A partir de Marranismo e inscripción…, de Alberto Moreiras, Madrid: Escolar y Mayo, 2016. Por Juan Carlos Quintero Herencia.

I

La toma del tiempo

“¿Te gustó el libro, te parece que funciona?” me preguntas. Cuando contesto que sí, que me gustó, siento que la afirmativa es, de inmediato, la tachadura de toda la incomodidad e intensidad asociadas a los libros que he disfrutado. Y éste, como otros que me han gustado, me tomó tiempo. Los que me gustan, me toman tiempo, necesito acompañarlos —por razones que no sé ni quiero explicar— con otras lecturas, con otros textos. Por eso me tardo. Hace tiempo, mucho antes que se pusiera de moda la lentitud académica o universitaria, que abracé las consecuencias y la singularidad de mi “tardarme”. No hay nada que hacer. Además, evité leer las reseñas hasta haber terminado de leer el libro. No quiero que me dañen la película, ni me predispongan, ni me lo cuenten en ninguna dirección.

Ya que se trata de un libro eminentemente autográfico, me gustaría acompañar tu gesto en Marranismo e inscripción con las condiciones, algo del contexto desde donde te vengo leyendo hace un tiempo. Consignar aquí todo el ruido que tengo que poner al lado para poder leer(te).

No creo que nos hayamos dado las manos. No recuerdo un estrechón de manos. Es probable que hayamos coincidido en los pasillos de alguna conferencia profesional y recuerdo algunas fotos colgadas en un panel en el último LASA en Washington, DC. Tu nombre fue primero una cita, una referencia, un pasaje —de hecho recuerdo el uso de The Exhaustion of Difference (2001) en el libro de Juan Duchesne Winter, Fugas incomunistas (2005)— luego devendría parte de esa suerte de epicentro polémico, de chismes e incesantes rumoreos académicos. Esta última situación, de hecho, se convirtió en un escena que precisamente estorbaba o neutralizaba cualquier lectura o comentario mío sobre tus textos. Cuando en medio de alguna conversación con amigos —intelectuales, escritores o universitarios— mencionaba alguno de tus textos, en demasiadas ocasiones, se instalaban rostros, “peros” y muecas. La plantilla de adjetivos, juicios (morales), calificativos o descalificaciones que de inmediato procedían, tenían el efecto (en mi) de abrir ese estúpido “disclaimer” que no me interesaba mediar, que quién carajos va a saber lo que sucedió, que no sé lo que en verdad allí pasó, ni me interesaba, etc., etc. Este gesto mío tampoco ayudaba a mantener la continuidad de la conversación, pues pocos o casi ninguno parecían haberte leído o querían hacerlo. Para muchos, a pesar o quizás debido a su filiación o endeudamiento disciplinario, decir cosas como “ese tipo es un_____________” o “esa tipa es una _____________” es parte de una carga y descarga afectiva y moral que acompaña y firma su labor crítica, aunque dejen esto para el cotilleo y el aparte entre panas. Quería y quiero hablar de otras cosas que no pasan por ahí. ¿De qué estamos hablando, de los textos, de la labor de pensamiento que allí se despliega o de la “estatura moral de las personas envueltas”, de cuán humildes, simpáticos o arrogantes son? No creo que en estos asuntos existan víctimas y victimarios absolutos, impolutos. Ni me importa. En fin.

Creo que el “affaire en Z” o el ground zero que estalló con el “subalternismo” y “post-subalternismo” tiene los visos de un concurso de popularidad, de torneo político-institucional ante los administradores y ganaron los más astutos, los mercadeables, quizás “los más agradables”, los instrumentalizables, los que hablan o hablaron un mejor “Decanish” (la lengua del decanato). Me consta haber sentido y escuchado la “sospecha”, el pasarle la cuenta, el goce ante el —entonces— extraño “latinoamericanista”, al “antipático” español que para colmo no visitaba los santos lugares de la diferencia o la identidad “latinoamericanista”. Nada de lo que aparece entre comillas ni lo afirmo, ni me interesa desmentirlo, porque nada de esto, repito, me consta, ni me parece relevante, ni mucho menos ando por ahí buscando versiones o contra-versiones. De la misma manera, ya se pasea con nuevas vestiduras la “sospecha” y la paranoia ante el deseo infrapolítico por hablar de la esquemática histórica heiddegeriana de cara a América Latina.

Siempre he dicho que me parecen mucho más retadores e estimulantes los lugares de tu enunciación y algunos de tus textos que cualquiera de los textos de tus “enemigos”, adversarios o sus epígonos. Incluso los disfruto más aunque difiera de ellos o cuando todavía no los “entiendo” del todo. Para mi esta es la marca de un texto que “funciona”. By the way, la discursividad decolonial se me cae de las manos porque telegrafía, le sirve la mesa a la simplificación y reduce la diferencia o la complejidad desde la salida. Todo termina cayendo en su sitio y desde la salida se sabe cómo y qué se va a “concluir”.

Creo que mi distancia y desconocimiento íntimo asociados a los días convulsos en “Z” me ha permitido escapar tanto de la moralina institucional, del torneo citacional sectario, de la verbosidad teórica, como del fisiculturismo discursivo o del craso anti-intelectualismo que nuclea, en ocasiones, el bochinche sobre lo que pasó en “Z” y sus consecuencias. Con lo anterior ni niego, ni dudo de los dolores y sufrimientos realmente vividos durante esos años, como subestimo la “realidad” de movidas y maquinaciones que pueden “testimoniar” o negar cualquiera de sus participantes o testigos. En verdad, Alberto, me aburre el tema. Igual me siento como quien se asoma a una escena obscenamente íntima y no tiene manera de salir de allí. Esto en particular ni lo celebro, ni lo agradezco, lo doy por recibido. Sobre el sujeto que escribe Marranismo e inscripción este relato sobre “Z” parece una herida sin sutura. Espero, sin embargo, que esto sea lo menos discutido, leído o comentado de Marranisno e inscripción. O que por curiosidad malsana permita que otros lectores se acerquen al libro. Si se va a convertir en otra re-edición del dime-y-direte entre los que son y los que no son (algo), paso. Las reseñas que he leído ya enfatizan lo que me parece importante del libro.

Creo que la mejor funcionalidad de este libro, es esa funcionalidad averiada que tan productiva y dialogante me parece y que firma lo que me atrevería a subrayar como una singularidad de lo literario y, borgianamente, de lo teórico. Algunos de los aspectos me parecen contribuciones del libro son: 1) la inscripción decisiva del daño y regocijo anti-teórico que plaga la academia contemporánea. Necesitamos asediar la hegemonía de la pulsión anti-intelectual, anti-teórica que regentea la universidad tal y como la conocemos hoy. Fue toda una sorpresa, más que estimulante, leer en las páginas dedicadas al episodio en “Z” el espejeo de un momento efervescente en el campo intelectual puertorriqueño del pasado fin de siglo. Me refiero a las discusiones y debates, además de las histerizaciones de algunos ante el denostado corpus “post-moderno” en el Puerto Rico universitario de finales de los 1990’s y comienzo de los 2000’s, 2) la puesta en discusión de las posibilidades e imposibilidades críticas de la “infrapolítica como una crítica del giro político” (33) y 3) el abandono de la secundariedad intelectual, del enmarcado cientista de la labor crítica, en tanto ficción crítica o ficción teórica. La voluntad escritural, literaria del libro lo coloca serenamente, si se me permite, entre “nuestros extraños libros” latinoamericanos. Nada de esto merece meramente aplausos, sino discusión y deliberación amplios.

II

Asociaciones libres y preguntas. Asocio y pregunto recordando las palabras de mi madrina santera quien me decía, cuando veía venir una pregunta sobre el secreto: lo que se sabe no se pregunta. También porque aquí, tal vez, expongo, no sé, algunas de mis resistencias o confusiones ante MI. Uso MI autorizado por el gesto indigerible, indigesto con el que Brett Levinson presentaba la performance de tu pensamiento en Marranismo e interpretación: “Marranismo e inscripción, henceforth MI, is both a performance and explanation of its own undigestibility, which is to say, the undigestibility of Moreiras within Hispanism as well as within, let us call them, the theoretical humanities.” Recordé que MI es también la abreviatura utilizada por los productores de la película-franquicia de acción y espionaje Mission Impossible protagonizada por Tom Cruise. Y más que cualquier extrapolación efectista o el relleno del vacío que desaloja lo imposible con la proeza visual, me gustaría seguir pensando el carácter imposible de tu crítica al “latinoamericanismo del yo” y el “llamado de una lengua no metafórica”.

En tu lectura del “latinoamericanismo del yo”, éste parece ser consecuencia de una movida cartográfica, de haber padecido una “cartografía” donde se te convirtió en personaje capturado por dicho mapa. Más o mejor que una concepción cartográfica del “yo” ¿podríamos repensar lo “yoico” desde otras coordenadas? Que al igual que la resistencia a la experiencia psicoanalítica se manifiesta con ese “psicoanalizarse es lo que siempre necesita el otro”, también pudieramos evitar la trampa de que “más yoico eres tú” y responsabilizarnos por ese estar implicados hasta el tuétano en la opción de la primera persona. Creo que MI expone un “yo”, tal vez indigesto pero también en vías de fuga, abandonándose a otros placeres y por lo mismo, ojalá, camino a otra interlocución. Ahora bien, más o menos que el diseño o una captura cartográfica lo “yoico” me parece un privilegiar, un totalizar la presencia y el actuar del “yo”, volverlo escenario y protagonista indispensable de la labor crítica, la reducción de lo personal o de lo íntimo a la primera persona. ¿El “no hay un nosotros” que exhibe la infrapolítica sería una marca de su carácter post-yoico, infrayoico, su posibilidad imposible?

III

La espalda de lo imposible-lo posible del pensar (:) Deconstruir, desmetaforizar, desnarrativizar ¿des-equivalenciar? “Despertar en el pensamiento”

“No sabemos lo que podría ser una vida sin metáforas, pero sabemos o podemos intuir lo que la metáfora traiciona. Marranismo e inscripción (135)

Me consta, por varias instancias, lecturas e intercambios por Facebook, tu deseo reflexivo por continuar o asumir la tarea de-constructiva derrideana como un despertar del sueño sonámbulo del metafísico —a diferencia del, pero relacionado con el sonámbulo poético (sobre el cual dices poco)— pues el sonámbulo metafísico es quien sueña “sin romper el carácter metafórico de la lengua” o citando a Derrida  despertar como la escucha de la «llamada de una lengua no metafórica imposible» (278).” Es casi seguro que aquí y ahora pulse mi condición crónica, poética, o mi inhabilidad para elucidar, o habitar la lucidez del sujeto de la luz (si se me perdona la redundancia) que ha despertado. Romper la metáfora es producir otra metáfora o al menos suspenderla por un instante. ¿Qué haría posible políticamente esta lengua-no-metafórica-imposible? ¿Con qué tipo de oído escuchas ese “llamado”? ¿O escuchas tal vez el llamado desde una viscosidad literalizante en la que creerías como escritor, como marrano y que nunca deviene discurso en tanto expondría tu secreto? ¿Por qué no lidiar, des-obrar con ese tacto, con el pálpito con “lo real” que también recorre lo meta-phorein como escape de lo dicotómico, como transferencia a otro o cualquier lugar?

Si la metáfora “traiciona”, falta o delinque, sino es leal, ¿cuál es el problema de este “sueño”, cuál es la naturaleza de su deslealtad y qué o quién decide su “politicidad? A veces me parece —puedo, sin duda, equivocarme colosalmente— que si “desmetaforizar es deconstruir” bajo el signo de lo imposible, este des-obrar el trabajo de la metáfora tal vez arrastre una noción muy específica, quizás muy parcial o limitada de lo metafórico que todavía transporta un binario y sólo percibe y reconoce espasmódicamente la potencialidad múltiple, abierta de lo metafórico. ¿La infrapolítica “sospecha” de toda voluntad, más bien de la inevitabilidad-potencialidad metafórica? ¿Insiste alguna voluntad equivalencial, alguna ideologización en el trabajo de la metáfora?

Espero que estas notas (menores) te hayan sacado de las “ascuas”, de allí donde mis salidas o silencios en el pasado te habían colocado.

Gracias por el libro y en cuanto me lleguen ejemplares de La hoja de mar te paso uno firmado. Un abrazo.

Juan Carlos Quintero Herencia

20 de marzo de 2017, Silver Spring, Maryland

Sephardics Readings List: An Intersection between latinx/hispanic/jewish studies

a. Western intellectual and cultural history since 1600. This examination includes basic
issues in the philosophy of religion, theory and method in the study of religion, and
contemporary critical theory. The purpose of the exam is to situate the field of Religion and Culture in its historical and intellectual context.

This list is designed to include canonical works in the broader field of Religious Studies as it relates to my topic such as Machiavelli’s The Prince, Cervante’s Don Quixote, Spinoza’s Theological-Political Treatise; and also to include non-canonical primary sources wich are nevertheless important to the development of the ‘West,’ works like the diary of Ursula de Jesus and the proto-novel Lazarillo de Tormes as well as the broader picaresque literary genre that so subtly influenced posthegemonic rebellion of an internal (–marrano–) kind. The representatives of the canon as well as those chosen to represent a noncanonical kind of canon are designed both to challenge the supremacy of canon as a concept and to point to the role of Spanish imperial culture as being an important, if not fundamental, element in even conceiving a phrase such as ‘Wesern intellectual and cultural history since 1600″. Spanish history, particularly as it pertains to the whirlwinds of posthegemonic stirs, desires, and manifestations along the margins of the Empire, involves an incredible transformation on the world stage. I will follow Professor DeGuzman’s observations and posit that the West as such positions itself historically as being other than Spanish, that modernity is other than Spanish, that freedom (as in the case of the ‘Free Cities’ that developed in the early modern period, such as Sale, or even Amsterdam or London, ports that were in the new zones of global trade outside of Spanish Imperial hegemony) was increasingly defined in reaction/accommodation to the professed Spanish imperial ideal. Professor Cassen’s Italian Spy is indicative of yet another possible ‘posthegemonic’ reaction to the Imperial claim on religious conformity–as are characters like Samuel Palache, Abraham Miguel Cardozo, Baruch Spinoza, and many others.  I plan to have an eye on these macro historico-cultural turns that were taking place in different places within the matrix of the Spanish/Portuguese Imperial zone but also on marranism’s (destabilizing, reinvigorating) force and influence on what we now call ‘Western’ thought.

b. Area of specialization. This examination focuses on major scholarly literature specific to the student’s specific field of study.

This list is focused on the historiography of the converso/new christian/marrano narrative, with a nod at the different streams of understanding the converso phenomenon both within and without the Iberian peninsula. This is an exploration of the development of a new Sephardic community that would come to understand itself in many different ways in different locations, but, and particularly in seventeenth-century Amsterdam and throughout the Atlantic zones, began to articulate a sense of nationhood that included fellow kinsmen then living or having lived in Spanish lands (‘the lands of idolatry’) as Catholics, even for generations. This trajectory will follow the work of Bodian, Yovel, Perez, Netanyahu, Nirenberg, Jonathan Israel, and many others.

c. Cultural theory. This examination focuses on methodological and theoretical issues in an area of cultural theory relevant to the student’s scholarly work, such as literary theory, cultural studies, ethnographic theory, postcolonial studies, or gender theory.

This list is designed as a ‘Jewish Studies’ list, but with an emphasis on the history of the ‘heretical.’ I follow Gershom Sholem and more recent scholars like David Halperin and Benjamin Lazier and try to show that heresy is an integral–if not fundamental–to the movement of (Jewish) history.  I also highlight different ways that the Inquisition was instrumental in creating precisely what it feared most. We can see this in Wachtel’s recent Marrano Labyrinths in which he details conversations had between Inquisitorial prisoners (who were recorded by fellow inmate spies) where we witness a ‘return’ to Judaism as a result of a life lived at the at times ruthless mercy of Inquisitorial bureaucracy. At the same time, following scholars like Rawlings or Kamen, the Spanish Inquisition was a modernizing institution and became a model for non-Spanish elites to not only reject the “inquisition” at a rhetorical level (as an illiberal and primitive institution to be abhorred) but also adopt its innovations and efficiencies, its claim on biopolitics, the right to a trial, access to international databases, adherences to procedure, global institutional cooperation, and, to remain topical, an early apparatus of the modern deep state.

d. Dissertation examination. This exam covers historical and critical literature specific to the student’s area of dissertation research.

This list is a focus on the cultural and political phenomena of ‘Philosephardism’ which I explore as part of a Spanish postcolonial nostalgia that became marginally widespread after the territorial losses of 1898 that marked the end of Spanish colonialism in the ‘New World.’ At the same time, philosephardism was concurrent with growing nationalisms that took on many forms, among them a kind of re-colonialism that would invert certain traditional (crusader) norms by claiming loyal ‘Moors’ and Spanish Jews and enlisting them in a new project of ‘hispanidad’ that supposedly could usher in a new and better era. Broader European notions of progress inflected these ideas and they played out in Spanish (re)colonial thinking in various and particular ways. This included King Alfonso XIII’s love affair with chemical weapons which he used unabashedly in the Rift Wars, setting the stage for the first mass aerial bombardments of civilian populations in Europe during the colonial-reconquest of peninsular Spain from the supposed dangers of Communism during the Spanish Civil War. The proto-fascist Spanish right revitalized and reinvigorated the narrative of 1492, reconquest, los reyes catolicos, etc; but interestingly the ideology differed both with more traditional conservatism and its counterparts of in the modern right in northern Europe. ‘Southern’ proto-fascism made room for thinking about an orientalism that allowed for Jews to re-enter the bodypolitic of Spanish nationhood on the one hand, while on the other both rejecting and internalizing the ‘Moor’ as the noble, potentially civilized, but still tainted savage other. Sebastian Balfour’s Deadly Embrace is crucial for talking about these so-called African wars, while Isabel Rohr’s Philosephardism and the Spanish Right, and Stanley Pain’s several biographies and histories of Franco and the run-up to the Spanish Civil War are necessary historiographies as well. The writings, works, thoughts and lives of individuals central to disseminating philosephardism in the late nineteenth and early twentieth centuries are necessary, people like Angel Pulido and Ernesto Gimenez; and then represented should be examples of philosephardism in the contemporary literary world–like Munoz’ Sefarad or Eran Torbiner’s recent documentary Madrid before Hanifa; as well a brief rumination on Spain’s current philospehardic law to extend citizenship to exiles of 1492.

Comentario a un testimonio. Por Alberto Moreiras.

http://www.revistatransas.com/category/dossier-la-frontera-mexico-ee-uu-desplazamientos-contenciones-agencias-movilizaciones/th

Si pudiéramos intentar algo así como una fenomenología del informante —es decir, establecer una tipología imposible: ¿cómo son los informantes, a qué mecanismos responden, qué buscan en lo que hacen, qué satisfacción libidinal obtienen de su labor?—, creo que Me decían mexicano frijolero sería el lugar en donde buscar los rasgos primarios de un informante en grado cero.  Así, a Roberto Rangel le correspondería el honor atroz de configurar el tipo más extremo del informante: el que informa contra su voluntad, contra su vida, contra su satisfacción libidinal, contra lo que quiera que pueda entenderse como su felicidad; un informante esclavo, que actúa solo siguiendo un imperativo deconstituyente. A Rangel le dicen: “Informa, es tu ley, firmaste un contrato, no tienes opción, y si no lo hicieras despanzurraríamos a tus novias, mataríamos a tus hijos, y luego nos desharíamos de ti”.  Rangel no tiene vida, aunque la busca: se la han robado.  Sabe que sirve a canallas, sabe que el sistema que le rodea sirve también a esos canallas, no tiene recurso alguno, y el milagro es siempre el milagro de una supervivencia precaria, en la cárcel, cincuenta y siete años por un asesinato inventado, cincuenta y siete años falsos, porque Rangel no cuenta, no sirve, no es, o es solo carne de cañón, y a esa gente se la condena solo porque sí, ninguna otra cosa sería consistente, ni la verdad ni la justicia pueden entrar en el procedimiento.  Solo el escarnio.

Porque hay escarnio sádico por parte del policía que lo maneja como informante y lo convierte en su servidor sexual y lo humilla y degrada en cada visita, el policía que lo llama “mexicano frijolero” en el momento de la violación y que le hace comer carne escupida en el suelo porque no otra cosa merecen los mexicanos frijoleros que creen que pueden venir a Estados Unidos a comer carne.  Son ellos mismos carne, carne usable sexualmente o económicamente, pero por fuera de eso son nada, no son nada, son nada. Son solo transcripciones, objetos para el despliegue de una psicosis predatoria que cuenta, por otro lado, con la cobertura oficial, estatal, con todo el cuerpo de policía, con todo el aparato estatal.  Roberto Rangel cae en una máquina de triturar cuerpos y espíritus y ya no saldrá nunca; paradójicamente, solo la cárcel trae cierta medida de tranquilidad, la posibilidad de aprender a leer, de aprender a escribir, de dar un testimonio que nadie creerá nunca, que será siempre considerado ficción y puesto a la distancia de la ficción porque nadie puede dar crédito a su verdad sin entrar en la noche sicótica: no es solo el policía Rivas o la María de Inmigración, sino todos los demás agentes que deben descreer cualquier palabra de Rangel, el abogado, el fiscal, el juez, nadie puede atenerse a la verdad simple, al mero testimonio, pero qué testimonio, todos piensan que hay mentira, que no puede ser, pero es justo a través de ese no poder ser, a través de su improbabilidad misma. Es la noche psicótica. En ella Rangel escucha “you are a bitch, nothing but a bitch, I will make you my bitch, you will become a bitch, I will give you your proper existence as a bitch, your being must match your worth, your name is the name of a bitch, proper name, mexicano frijolero, suck my cock o despanzurro a tu hijo”.

Hay que preguntarse cómo se desvincularía el Presidente Trump de esta situación. Cuando le dice a Peña Nieto pay for the wall, pay for my wall, you must, or you will suffer the consequences, no tienes opción, y si no lo hicieras despanzurraré a tus hijos, mataré a tus novias, I will make you my bitch, you already are my bitch, ¿no está el Presidente Trump introduciendo la noche psicótica en la política internacional? Para su propia catexis libidinal, para su propia descarga, así son los hombres, como Rivas, el detective de Fresno que tiene la confianza de su gente, de la DEA, de la Highway Patrol, del fiscal del distrito, de los abogados, de los jueces, o la compra. Al fin y al cabo, el mismo Rivas tiene acceso a toda la cocaína del mundo, y así al dinero, para eso le sirven sus informantes.

Hay otros informantes.  Está por ejemplo el Butcher’s Boy, el protagonista de The Informant, de Thomas Perry, que informa a una empleada del Departamento de Justicia porque esa información sirve a su propio interés, a su propio cálculo, a su frío plan de venganza, o no es venganza, solo precaución, esos tipos mejor que estén en la cárcel o muertos. Él es un asesino, pero no puede matarlos a todos, son muchos, y así se ayuda a sí mismo, en cuanto asesino, como informante, por cálculo: informante radical, como lo que decía Kant del mal radical, el mal que se hace por cálculo, por oportunismo, aunque el otro lo merezca. Pero no es el mal diabólico del informante en grado cero, del informante que es, no agente, sino paciente del mal diabólico, una vez cruza la frontera.  Pero ahora habrá un muro.

Y luego está el otro informante, el informante serio, profesional, el informante que informa por deber, el informante que acepta una vida de riesgo y traición, de infinita distancia, porque hay una ley que hacer cumplir, una ley que cumplir, y hacerse informante es afirmar la libertad, es ser libre, aunque uno está solo cumpliendo leyes, haciendo que la ley se cumpla, cooperando en ello, no importa el precio: el informante moral, o informante en grado pleno, por ejemplo, el Robert Manzur de The Infiltrator. La tipología del informante coincide con el análisis kantiano, gran cosa, hay mal trivial, y luego hay mal radical y hay mal diabólico, y hay libertad moral, y no hay más.

Pero es una tipología precaria. El informante, como todos, solo quiere que algún ángel vuelva a su vida, como Tobías, que perdió a su ángel y pasó el resto de su vida, hasta los ciento diecisiete años, añorándolo, pidiendo su retorno. No es posible vivir sin ángel, o la única manera de hacerlo es vivir en la nostalgia del ángel. No habría hospitalidad sin tal nostalgia, la nostalgia del ángel es condición de hospitalidad. El informante informa en nostalgia de ángel. El informante pide hospitalidad, requiere hospitalidad, y a veces la da, pero solo para recuperarla. Para el pobre Rangel, el ángel es quizá el hijo que no conoce, al que no conocerá nunca, la segunda hija de la otra novia que también pierde, los hijos que vienen y se van, y de los que no se puede asegurar retorno alguno, ya no, no así, y sin embargo, si así no, ¿entonces cómo? Rangel pide cruzar la frontera, pide volver después de su deportación, cosa humanitaria, tiene un hijo, quiere ser recibido por su hijo, y cae en las manos de una policía que parecía trivial pero es diabólica, y así, sin papeles, sin letras, atado solo por la amenaza de muerte general, no es ya más que esclavo, pronto adicto a su esclavitud misma, informante que ya no informa, porque informar requiere una distancia ahora perdida. Y ya no hay distancia, a menos que la letra del testimonio mismo pueda organizarse como distancia, a menos que una verdad sea en última instancia expresable, aunque nadie pueda creerla. A menos que pueda entrar el ángel en la carta.

An explanation for ‘deconstructing the administrative state’. By Gerardo Muñoz.

A few weeks ago at CPAC (Conservative Political Action Conference), when Steve Bannon, Donald J. Trump’s White House chief strategist, laid out the principle of “the deconstruction of the administrative state” as one of the immediate objectives of the Trump administration, there followed a storm of commentaries. For academics in the humanities, it was a perfect setting to mock ‘deconstruction’, and assert the un-political character of this so called “theoretical trend” in the academia, easily linking Derrida with Bannon’s strategic plan.

Just to cite one of many examples, French writer Alain Mabanckou twitted: “Steve Bannon, le mentor de Trump parle de “deconstruction” du povuir de Washington. Deconstrution? Srait-il un lecteur de Derrida?”. Many more followed on social media and in academic groups. These witty remarks were, of course, written under the sign of irony, which is certainly a central stimmung of our time. But irony is also one of the most serious genres to discuss a serious affair, of which I would like to briefly contemplate. Of course, my intention is not to defend Derrida, or even worse, to prove that Bannon has not read Derrida. I am sure that Bannon has not read Derrida, and even if he has heard of him, or someone told him a few things about deconstruction as a critical strategy of contemporary thought, this is irrelevant.

Bannon’s usage of deconstruction of the administrative state is correct, although in another sense. For one thing, deconstructing the administrate state is a technical term used in sociology and political science analysis as it relates to the fiscal state. In his new book Democracy against Domination (2017), Sebeel Rahman discusses the deconstructive force of computative fiscal logic over institutional structures and governmental regulatory bureaucracy [1]. In a good portion of the literature, whenever the notion of deconstruction of the administrative state is used, it refers directly to the dismantling of the fiscal regulatory apparatus (see Norris 2000). Whereas it might, at first sight, seem that Bannon is misinformed or just downright clownish, he is deeply versed in the specific discipline that he wants to target; mainly, political science of the welfare state as it has been discussed from the New Deal onwards.

One could press this point even further: the idea that Bannon wants to ‘deconstruct the administrative state’ does not merely amount to ‘more neoliberalism’ as cultural critics seem to reduce the problem. This is part of the truth, but not the whole truth. The attempt to attack the administrative state entails a serious assault on the rule of law, since as the most intelligent constitutionalists have recently noted, the administrative state is today the legal structure that has supplanted legitimacy over the deficit of presidentialism of the executive branch. Adrian Vermuele (2016) makes it clear that the administrative state is the law’s greatest triumph after the weakening of the separation of powers. This ultimately entails, that perhaps Bannon is well aware that it is not enough to destroy a democratic society from the standpoint of a sovereign executive, since it must be done from the very place where the rule of law resides, and this is where the administrative state plays a fundamental role. Bannon’s deconstructive gesture goes to the heart of the rule of law, which we have already started seeing as a check mechanism to Trump’s rampant executive unilateralism. Hence, the rumor that says that Bannon is a Leninst should be taken very seriously: Leninism seeks the destruction of the state and rule of law in order to create a dictatorship of the proletariat, which is Bannon’s civilizational response to globalization [2]. Bannon is a full-fleshed anti-institutionalist who admires not only Lenin, but also the decade of the thirties that he has called “exciting”.

At this point, it is perhaps almost unnecessary to say that Derrida’s deconstruction has little do with Bannon’s loaded attack on institutions of the welfare state. However, what is important is to note that Bannon’s articulation of deconstruction is inequivalent to Derrida, and a comparison becomes only possible if one subscribes to a transparent conceptual reservoir of the linguistic turn in order to abuse it. Thus, whenever a linguistic component is emphasized as hyperbolic of intellectual thought, the latter is suspended to favor an easy advantage in tandem with anti-politics.

Derrida emphasized that deconstruction was a condition of democracy, and that democracy could not take place without deconstruction. Democracy is really not a political concept in Derrida’s thought. It is not reducible to a tradition of “intellectual history”, and not even to the primal causation of life as predicated in the political. Such was, for Derrida, the exemplary nature of Mandela [3]. But to the extent that it solicits unconditional hospitality, it alters the alterity of the singular that is never reducible to political finality. This coming of friendship or non-enmity is another way of thinking through an infrapolitical existence. It is this demotic existence beyond the political what Bannon wants to destroy and obstruct in a move that is both fully ultra-political and non-political.

Notes

  1. K. Sebeel Rahman. Democracy against Domination. Manhattan: Oxford University Press, 2016.
  2. “Steve Bannon, Trump’s top guy, told me he was ‘A Leninst’ who wants to ‘destroy the State’. http://www.thedailybeast.com/articles/2016/08/22/steve-bannon-trump-s-top-guy-told-me-he-was-a-leninist.html
  3. Jacques Derrida. The Politics of Friendship. London: Verso, 2005. P.102-106. “Admiration of Nelson Mandela, or The Laws of Reflection”, Law & Literature, Vol.26, 2014.

Comentario a un libro de Monedero. Por Alberto Moreiras.

IMG_5199En el final del libro de Juan Carlos Monedero, Curso urgente de política para gente decente (2013), hay como tres páginas de listas de cosas que uno quiere disfrutar, y que aparecen en nuestra vida, si tenemos ojos y oídos para ello, como los fulgores en lo oscuro de Georges Didi-Huberman. El lema es “hacer política como si nos fuera en ello la vida.” Esto es, hacer política, viene a decir, para que la vida no sea políticamente agotable, hacer política para ganar algo otro que la política–y esto es lo específicamente definible como de izquierdas (la política de derechas busca en realidad lo mismo, dice Monedero, pero desde el miedo y no desde la esperanza, a partir del privilegio de algunos contra el privilegio de todos; y el miedo impone su precio). Si esto es así, si esto lo entiende todo el mundo, si en el fondo es verdad que ningún panorama de izquierdas puede construirse hoy sin la negación del mundo político y de la relación con la existencia que hemos heredado (“Si los problemas de nuestras sociedades son la mercantilización de cada rincón de nuestra existencia, la precariedad de nuestras condiciones de trabajo y de vida, la desconexión del entorno y de los otros, la privatización de la existencia y la competitividad como la racionalidad de la época, un programa político alternativo se arma, precisamente, con todas esas cosas que niegan esas lógicas”), ¿por qué entonces tanta resistencia y tanta mala fe cuando se habla de infrapolítica? (No de Monedero, por cierto, del que no sé si ha oído la expresión, sino más cercanamente.) La infrapolítica es el horizonte necesario del logro en política (contra el éxito derechista)–cuando el mundo se abre a algo otro que el conflicto y la división. Ninguna política sirve cuyo resultado no sea una expansión radical del ejercicio infrapolítico. Por lo mismo, una infrapolítica sin política no puede darse–solo cabe radicalizar la demanda política hacia un espacio no hegemonizado, hacia un espacio libre, que es el espacio infrapolítico. Pero esto será llamado, no ya desde la ignorancia, sino desde la terquedad resentida, conservadurismo eurocéntrico, anti-identitarismo, fascismo, pendejismo, o giro lingüístico. La ceguera es voluntaria y es también profundamente desilusionante–porque en ese rechazo ciego entre los que pueden oír y no oyen ni quieren oír se sintomatiza una radical falta de compromiso político con todo lo que importa, se sintomatiza solo el oportunismo de los ventrílocuos. ¿No es hora ya de mandar a paseo a esa falsa izquierda gesticulante? ¿Quién querría vivir en su mundo?

Infrapolitics. Bibliography in Progress. Draft. Prepared March 2017. By Alberto Moreiras

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4 de marzo 2017

Unity is Tyranny. by Alejandro Moreiras

Derrida: “The ‘tower of Babel’ does not merely figure the irreducible multiplicity of tongues; it exhibits an incompletion, the impossibility of finishing, of totalizing, or saturating, of completing something on the order of edification, architectural construction, system and architectonics.”

And Yeshayahu Leibovitz explains that the Tower of Babel narrative shows God’s mercy in dispersing man to create difference: “In a world that is of one language and a common speech, man is a complete slave because there is no greater tyranny than to have unity forced on people.”

In the biblical text, the people say, “Come, let us build ourselves a city, with a tower that reaches to the heavens, so that we may make a name for ourselves.”

A tower leading to the heavens, to the gate of the gods, made of brick instead of stone, was the first hegemonic project, a progressive one, technologically advanced, meta-physical, rational, categorical, pursued in the name of recognition, for having a name, to finally reach the divide between the cosmos and the heavens.
But the people fail, they do not reach their liminal threshold, their border, their door, their wall. The gods scatter them because, “If as one people speaking the same language they have begun to do this, then nothing they plan to do will be impossible for them. Let us go down and confuse their language so they will not understand each other.”
A reminder from Derrida, which is self-evident in Hebrew, is that here ‘confusion’ is used metonymically for ‘babel’; Babel is at once The Gate of God and The Great Confusion.
What happens next is perhaps unexpected: once dispersed the people stop building, and the Tower is left deconstructed. But nevertheless, the seekers find what they sought–identity. But it was not unified, nay, it never could be, there could only be identities; infinite, like the cosmos. They desired the names of the gods for themselves; but a name, it turns out, does not make way for a new hegemony. It makes way for infrapolitics.
The builders of the Tower, the nameseekers, wanted a collective recognition, one that erased distinction and watered the desert between the divine and the profane. They wanted, as a group, an identity that signaled accomplishment, completion, power, conquest, totality.
Deserted the Tower eventually crumbled. But for a time it remained, half-built and forgotten, not destroyed by the godhead but abandoned by the people.
The heavens remained out of reach, as always, and the people gained language, a confused and fluid tool of division and independence. With language and name people no longer understand one another. Bewildered they continue, divinely confused and unfinished, living with the rubble, and the story goes on.
The project of the Tower of Babel, to bind the heavens and the earth, to pursue utopia, to wish for the eschaton, to desire a return, to want a postmessianism, is an exercise of hegemonic fantasy.
The scatter is necessary. The confusion is babel–the doorway to god, the name of the gods as well as gods’ name for us; and our names for each other.
Cacophony is the order of the political. A pluralist and diverse mess where tyranny can not live, where the polis is relegated and delegated by chaos, a fermenting chaos that births life and moves it.
I’ll close with Benjamin’s divine violence, a violence not based in law but that exists in spite of; a violence that liberates from the harmful violence of order and universalism; one that undermines the implicit horrors of a social contract; a violence that obliterates the terranean impulse to reach for the stars.

Esa gente del mal. Por Alberto Moreiras.

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Estaba yo esperando a que los estudiantes me entregaran su midterm, y mientras tanto leyendo un libro sobre Jean-Pierre Melville, y justo después de enterarme de que Melville había dicho en una entrevista “I often say—which isn’t true—that I have always been rejected by the profession. Actually, it is I who have always rejected the profession,” empezó un pequeño bombardeo de mensajes por el teléfono. Todos contaban lo mismo: en una retransmisión en directo por facebook de la presentación de un libro (mejor no decir cuál para poder omitir nombres sin hacer malabarismos; además, el libro es un libro importante y su autor, que no tiene que ver con lo que sigue, es amigo), alguien había dicho, con cierta saña en el tono y en el timbre, poco después de referirse al “mal,” y haciendo gala de una voluntad de escritura que sale de las tripas, que se manifiesta siempre como escritura “contra,” que hay por ahí un grupo, “la gente de Moreiras,” que se ocupa de pensar “el giro lingüístico” contra la identidad, lo cual debe ser mala cosa o cosa de bandidos, y retuerce un poco las tripas, y uno, claro, debe escribir contra ella. El contexto dejaba claro que tal observación, que podía por supuesto estar condicionada por la dispepsia crónica o algún dolor de oídos, era una observación no solo crítica, sino tambien deslegitimante. Que provocó risitas de esas de caja en una audiencia previamente empaquetada y bien predispuesta.

Dejemos aparte lo de decir que la infrapolítica es pensamiento del giro lingüístico, cuando se trata más bien de un intento de todo lo contrario (aun así, desde luego yo asumo íntegra la herencia del postestructuralismo). Lo digo porque supongo que cuando se habla de la “gente de Moreiras” se alude al trabajo que se viene haciendo más o menos colectivamente bajo la noción de infrapolítica. Es extraordinario que a un intento de elevar la discusión académica en castellano a un nivel filosóficamente solvente—hablo de “intento” y hablo de “elevar” con plena conciencia de las dos palabras—haya que responder con el ataque y la descalificación, no con la lectura, con el estudio, con la crítica rigurosa y real, o simplemente sabiendo de qué se habla. Desde luego nunca con la invitación a una conversación seria y sostenida. Pero estamos acostumbrados ya de mucho tiempo a tales hazañas del latinoamericanismo.

Lo que realmente me interesa decir es que la única “gente de Moreiras” que existe en este mundo, si es que existe, es el grupo de estudiantes que trabaja conmigo en sus tesis doctorales en Texas A&M—que son Andy Lantz, Michela Russo, Belén Castañón Moreschi, Guillermo García Ureña, José Valero, y David Yagüe. Lo demás son fantasías desinformadas. Infrapolítica no forma grupo, no forma pueblo, no forma banda, no forma gente, sino que forma proyecto, y la gente interesada en ello no es gente “de” nadie ni tiene por qué serlo. Así, el que quiera discutir, conversar, hablar, para manifestar su desacuerdo o su perverso amor, su antipatía o molestia, debería ser capaz de nombrar a su antagonista sin implicar a un montón de estudiantes y colegas a los que puede acabar yéndole mucho profesionalmente en ese tipo de descalificaciones que solo circulan como rumor y viento hostil.  Quizás esto sea todo lo que haya que decir.

O, al margen de eso, conviene insistir también en ese otro asunto que se pierde casi siempre, que va de suyo, que nadie mienta porque es como mentar la soga en casa del ahorcado: la gente habla de oídas, sin leeer, sin estudiar, sin enterarse, sin tomar en cuenta más argumentos que los que cazan al vuelo en algún post de facebook o en alguna ponencia de LASA. Es absurdo, a estas alturas, decir que hay una gente, “la gente de Moreiras,” que piensa el giro lingüístico contra la identidad, y que eso está realmente muy mal, muy cerca del mal—¿mal vulgar, mal radical, mal diabólico? Qué aburrimiento. La infrapolítica no tiene absolutamente nada que ver con nada de eso. Por más que, efectivamente, la infrapolítica esté muy lejos de ser o de querer ser un pensamiento de la identidad. No tiene ni ganas de ello.

Imagen infrapolítica y supervivencia de las luciérnagas. Por Alberto Moreiras.

th-1Para mí la referencia es el Libro de Tobit, uno de los libros deuterocanónicos del Viejo Testamento que, en cuanto tal, no aparece en todas las Biblias. Es una historia maravillosa en la que se cuenta cómo un joven, Tobías, hijo de un hombre piadoso en el exilio que nunca sin embargo olvidó enterrar a los muertos ni ocuparse de las viudas y los huérfanos de su pueblo, arruinado por el poder político, marrano, debe ir a cobrar una deuda a algún lugar remoto. Para ello encuentra la ayuda de un compañero, el ángel Rafael, que le aconseja cómo defenderse de un pez mágico que le ataca en el río, y cómo extraer de ese pez herramientas indispensables para su vida: la forma de exorcizar el demonio que plaga la vida de Sara, su futura mujer, y la forma de curar la ceguera de su padre, causada por excrementos de golondrinas. Pero también la posibilidad de encontrar su camino en el desierto, y no perderse. Cuando Tobías retorna al lugar paterno, con mujer y fortuna, su padre pide que le pague a su compañero. El compañero revela entonces su calidad de ángel y marcha. Tobit y Tobías viven muchos más años, y uno no puede sino pensar que su vida, la vida no narrada, la vida que resta, está cruzada por el tiempo de la espera–la vida es entonces la espera por el retorno del ángel, o el tiempo que falta para tal retorno.

Esa vida en la espera, la vida del abandonado por el ángel que alguna vez lo acompañó, es la vida infrapolítica. En Supervivencia de las luciérnagas Georges Didi-Huberman invoca la figura de la luciérnaga, entendida como el fulgor de un cuerpo en la noche y en cuanto tal lugar de deseo. Esas son las luciérnagas vistas en la infancia de Pasolini, de las que Pasolini abjura, anunciando su muerte definitiva, en 1975, poco antes de su propia muerte. Son también las luciérnagas de la infancia en Giorgio Agamben–las mismas luciérnagas de las que también Agamben dirá en El reino y la gloria que han sido quemadas por la luz de una gloria entendible solo como luz cegadora de la sociedad del espectáculo o, alternativa o complementariamente, de los faros de los coches neofascistas.

Didi-Huberman rechaza la idea de la muerte de las luciérnagas. Apela al mesianismo débil de Benjamin para insistir en que la destrucción de la experiencia no es total, incluso bajo condiciones de caída, y que es en la caída misma donde todavía–y ese todavía es perpetuo–pueden encontrarse fulgores de deseo dada la indestructibilidad de lo destruible (Antelme, Blanchot). La destrucción de la experiencia nunca puede eliminar el residuo de la espera, excepto con la muerte. Pero no estamos muertos. En esa medida, sobrevivimos, y la sobrevivencia es siempre producción de fulgores en la noche. La imagen–todo fulgor en la sombra es un fulgor de imágenes–sobrevive a cualquier horizonte apocalíptico, y demuestra la ilusión de todo apocalipsis, la ilusión de todo horizonte.

Por eso para Didi-Huberman “toda manera de imaginar es una manera de hacer política.” La luciérnaga es en última instancia la supervivencia de la política, entendida paradójicamente como la supervivencia del deseo o del pensamiento. La luciérnaga es “fuerza diagonal” (Arendt) que impide el cierre de la política y promete por lo tanto todavía una redención, o una fe en la redención, que es irreduciblemente política. Desde este punto de vista, la supervivencia de las luciérnagas se marca en clave voluntarista o decisionista–también el éxodo de Bataille hacia la “experiencia interior” tendría esa clave.

Pero volver al Libro de Tobit permite hacerse la pregunta de si la espera por el retorno del ángel que no redime, sino que solo acompaña y dota de confianza nuestros días, es una espera política; si conviene adjetivar de política a esa acción sin acción que marca el ritmo de la espera en la caída de la experiencia. ¿No será más bien acción infrapolítica? ¿No son las luciérnagas, los fulgores en la noche, más bien resultado involuntario de una espera atenta en la desaparición misma de la política? Otra cosa es que el que espera pueda también esperar políticamente. Pero darle a la imagen como único horizonte el horizonte político es también una forma de sustituir horizonte por imagen, y de subordinar la imagen a su siempre improbable politicidad primaria. Imagen infrapolítica–ese es el fulgor en la noche, que es un fulgor sin horizonte.

En la historia de Tobías la espera no es redentora, y el angel no retorna. En realidad, la espera refiere a una natalidad diferida, es repetición de la natalidad–repetición de la euforia de un despertar que lleva dentro el dolor de la separación, y que aún así es bienvenida. Los fulgores en la noche son, en cada vida, lo que se adapta a esa tensión temporal, lo que aparece, si aparece,  y entonces  colma,  parcialmente, en separación, un deseo que admite muchas modulaciones (puede ser una modulación serena, un dejamiento en el tiempo, o puede ser una modulación desesperada, la del adicto, por ejemplo). La luz es luz oscura, porque viene de lo oscuro–pero es una oscuridad que destella. No es la mera ausencia de luz, no es la nada. El tiempo es el tiempo que viene en cada caso, el tiempo existencial. En cierto sentido se podría decir que esa espera es el pensar–en el sentido preciso en el que pensar es habitar. Uno puede habitar políticamente o uno puede habitar en el fútbol, pero esas son opciones derivadas: habitar es en cada caso esperar el retorno del ángel, que no redime y no llega, etc. Llegan, o no llegan, los fulgores porque la espera los prepara, hay preparación, no redención. No para Tobías, que muere como todos, prematuramente, a los 117 años, después de una vida suficientemente piadosa.

Republicanismo arcaico. Por Alberto Moreiras

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Inigo Errejón no es un reformista contra el revolucionarismo de Pablo Iglesias–ese es uno de los malentendidos que han circulado estas semanas, impulsados por el entorno de Iglesias, aunque sin duda también por otros agentes. Errejón simplemente no acepta esa división del mundo tan querida de la vieja izquierda, y que siempre fue ramplona y excluyente, entre reformistas y revolucionarios. Eso es parte de lo que Errejón rechaza, desde un entendimiento de lo político, y desde luego también de su contextualización en Europa, que pide otras categorías de formalización. A Errejón le resulta ingenuo–por buenas razones–sostener que en este mundo traidor uno no puede fiarse más que de los camaradas, y tiene que convertir a todos los demás en enemigos, y a partir de ahí tramar una gloriosa revolución. La no-división del mundo entre amigos y enemigos, que es un rechazo del schmittianismo, está acompañada por una teoría del antagonismo que difiere considerablemente de la de Iglesias, de la de Monedero, Monereo, Anguita y toda la fila de ellos, pero que es semejante a la de Chantal Mouffe. El populismo duro de Iglesias, basado en una concepción sustancialista del enemigo, ha derrotado en Vistalegre 2 a un populismo menos verticalista, en el que no hay en primera instancia enemigos sino antagonistas con los que se puede negociar. Se trata de una concepción del espacio social muy diferente de la de Iglesias y de la vieja izquierda, pero que todavía no ha sido clarificada suficientemente, desde luego no por Errejón, todavía atrapado en esquemas que se le hacen estrechos desde el punto de vista de su propia praxis política.

Siempre ha habido incompatibilidad entre referentes teóricos supuestamente nuevos, como los negrianos, pero que no lo fueron nunca en política, y los referentes teóricos laclauianos. El error de los últimos años ha sido pensar que el denominador común estaba en Gramsci, y que se podían conciliar todos. Pero Vistalegre2 ha arrojado una llave de tuerca a la tripa de la máquina teórica convencional, y ahora hay que volver a empezar. Esto no es en el fondo malo–si sirve para reformular la teoría del populismo como una dimensión de la política que tiene que trascenderse desde dentro para encontrar funcionalidad a largo plazo.  Esa es una tarea pendiente para Errejón y la gente que simpatiza con sus posiciones políticas.

En The Young Pope, de Paolo Sorrentino, que el otro día me recomendaba German Cano en el contexto de una discusión recogida más abajo en este blog,  Pio XIII dice que ya está bien de tanta tontería ecuménica, de tolerancia, de evangelización suave, de amor al prójimo, y de comunicación mediática y de rostro humano, y que hay que volver a las esencias radicales de la relación siempre tortuosa, difícil, y heroica con lo divino. Contra toda “corrección política.” Uno puede pensar que Iglesias es el representante en la tierra de ese Pio XIII que en inglés sería llamado “hardass.” Lo que hay que hacer es darle la vuelta a esa metonimia, y decir que es la teoría del republicanismo la que es hardass, contra la mendacidad demagógica e improductiva, en última instancia ilusa, de los mecanismos hegemónicos de la izquierda contemporánea. O la izquierda entiende su propia obsolescencia teórica o vamos aviados.  La tentación es entonces, como dice José Luis Villacañas, la regresión arcaica.  Ya no Gramsci, sino Lenin.  La derecha, por supuesto, no tiene ese problema.

Convirtamos el republicanismo duro en el objeto de la regresión arcaica, en lugar de seguir pasmados con la idea de que es el leninismo lo que debe recabar una nueva gloria, porque por ahí no vamos a ninguna parte a la que merezca la pena ir.