocido, puedas trabajar a mi lado y no frente a mí.” “A mi lado y no frente a mí,” puesto que yo soy el secretario general, y te quiero a mi lado, porque soy generoso, no por debajo, no obedeciendo, no mandando tampoco (no me impongas tus ideas, respétame las mías), sino en tu lugar cabal, en el lugar que corresponde a alguien que no es secretario general y que así no ocupa el papel del líder. Hay líderes, y hay otros que no lo son tanto. Y el lugar natural de los que no lo son tanto en una organización política es al lado de sus líderes, no discutiendo con ellos. Eso manda malas señales, y confunde las catexis de la gente.

Me gustaría analizar la estructura que inmediata e infernalmente se crea a través de esta carta—pero la carta es solo síntoma de un estado de cosas, el estado de cosas hoy en Podemos y en la democracia española, y a ello nos remitimos, con respeto para ambos lados, entendiendo plenamente la enorme dificultad de la política, la dignidad de la política en cuanto actividad humana siempre elusiva en su verdad, siempre notoriamente esquiva.   Errejón reclama—ha reclamado, antes de la carta, como condición de la carta—su derecho a proponer listas a la dirección de Podemos mediante las que se encarne necesariamente una diferencia de ideas en la dirección misma. Errejón reclama un principio de pluralidad en el centro del poder de Podemos, algo perfectamente compatible con la teoría de la hegemonía. Errejón reclama, en otras palabras, que el significante vacío, encarnado en el secretario general, sea realmente un significante vacío, y así susceptible de ser llenado, fantasmática, retórica, ilusoriamente, por una multiplicidad de demandas cuya concreción—es decir, cuya jerarquización, cuya victoria o derrota, cuya significación en cuanto demandas—sería ya harina de otro costal, entregada a negociaciones siempre intensas a partir de la aceptación de que el conflicto es inevitable y siempre irreducible en política, sobre todo en política democrática.  Para que mis demandas sean oídas, Pablo, le dice Errejón, es necesario que tengan la visibilidad adecuada, y eso me obliga a proponer listas alternativas a las tuyas a partir de un conflicto que no podemos negar. Solo quiero que mis demandas estén, no quiero que me desaparezcan, aunque también quiera que tú continues siendo mi jefe, sigas al mando, sigas en el papel que ya otras demandas y sus cadenas de equivalencias te han otorgado, retórica y efectivamente.

E Iglesias le contesta, no menos lógica y razonablemente, que él, aunque sea, en cuanto secretario general, no más que un significante vacío, no puede vivir como significante vacío ni quiere ser significante vacío. Y no le gusta que otros, tú mismo, Iñigo, intenten aprovechar su calidad teórica de significante vacío para convertirlo realmente en un significante vacío, desrealizado, inerte, marioneta de las ideas de otros, y así ya incapaz de, como dice la carta, decir “ciertas verdades como puños,” excepto en calidad de consejero delegado, hablando por otros, como el muñeco del ventrilocuo. Pero entonces esas verdades ya no serán puños, serán simulacro de puños, serán meros artilugios retóricos. ¿Y cómo objetar a esto?

Es un quiasmo.  En el contexto de la teoría de la hegemonía funciona la contraposición entre el que dice su verdad en separación y el que la dice buscando articulación comunitaria.  El quiasmo entre Iglesias y Errejón es que ninguno de ellos puede renunciar a ninguno de esos dos registros, por razones en sí contrapuestas. La articulación retórica comunitaria paraliza y moviliza a Iglesias y la verdad parréstica en separación paraliza y moviliza a Errejón.  Se trama una figura retórica que puede quedar bien en el terreno de la poética, incluso de la poética política, pero que, como todo quiasmo, resulta existencialmente invivible. Ni Errejón puede aceptar el disciplinamiento del silencio—pliégate, Iñigo, no es el momento de imponer tus ideas, nunca será el momento de imponer tus ideas, hasta que seas el líder, olvidémonos de Vistalegre 2 y de la Asamblea Ciudadana, sabes, como lo supiste ya en Vistalegre 1, que la Asamblea Ciudadana es solo un momento más en la estrategia de catexis, en la estrategia de construir hegemonía, y tus ideas pueden jodernos, pueden romper la armonía hegemónica, pueden dividir al pueblo, pueden destruir el aparato—ni Iglesias puede aceptar la mordaza—aguántate, Pablo, tú quisiste ser un hiperlíder mediático, quisiste construirte como jefe solo en aras de tu capacidad retórica, de tu carisma parlante, aténte a eso, no trates de tapar la proliferación de ideas y propuestas, no trates de tapar las mías, la Asamblea Ciudadana es un momento necesario en la estrategia de catexis, y tus ideas pueden jodernos, pueden romper la armonía hegemónica, pueden dividir al pueblo, pueden destruir el aparato.

La situación—sostenerse en el quiasmo es existencialmente invivible, no ya para Errejón e Iglesias, sino para todos los inscritos en Podemos, que no encuentran forma de conciliar las posiciones pero saben que los votos que decidan serán votos que separen, saben que la situación tiene arreglo imposible, que solo la victoria de unos decidirá la derrota de otros, pero que la victoria será pírrica, y la derrota no será definitiva—no se zanja con “documentos políticos.”   El lector tanto de “Recuperar la ilusión,” que es la propuesta del equipo de Errejón, como de “Plan 2020,” que es la propuesta redactada por Iglesias, puede leer entre líneas diferencias que son solo administraciones de énfasis, variaciones retóricas sobre temas similares, y lo que queda es una difusa sensación de incompatibilidad fantasmática, es decir, no basada en ningún desacuerdo explícito, tangible.   La retórica misma, por los dos lados, busca unidad, y lima las diferencias, que quedan referidas solo al mayor predominio de buscar transversalidad en “Recuperar la ilusión” o de buscar unidad en “Plan 2020,” pero de forma que todos entienden como políticamente precaria, puesto que ni la transversalidad ni la unidad se consiguen en los documentos, sino en la práctica política cotidiana.

¿No es hora, ya, de dar un paso atrás, y de considerar que, si los presupuestos teóricos que han sostenido el curso de Podemos han llevado a este impasse, es hora de cambiar los presupuestos teóricos? Cuando uno no puede resolver un problema, conviene estudiar el problema, y cambiar sus coordenadas.   En ese sentido, me gustaría proponer solo dos cosas:

  1. Ni Pablo Iglesias es un significante vacío ni debería permitirse jugar a serlo. La figura del lider sostenida en la teoría del significante vacío produce el impasse de Podemos.  Iglesias debe renunciar a su auto-mantenimiento como líder de Podemos en aras de su carisma mediático, hoy maltrecho por otro lado. Si Iglesias ha de seguir siendo secretario general, que lo sea porque gana en votos, sin más consideraciones, sin más dramas, sin más creación artificial de ficciones teóricas insostenibles.  Iglesias debe aceptar su verdad como sujeto político y renunciar a su autorrepresentación primaria como significante vacío y receptor de deseo.  De esa manera podrá volver a tener “amigos y compañeros” y no más bien sumisos o insumisos.
  1. Y Errejón debe aceptar que ninguna transversalidad sustantiva es compatible con la teoría de la hegemonía, que la disuelve en equivalencia.   La transversalidad es la apuesta por un populismo an-árquico, a-verticalista, en el que la figura del líder no tiene más consistencia que la del gestor de los intereses de sus votantes. La ruptura posthegemónica–y esa es en el fondo la deriva de Errejón desde las elecciones de junio de 2016–es necesariamente la renuncia a la articulación retórica comunitaria como horizonte primario del discurso político.  La transversalidad reconoce la separación como condición constitutiva del discurso político.  Errejón ya está en ello, pero le falta recordar que no hay transversalidad si la transversalidad se afirma solo para ser mejor capturada en recuperación comunitaria.

Quizás sea necesario esperar a la emergencia de un Podemos anarco-populista, posthegemónico, antiverticalista.   Todo el programa real de Podemos podría potenciarse fuertemente desde esos presupuestos.   Es la teoría de la hegemonía la que crea el impasse presente. Veremos qué pasa la semana que viene, aunque la votación ya ha empezado.   Modestamente, como mero inscrito, sin militancia, imagino que será más fácil esa recomposición teórica a partir de la victoria de las listas de Recuperar la ilusión.

Acts of Engagement: on Marranismo e Inscripción. (Djurdja Trajkovic)

What is the relation between negative engagement and deconstruction? Negative engagement is a singular engagement of separation that instead of proposing a binary problem/solution proper to contemporary thinking, offers new questions and the possibility of pushing thought further. It is negative since it does not look for empathy nor compassion, neither redemption nor recognition. It is an engagement that abandons the “state of things”, only to open up thought to the unthinkable, and to the difficult experience of freedom. It is engagement as a form of life, since what is at stake is a relation to existence outside of hegemony, identity, and quality; that is, at the margins of institution (if there is such a thing anymore).

In Moreiras’ anti-book, Marranismo e Inscripción (Escolar & Mayo, 2016), we bear witness to such a difficult intervention. It is a book made up of heterogeneous writings, some highly intimate, others profoundly distant, which overwhelms the reader with their arduous insistence and demand for thinking. It is as if Moreiras is repeating the Heideggerian conclusion that we have not even begun to think. And what is there to think about in “times of interregnum”?

Firstly, the crucial task that Alberto offers up for thought is what cannot be said: the crisis of the Humanities. Suggesting that we do not posses even the concepts or language with which we could start this process, Moreiras is suspicious of returns to national history and grand (canonical) literature. If this is a crisis of crisis, how do we think about the Humanities within the eye of the storm? What kind of crisis are we bearing witness to? It seems that the Humanities has become sort of a bad word: it is a space where a fundamental interrogation on the state of humanity could have been put into question once, and that today increasingly mirrors only the loss of academic jobs of academics and its contingency. Global capitalism turns a necessity, the cultivation of thought and the letter, into contingency by naturalizing the status quo and refusing to recognize the conflict.

Important as it may be to address the contingency of academic work, however, the crisis is profound since what is at its heart is the very crisis of thought and intellectuality. It seems that the brutal acceleration and instrumentalization of life itself has surpassed our capability to rethink it without falling into nostalgia and melancholia and other “solutions” that lead nowhere. I am not suggesting here embracing all too quickly a “happy” form of living without really dwelling into the question of globalization. But does anyone really need the Humanities anymore, if anyone ever really did? Is the university, as a space of hospitality without condition, possible today? Can the Humanities offer once again a thought of/for transformation? How is transformation to be enacted irreducibly to wishful thinking and pure dreaming? Critical thinking stutters here, as it fears its own disappearance.

There is no room for cynicism or nihilism, however. And even if there is, we must reject it. The situation is difficult, unbearable. Inviting us to abandon recognition, Moreiras underlines the acknowledgment of finitude; the very possibility of doubt and doubting of decolonial and communist impulses (you may want to revise this last phrase, as it is difficult to figure out what you mean). He is one of the rare thinkers who trace the problem of the temporality of thinking itself. For example, he asserts that our accustomed “tools” fail us today as the exhaustion of modern (political) concepts is beckoning us. Perhaps we are bearing witness to the death of modernity. And yet, Moreiras does not offer to salvage those concepts but instead proposes without proposition a further deconstruction of politics. One must ask then what is left of politics and the political after deconstruction? What is unthinkable after deconstruction? Is deconstruction in need of deconstruction? Is deconstruction possible in the eye of a mass depolitization that the failure of neoliberalism made visible?

Infrapolitics, as something that happens, offers itself as the radicalization of deconstruction. It is a labor of difficult passion, of possibilization of the impossible, and a constant search, a desire, for the outside. Moreiras himself is hesitant to affirm if and when such a possibility might open up. Certainly not today when the conditions of possibility of/for thinking in the university of equivalence have closed even the possibility of putting into question the university itself and division of labor. Not even to mention the anti-intellectuality and anti-theoretical turn haunting the Humanities. After all, all is said and done, right? And yet, at the same time, Moreiras does not want to abandon the possibility of a new historicity, a new writing of history irreducible to instrumentalization and to the capture of history for supposedly progressive goals.

How to exercise such a demand? I believe that the question is not anymore ‘what is to be done’ but how to think the end of doing and the beginning of thinking. At the heart of his intervention is a thinking of radical democracy, a demand for a freedom of life liberated from the identitarian and hegemonic drives, a demand for other thought and time irreducible to the techno-political machine which captures experience and knowledge into another fetish and concept to be applied. In Moreiras we are distant from destruction, and what is being offered is the very possibility of experiencing freedom anew.

How so? He suggests in his reading of Javier Cercas’ El impostor that thinking is inseparable from freedom, not inseparable from love as for Jean Luc Nancy, but freedom itself. Thinking is irreducible to philosophy and literature is the risk one must take if there is going to be freedom at all. Thinking is sick thought. And only patient attention to this sickness (how could it be otherwise after the violence of metaphysics?) through the cultivation of other thought and letter could bring about the “cure”. However, the cure is not restoration of health but precisely the opening, the region, where freedom could appear. Moreiras uses here a curious word, “appearing,”- which is not appearance but “appearing.” For example, freedom appears when and if, a (wo)man opens herself to letting it be, when the character is separated from destiny, and when we consider what we are not and what we have not been able to be. Also letting it be so that the unknown can appear. Not doing but being. Is this the attempt to write a history of what has not happened and could have been? It is certainly a demand irreducible to “restorative nostalgia.”

This is a similar suggestion to what Sergio Chejfec exercises in his Los incompletos. We are not speaking here of mourning, but of the possibility of confronting the real as unforeseeable, as imperfect and inconclusive past. When we understand that, as Javier Marias reminds us, grace without use is also “la suma de todas las posibilidades no realizadas en nuestras vidas no como destino fallido”. Perhaps only then we will be ready to let freedom appear in its inexhaustibility. This is the task and promise of brave negative engagement for any Hispanist.

Universidad y principio de equivalencia. Hacia el fin de la Alta Alegoría. Borrador de conferencia para 17 Instituto de Estudios Críticos, México DF, 22 de enero, 2017. Por Alberto Moreiras.

 

loup-garou            En el corazón de Clamor, de Jacques Derrida, en la columna de Hegel, cuando Derrida analiza laboriosamente la temática de la Sittlichkeit hegeliana en el momento de la “vida ética de un pueblo,” cuando Derrida empieza a concentrarse en la figura de Antígona como excepción al sistema, como resto del saber absoluto, como cuasi-trascendental y transcategorial, como aquello inasimilable que sume al sistema en su desobramiento, Derrida interrumpe su narrativa para citar algunas cartas personales de Hegel. En una de ellas, de 1811, a su novia María, Hegel trata de vencer el enfado que siente María ante una carta previa en la que Hegel había dicho que la felicidad podría ser ajena a su destino.   Hegel intenta explicarse, es de suponer que con cierta torpeza desde el punto de vista de su novia, y comienza diciéndole a María que “el matrimonio es esencialmente un vínculo religioso; el amor requiere ser completado con algo superior a lo que él es solo en sí y de por sí. La plena satisfacción—lo que se dice ‘ser feliz’—solo se cumple gracias a la religión y al sentimiento del deber” (179).   La carta concluye con algo así como una exculpación de Hegel a María—Hegel quiere hacerse perdonar su énfasis en la satisfacción contra la felicidad, Hegel busca la satisfacción y duda de la felicidad, sobre la que piensa que no es más que una especie de satisfacción trascendental. Y entonces dice: “Podría escribir también sobre la pedantería (tal vez solo hipocondríaca) con la que me he empecinado en la diferencia—que de nuevo es tan inútil—entre satisfacción y felicidad; podría escribirte que me he jurado a mí mismo que tu felicidad debe ser lo más preciado que posea” (180).   Este enigma—en cualquier caso para Hegel—de la diferencia entre satisfacción y felicidad—quizá el motor del trabajo como compensación, quizá el motor mismo de la construcción hegeliana, el motor de la dialéctica y del intento de alcanzar el saber absoluto, Gran Alegoría—sobre ello versa este trabajo.

En la que tengo entendido que fue su última entrevista, concedida a Gilles Laponge unos días antes de su muerte, el filósofo ruso-francés Alexandre Kojève establece una distinción entre “éxito” y “logro” que podría dar algo—urgente—que pensar. En ese momento Kojève lleva veinticinco años alejado de la universidad, trabajando como alto funcionario del Estado en cuestiones de economía política.   Y le dice a su entrevistador: “Adoro este trabajo. Para el intelectual, el éxito ocupa el lugar del logro. Si se escribe un libro, se obtiene éxito, es todo. Aquí es diferente, porque hay logros. Le he dicho el placer que sentí cuando mi sistema aduanero fue aceptado. Es como una forma superior de juego” (Laponge, 6).   El logro es una forma superior de juego, mientras que el éxito es simplemente éxito. El logro, como forma superior de juego, es entendido por lo tanto no como un “valor,” sino como un “bien,” para usar una conocida distinción de Rafael Sánchez Ferlosio: permite ser vivido intransitivamente, no es algo hecho o incurrido por amor de alguna otra cosa, sino por sí mismo. El éxito, sin embargo, no es más que transitividad—buscar éxito es ya estar caído en la transitividad del valor, en la medida en que uno tiene éxito cuando resplandece en el valor o desde el valor.

Si puedo apelar a la diferencia entre facticidad y existencia, de la que el joven Heidegger extrajo una definición de la actividad de pensamiento a la que permaneció fiel hasta el final, diría que el éxito pertenece a la facticidad mientras que el logro es un bien existencial.   Si es verdad, como afirma Kojève en los años 60, que el intelectual es una mera criatura de éxito—o bien, claro, de fracaso—, y si es, a fortiori, verdad que esa definición del intelectual no ha dejado de hacerse más y más exhaustiva en los cincuenta años que median entre la muerte de Kojève y nuestro presente, es quizá hora de dar un paso atrás y preguntarse si la satisfacción que da el éxito debe en realidad preferirse al goce intransitivo del logro.   Y no en general, sino en el contexto concreto de la actividad universitaria.   ¿Seguimos prefiriendo una universidad y un discurso universitario del éxito, o tenemos todavía la capacidad de proponer una universidad del logro? ¿O estamos quizá ya tan escorados hacia el éxito que la pregunta misma no puede sino hundirse en la perplejidad o el pasmo de nuestra propia incapacidad de respuesta? ¿Qué sería una universidad del logro, una vida universitaria entendida como forma superior de juego?   ¿Una universidad de bienes contra una universidad de valores? ¿Una universidad del goce del saber contra una universidad de la instrumentalización del saber?

Estamos demasiado acostumbrados a culpar mentirosamente a la mendaz administración como responsable de dictar las condiciones bajo las cuales ningún empleado universitario puede sustraerse al imperativo del éxito ni a las consecuencias del fracaso, y nuestro embuste nos cierra los ojos a una realidad más ominosa: somos nosotros mismos los que no tenemos ya recursos para pensar y vivir nuestra presencia universitaria al margen de la transitividad del valor, caídos como estamos en la miseria existencial de un reconocimiento cuyos parámetros se agotan en la relación de equivalencia. El éxito—el académico, por lo pronto, como el de facebook u otros—tiene solo que ver con haber conseguido plusvalía desde la equivalencia general, que nos borra como existentes y nos da acceso reflexivo solo a nuestra condición fáctica, convertida ahora en prestigio comparativo. ¿Es eso hoy, no ya todo lo que la administración nos permite enseñar a nuestros estudiantes, sino más bien todo lo que somos capaces de enseñar a nuestros estudiantes, a los que de paso convertimos en criaturas caídas en el pozo de una expectativa de éxito por lo demás mezquino para casi todos, inútil como fuente real de satisfacción, puesto que, si todos tienen éxito, solo los que más éxito tengan tendrán éxito?   ¿Está nuestra vida más íntima como intelectuales realmente sometida al culto del payaso exitoso? Porque toda persona de éxito lo tiene todo que ver con el payaso—el monigote de paja cuyo interés es solo proyección del deseo de su audiencia, el monigote de paja cuya función real es solo atraer el deseo de una audiencia cuya mímesis la convierte también en monigote de paja?

Es posible sin duda darle la vuelta a la frase de Kojéve y suponer que el logro, no el éxito, es en realidad lo que las universidades requieren de sus afiliados. Al fin y al cabo, del logro real dependería el notorio “impacto” público que es hoy, se nos dice, parámetro fundamental de medición para el presunto éxito académico. Por lo tanto, diría el administrador, no hay éxito sin logro, y lo que nos interesa es el logro, no el éxito. El éxito es solamente una forma de medición del logro como característica esencial del trabajo universitario. No hay éxito sin logro, en otras palabras, aunque es posible el logro sin éxito.   Pero pensemos en lo fácil que resulta darle la vuelta a esas palabras del administrador universitario y afirmar que la tendencia de la universidad contemporánea consiste en la reducción extrema de la noción de “logro sin éxito.” El administrador, en su voluntad equivalencial, la única que conoce, la única medible, no reconoce ya el logro sin éxito, y extrae del logro con éxito solo el componente de éxito. Porque el logro no puede ser medido sin indicadores de éxito.   En consecuencia, y en el fondo esto es todo lo que me interesa afirmar, y dejar establecido como medio para pasar a otra cosa, el éxito se convierte en el valor universitario esencial.   Que esto ocurra, que todos, exitosos y fracasados, aceptemos el criterio del éxito y aceptemos el criterio de que sin éxito no podemos hacer otra cosa que fracasar, no depende tanto de los administradores como del resto de todos nosotros.   Los estudiantes y los profesores quedan mudos ante tales criterios porque no tienen nada que proponer que pueda funcionar como alternativa. Pensar esa posibilidad alternativa—algo que existió quizás alguna vez, hace tiempo, en algún sitio, pero de lo que no queda ya apenas memoria—es por lo tanto la verdadera tarea para el presente y para el futuro, supuesto que querramos todavía pensar en el saber, o en el pensamiento, como Kojéve, como forma superior de juego. Pero ¿qué querría decir “forma superior de juego,” y contra qué inferioridad se orienta? ¿No es el profesor, por más mentecato que sea, que puede permitirse, por ejemplo, cobrar $8000 por conferencia—y hay algunos, desde luego, a cuál más mentecato—el que verdaderamente ha conseguido convertir su mentira en una forma superior de juego? ¿Qué puede oponerle a ese individuo un tipo cuya trayectoria profesional no le ha permitido salir nunca de la oscuridad de la biblioteca, de la sala de clase, de su propio estudio?   ¿Un tipo que se esfuerza por pensar pero quizá incapaz de atraer hacia la universidad los fondos de fuera que le permitirán a esta última darle reconocimiento como un tipo exitoso e imprescindible?   Solo el éxito es medible. No el logro.

 

II.

Javier Marías cita, en su prólogo a la edición más o menos definitiva de Herrumbrosas Lanzas, de Juan Benet (Alfaguara, 1999), una carta que Benet le habría escrito el 25 de diciembre de 1986. Hace ahora por lo tanto poco más de treinta años de esa carta, casi nada desde algunas perspectivas, pero bastante desde otras. Creo que la carta puede extrapolarse a un pensamiento sobre la universidad, a una relación con la universidad que sea efectivamente alternativa a la universidad que ha venido tomando auge, contra todos nosotros, en los últimos treinta años, aunque la universidad estaba sin duda infinitamente lejos de la cabeza de Benet al escribir palabras a su amigo. Permítanme que juegue un poco con la carta de Benet, con sus consejos al joven Marías. La carta habla de literatura, la carta habla de concepciones literarias, pero mi juego será leerla como una carta sobre la institución.

La carta de Benet dice: “cada día creo menos en la estética del todo o, por decirlo de una manera muy tradicional, en la armonía del conjunto . . . [y esto no refiere, claro, a la armonía del conjunto realmente existente, del conjunto fáctico, diríamos, sino también a la armonía de su idea, a la concepción misma de la idea institucional, quizá siempre ilusa, quizá en sí basada en la razón produccionista, en la causa final aristotélica, que es la del carpintero que tiene una idea de mesa en la cabeza cuando se dispone a construir una mesa. Pero nosotros no tenemos por qué tener una idea de universidad en la cabeza cuando no nos disponemos a construir una universidad sino sólo a trabajar en ella, si nos dejan y cuando nos dejan. Y ¿por qué deberíamos o hubiéramos debido hacerlo, tener esa idea? ¿Cuál es la demanda política que se esconde tras la naturalización de la forma ideal de las cosas como horizonte de autoinscripción en ellas?]” Continua Benet: “‘El asunto—o el argumento o el tema—es siempre un pretexto y si no creo en él como primera pieza jerárquica dentro de la composición narrativa es porque, cualquiera que sea, carece de expresión literaria y se formulará siempre en la modalidad del resumen . . . [la universidad, por lo tanto, la idea de la universidad, no es literaturizable, sólo puede pensarse en la forma caricaturesca del resumen, con mala letra. Sobre todo, tal resumen no debiera nunca ocupar el centro jerárquico, el vórtice fundamentador de nuestra tarea, o de nuestra desobra.]” Y sigue Benet: “Pienso a veces que todas las teorías sobre el arte de la novela se tambalean cuando se considera que lo mejor de ellas son, pura y simplemente, algunos fragmentos’ . . . Los fragmentos configuran el non plus ultra del pensamiento, una especie de ionosfera con un límite constante, con todo lo mejor de la mente humana situado a la misma cota.” Un non-plus-ultra del pensamiento de carácter no equivalencial, es decir, no jerárquico respecto de otros non-plus-ultras, todos en la misma cota.   Cada uno hace lo que puede, si puede, y hacer eso que se puede es lo único posible-imposible, y es también lo que hace tambalearse toda teoría institucional, toda charla sobre la universidad como institución, devolviéndola a su mero carácter de impotente resumen. “Por eso te hablaba antes,” continua diciéndole Benet a Marías, “del magnetismo que ejerce esa cota y que sólo el propio autor puede saber si la ha alcanzado o no, siempre que se lo haya propuesto, pues es evidente que hay gente que aspira, sin más ni más, a conseguir la armonía del conjunto” (20-21).   Francamente, no creo que la mayor parte de la gente aquí reunida tenga esta última aspiración, aunque haya muchos entre nosotros que, hoy, no puedan oponerle palabras a esa aspiración, ya no las tengan, las hayan perdido, y eso conviene hacerlo explícito, decirlo sin más.

Para decirlo todo de otra manera: Benet está pensando en una noción de totalidad que podría aplicarse en general a la cosa, sea esta cosa una obra, por ejemplo una obra literaria, o una institución.   Se limita por lo pronto a afirmar que cada día cree menos en ello, cada día cree menos en la totalidad o cada día cree menos en una noción de cosa que la haga depender de su carácter como conjunto totalizante o como idea, como referencia, como fin de la acción. Entonces dice algo así como que la idea de la idea—lo que llama su argumento o su tema—no es más que un pretexto que solo puede funcionar en la modalidad del resumen—es decir, solo puede ser reductor desde una posición que podemos calificar como siempre de antemano ideológica, pretextante, preorganizadora, pretética. No es la obra ni la institución ni la cosa lo que le interesa a Benet, sino lo que quiera que, en la cosa, alcanza un límite—ese non-plus-ultra que puede entenderse como “mejor,” y del que se dice que solo cada uno puede haber entendido si ha tenido acceso a él o no, al margen de cualquier entendimiento pretético o prejuiciado, ideológico, de la cosa. Ese non-plus-ultra, que habrá de permanecer enigmático, es el lugar del goce, es el lugar del bien, y es el lugar del logro.   Ante él, el entendimiento meramente “estético,” que buscar rescatar en cada caso la “armonía del conjunto,” la cosa como totalidad o la institución como referente, cae. Hay una contraposición en la carta de Benet que es lo que me interesar remarcar: la contraposición entre aquello en la cosa que abre una posibilidad “mejor,” y aquello en la cosa que reproduce su estructuralidad prejuiciada y pretética. Pero, ¿no es esta la versión benetiana de la diferencia entre éxito y logro? El intelectual de éxito es el que tiene siempre en la cabeza una idea de universidad prefijada, pretética, con respecto de la cual habría un acuerdo de sentido común, para utilizar algo perversamente la expresión de Antonio Gramsci, del que poder beneficiarse. El intelectual de éxito es, en gran medida, siempre un intelectual de gran medida, de medida, que mide, y mide siempre con respecto de la idea de la institución entendida como lo caído en la percepción media del que se interesa por la armonía del conjunto de las cosas.   El intelectual de éxito es el intelectual que sabe medir el valor de las cosas.   Pero el que busca el logro está en general perdido en su propia desmesura.

¿Fue la crisis financiera de 2008 la que determinó un cambio en la universidad global de carácter profundo, cuyas consecuencias estamos sólo empezando a notar, pero que son posiblemente irreversibles?  ¿Es plausible imaginar que el fin del ciclo histórico del neoliberalismo y su subsunción real, su conversión sin precedentes de la política misma en dinero, su reducción infinita de la totalidad de lo real al principio general de equivalencia, es plausible imaginar que sea lo que sea lo que lo suceda se operará un cambio en la condición equivalencial, rendible, calculable del pensamiento, y se restituirá la posibilidad de non-plus-ultras singulares? No tengo razones para pensarlo, y tengo razones para no pensarlo. Para mí, para alguien como yo, sin prejuzgar en absoluto lo que la gente más joven puede o debe querer hacer, se ha hecho claro que sólo queda lo inmemorial, lo más serio, lo que quizá siempre fue lo más serio o incluso lo único serio, lo que lo explica todo, lo que explica por qué estamos aquí, a pesar de todo, aunque a veces lo olvidemos: que hay, para cada quien, un non-plus-ultra del pensamiento que es de su absoluta incumbencia y de su incondicional responsabilidad, y que hay que dedicarse a él, contra la universidad en la universidad, contra el mundo en el mundo, contra la vida en la vida, puesto que ese y no otro es y habría debido de ser siempre el deseo.   Y lo fue en alguna parte, hace tiempo, para algunos. Aunque sea tardíamente, aunque se juegue sólo en fragmentos, y aunque nadie sino el propio autor, como dice Benet, llegue a saber si hay, en esa tarea, triunfo secreto. El público, cada vez más índice del éxito desde el punto de vista del éxito mismo, es cada vez menos importante desde la perspectiva alternativa, por razones quizá también coyunturales, pero coyunturales en un sentido fuerte, histórico. Pensar hoy en la “armonía del conjunto,” en la idea de universidad, en la inclusión armónica de la universidad en la totalidad social, en una narrativa para el campo profesional en su conjunto, es, me parece, improductivo, si no terminalmente ingenuo. No puede haber ya contra-maquinación en ese sentido, porque ahora, y quizá desde mucho antes que 2008, todo es maquinación. No hay memoria cuando todo es memoria, no hay olvido cuando todo es olvido, y no hay contramaquinación universitaria cuando no hay afuera de la maquinación universitaria. La universidad del éxito es solo maquinación universitaria.

En Conversaciones en un camino rural Heidegger habla de “la devastación” de la vida como, entre otras cosas, el robo de lo innecesario para ella. Refiere a un diálogo chino sobre lo necesario y lo innecesario para la vida. Lo único necesario, diría uno de esos sabios chinos que Occidente convoca de vez en cuando, sería un palmo de tierra para plantar los pies. Pero si alguien viene y remueve toda la tierra innecesaria que rodea el necesario palmo ya no podrás nunca más dar un paso sin caerte al abismo. Esa es la universidad tendencialmente hoy, para los profesores y para los estudiantes, y quién sabe desde cuándo—siempre nos enteramos demasiado tarde. El intelectual de éxito es siempre en cada caso el intelectual de lo necesario, contra toda innecesariedad improductiva. Veremos si esa tendencia devastadora culmina en total éxito o si hay reacción contra ella, y cuál puede ser el alcance de tal reacción, y si la reacción misma no es a su vez también devastadora. En todo caso, política o impolíticamente supongo que conviene pensar desde ahí. Ese es quizá el lugar estructural del pensamiento hoy, incluido el pensamiento “universitario,” en su dimensión autorreflexiva. Y lo que queda, lo que falta, lo que dura es refigurar nuestra vida innecesaria, nuestra vida intelectual, ya postuniversitariamente. La universidad ha dejado de ser, tendencialmente, es decir, es hoy imperfectamente, un espacio productivo, en la medida en que casi todo lo que es interesante, para estudiantes y profesores, debe hacerse o vivirse ex universitate, desde la universidad pero también fuera de la universidad, al margen de la universidad. Se lo debemos a nuestros colegas y administradores, que se lo deben a nuestros políticos. ¿A quién se lo deben ellos? No a la gente. Y es este no debérselo a la gente, la no-deuda, la falta de deuda política, el carácter autopoiético maquinante, la que quizá abra, improbablemente, contra toda corriente, un espacio no sólo ya político para el pensamiento postuniversitario—yo lo llamo infrapolítica, o espacio infrapolítico. Permítanme insinuar la idea de que esa alternativa de la que les hablé antes a la universidad del éxito es necesariamente una alternativa infrapolítica, lo cual no es de ninguna manera un intento de sustraerse a la política, sino más bien una manera de afirmar que la politicidad real, en la institución, no puede darse sino en relación con su propio desobramiento a favor de aquello en ella que constituye su límite, su non-plus-ultra, o su “mejor” fragmento.

 

III.

Aproveché la invitación de Benjamín Mayer para tratar de continuar, en cierta manera, una conversación iniciada en México hace apenas unos meses, tres meses, en el marco de un coloquio organizado por Angel Octavio Alvarez Solís, Eliza Mizrahi, Laura Piñeirúa y José Luis Barrios en la Universidad Iberoamericana.   En aquella ocasión se insinuaron algunas líneas de debate que solo pudimos perseguir breve e incidentalmente, pero que tenían que ver con la propuesta de un tipo de pensamiento orientado a pensar el presente buscando su relevancia existencial y no su capitalización instrumental en un sentido u otro: un pensamiento del bien, del goce, y no un pensamiento valorizante y exitoso.   O podríamos decirlo todavía más claramente, apelando a la distinción hegeliana: un pensamiento de la felicidad contra un pensamiento de la satisfacción.

Nos preguntábamos si tal forma de pensamiento tendría que ser conceptualizado como un despertar; nos preguntábamos si tal forma de pensamiento podría o debería hacer uso de una apelación radical a cierta forma de comunidad de amistad; nos preguntábamos también si esa forma de pensamiento sería en sí funcional para un régimen neoliberal de funcionamiento universitario; y por último nos preguntábamos si esa invocación de un giro hacia la existencia singular en el pensamiento estaría enraizado en el individualismo subjetivo moderno, o en la subjetividad individualista de la modernidad.   Me gustaría empezar a ofrecer una respuesta—una respuesta que no puede ser más que personal—a esas interrogantes, a partir de la noción que estoy tratando de dibujar para ustedes de un estilo postuniversitario de trabajo renuente a todo uso del principio de equivalencia general en la capitalización académica. Desde ese punto de vista el pensamiento sería efectivamente un despertar—despertar traumático, diría yo, apropiándome de una noción de Emmanuel Levinas, y siempre vinculable a una relación con el otro basada en el proyecto de una comunidad mortal, una comunidad de amistad transida por la finitud y sin proyecto alguno de totalización unitaria.

Y pensé en tratar de contestar esas dos o tres últimas preguntas—sobre el alcance directamente político de esa forma de pensamiento infrapolítico, atendiente al goce del existente singular—a partir de las reflexiones de Jan Patocka en su libro Ensayos heréticos sobre filosofía de la historia. Allí, hacia el final, dice Patocka:

La solidaridad de los que han sido conmovidos se construye en la persecución y en la incerteza: esa es su primera línea, tranquila, sin alboroto ni alharaca ni siquiera allí donde . . . la Fuerza dominante trata de atraparla. No teme no ser popular sino que lo busca y lo pide calladamente, sin palabras. La especie humana no conseguirá la paz entregándose y rindiéndose a los criterios de la cotidianeidad y a sus promesas. Todos los que rompan esta solidaridad deben darse cuenta de que están sosteniendo la guerra y de que son parásitos en los márgenes que viven de la sangre de los otros. (135)

Patocka afirma una forma de comunidad—de solidaridad—por la paz en esa primera línea de la guerra que impone la necesidad de algo otro que la guerra.   Me gustaría tratar de explicar esa solidaridad o comunidad de los conmovidos, comunidad o solidaridad mortal, mediante un rodeo por el trabajo del joven Heidegger en 1922, cuando está tratando de responder a una demanda académica y ofrece un largo y extraño texto sobre lo que él llama entonces la “situación hermenéutica” (358) que puede o no facilitar una apropiación de la tradición (358).   Para Heidegger no habría relación con el pasado que no sea en primer lugar una relación directa con lo que él llama la facticidad, o la vida fáctica. Dice: “la vida fáctica es tal que en la temporalización concreta de su Ser se ocupa de su Ser, incluso allí donde se evita a sí misma” (359).   No hay otra cosa que facticidad para el ser humano, pero el ser humano es tal que en su facticidad se ocupa siempre de sí mismo, aunque a veces parezca no hacerlo.   Pero preocuparse de sí mismo significa que es siempre lo propio lo que está en juego, y no alguna ilusoria noción de humanidad universal. Y es por esto, porque el Ser humano, en su pensar, se ocupa siempre ya de antemano de su propia facticidad, que, dice Heidegger, “la crítica de la historia es siempre solo la crítica del presente” (360). No hay otro ser humano, Dasein lo llama Heidegger, que el Dasein fáctico, y el Dasein fáctico es aquel que no puede nunca evitar, incluso aunque parezca hacerlo, pensar en su propia facticidad.

Heidegger está, en 1922, empezando a pensar lo que Ser y tiempo, unos años más tarde, llamaría su “analítica existencial,” que como sabemos cambió el rumbo del pensamiento desde entonces. Me importa solo aquí resaltar algunos rasgos de ese temprano pensamiento de la existencia, puesto que creo que deben ser rescatados hoy.   Heidegger empieza por detectar en el “cuidado, “ o “la cura,” como algunos traducen, la relación antropológica básica del Dasein con su mundo.   Así, la crítica del presente que es también crítica de la historia, la crítica de la historia que es también crítica del presente—y no se les oculta que en esta doble empresa crítica puede incluirse la totalidad del trabajo universitario en humanidades—responden a un cuidado por el mundo en el que Heidegger detecta una doble tendencia. En sus palabras, “Vive en el movimiento del cuidado una inclinación del cuidado hacia el mundo como tendencia a la absorción en el mundo, tendencia a dejarse-llevar por el mundo” (363). Permítanme vincular esta tendencia a todo lo que he estado asociando al lexema del éxito o del valor.   Y Heidegger la describe como la inclinación de la vida fáctica a la caída, “el destino más íntimo que la vida soporta fácticamente” (364).   Caer, dejarse llevar, dejarse caer, es tentador, confortante, también alienante, pero no puede uno dejarse de ello—no es evitable, pues es una consecuencia directa de nuestra facticidad.   Vivimos en la caída en o hacia el mundo tal como es. Pero, al mismo tiempo, caer es solo una tendencia de la vida fáctica, de modo que el Dasein no se agota en ella, no puede ser exhaustivamente describible en su caer.   Heidegger dice que el caer describe solo la medianía del Dasein, aquello que el Dasein es en general y en la mayor parte. Pero hay algo más en cada uno que esa medianía, porque para cada uno de nosotros, en nuestra misma facticidad, y no al margen de ella, desde nuestra misma facticidad, hay también un “contramovimiento” (366).   Dado que el Dasein está siempre ocupado con su ser mismo, esa preocupación es también el lugar del contramovimiento.   En sus palabras, “El Ser de la vida en sí misma, que es acesible dentro de la facticidad, es de tal clase que se hace visible y alcanzable solo en el desvío por el contramovimiento contra el cuidado que cae. Este contramovimiento, que es la preocupación de la vida por no perderse, es la forma en la que el Ser posible y auténticamente aprehendido de la vida se temporaliza a sí misma” (366). Ese ser es “auténtico” solo porque es el ser de cada uno, desde la etimología del alemán eigentlich. La facticidad es auténtica también, no solo el contramovimiento que es, en cuanto tal, un contramovimiento de la facticidad hacia sí misma. Y dice Heidegger que esa facticidad, en su doble movimiento, en cuanto caída y contracaída, es “el objeto genuino” del pensamiento (369).

Heidegger llama a ese contramovimiento, a ese desvío de la facticidad cuyo impulso es el encuentro con la facticidad auténtica, “Existenz.” “Existenz se hace entendible en sí misma en el cuestionamiento de la facticidad, esto es, en la destrucción concreta de la facticidad respecto a sus motivos para el movimiento, respeto a sus direcciones y orientaciones, respecto a sus disponibilidades relativas” (366). Destrucción concreta de la facticidad en cada caso, destrucción concreta en cada caso de la tendencia a la caída: la existencia es un contramovimiento contra la tendencia de la vida a la caída.   Puedo mencionar aquí que en este texto, que el primer intento heideggerianoo de desarrollar una analítica existencial, Heidegger, al tematizar la destrucción concreta de la facticidad, en cada caso, como el “objeto genuino” del pensamiento, dice de ello que solo tal aventura ofrece la posibilidad de una filosofía “genuinamente atea” (367), es decir, una filosofía en la que Dios ya no interviene, una filosofía sin teología política, una filosofía, un pensamiento, una práctica de vida que se define a partir de “la interpretación explícita de la vida fáctica” (369).   Y eso es todo, ni más ni menos.

En otras palabras, hay una práctica o ejercicio del Dasein, una práctica del singular existente, que tiene que ver con encontrarse a sí mismo en confrontación con su propia caída—una destrucción crítica de la caída tiene que tener lugar puesto que, sin ella, el ser humano no podría nunca reparar, no podría nunca experimentar, su propia facticidad, y estaría ciego y permanecería ciego a sus propias condiciones de existencia. La negación—la negación crítica, destructiva—cobra primacía contra cualquier posición, dado que sin el trabajo de la negación la caída prevalecería absolutamente.   Ese trabajo de negación destructiva—lo que se destruye es la facticidad en su tendencia a la caída—es “la interpretación explícita de la vida fáctica,” y el nombre mismo del pensamiento, sin el cual no habría acceso a la historia, y ni siquiera a la propia historia. Solo habría acceso al éxito o al fracaso.

En la tradicion heideggeriana, Walter Brogan retoma todo este asunto a través de una doble crítica de lo que podemos llamar los acercamientos trascendentalistas e inmanentistas a la analítica existencial, representables respectivamente por Jacques Taminiauz y Hubert Dreyfus.[1] Para Brogan, ni Taminiaux ni Dreyfus, en sus formas opuestas, consiguen ver que no hay “dicotomía entre la existencia y la facticidad” (238). Si hubiera dicotomía, si fuera mera cuestión de elegir la una o la otra, yo estoy en la existencia, usted está en la facticidad, aquel no se sabe dónde anda, etc., entonces la preferencia por la existencia podría ser acusada de trascendentalismo, y la preferencia por la facticidad podría ser acusada de pragmatismo.   En ese caso, habría unos cuantos, por ejemplo, que vivirían solo en o para la universidad del logro, mientras que otros solo tendrían ojos para el éxito (aunque no encontrasen más que fracaso).

Atendiendo a estos últimos, los pragmáticos, dice Brogan: “uno entiende ser-con-los-otros solo en términos de maneras específicas de estar amontonados unos con otros. El concepto de comunidad que sale inevitablemente de esto está basado en que yo soy lo mismo que los otros con los que me encuentro; en otras palabras, se trata de una comunidad basada en el ‘se’ [de la medianía equivalencial], una comunidad basada en relaciones concretas en las que el Da-sein se encuentra y a las que se entrega. Es una comunidad basada en relaciones de intercambio. La tendencia a permitirse ser definido por lo que está fuera de uno está en el corazón del concepto moderno de comunidad, la comunidad de todos los que son lo mismo” (240).   Conviene enfatizar esto. El concepto moderno de comunidad, por ejemplo, el concepto moderno de comunidad universitaria, es el de comunidad de equivalentes, por lo tanto regido por un principio de equivalencia general en el que todos son intercambiables comunalmente, y así todos son disponibles y en el fondo todos son desechables.   Cabe decir que, desde esta intercambiabilidad general, algunos consiguen éxito en el sentido de generar algo así como autoplusvalía—en la equivalencia general, todo es cuestión de sumas y restas (o, podríamos decir, todo es cuestión de hegemonía).

Pero si atendemos a los trascendentalistas, y privilegiamos la existencia como excluyente de la facticidad, entonces la comunidad sería imposible, porque no habría nunca posible equivalencia, no habría nunca posible relación, no habría nunca intercambiabilidad. En este caso particular, lo social tendría que establecerse por principio, hobbesianamente, bajo la forma de una ley o de la ley: “el carácter no-relacional del ser existencial del Da-sein hace cualquier noción de comunidad implausible . . . Una comunidad de seres radicalmente subjetivos solo puede establecerse desde afuera, por un principio de ley universal y autoridad divina” (241).

Pero en el relato de Heidegger el pensamiento es fundamentalmente ateo porque rechaza todo prejuicio teológico—tanto el trascendentalista, que precisa de un principio divino para constituir comunidad entre los humanos, como el pragmático, que postula la intercambiabilidad general y absoluta del existente, ya una cosa entre otras, y así creada. La propuesta de Brogan es la de una “comunidad existencial” de “seres en diferencia” (242; 241), una “comunidad mortal” de existentes (potencialmente) soberanos, vinculados unos a otros por su conocimiento anticipante de su límite radical, su finitud, y su muerte, que es la inequivalencia fundamental (243; 245). En tal comunidad la soberanía del existente singular—su libertad y su felicidad—solo puede prepararse como comienzo de “otra historia.” Brogan cita aquí de las Contribuciones a la filosofía de Heidegger: “Da-sein es la crisis entre el primer comienzo (toda la historia de la metafísica) y el otro comienzo” (244). Dasein es la crisis misma—la tensión entre la facticidad caída y su contramovimiento. No hay comienzo otro: es una noción que solo puede afirmarse desde la perspectiva del contramovimiento a la facticidad histórica, contra el principio de equivalencia y contra el secuestro de toda posibilidad de soberanía existencial en la vida caída del trabajo, del éxito y la satisfacción, o del fracaso y la miseria personal. Dado que la facticidad es en cada caso siempre nuestra propia muerte, esa muerte es la que nos libera a una temporalización existencial y lejos de la caída como destino único.   Si la comunidad—la comunidad universitaria, por ejemplo, entendida como comunidad de amistad—puede eludir la facticidad caída y atender a un contramovimiento hacia la libertad, entonces la universidad puede pensar en su propia alternativa. Pero no de otra manera.

Imaginemos, entonces, que la relación entre facticidad y existencia que Heidegger presenta pueda llevarse a un entendimiento de las relaciones íntimas o éxtimas entre capitalismo y anticapitalismo, o entre universidad del éxito y universidad del logro, o entre satisfacción y felicidad, en la misma medida en que el capitalismo, el éxito institucional, o la satisfacción de una vida de trabajo perpetuo constituyen nuestra facticidad real y en que el anticapitalismo o el logro callado que da felicidad son solo una forma de resistencia fáctica a esa otra facticidad abrumadora que no es en realidad facticidad otra, sino la misma facticidad.[2] El movimiento hacia el logro solo puede entenderse como contramovimiento.   Podemos crear excepciones existenciales al éxito en la universidad, en nuestra vida profesional, en nuestro régimen de trabajo, sin esperar necesariamente un colapso total del capitalismo neoliberal que no va a llegar nunca, no para nosotros, pero también, al mismo tiempo, sin reclamar un éxodo antipolítico y por lo demás imposible con respecto de nuestra facticidad histórica. La existencia anticapitalista, o la existencia orientada al logro u orientada a la felicidad sería una forma de destrucción concreta, de destrucción fáctica concreta, de destrucción política, pero se trata de una destrucción política que podríamos también definir como infrapolítica en la medida en que no intenta buscar una alternativa fáctica sino que permanece radicalmente atenta a lo que hay debajo de toda construcción posible: un movimiento destructivo en la época de la subsunción total en la equivalencia general, la práctica de una solidaridad conmovida que puede, sin duda, pedir para sí la totalidad de la práctica existencial.   No hay nada más allá de la vida fáctica, pero tampoco nada está más allá de su destrucción infrapolítica.

Al comienzo de su libro God & Gun. Apuntes de polemología el escritor y pensador español Rafael Sánchez Ferlosio habla de “lo que han dado en llamar ‘conciencia histórica’” como una “Alta Alegoría,” dice, basada en la “anticipación retroproyectiva” (11). Para Sánchez Ferlosio, la conciencia histórica nos transforma a todos en personajes de una narrativa autosubrogante. Dice Ferlosio: “Autosubrogarse el ‘hoy’ del ‘yo’ viviente y actuante en el ‘ayer’ del ‘él’ de la historia que un día lo contará, o, dicho de otro modo, representarse el ‘hoy’ de lo que en primera persona puede uno decir de ‘sí’ como el ‘ayer’ de lo que en tercera persona podría decir de ‘él’ un narrador futuro es transfigurar la propia persona en ‘personaje’ y, por ende, adoptar, de la forma que fuere, ‘condición histórica’” (11). La universidad del éxito es el último avatar de un hegelianismo caído, ciego a sí mismo, y en el que todos aceptamos nuestra conversión en personajes de una historia que nos desborda.   Ser personaje trae satisfacción, sin duda. Pero quizá convenga empezar a pensar en la desalegorización de la historia para poder empezar a mirar con ojos claros, y ver entonces que otra historia subyace, la otra historia de la libertad de pensamiento y vida. Ese es el terreno de la forma superior de juego, o de lo “mejor” de Benet: el lugar de un non-plus-ultra entendido como un fragmento de felicidad, en cada caso la propia.  

Alberto Moreiras

Texas A&M University

 

 

 

Obras citadas

Benet, Juan. Herrumbrosas lanzas. Madrid: Alfaguara, 1999.

Brogan, Walter. “The Community of Those Who Are Going to Die.” In Francois

Rafful and David Pettigrew, Heidegger and Practical Philosophy. Albany, New York: State University of New York Press, 2002. 237-247.

Derrida, Jacques. Clamor. Múltiples traductores. Madrid: La Oficina, 2016.

Heidegger, Martin. Country Path Conversations. Brett Davis trad. Bloomington:

Indiana UP, 2010.

— “Phenomenological Interpretations with Respect to Aristotle: Indication of the

Hermeneutical Situation.” Michael Baur transl. Man and World 25 (1992): 355-93.

Laponge, Gilles. “Los filósofos no me interesan. Busco a los sabios. Entrevista a

Alexandre Kojéve.” El emperador Juliano y su arte de escribir. Buenos Aires: Grama, 2003. 1-14.

Patocka, Jan. Heretical Essays in the Philosophy of History. Erazim Kohak transl.

James Dodd ed. Chicago: Open Court, 1996.

Sánchez Ferlosio, Rafael. God & Gun. Apuntes de polemología. Barcelona: Austral,

Villacañas, José Luis. “Todos somos anticapitalistas.” http://www.levante-

emv.com/opinion/2016/12/20/anticapitalistas/1506439.html

[1] Agradezco a Humberto González Núñez haberme hecho saber del ensayo de Brogan.

 

[2] Cf. artículo de José Luis Villacañas.

Comentario a Glas, de Jacques Derrida. Notas para la presentación de la nueva traducción española, Clamor, publicada en Madrid: La oficina, 2016, y hecha por muchos autores, con copyright de Cristina de Peretti y Luis Ferrero Carracedo. En 17, Instituto de Estudios Críticos, México DF, 21 de enero, 2017. Por Alberto Moreiras.

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En otoño del año 87, en una librería de Madison, Wisconsin, ciudad a la que yo acababa de llegar, compré un ejemplar de la edición en dos volúmenes de Glas de Derrida, publicada por Denoël-Gonthier en París. La edición llevaba lo que parecía ser un subtítulo, Que reste-t-il du savoir absolu?, que estaba ausente de la primera edición de la obra por Galilée en 1974. Desde entonces las traducciones y las ediciones de Glas, incluida la que comentamos ahora, han omitido tal subtítulo o tal falso subtítulo, probablemente una mera adición editorial de Denoël-Gonthier, aunque resultaría inconcebible que esa adición hubiera sido hecha sin el consentimiento del autor del libro. Pero esa frase permanece como un misterioso apax que, en cuanto tal, según ustedes prefieran, puede constituir o no una guía de lectura, una pregunta-guía para entender o descifrar el proceso de pensamiento de Derrida en esos momentos, alrededor de 1972-1973. Volveré a esto.

Y ¿qué es lo que estaba en juego y cómo iba el libro a ser leído? En esa época, no todavía en 1974, pero hablemos ya del 81, momento de la segunda edición, de la edición Denoël-Gonthier, desde luego en Estados Unidos, Derrida era ya famoso, crecientemente, era ya un asiduo visitante a ese país, su fama estaba consolidándose desde Johns Hopkins, Cornell, particularmente Yale University, y era la fama de un pensador revolucionario que habría venido a subvertir las condiciones del pensamiento contemporáneo entre otras cosas rompiendo sus ataduras tradicionales a departamentos de Filosofía. Recordemos que, a pesar de la buena recepción subsiguiente que se hizo de Derrida en los sectores disciplinarios de la filosofía asociados a la fenomenología y la hermenéutica, que pronto pasarían a ser llamados sectores de “filosofía continental,” la recepción primera de Derrida se hizo en los departamentos de Literatura Comparada, luego de Francés e Inglés, luego de Español y Alemán, etc. Fue el momento de la irrupción de lo que estaba dejando de ser “teoría literaria” y empezaba a llamarse “teoría” sin más, cuya importancia era su reto a la filosofía disciplinaria, en Estados Unidos enterrada en lo que, al menos visto el panorama desde la literatura, o desde la filosofía “continental,” no dejaba de ser el profundo aburrimiento, incluso la estupidez servil y terminal de la filosofía analítica.

Parecía que, en Estados Unidos, el pensamiento libre, en la medida en que lo haya, se habría desplazado hacia los departamentos de literatura en general, y desde allí irradiaría una considerable influencia hacia otros campos del saber (una influencia que hoy, por ejemplo, se ha perdido, está radicalmente ausente, y esa es una gran diferencia). Pero esto significa que la literatura, entendida no en el sentido estricto de la escritura de los literatos, sino en el sentido académico de estudios literarios y de producción de escritura sobre la literatura, tenía una capacidad productiva, una nueva capacidad productiva, una potencia de inscripción, una fuerza de movilización de pensamiento, y que se estaban alterando, en principio seria, es decir, eficaz o efectivamente, las condiciones de producción del saber universitario.   Esa era nuestra realidad o nuestro espejismo, nuestro fantasma en 1987, aunque sepamos bien que la línea divisoria entre realidad y fantasma es difícil de conocer. La hay, sin embargo, aunque no sea, para hacernos eco de una distinción que Derrida propone varias veces en su libro. Así, en la estela de esa realidad o espejismo, me preparé yo a leer Glas en el 87, aunque la traducción inglesa, en hardcover y pronto agotada, se había publicado ya en el 86 (el paperback no saldría hasta 1990, que fue cuando yo me hice con ella. No había PDF’s por entonces.)

Mientras tanto, ¿qué pasaba en países de lengua española? A pesar de los tempranos trabajos de Cristina de Peretti, y de la atención que había despertado la obra de Derrida en algunas esquinas académicas de Chile o de México, Derrida no era todavía una presencia fuerte en la conversación filosófica, desde luego no en España.   No sé si hoy lo es, lo confieso, y por eso debemos saludar con el mayor entusiasmo esta traducción que hoy presentamos, Clamor, espléndida por lo demás, muy cuidada, y también editorialmente (no he encontrado más que algunos puntos que alguien habría debido borrar, pero que allí se quedaron, y sólo dos o tres erratas más, muy menores, en la totalidad del libro.)   Las traducciones de Derrida al español por aquellos años, fines de los ochenta o principios de los noventa, existían, se iban haciendo, pero eran dispersas y poco sistemáticas, y no siempre buenas, casi caprichosas las opciones.

Entonces tenemos esas fechas, 1974 en Francia, 1981 todavía en Francia, pero ya en momentos de fuerte irradiación hacia Estados Unidos, 1986 o 1990, cuando la traducción de Glas al inglés se hace accesible, y un margen de 26 años, no es poco, hasta que La oficina publica la primera traducción al español de Glas, Clamor.

Antes pregunté: ¿qué estaba en juego y cómo iba el libro a ser leído, desde 1974, 1981, o 1990? Ahora pregunto: ¿no habrá cambiado fundamentalmente la expectativa de lectura, la expectativa de efecto, en estos 26 años que median entre la publicación inglesa en paperback y la publicación española?   Me gustaría proponer la idea de que Clamor, es decir, la versión española de Glas, es ya un libro para lo que en otro lugar he llamado un “segundo giro de la deconstrucción.”

No hay mucho tiempo para hablar de esto, así que propongo un cortocircuito, que es darle una breve mirada a un texto escrito como oferta necrológica por uno de los derridianos norteamericanos de primera hora, uno de los integrantes del grupo de Yale, “the Gang of Four,” buen amigo de Derrida, Geoffrey Hartman. Hartman publica en 2007, en Critical Inquiry, un “Homenaje a Glas” que es también homenaje al amigo muerto y celebración del 30 aniversario de la publicación original francesa.   Quizá podamos rastrear en Hartman, sin duda algo arbitraria o parcialmente, las expectativas de lectura de aquella época y lo que fue de ellas.   Algo sacaremos en limpio, en todo caso, y empezamos por la constatación de que, para Hartman, se trata de “dejar una huella [o una marca] en la historia de la lengua” (345). Esta es la intención que Hartman, erudito filólogo, le asigna a Derrida, pero justo después de decir que “Dado que Glas jugó un papel especial en mi propio pensamiento, lo que tengo que decir es necesariamente sobre mí mismo tanto como sobre Derrida” (345).   Se trata entonces de celebrar “una fiesta [o un regalo: “treat”] lingüística” a la que Hartman le asigna capacidades políticas y geopolíticas de todo tipo: “Un sentido mallarmeano de la glu de l’aléa, la goma de lo aleatorio, hace que una cornucopia de temas filosóficos y literarios gane coherencia mejor de lo que lo conseguiría cualquier argumento télico, orientado a un fin” (347).   Pero ¿qué es ese “mejor” tan todavía vanguardista? ¿Qué significa “mejor”?

Para Hartman todo se juega en la écriture, como forma de trabajo, y en el trabajo como acceso a la experiencia: “El concepto de écriture invoca un esfuerzo interminable para lograr experiencia. Aprender a escribir la propia vida es también aprender o descubrir o quedarse con la diferencia, soportar la labor de lo negativo en uno mismo” (348). Pero esta experiencia de la escritura sería una experiencia de la diferencia en el sentido de que abriría a la experiencia de la imposibilidad del pleroma, la iimposibilidad de ninguna “plenitud del tiempo.” “Como en la dialéctica hegeliana, el paso del tiempo revela en cada vuelta una fuerza alienante que produce ausencia y dualidad, incluso si la historia se piensa moviéndose hacia la presencia del presente, una clausura-Parousía entendida como el fin de la historia” (349). Basta esto: para Hartman, es la escritura, la escritura que Derrida performa en Glas, y más cabalmente en la columna de Genet, la que destruye la posibilidad de la metafísica de la presencia a nivel de experiencia, la que encuentra la posibilidad en sí de un resto del saber absoluto, y así salva y restituye, opera un retorno contra toda Aufhebung como nombre del Ser.   Esta es la pretensión, este es el salto. La escritura ofrecería la posibilidad de un retorno sin retorno, de un don sin retorno, de una experiencia no subsumible y asi reducible a ninguna plenitud del presente.

¿Estamos todavía ahí? ¿Lo está el mismo Hartman? Si Hegel nos ofrece un “supersujeto” en el fin de la historia, mediante su monumental deglución del mundo en el Aufhebung dialéctico que concluye en el Saber Absoluto, parousía de la parousía y fantasma final, para Hartman Derrida resolvería el problema “abriendo la filosofía (o, debería decir, más precisamente, el pensamiento) a la literatura y la literatura al pensamiento.” Nos habría dado entonces “el valor de imaginar un comentario sin límites, y sin embargo tan precisamente atento al texto existente como la hoy en día más o menos abandonada tradición de la exégesis religiosa meditativa” (361). No sé si eso es lo que quisimos o todavía queremos, romper la ontoteología a favor de una ahora ya interminable exégesis religiosa meditativa aunque ya no basada en el texto sagrado sino en la sacralidad general del texto. No es que Glas sea ahora un nuevo texto sagrado, no es que la deconstrucción sea una iniciación a una nueva forma de totalidad. Pero ¿entonces? El mismo Hartman deja en su texto la traza de un pensamiento caído cuando dice: “Pasó una cosa extraña. Glas, como discourse de la folie, alimentado por un humor tinto o una leche melancólica, reclamó su peaje y me convenció de la tontería” de la ambición de una obra total. Solo queda ya, contra la idea del libro como Escritura absoluta, la idea de que “los límites de la textualidad son los límites del lector; somos nosotros los que estabilizamos los sentidos de obras significativas siguiendo su solicitación formal o estableciendo límites propios. El pensamiento verbal, cuestionándose a sí mismo, . . . encuentra solo límites provisionales entre una obra particular (ergon) y textos fuera de o al margen de esa obra (parergon)” (359; 360). No hay obra total, solo comentario infinito con respecto del cual los límites son función de la subjetividad del lector. ¿Es esa la conclusión de la deconstrucción en su primer giro? ¿Le hace tal cosa justicia a la empresa deconstructiva? A mi juicio, desde luego que no.

Clamor reclama una nueva interpretación para nuestro tiempo, y es una interpretación que no puede sujetarse a las condiciones de una exégesis religiosa meditativa, puesto que debe rechazar tal cosa no solo respecto de las condiciones de lectura en general, sino también respecto de la lectura del propio libro de Derrida. Es verdad que el libro, en su monumentalidad, hace tal interpretación difícil, pero en todo caso no hay que plantearse una estrategia interpretativa que busque llegar a su propio final, que parta ya de la noción de un Aufhebung interpretativo como Saber Absoluto y resolución final de la sustancia crítica en sujeto y del sujeto crítico en sustancia. Si hay un resto del saber absoluto, si la obra de Derrida, incluso en su desobramiento mismo, busca performar tal resto, entonces ninguna estrategia interpretativa puede ser conclusiva ni buscar conclusión. Se trata más bien de cambiar los términos de la pregunta a Glas. Eso es algo que yo mismo no puedo intentar hacer aquí, tengo ya poco tiempo. Solo puedo ofrecer alguna indicación con ánimo de abrir el texto, no de cerrarlo, pero de abrirlo más allá de ese supuesto de “diseminación” que tantas veces ha servido como coartada para el despliegue de una relación infantil, lactante, o narcisista con el texto derrideano.   Puede haber desbordamiento parergónico en el texto de Derrida, o sin duda lo hay, o así es querido. Pero conviene desbordar el desbordamiento, y buscar una estásis posible, y yo propondría hacerlo a partir de ese enigmático apax subtitular de la edición parisina de 1981: ¿Qué queda del saber absoluto, qué resta del saber absoluto?

Derrida nos habla, en el momento en el que parecería inclinarse a dar contestación directa a esa pregunta, hacia el final de la columna de Hegel, de un fantasma sin definición que habría aparecido ya anunciado al principio de la columna de Genet. Dos fantasmas, el fantasma filosófico, el fantasma del saber absoluto, y el fantasma literario, el fantasma de la inmaculada concepción, el fantasma del origen, el fantasma de una esfinge petrificada que impone una pregunta que es también un don imposible.   Pero el fantasma queda sin definición.

El texto se situa, en mi opinión, antifantasmáticamente (y quizás sea esta la afirmación más arriesgada de este texto).  Si podemos interpretar la columna de Genet como un intento de buscar un éxodo respecto de Hegel, y más particularmente de la noción de Aufhebung como verdadero nombre del Ser, y la columna de Hegel como un intento de encontrar en Hegel mismo una inversión autográfica que propondría una singularidad no relevable (no sujeta ella misma a Aufhebung), parecería que el trabajo sobre la lengua que es común a ambas columnas procurase buscar la posibilidad de un don sin retorno: un don no rescatable o relevable, un don sin equivalencia, un don más allá de cualquier posibilidad de equivalencia.  Ese don rompería con el fantasma, sería la aniquilación de todo fantasma.

Ese don, sobre el que podríamos ofrecer citas directas pero inconcluyentes del final de Clamor, no podría ser capturado y quedaría como resto de toda captura. En ese resto o desde ese resto el pensamiento se ejerce en el intento de eludir la Aufhebung como nombre del Ser. No tengo más remedio que ofrecer una larga cita, a mi juicio de uno de los lugares centrales del texto. Derrida, fiel a su estrategia en la columna hegeliana, no parece ofrecer otra cosa que una descripción, no juzga, no critica. Solo dice, y lo que dice es lo que dice Hegel. Derrida está hablando de la dialéctica del amo y del esclavo, y glosando el hecho de que, incluso en Hegel, “la vida no puede perdurar en la inminencia incesante de la muerte,” ni desde la posición del esclavo, ni desde la posición del amo. En ambos casos, dice Derrida, “salgo perdiendo.” La cita es:

“Salgo perdiendo en todos los casos, en ambos registros. Reconocer, con una alegre crueldad, con todo el goce posible, que nada de todo esto es viable en efecto, que todo esto terminará de todas formas muy mal, y que, sin embargo, sobre el filo cortante de esta hoja, más huidizo y más fino que cualquier cosa, límite tan tenso en su inexistencia que ningún concepto dialéctico puede asirlo, dominarlo, enunciarlo, se agita un deseo. Baila, pierde su nombre. Un deseo y un placer que no tienen ningún sentido. Ningún filosofema está listo para prepararse su venida ahí. Y menos aún el filosofema del deseo, el de placer o el de sentido en la onto-lógica hegeliana. Ni, por otra parte, concepto alguno. Lo que aquí debe ponerse en juego sin amortización es el concepto que siempre quiere asir alguna cosa. De este filo, de esta hoja, en el instante anterior a la caída o al corte, no hay ningún enunciado filosófico posible que no pierda lo que intenta retener, y que no lo pierda justamente al retenerlo. Nada más que decir sobre esto lo que sobre esto se dice en Jena. El golpe al otro es la contradicción fatal de un suicidio. ‘Al apuntar a su muerte, me expongo a mí mismo a la muerte, pongo en juego mi propia vida. Cometo la contradicción de querer afirmar (behaupten) la singularidad de mi ser y de mi posesión; y esta afirmación pasa a su contrario, puesto que sacrifico (aufopfere) toda esta posesión y la posibilidad de toda posesión y de todo goce, y hasta la vida misma. En cuanto que me restablezco como totalidad de la singularidad, me relevo a mí mismo como totalidad de la singularidad.'”(158).

La conciencia, que es siempre asesinato, es también siempre un suicidio. Esta enigmática conclusión estrictamente hegeliana esconde, dice Derrida, un extraño deseo sin sentido, un deseo y un goce al margen de cualquier posible captura onto-lógica. Derrida no parece decirnos cuál es o podría ser, de qué secreto placer se trata, ese goce que restaría el camino al saber absoluto no siendo susceptible de Aufhebung de ninguna clase. Un goce resistente a su concepto y resistente a todo concepto, un goce innombrable.

Solo unas páginas más adelante, tras ser informados de que Hegel, como es sabido, resuelve el problema de la dialéctica del amo y del esclavo, el problema del golpe al otro, el problema de que todo asesinato supone el suicidio, políticamente, es decir, mediante la constitución de la comunidad en pueblo, llega la figura de Antígona al texto derrideano, como paso atrás respecto de la resolución política, como rechazo de la ley humana y de la ley de la Sittlichkeit, como ruptura de la lógica que vincula familia y comunidad y que lleva la dialéctica a una guerra interminable. La pregunta es: “¿a dónde conduce el deseo de Antígona?” (165).   El deseo de Antígona es un deseo inasimilable por la dialéctica, pero tal inasimilabilidad, insiste Derrida, está reconocida y reivindicada por Hegel mismo. Dice Derrida: “Efecto de focalización, en un texto, en torno a un lugar imposible. Fascinación por una figura irrecibible dentro del sistema. Insistencia vertiginosa en un inclasificable. ¿Y si lo inasimilable, lo indigesto absoluto representase un papel fundamental en el sistema, un papel abismal más bien, representando el abismo un papel cuasi trascendental y dejando formars sobre él, como una suerte de efluvio, un sueño de apaciguamiento? ¿Acaso no es siempre un elemento excluido del sistema el que asegura el espacio de posibilidad del sistema? Lo trascendental ha sido siempre, en sentido estricto, un transcategorial, lo que no podía ser recibido, formado, terminado en ninguna de las categorías interiores del sistema. Lo que el sistema vomita” (171 y 183).

Pienso que el deseo de Antígona es el insólito deseo que interrumpe el intercambio de muertes y se ofrece a la dialéctica como su cuasi-trascendental irreducible.  Derrida encuentra en Antígona ni más ni menos que “un fin de la historia sin Sa” (187). Antígona, o más bien, la relación con la historia que Antígona ejemplifica, es el resto del saber absoluto, y así lo que se sustrae, lo que queda, lo que desborda.   Tengo que terminar ya, no hay más tiempo, y quiero remitirme a una última cita, esta vez de Derrida hablando en primera persona, cosa rara, poco frecuente, quizá la única vez en la columna de Hegel, una especie de interrupción o voz en off con la que Derrida dice: “A nosotros, como a Hegel, nos ha fascinado Antígona, esa increíble relación, esa poderosa ligazón sin deseo, ese inmenso deseo imposible que no podía vivir, capaz tan solo de invertir, paralizar o exceder a un sistema y a una historia, de interrumpir la vida del concepto, de cortarle el resuello o, lo que viene a ser lo mismo, de soportarlo desde el afuera o el fondo de una cripta” (187).  Es un deseo femenino, no cualquier deseo, no cualquier deseo femenino tampoco.

Concluyo, pues: el deseo de Antígona destruye el fantasma y desmetaforiza el sistema, y así lleva el saber absoluto a su ruina. El fantasma es la metáfora sin fin de la Aufhebung como nombre del Ser, que Antígona desmiente. Antígona se ofrece en Clamor como el lugar o la figura para un segundo giro de la deconstrucción, antifantasmático e infrapolítico. No puede desde ella procederse a ningún infinito comentario religioso de la sacralidad del texto. Antígona, que no es la escritura, que no es la escritura sin más, que no es la escritura del exégeta, da un paso atrás con respecto de todo comentario, su silencio encripta su lengua, o su lengua encripta el silencio. Ritmo hesicástico, volvemos a empezar.

 

 

 

Undigestible Hispanism: reflection on Marranismo e Inscripción. (Brett Levinson)

Marranismo e inscripción, henceforth MI, is both a performance and explanation of its own undigestibility, which is to say, the undigestibility of Moreiras within Hispanism as well as within, let us call them, the theoretical humanities. Undigestible is MI not because it is too hard to read or understand; it is too hard to take. In Ecce Homo, Nietzsche explains “Why I write such good books.” In MI, Moreiras explains “Why what I write produces such indigestion.”

As to those who find Moreiras undigestible—I cannot enter into a detailed analysis, which I think is nonetheless important to one day carry out, of the number of figures who can’t take Moreiras because they do not know he is available for the taking, or who do know, but choose not to partake. I am referring to those who do not read Moreiras at all, yet who occupy prominent places within the institution of theory. This non-reading is not the result of some accident in which we can say: “Well, nobody can read everyone or everything; that is the nature of knowledge; we are doomed to specialization. One chooses a discipline to a large degree by accident; accidental too, then, are the books one is obliged to read to “keep up,” as well as the texts that even come to one’s attention. Non-Hispanists cannot possibly sift through a tome that is only partially about theory, deconstruction, Marxism, neoliberalism, mourning, and unhappiness, that is, non-Hispanic matters, even if to conclude that it, MI, is undigestible.

It is just not in the interest of, for example, Derrideans and Heideggerians to do so, even if they can read Spanish (and many, though not enough, in fact can).” This sort of un-digestion—undigestion as as non-reading—is no accident because the entire institution in which we dwell is oriented in such as fashion that a Spaniard, writing in Spanish or English about theory–the entire hegemonic apparatus of the theoretical humanities is organized in such a manner that this kind of person, one such as Moreiras, is not of interest to, does not work in the interest of, any component of institutional knowledge. MI does not serve theorists proper; they do not have the time. Thus, while such folks may be very good theorists, they are completely complicit with the state of the humanities which they pretend to “deconstruct”; Moreiras is the symptom (which, like many symptoms, such as a twitch, appears to everyone but the body of he or she who has it) of that complicity, which symptom remains un-analyzed because many of those who could analyze it—well, it is not in their interest to do so.   In this situation, Moreiras proves undigestible not because potential consumers, namely, those who do not consume Moreiras, do not have the time but, in fact, because they cannot be bothered to make the time.

I will concentrate instead on the engagement with Latin Americanism and/or Hispanism as a field which MI addresses, and which includes the chapter on communism, in which a Hispanist and a Bolivian are featured.   Before doing so, though, I want first to thank Jacques Derrida for casting stupidity as a project of philosophy that philosophy cannot turn into a concept of philosophy, cannot appropriate.   For, in doing so, Derrida allows one to call discourses stupid without insulting their authors, presenting the stupid as a most profound marker of the finitude of knowledge to which thought ought to turn. Indeed, thanks to Derrida, you can now safely turn to a colleague and say: “you fucking bestial idiot—and I mean that in the best of senses of course!”

By bête or betisse, of course, Derrida means the automaticity of the human—which automaticity is not merely technical but also animal and spiritual, of the soul—which repeats itself and repeats itself without being able to humanize the repetitions, which is to say, without (the human is without) being able to contain them within a rational, responsive and responsible, hence human framework.   The human is not bête, to be sure. Man is not animal; he is not the only stupid one necessarily, the only one who can be stupid (the rest are innocent, like a dog who barks too much: what can you do, a dog is a dog)—this is Derrida’s point, in fact: the human is and is not the bête.   For, the experience, sense or intuition of sheer nonsense is impossible without a framework or concept. That each thing be digested as just another stupid thing and another stupid thing, indifferent from all other things, hence undefined, nonsensical, is impossible, since the very concept of bête, disavows the bête, rationalizes it, humanizes it, precisely by grabbing it with both hands, which hands make consumption, thus digestion, conceivable.

Stupidity is too stupid to be theorized, for example, to be deconstructed. Thus, we can say, that Derrida himself, like Lacan in the seminar on Joyce, illustrates that the great thinkers—and Derrida and Lacan, with precious exceptions, only address great thinkers—include and disavow a bit of stupidity. That is to say, there is a bit of the bête in every humanist intellectual operation, which therefore is and is not human, responsive and responsible. The bête is the trace of the human, and the means by which the last Derrida affirms stupidity as the name of the opening to thought, politics, activism, ethics, fiction, and so forth, even though stupidity itself is neither good nor bad. MI is the history of Moreiras as bête and as not bête.

But—and here comes the undigestible component of Moreiras—Moreiras, given his field, given that he is a Spaniard and a Hispanist, in addition to whatever else he is, does not get to address Hegel; he is not granted that right by the institution that MI addresses to show how brilliant Hegel is—to show that Hegel anticipated everything Marx, Nietzsche, Deleuze, Lacan would later say if you just know how to read right, but that he also contains a little bête there where Hegel did not think, the bête by means of which one can demonstrate—those who have the right to read Hegel right—that Hegel did not think everything right, that his thought is finite, and therefore, that absolute knowledge bears a mark of stupidity: a chocolate stain on the tablecloth, food for thought. The double gesture of affirmation and unraveling that deconstruction and/or psychoanalysis perform on Hegel, and on any number of wonderful thinkers and artists, whose perfection, whose magnificent totality, is tainted by imperfection, and whose taint calls forth thought today, for us—Moreiras and MI cannot make this their project their project.

In sum Moreiras, a Spanish whitish guyish individual writing about Spanish things or writing in Spanish about non-Spanish things, cannot subsist writing about Hegel, for that writing is not in anyone’s interest, including Moreiras’s. Thus, Moreiras has to write about scholars who are really stupid as if they were Hegel, as if they could be both critiqued and affirmed. Moreiras, that is, must say what he does not say but that I will say for him, to wit, that the Jameson that he cites and reads so generously, desde luego con todo respeto, the discourses of Jodi Dean, Bosteels, Mignolo, Beverley, and so many others within MI, are stupid—I am not saying the people are stupid; I do not know them well enough to say that: their discourses are stupid, this I do know—and they cannot be affirmed and rescued in any way except by casting them as better than they are, which is to say, as stupid as Hegel is. But you cannot do it, which Moreiras’s previous Exhaustion of Difference showed: you cannot cast the stupid that is in fact fact stupid as smart so as then to say that it is stupid. You cannot deconstruct stupidity. You only end saying the stupid is stupid, which is undigestible to the stupid, and also, fortunately, itself a bit stupid, for it is a tautology.

Which, that is, the stupid, MI shows, is stupid for a reason: because it takes all concepts–rhetoric, destruction or deconstruction, Europe, the West, ghost, desire, drive, deferral, death, Dasein as el no sujeto, philosophy, Marx, de Man, Badiou, and so on—and converts them into brands that it, the stupid, can then reject as brands, taking concepts along with it. Either that or it, the stupid, can take the conversion of concept into brand and then, as competitor, critique it. The competitor qua discourse of critique of the concept-turned-brand (turned, that is, by that competitor himself) poses as the alternative to of capitalism or colonialism (which the brand represents). Of course this competition with the concept turned brand that academic politics undertakes has only one name: branding.   Academic politics (perhaps politics as such, if politics had an as such; yet that is the point infrapolitics: politics as such is naught) emerges, not as a set of concepts or actions but a choice for this or that brand, as an opportunism, brand against brand. And within that discourse the turning to ideas, concepts, and language emerges as a choice, a “buying in”: the choice not to be political but philosophical, textual, literary, historical.   To address concepts or language is the choice, according to politics, to be apolitical, hence not stupid. MI is not stupid, or not stupid enough, and that is perhaps its most objectionable quality, at least for those who find it undigestible.

Moreiras tries to make these points politely, in a digestible fashion; he tries to deconstruct his objects. But deconstruction presupposes concepts, and concepts are not at work in the objects to which Moreiras, as a Spaniard writing in English or an American writing in Spanish, is bound. So he does not deconstruct, intentions notwithstanding. He discloses the stupid, which stupidity cannot take its being “called,” as one calls the other in poker.

Indigestible finally also is infrapolilitics. For the sake of time, I will illustrate with my own example, stupid like all examples, and not at all like the examples in MI itself. In the film “Fences,” which reproduces almost to the letter August Wilson’s early 1980s play, which takes place in 1957 Pittsburgh, the son says to the father—and both characters are of course black—a father bitter about a denied career in major league baseball, that things have changed: “Dad, the Pirates have this black Puerto Rican player named Clemente!” The father’s response, a father who is blind to himself, blind as all tragic characters are blind, can be heard as an case of identity politics, although identity politics is rarely as eloquent as August Wilson. However, the space of that politics, whatever one thinks about, is not defined or determined by politics. It is defined and determined by the word “black,” which is linguistic not political, for it is a trope. Indeed, no skin color is actually black. The field of the politics is determined by blackness, which blackness is not political but rhetorical. There you have the beginning of an understanding of infrapolitics.

First, there must be a claim on politics, a specific claim, like the father makes about the injustice black people face; the claims outlines, forms the boundary, of the domain of politics–politics in the particular, factical circumstance. But the claim itself is not grounded in politics, but in blackness, which is rhetorical, though it could also, in another analysis, be seen as ideological, philosophical, ethical, religious, historical—the point is that is it not political. The claim on politics is impossible without the non-political that grounds the claim. The limit, the boundary, the border, the definition of the space of politics is not given; it happens when you claim it. When you claim politics, and all Hispanism and all theory does for reasons I cannot explain here, you expose the non-politics of politics, the irreducibility of politics to itself, that which is indigestible to any political as such, precisely because it denies the political as such.

Now, the son’s comment, “the Pirates have a black Puerto Rican player named Clemente,” pronounced in either 1957 and the early 1980s (depending on how you look at it) is also pronounced in the film, by Denzel Washington, in 2017. And in 2017, Roberto Clemente, were he alive as, say, David Ortiz is alive, would not be a black ballplayer but a Hispanic one. For African-American, the displacement of a biological referent, a skin color, black (which again is not a skin color but a trope), with an historical/cultural definition of a race, a race of people that came to America from Africa as so many slaves, overcame slavery, then overcame incredible injustices through the civil rights movement, and now faces and combats new injustices—AfricanAmerican now overdetermines blackness, though black and AfricanAmerican are, today, equally proper.

Thus, only African Americans, in the discourse of baseball, which in “Fences” is the discourse of every discourse, and certainly the discourse of justice, are black, while the Dominicans and Cubans and Panamanians and Venezuelans and Puerto Ricans, and so on, who one might have once called black, as the son calls Clements black, are Hispanic.   So the identity politics of baseball regarding race is now defined, at least in part, by the African-American/Hispanic division. Of course, again, the essence of an African-American politics is the definition “African-American”—which, by the way, is not a signifier without signified, a word without definition a la Laclau but definition itself, the determiner of the political space—which is not political; it does not come from politics. The essence of an African-American politics, “African-American,” indeed, is not itself politics but infrapolitical, inscribed into the political as that which is irreducible to it. Now, it ought be clear that any politics concerning race that might emerge in the project of baseball, or any other project, would form at the limit of the political, which is there where African-American and Hispanic meet, which is no place; for there is no place where the division between the two can be grounded.

The Hispanic, as other than the African American and other than the white, Native-American, indigenous, is nowhere to be found.   Its territory emerges only through the sociologiziation of knowledge and culture: everything with a place in its place. Even if other places bleed into that place, as in mestizaje—that is ok—but, for the sociologization of the knowledge to win out, first there must be a rightful place, so that there can be rightful politics, which is the conquest of place, or property, or concepts turned brands.   Politicization is both the exposure and erasure of the infrapolitical, the non-place or non-ground of any definition, in MI, of the Hispanic or Hispanism. And if you start a discourse on Hispanism from a foundation that says that Hispanism is not a place and has no place—well, that is undigestible for Hispanism and non-Hispanism alike.

 

*Position Paper read at book workshop “Los Malos Pasos” (on Alberto Moreiras’ Marranismo e Inscripción), held at the University of Pennsylvania, January 6, 2017.

On Alberto Moreiras’ Marranismo e Inscripción. (Lacey Schauwecker)

In the preface to Marranismo e Inscripción, Moreiras warns readers of the book’s “carga afectiva,” a valence palpable throughout his rigorously critical, and yet also resolutely personal, chapters. It is “autografía,” which he describes as writing that “busca verdad y produce destitución” ( Moreiras 200). Autography inscribes both oneself and one’s unknowing, always oriented toward that which exceeds it, a surplus that itself produces.

I am inclined also to call this writing – this autography – literature, not as a fetish but as the desire to know that which remains necessarily unidentified ( Moreiras 27). As memoir, history, theory and fiction, Marranismo e Inscripción resists the reduction to a singular genre, or even discipline. In this sense, it performs its very call for radically interdisciplinary scholarship. What interests me most about this book, at least as a first impression, however, is its implications for teaching literature, and particularly Latin American literature. As a committed teacher and mentor, Moreiras makes various references to this aspect of his accomplished career. He is a professor who never had a passion for teaching survey courses, especially those which promote facile understandings of culture, politics, and geography. Additionally, he is a mentor who refuses to claim disciples — instead, he mentions interlocutors and friends with whom he resists hegemony of all types.

Describing himself as neither identitarian, nor a specialist in any one “discipline,” Moreiras likely would scoff at the idea of any systematic or curricular pedagogy (Moreiras 213). Even so, the question of how to create a community (an inoperative or unworked, desobrada, community) of counter-university scholars, both within and beyond the classroom, permeates his work and begs further consideration.

“Es un placer enseñar lo que uno sabe o cree saber a los más jóvenes,” he affirms, “pero es mucho más divertido aprender con otros, tomar riesgos, empujar lo permisible y exponerse” (Moreiras 16). This scholarship, he claims, no longer needs to place itself under labels such as Latinamericanism, which are only metaphors in need of deconstruction as demetaphorization: that is, a thorough consideration of what such metaphors exclude, betray, and foreclose. For Moreiras, the point is to take the field to its own limits. He does this naturally, driven by a question that he cannot yet name but nevertheless yields tentative answers, concepts that resist their own intellectual capture. I wonder if, and how, such uncompromising curiosity – which he also calls “goce” – can be taught: “…habrá quizás otras maneras de serlo en las que el goce que uno quiso buscar pueda todavía darse. Hoy ese goce, en la universidad, solo es ya posible contrauniversitariamente (Moreiras 16-17).

Within the context of Latin American literature, a deconstructive pedagogy requires liberating thought from the signifiers “Latin American,” “literature,” and “Latin American literature,” among others. This happens by researching and teaching from “otros horizontes y otros parámetros ya no regionalistas ni excepcionalistas” (Moreiras 132). Moreiras understands such horizons as beyond any prescribed geopolitical commitments, as well as beyond disciplinary norms and prescriptions, pointing to a theoretical and infrapolitical elsewhere. This “elsewhere” might be imagined through motifs of exteriority (exile, abandonment), but also—crucially and dangerously—as folds within such boundaries and norms: clandestine, secret, marrano. Marranismo e inscripción, dares us to take this risk together.

 

*Position Paper read at book workshop “Los Malos Pasos” (on Alberto Moreiras’ Marranismo e Inscripción), held at the University of Pennsylvania, January 6, 2017.

Marranismo e inscripción El cuerpo que danza en el abismo

Marranismo e inscripción

El cuerpo que danza en el abismo

 

Notas en torno al libro de Alberto Moreiras, Marranismo e inscripción o el abandono de la conciencia desventurada (Madrid: Escolar, 2016)

Sergio Villalobos-Ruminott

 

 

  1. – Los diez capítulos que configuran el libro de Alberto están domiciliados en una misma apuesta fundamental, a saber, la posibilidad de abandonar el bosque originario para hacer una experiencia radical de éxodo y erradicancia, ya no atada a las demandas nostálgicas de la tierra. Esta tierra sería acá la universidad moderna, con su organización facultativa y geopolítica, y con su misión ilustrativa y configuradora de la lengua en la cual y con al cual se pensaba la universalidad capitalista occidental. Por supuesto, no se trata de un abandono individual de la universidad, para refugiarse en cualquier otra guarida para-universitaria, guarida que ya no constituiría ningún afuera de la universidad y que solo podría existir al estar tramada por la estructura de la demanda universal-universitaria moderna. No. Lo que Alberto nos propone es el abandono de una estructura afectica y conceptual que ha definido y determinado la comprensión de la función y del papel de las teorías y del saber moderno, y con ello, un abandono de la comprensión ético-política de la práctica intelectual, en la medida en que tal ética y tal política son la expresión de una operación de interdicción o contención normativa de la misma ética y política. Así, gracias a esta disyunción anómica o interregno la ética aparece como posibilidad de un moralismo salvaje y la política queda abierta a la reflexión infrapolítica, a su ejercicio.

 

  1. – La infrapolítica como ejercicio es una cuestión recurrente en el libro. Y habría que reparar en que el libro no trata de la infrapolítica al estilo de los manuales introductorios o de los mamotretos formativos que se concentran monográficamente en presentar y agotar un tema o un objeto. No. No es posible determinar la infrapolítica como el objeto del libro, y menos al libro como una propedéutica convencional. Sin embargo, Marranismo e inscripción es un libro infrapolítico, y quizás uno de los primeros. Es un libro, una colección de textos, una muestra si se quiere, en donde no hay un tema central en desarrollo, sino el ejercicio de un interrogación radical de ciertas constantes que definen la estructura afectiva y conceptual del bosque originario de los estudios hispanos y latinoamericanos. Y así, la cuestión misma del ejercicio debe ser ponderada para entreverarnos con la singularidad de la escritura contenida en el libro.

 

Ni teoría substantiva, ni método, ni operación, ni concentrado de saber, la infrapolítica sería un ejercicio existenciario, radicalmente concernido con la posibilidad de una interrogación posibilitada por el fracaso de toda interpelación, de toda demanda ética y política, pues en toda demanda ética y política está siempre en juego la subsunción de la existencia a los imperativos de una racionalidad principial y meta-física.

 

  1. – Tampoco se trata de una colección de ejercicios que un autor llamado Alberto Moreiras, estuviera ejecutando, de manera ejemplar, para maravilla y asombro de sus lectores. Pues no hay un sujeto o autor desde donde dichos ejercicios emanaran, como brota el agua desde una segura napa subterránea. Por el contrario, el ejercicio infrapolítico, que no es ni teoría substantiva ni metodología de lectura, consiste en la anulación del sujeto como principio de racionalidad unificante del sentido, y así, consiste en poner el cuerpo a danzar en el abismo de una escritura constituida en la inmanencia radical de su posibilidad. Por eso, estos textos que se encabalgan unos sobre otros con una misma orientación, liberar al pensamiento de sus amarras melancólicas, están lejos de emular el formato de la auto-biografía o de las confesiones: ni Las confesiones de San Agustín, ni las de Rousseau, ni la historia del dispositivo persona, ni las sutiles disputas entre Derrida y Paul de Man en torno al secreto y la confesión nos alcanzan para pensar lo que está en juego acá.

 

Marranismo e inscripción importa una escritura que es, sobre todo, autográfica, en la medida en que lo autográfico no remite a la unidad de un sujeto ni a los procesos de interiorización de la experiencia (la Erinnerung dialéctica), de recolección y puesta en forma. Es decir, se trata de ejercicios infrapolíticos destinados a abismar al sujeto, llevarlo al extremo de un agotamiento definitivo, para debilitar la estructuración onto-política de la demanda y romper con el cuerpo atlético del saber universitario. Ejercicios infrapolíticos cuya gimnasia no es ni restitutiva ni regeneradora, sino que está tramada por un pharmakon que desorganiza el cuerpo glorioso de la metafísica occidental.

 

  1. – Entonces, diríamos que Alberto pone el cuerpo en juego, o como se dice más comúnmente, le pone el pecho a las balas, y a partir de cruzar el ámbito anecdótico personal, con el teórico conceptual, nos propone una relación autográfica con la pregunta ¿qué significa pensar? Y, de manera más precisa, ¿qué significa pensar hoy, en el contexto de la subsunción de la universidad a lógica equivalencial del capitalismo planetario?, ¿qué significa habitar el horizonte problemático de los estudios hispanos y latinoamericanos justo ahí, en el interregno de una disyunción que ya no nos permite recurrir, restituir, las mismas economías principiales, éticas y políticas, que han estructurado la historia de nuestros campos de trabajo y la historia misma del pensamiento universitario? En eso consiste su apuesta, me atrevería a decir, en hacer bailar el cuerpo en el abismo de una época que ya no puede funcionar como fundamento. En efecto, sería la epocalidad misma la que se substrae, haciendo imposible sostener los presupuestos de una universalidad ideal, opuesta la universalidad fáctica del capital.

 

En tal caso, lo que se ha substraído para nosotros es la misma facticidad de esa universalidad, haciendo que las nociones constitutivas de la arquitectónica moderna, entre ellas las de universidad, sujeto, razón, fundamento, sentido, capitalismo, epocalidad y onto-teología, ya no produzcan época. Si esto es así, entonces la apuesta autográfica e infrapolítica del libro consiste en ejercitar el pensamiento, no desde le punto de vista del atletismo universitario, si no desde la condición danzante de los dioses ebrios que descubren que han olvidado la historia. Como los inmortales de Borges, que habitando más allá de la estructura sacrificial de la demanda, han perdido el interés por las acciones buenas y malas, yaciendo agotados y aburridos en una ciudad olvidada por los hombres.

 

Y no deberíamos desconsiderar que la figura del agotamiento está muy presente en Alberto, no solo en la respiración marrana de su caligrafía, sino en la traza de sus respectivas intervenciones. Pues en ese agotamiento, en ese cansancio, en esa desistencia, no opera una pasividad opuesta a la actividad, si no un abandono radical de la estructura subjetiva y subjetivante de la acción. Como nos decía Nietzsche, los superhombres son animales cansados de pequeña salud. La infrapolítica pareciera entonces retomar la hebra de las consideraciones intempestivas, para mostrarnos que el anti-Cristo actual no es si no el que se resiste a la seducción del homos academicus o universitarium, aquel sujeto fundante de sentido, dador de certezas, éticamente interpelado y políticamente correcto. Ahí, el cuerpo de la historia, agotado, se equilibra en el abismo, sabiendo que no es más que un tránsito y un ocaso.

 

  1. – Por lo mismo, las figuras de la duda, de la desesperación, de la negatividad, y del agotamiento no se superponen según una racionalidad fundante, sino que marcan un ahondamiento cada vez más radical de la condición contingente de la historia. Ya no solo un hegelianismo sin reservas, como leía Derrida las objeciones de Bataille a la dialéctica hegeliana, sino incluso la imposibilidad, tan cara a la fenomenología hegeliana, de restituirle un sentido a la duda desesperada de la conciencia natural. Hermenéutica de la existencia y fenomenología sin conciencia trascendental, la infrapolítica invierte la epojé racional y en vez de poner al mundo entre paréntesis, pone al sujeto cognoscente y a la estructura conceptual del saber en suspenso, para interrogar formas de la experiencia ya no interpeladas por la estructura sacrificial de la historia, de la filosofía de la historia. Si esto es así, entonces, el ejercicio infrapolítico despeja el bosque originario con un hacha, un martillo o una lima (poco importa eso ahora), para hacer posible que el paso de la duda metódica cartesiana a la duda desesperada hegeliana no sea contenido en una recolección subjetiva (aún cuando este sujeto sea la historia humana como totalidad), es decir, para que la duda desesperada no sea conjugable desde las astucias de la razón, sino que se abra hacia la problemática de la historicidad.

 

Agotamiento, aburrimiento, éxodo y errancia son figuras conjugadas en la reflexión infrapolítica en la medida en que ellas no integran una analítica subjetiva o psicológica, si no la posibilidad de una nueva analítica existencial acotada a la condición marrana de la existencia. En efecto, en la misma medida en que el marrano no constituye ni subjetividad ni identidad, tampoco puede ser homologado con la figura de la multitud o de la clase, pues en ellas todavía opera el dispositivo subjetivo del das Man, del hombre de la medianía. La interrogación infrapolítica de la historicidad de la existencia pasa, entonces, por la disyunción de esa existencia desde todo economía nómica, territorial e identitaria que ha estructurado la organización metafísica del bosque universitario. De ahí la incomodidad de la infrapolítica en el marco de los estudios de área, de ahí también su indisposición con la geopolítica moderna, con la filosofía de la historia y la filosofía política que insiste en la misma estructura sacrificial de la demanda. Como si el marrano prefiriese la experiencia del aburrimiento a la falsa entretención del “contarse cuentos”: la infrapolítica es, también, un abandono del discurso heliopolítico de la vigilia, y con él, del sonambulismo endémico de la crítica universitaria.

 

  1. – Para terminar estas primeras consideraciones, solo me queda preguntar, ¿cómo debemos confrontar nuestras prácticas universitarias, nuestras investigaciones y nuestras convicciones, después de haber ponderado el don radical de este ejercicio de auto-exposición infrapolítica? Por supuesto que siempre será posible hacer oídos sordos, no entender, acusar de nihilismo, de narcisismo, de resentimiento a la estructura afectiva que alimenta al libro. Pero eso sería no haber entendido su gesto fundamental, el abandono de la condición sacrificial de la historia es también el abandono de la conciencia desdichada, y por tanto, de toda inflexión bio-gráfica y subjetiva, personalista y testimonial. Se trata de un abandono de la estructura afectiva y demandante de los mismos estudios de área, pues esa conciencia desdichada es la conciencia resentida de la demanda, siempre infinita, por el reconocimiento, y por tanto, es la conciencia ya tramada por la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo, mostrándose ella misma esclavizada a la lógica de la confrontación hegemónica y de la necesidad del amor del padre, de la ley, de la institución.

 

El marrano no demanda amor ni reconocimiento, no se refugia ni se concerta para disputar nada, sino que desplaza siempre la demanda y pluraliza el conflicto central, hacia la heterogeneidad radical de la existencia. El libro no pide nada, no impone un qué hacer ni da un ejemplo ejemplar, es un ejercicio de abandono de la conciencia desdichada, crucial para retomar esa pequeña salud nietzscheana que marca la respiración agotada del pensador infrapolítico, aquel que habita el abismo de una existencia que ya no puede ser sobornada con las certezas de la conciencia bienaventurada.

 

Como nos decía Nietzsche:

“Bendito sea el que olvida, porque a él pertenece el paraíso.”

Pero más radicalmente:

“Bienaventurados sean los olvidadizos ya que vuelven a tropezar con la misma piedra”.

Por mi parte, solo espero que no olvidemos demasiado rápidamente lo que esta tramado y lo que trama este ejercicio.

 

Filadelfia, 2017