“Paisaje contra política: algunas consideraciones sobre Hölderlin”, intervención en la Academia de Santiago, 13 de mayo, 2020. por Gerardo Muñoz

 

 “The idea of the «terreau» recalls what Heidegger called the Earth as such; nobody has explored like Heidegger this dimension of a «landscape» beyond political division in his course on Hölderlin. But he had no Europe in his mind. – Flavio Cuniberto, correspondencia personal (diciembre de 2019)

 

 

En este breve trabajo quiero desplegar algunas consideraciones en torno a Hölderlin dentro del marco de nuestro encuentro, interrumpido hace unos meses a causa de la pandemia global en la que hoy seguimos inmersos. En realidad, no me interesa desarrollar un ejercicio filológico en torno al poeta alemán, sino más bien añadir algo sobre el problema de la “parábasis”, tema que se impuso en las últimas sesiones. Si la parodia nos convoca hoy, más allá de su inscripción retórica, es porque nos redirige a este problema. Como sabemos, la parábasis es el recurso de la suspensión de la representación hacia un éxodo de la experiencia. Y ese afuera prepara una relación con el mundo desde el paisaje. Como veremos mediante Hölderlin, paisaje y naturaleza son irreductibles, por lo que se anuncia desde ya una crítica a un posible giro telúrico como modalidad de comunidad política en la tierra. Establecer esta diferencia es el vórtice de mi intervención. En el poco tiempo que dispongo solo quiero intentar reaccionar ante dos improntas que agilizan el paisaje como problema: primero, vamos a elucidar la crítica del titanismo en Hölderlin; más específicamente, el titanismo como absolutización de la postura ante la crisis del nihilismo. Pero como veremos, el problema del titanismo en Hölderlin también supone una destrucción del privilegio del poeta como clarividente de la historia y de la lengua. Podemos decir que el pensamiento de Hölderlin en su mayor simpleza no es un problema de la “comunicación”, como se pensó en algún momento, sino de otra índole[i]. En segundo lugar, vamos a interrogar en qué medida lo que expresa hoy como “crisis de la comunidad política” es un sobrevenido de una pérdida del paisaje ligado a la organización territorial en las sociedades. En este sentido, parto de una atendible intuición del filósofo chileno Hugo Herrera en Octubre en Chile (2019). Permítanme citar el fragmento completo:

“La tierra es existencial en el más grave sentido de la expresión. Corto se queda aquí quien acota el asunto a los limites de una estricta biología. Sus alcances son de otro calado. Los humanos somos la tierra. Ella de se deja configurar, pero nos determina, no sólo materialmente, sino vital, cultural, espiritualmente, con su estética, sus fluidos, sus vibraciones. “El paisaje de Chile es paisaje psíquico y moral”, dice el poeta. Hay una verdad de la tierra, un descubrimiento inicial de la tierra, como escribía Knut Hamsun: unas “bendiciones de la tierra”. La tierra nunca es neutral, ella es orden de sentido. Nos da un sustento firme para asentar nuestras vidas; un suelo visible y estable sobre el que definir señas y direcciones, trazar caminos y límites, sobre el que deslindar el hogar y la ciudad…Además, y aquí la tierra se une a los otros elementos, ella es también lo bello y lo sublime, la amplitud y la hondura del paisaje.”[ii]

Herrera entiende la crisis política chilena – y que es co-sustancial con la que atraviesa Occidente – como expresión de una pérdida del sentido telúrico y del paisaje. Incluso, en una columna reciente Herrera ha hecho explícito el vínculo con Hölderlin[iii]. En parte, en este texto queremos establecer un diálogo con las tesis de Herrera.

En su reciente ensayo sobre la geopolítica europea, Strategie imperiali (Quodlibet, 2019), el pensador italiano Flavio Cuniberto concluye con una recomendación: más allá de la impronta imperial del hegemon alemán en el contexto europeo – y que ahora, a la luz de la pandemia que se ha intensificado en diagramaciones teológicas[iv] – Alemania es también la tradición que habilita la destrucción de todas las pretensiones titánicas movilizadas por la técnica. Esta es la primera lección de Hölderlin. Toda la obra de Hölderlin está atravesada por un intento de rebajar el titanismo compesatorio del paso abismal de la antigüedad a la modernidad. Este pasaje entre la antigüedad y la génesis moderna inaugura una crisis de distancia, que es también olvido de lo irreductible, y, por lo tanto, el triunfo de la estructuración onto-teológica de lo ilimitado de todas las cosas. Obviamente una manera más simple de decirlo es que la modernidad es otro nombre para el olvido de la “diferencia ontológica” en la cual deposita sus fuentes vitales[v]. Este olvido, sin embargo, no significa que la “diferencia ontológica” haya sido reprimida; al contrario, es más bien que la diferencia ontológica inscribe el vacío que dispensa la crisis de la transmisión de las formas en Occidente. Claro está, sobre este vacío se generan diversos tapones para mitigar lo irreductible. Hay dos estrategias de mediación. Primero, tenemos la compensación excéntrica de la división de poderes de los dos reinos. Y, en segundo lugar, asistimos al quiebre de esa aspiración moderna que es el titanismo como salida absoluta que, ante la imposibilidad de lo aórgico, se refugia en la conflagración de lo abstracto fuera del mundo de la vida.

Es ahí como podemos pensar el drama trágico de Empédocles, que es la manera en que Hölderlin busca “transfigurar” el horizonte sacrificial moderno. La figura de Empédocles, ese pensador presocrático arcaico, encarna el titanismo como destrucción poética al menos en dos sentidos. En primer lugar, Empédocles representa (en la lectura Hölderlin, no en la figura clásica) la catástrofe del genio poeta, cuya energía imaginativa podía devolverle al mundo el encantamiento desde la potencia de su artificio. El genio poeta, como supo ver muy bien Max Kommerell, era la punta de lanza de la fuerza de conducción, ya que esgrimía su voz como liderazgo capaz de anunciar destino[vi]. Esta postura solo podía llevar a la celebración de lo trágico como abismo del mal y sacrificio cargado de impotencia política. Como sabemos, este fue el ideal del grupo de Stefan George, donde el poeta no solo es Führer, sino también legislador, autorizado desde la acclamatio imperator signada por los olivos de Dante[vii]. Por esta razón es que la destitución del titanismo buscaba la eliminación del poeta carismático que ahora ganaba una “nueva objetividad” en el tiempo. Es lo que Hölderlin luego traducirá al conocido apotegma del “libre uso de lo propio (o de lo nacional)”. Esta objetividad ya no es propiamente política, sino más bien lo aórgico de lo vivo y lo muerto[viii]. Pero la crítica del titanismo es una crítica del poeta como contraposición al sujeto de la voluntad, y probablemente de la “libertad”, en la medida en que la condición de la libertad siempre fue la acción. No se nos escapa aquí una enmienda a la “edad de los poetas”, que Hölderlin lleva a la ruina en el pasaje de la figura del genio poético hacia una poetización de mundo. Como escribe en el poema “Titanes” (en traducción de Verónica Jaffé):

“Del abismo pues hemos

Comenzado y caminado

Cual león…

Pronto empero, como un perro, vagará

en el ardor de mi voz en las calles el jardín

Donde viven los seres humanos en Francia.

Fráncfort empero, según la figura, que es la estampa de la naturaleza,

[…] Eso quiere empero decir el destino.”[ix]

 

El recorrido al afuera del “jardín” (que no es una polis, ni una civitas), Hölderlin va abriéndose paso a la naturaleza y al sentido de la tierra donde el poeta ya no “decide”, sino que encuentra o se da en un encuentro con el mundo. En realidad, el paso lógico de la destrucción del poeta carismático (Empédocles) a los himnos pindáricos se da en este umbral como vía de “salida” que, como vio Andrea Zanzotto, le devuelve a la palabra una tonalidad existencial[x]. Encontrarse con el mundo, sin embargo, no solamente significa morar en la tierra, sino poetizar en el “relucir” (gleaming / das glänzen) de la naturaleza. Es aquí donde aparece el paisaje como lugar de lo que encontramos. Este “das glänzen”, como han dicho ya otros, se concatena como toda una constelación de palabras como “brillar”, “aparecer”, “resplandecer”, “hacer visible”, o “claro” que es la entrega a la exposición del paisaje[xi]. Por ejemplo, en el poema tardío “Si desde lejos”, nos dice Hölderlin: “de aquellos lugares que tan bien conocía: todas las bellezas de mi tierra que florecen en las costas bendecidas…aun se satisface con el recuerdo de días que alumbraban[xii]. O bien, en “El paseo”, una vez más:

“que bella luce para alguien

en la clara lejanía, la gran imagen del paisaje…

el encanto del paisaje”[xiii]

Sin embargo, ese encantamiento no es la fascinación meramente afectiva, sino, una revelación de otro orden. Esa revelación abre a la cuestión de la “divinidad transfigurada” o manchada, un acontecimiento mundano después de la fuga de los dioses y del cierre del mundo clásico. ¿Qué es ese brillo? En un comentario al poema “Otoño”, Heidegger nos dice que: “Y, sin embargo, el paisaje no es la naturaleza. El paisaje, recogido alrededor de seres humanos e inclinados hacia ellos, es lo que aparece como brillo inicial[xiv]. La imagen recogida alrededor del encantamiento es el trazo “divino” entre cielo y tierra. Pero este “trazo” no es una vuelta atrás a una medialidad metafísica, sino más bien un encuentro. Y es interesante que Heidegger lo refiere como un “Geschehen” o un “suceso”, esto es, lo que tiene lugar.  Obviamente que el Heidegger tardío está interesado en lo cuestión de una visibilidad que desiste de la objetualidad del mundo. Una visibilidad pasmada que en los seminarios de Zahringer llama una “fenomenología de lo inaparente”[xv]. Todo es muy complejo, en parte, porque el propio Heidegger no llegó a tematizar qué quería decir con lo inaparente, aunque sabemos que en esa zona aparece una transfiguración entre mundo y existencia que merece ser pensada. El brillo o das glänzen de Hölderlin asume aquí su condición primordial – una condición sin condición, ya que es pura exposición – que es experiencia siempre singular contra todas las reducciones del mundo en tierra y de la existencia en subjetividad.

En el ensayo muy tardío del 84 (“Zur Frage nach der Bestimmung der Sache des Denkens”) – por otra parte, un texto decisivo en la medida en que también ahí elaboraba la tesis sobre el dominio cibernético como nueva unificación de la ciencia como “fin de la filosofia” – Heidegger hace explícita la cuestión del “resplandecer” como problema de la “visibilidad” en Homero. Lo que “reluce”, nos dice Heidegger, es lo que presencia en sí. Y no es coincidencia que tanto Odiseo como Telémaco vean a una misma mujer como presencia divina; nunca “evidencia” de algo ni del recuerdo[xvi]. El resplandecer de la presencia de las cosas mismas carece de metaforicidad y se retira de las trampas fenomenológicas de la percepción. Desde aquí, me parece que estamos en mejores condiciones para entender el das glänzen como apertura al glamur de las cosas. Cuando decimos glamur queremos establecer una diferencia con el lujo. El lujo es condición antropológica de la génesis de la equivalencia moderna. Mientras que lujo invierte la luz en el intercambio de objetos; el glamur propio de la das glänzen es una distancia sin objeto. Este el espacio a-objetual del paisaje en su inaparencia. Y lo inaparente devela y depone en un mismo movimiento una proximidad experiencial que recorre el afuera de la ciudad, y, por lo tanto, de la política. El encuentro, en la medida en que lo entendamos como problema de diferencia ontología, establece un corte desde mi inclinación. Una vez más, esto queda claro en un poema tardío de Hölderlin, “Tierra natal”:

 

“percibiendo lo preferido

Pues siempre se atienen justo a lo más cercano…

[…]

Pero en el medio el cielo del canto.

Al lado empero, en la orilla de iracundos ancianos,

Es decir, de la decisión,

Pues las tres nos pertenecen.”[xvii]

La distancia del paisaje es siempre “lo más cercano”, porque es decisión de existencia en el mismo movimiento en que transfigura el nomos como “cielo del canto”. Solo así podemos entender lo que Hölderlin le escribe un poco enigmáticamente a su amigo León von Seckendorf: “mi único interés es la fábula como paz poética de la arquitectura del cielo[xviii]. ¿Puede existir tal cosa? ¿No es la arquitectura lo que se funda desde un territorio, lo que hace legible el mundo instaurando límites y particiones, y aquello que tala el bosque? Esta expresión, en toda su contradicción sugerente, es un recorte de la “fenomenología de lo inaparente” en la medida en que el paisaje no es lo que recoge las cosas en el mundo, sino lo que armoniza en el cielo en su espesor ex terram que ya no puede objetivar las cosas, puesto que en cada encuentro lo invisible se recoge en lo visible. La arquitectura del cielo es paisaje con mundo, pero sin tierra. De ahí que lo “nacional” solo pueda ser “uso” y no apropiación o cultivo. Si la teología moderna estableció una línea de cesura entre cielo y tierra (entre trascendencia e inmanencia), la mirada “aturdida” de Hölderlin se abre a la cuaternidad de un paisaje encantado en el cual se nos dan las condiciones de nuestras verdades[xix].

Por esta razón es que no podemos hablar de un simple paso a la modernidad convencional en Hölderlin, sino, de un paso atrás con respeto al encuadre mismo de objeto y sujeto que “taponea” el resto perdido de la experiencia. Al fin de cuentas, esta es la lección pindárica: no se busca el Todo universal, sino persistencia en la escisión que nos recoge el brillo de las cosas mismas en el paisaje[xx]. En este punto la lección sigue siendo particularmente actual: si la crisis que hoy atraviesa Occidente es una crisis de existencia en la organización de la metrópoli (un mundo reducido a las tribulaciones del despliegue cibernético), entonces al paisaje es la extática que puede ofrecernos la “simpleza de una imagen”, la cual es también la “imagen primitiva”, como dice Hölderlin en “El paseo”[xxi]. Como ha recordado un amigo recientemente, no es en absoluto coincidencia que el malestar de la ciudad, y por extensión la “explosión social”, apunte a una destrucción del paisaje como umbral de experiencia del afuera[xxii]. Pero el paisaje es irreductible al territorio y a la urbe. Así, la oposición moderna entre campo y ciudad deja de tener sentido. Pensar el paisaje, o atender a un pensamiento paisajístico, le devuelve el brillo a eso que encontramos en el mundo. Un brillo que es ya poetizar en medio de un cielo despejado.

 

 

 

Notas

[i] Dionys Mascolo escribe en En torno a un esfuerzo de memoria (1987): “La palabra “comunismo” le pertenece mas a Hölderlin que a Marx. Designa lo que se busca en todas las obras posibles del pensamiento, eso que todas ellas dejan escapar…” Pero este movimiento es hoy ya insuficiente desde la comunicación. Necesita un segundo escape.

[ii] Hugo Herrera. Octubre en Chile (2019). Version Kindle, 348.

[iii] Hugo Herrera. “La patria en el ocaso”, 10 de abril, capital: https://www.capital.cl/la-patria-en-el-ocaso/

[iv] Ver mi “Theologies of the coronavirus: a Catholic-Protestant showdown?”, April 2020: https://www.tillfallighet.org/tillfallighetsskrivande/theologies-of-the-coronavirus-a-catholic-protestant-showdownnbsp

[v] Sobre la crisis de la distancia y la pérdida de suelo en el tránsito hacia la modernidad, ver Felipe Martínez Marzoa, “Hacia la referencia a Grecia”, en Heidegger y su tiempo (1999).

[vi] Max Kommerell. Der Dichter als Führer in der deutschen Klassik (1982).

[vii] Ernst Kantorowicz. “The sovereignty of the artist: a note on legal maxims and Renaissance theories of art”, in Essays in honor of Erwin Panofsky (1961), Meiss ed., 267-279.

[viii] José Luis Villacañas. Narcisismo y objetividad: un ensayo sobre Hölderlin (Verbum, 1997), 194.

[ix] Verónica Jaffé. Friedrich Hölderlin: Cantos Hespéricos (La Laguna de Campona, 2016), 184-185.

[x] Andrea Zanzotto. “Con Hölderlin, una leggenda”, en Friedrich Hölderlin: Tutte le liriche (Mondadori, 2001), X-XXIV.

[xi] Richard Capobianco. “Heidegger on Hölderlin on “Nature’s Gleaming”, Existentia, Vol.XXII, 2012, 15-23.

[xii] Friedrich Hölderlin. “Si desde lejos…”, en Poesía completa (Ediciones 29, 1977), 447.

[xiii] Friedrich Hölderlin. “El paseo”, en Poesía completa (Ediciones 29, 1977), 451.

[xiv] Ver, Heinrich Wiegand Petzet, Encounter and dialogues with Martin Heidegger, 1929-1976 (University of Chicago Press, 1993), 127.

[xv] Martin Heidegger. “Seminar in Zähringen 1973”, en Four Seminars (Indiana University Press, 2003), 64-85.

[xvi] Martin Heidegger, “On the Question Concerning the Determination of the Matter for Thinking”, Epoché, Vol.14, Issue 2., Spring 2010, 213-223.

[xvii] Verónica Jaffé. Friedrich Hölderlin: Cantos Hespéricos (La Laguna de Campona, 2016), 169.

[xviii] Friedrich Hölderlin. Correspondencia completa (Hiperión, 1990), ed. Helena Cortes Gabaudan & Arturo Leyte, 561.

[xix] Friedrich Hölderlin. “Notes on the Antigone”, en Essays and Letters (Penguin Classics, 2009), 325-332.

[xx] Eulàlia Blay. Píndaro desde Hölderlin (La Oficina, 2018), 184.

[xxi] Friedrich Hölderlin. “El paseo”, en Poesía completa (Ediciones 29, 1977), 451.

[xxii] Esta es una tesis que comparto con mi amigo Ángel Octavio Álvarez Solís con quien he venido intercambiando sobre este tema.

 

*imagen: “Hölderlintrum Tabingen”, postal de 1977.

Notes on Gramsci’s Pre-Prison Writings, 1-100

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Of biological organisms, bourgeois citizens, and ethical comrades

I found a lot to be scared about in these first 100 pages—as I’m sure others will have. The insistence on the organic character of social life, the biological metaphors about the communal body, the aggregating molecules escaping bourgeois society to form higher-level compounds, and so on and so forth, these are all metaphors worth thinking about, especially in these years, especially after identity politics has become a norm, and especially after the symmetrical backlash that politics has generated—the politics we, or rather people with a stronger stomach than mine, endure every day at 6:00 pm. We may discuss these scary metaphors, but I am not sure we would find a lot to say—I am not sure *I*, at least would find much to say beyond marveling at I once deemed necessary to fight them, at how I thought urgent to reject the hold they seemed to exert.

Of cocaine, moral fiber, and redemption

I find Gramsci’s reflection on cocaine more interesting—perhaps, because they may offer an alternative path through the organicist bric-à-brac that avoids falling off the cliffs of nostalgic reminiscences marking little more than age. There are two passages I have in mind, both from p. 71. Gramsci is commenting about the drug users in Turin and Bologna who will walk free since cocaine consumption is not a crime. They’ll walk away as they should, innocent as they are of actions that are the necessary consequence of bourgeois society, he claims:

“It is quite natural that this kind of putrid scum will be produced: people without ends, without morals, without history. […] Pure animality, the pleasures of the senses, the mechanical action of nerve and muscle. […] I am amazed that so *few* slip down the slope of destructive pleasures.”

The explicit dualism underwriting this statement is remarkable in itself, even though it is not completely clear at which level it is pitched. Ontological, à la Kojève? Or is it purely axiological, à la Kant? But perhaps even more interesting is that last phrase, “destructive pleasures.” (I wish I could find the Italian, btw, but this piece is not included in the publicly available selection of his writings). It is easy to let your eyes skim over a trite clause used and abused when talking of drugs. But let us think about it for a second. Are the pleasures destructive because it is cocaine that triggers them, or are they destructive because they are pleasant? It seems pretty obvious to me that the latter interpretation is much better, otherwise the previous line about pure animality would make no sense. And what is the remedy to these dangerous pleasures whose looming destruction should have felled many more than it did?

“Work is the only thing that confers moral impulses: it is the crucible in which the spiritual essences that can give a meaning to our lives are volatized” [1]

Really, Antonio? I would be tempted to gloss. Really, in 1918, right at the end of the most destructive war in the history of Europe, right in the middle of famine, poverty, and overall sorrow you are extolling redemption through work? Would not have been more courageous, more daring, more in tune with the spirit of the times whose necessary path we are claiming to follow to praise pleasure against work? Shouldn’t the revolution abolish work—and not just meaningless work, but work altogether, as even Marx claimed? (Not always and not very consistently, to tell the truth, but he still claimed it). Should not that be the promise, the great ideal that wold override the petty details of the misguided utopian thinkers?

What if the road across the swamp of the organic society would only go through pleasure—the pleasure of the senses and the mechanical action of nerves and muscle,” as it were? What if it is cocaine that may redeem us from work?

That is a question I think we will want to discuss, or at least keep in mind throughout this Gramscian journey we just started.

[1] The translation here makes little sense and the crucible metaphor, as written, goes obviously against Gramsci’s meaning. I think he must have written something like “l’essenza spirituale si cristallizza” o “si distilla.” It certainly does not evaporate…

On Taming and Domestication: Notes on Gramsci pre-prison writings pp.3-100 (By Maddalena Cerrato)

IMG_0466Just a few notes around three main interconnected points:

  • THE HISTORICAL CONJUNCTURE: WWI and Russian Revolution (1914-1919).

These pages are unquestionably marked by the particular historical conjecture to which they belong. Each article presents itself as a piece responding to a particular occasion, and pays its special tribute to its kairos. Yet, each time it seems as though Gramsci’s most urgent concern is taming the historical juncture in order to bring it back (in the form of exception) within the necessary movement of the supreme reason governing History. What called my attention is the fact the both the two main events that constitute the overarching kairos for many of (if not all) the interventions, that is, WWI and The Russian Revolution, appear in these pages mostly as (related )exceptions to that historical rationality of which the Italian proletariat should become aware in order to be able to accomplish its destiny of establishing a new order.

War is the origin of the chaos as is disrupts the “long process of intense critical activity, of new cultural insight and the spread of ideas”(10) that should proceed every revolution. War is what disrupts “the normal course of events,” i.e. “when events are repeated with a certain rhythm. When history is developing through a series of moments, each more complex than the last and richer in meaning and value, but nonetheless similar”(41). “War has modified the conditions of the normal environment for historical action, giving an importance to men’s collective will which it would not have under normal conditions” (45). Under these new conditions that the war brought about – which changed the face of the system of production-, the Russian Revolution is a necessary and welcomed historical anomaly. The Russian Revolution is a revolution against Karl Marx’s Capital (39), but “the revolutionaries will themselves create the conditions needed to realize their ideal fully and completely… in far less time than it would have taken a capitalist system” (42).

  • COLLECTIVE WILL  -> IDEA and CULTURE -PROPAGANDA-EDUCATION-DISCIPLINE:

Gramsci’s uneasiness with the anomaly of the war (so in a sense also with the Russian Revolution) seems to have to do with Gramsci’s “cultural” and educational concerns that frame his account for the collective revolutionary will. If on the one hand, the occurrences that exceed the normal course of events give an importance to men’s collective will which it would not have under normal conditions, need to be understood as exception to the order of things – which means that they also confirm the historical necessity and rationality of the normal course of events. On the other hand, in the normal course of events, men’s collective will needs to be raised and domesticated into a consensus to serve such an historical necessity.  Here, it’s where Gramsci’s particular understanding culture emerges as inherently entangled with discipline, propaganda, organization, and voluntary submission.

“Culture is quite different. It is the organization, the disciplining of one’s inner self; the mastery of one’s personality; the attainment of a higher awareness, through which we can come to understand our value and place within history,  our proper function in life, our rights and duties.”(9)

Culture so understood makes sure that the universal idea (Socialism) becomes the programmatic ideal around which a new social organism can unite and emerge as a well-developed self-aware historical subject. The socialist ideal (concrete universal) is the unifying factor that enables the establishment of those affective ties that constitute the collective will of the nation and enables it to become a fully developed historical subject acting through the consciousness of its universal aim. The creation and transformation of the multiplicity of individuals into a social organism that will be the agent of the new order implies “a long term task of educating and mentally priming its members” (37) to “guarantee the kind of immediate, effective, deep-rooted consensus which provide a solid foundations for action”(37). Only through this process of grass-root education:

“Man is coming to know himself, to know how much his individual will can be worth and how powerful it can become, if by bowing to necessity, by disciplining himself to obey necessity, it can come to dominate necessity itself, by identifying necessity with its own ends. Who is it who really know himself? Not man in. general, but the man the submits to the yoke of necessity.” (56)

“Will in a Marxist sense, means consciousness of ends”(57).

  • ORDER -> NATION-CLASS-STATE-PARTY SUTURE:

Finally, in these pages, Gramsci comes across as having settled the problematic National Question that dominated the Marxist debate at the beginning of the century.  The Historical dialectical necessity aims to the establishment of a higher order, that is the concrete universal of socialism. And such an order emerges as depending on the suture Nation-Class-State enacted through the party which is “a State in potential, which is gradually maturing.” The party “depends on the international only for its ultimate aim, and for the essential nature of its struggle, as struggle between classes” (4), but its immediate task is rather national. The party’s specific function and responsibility is to lead the nation to the its self-awareness… so to bring the “millions of individuals scattered throughout Italian territory, each leading his own life, each rooted in his own soil, knowing nothing of Italy…”(28) to form a social and political unity.

The constitution of the nation as collective will around the idea and the program of socialism is the task and the fulfillment of the party universal potential to become the State organizing the superior order that overcomes the chaos of capitalism and bourgeois competition.

Preliminary Reflections on Antonio Gramsci’s Pre-Prison Writings (p. 0-100) – Michael Portal

Preliminary Reflections on Antonio Gramsci’s Pre-Prison Writings (p. 0-100) – Michael Portal

Here are my preliminary thoughts and notes on the first 100 pages of Antonio Gramsci’s Pre-Prison Writings. My ignorance (in general, and of Gramsci in particular) means that I have, at the moment, little to contribute to our discussions. Still, I found the reading interesting and exciting – and I eagerly look forward to reading the reflections of others and learning from everyone in the coming days and months.

In my reading, I was struck by how Gramsci addressed the historical. Humanity, Gramsci suggests, is nothing but its history: “Man is primarily a creature of spirit – that is, a creation of history, rather than nature” (10). Elsewhere: “But society, like man himself, always remains an irreducible historical and ideal entity, which develops by continually contradicting itself and surpassing itself” (48). History exists to illuminate the world (we learn who we are as historical beings through our projects within history), but history does not predetermine our world: it is “a past which illuminates and does not overshadow us” (14).

Potentially in tension with this line, however, is Gramsci’s observation that we are intimately involved in crafting history (“History is a product of humanity”) and that history “is not a question of evolution, but of substitution of one thing for another: something which can only be done by a self-conscious and disciplined use of force” (78). For this, the Russian Revolution is exemplary: Russia is “where history is” because, in part, “the Russian Revolution had paid its dues to History” (95).

In the Italian context, as Gramsci hopes to demonstrate, history (or History?) means something particular. “Italian history,” he writes, is clearly distinct from “the history written in the history books” (30). Instead, “the greater, the richer history” remains unwritten and is present as a special “bond of solidarity” between the Italian people. Are these bonds contingent or eternal? Are they a “concrete universal”? (25)

What is interesting (or important) about these thoughts on history is how they allow us to rethink utopias and utopianism. For Gramsci, utopias are not ‘unreal’ in the traditional sense. Instead, they lack a history (they have “no foundation”) because they are founded “on an infinity of details, rather than a single moral principle” (20). History “in the true sense of the word” evades writing, of being restricted to some endless list of details (55). Merely recording information, producing encyclopedias, is not sufficient: “one will not be writing history” (56). Instead, we can (and must?) think of history as an event “entirely composed of practical activity (economic and moral).”

The turn towards practical activity might shed light on the supposed tension I isolated above – between our being both the products and producers of history. Practical activity, living daily life, sits bizarrely in historical writing. It does not contain high drama; it won’t sell books. But it is all that we have and are. Political mobility should, accordingly, be based on this (and our) reality.

Notas de seminario sobre el pensamiento de Emanuele Coccia (V). por Gerardo Muñoz

Seguimos con la cosmología de Coccia (entradas anteriores aquí: I, II, III, IV). Rodrigo lee un fragmento donde el filósofo dice que “lo más profundo son los astros”. Esta excentricidad complejiza el problema del sol. En efecto, ya no podemos hablar de “heliocentrismo”, sino de otro tipo de irradiación. Lo importante es que la mirada hacia los astros hace que el estar en la tierra sea siempre ex terram. Aquí hay una clara distancia con respeto al horizonte schmittiano. Le recuerdo al curso que el primer texto de Carl Schmitt fue un ensayo sobre la Aurora boreal de Theodor Däubler, el poeta expresionista católico tan caro para el arcano del jurista. Allí Schmitt le dará divisa poética al nomos de la tierra, tal y como luego haría con Konrad Weiß con el sentido escatológico de la historia. Hablar de un sentido telúrico, por lo tanto, se vincula a una reducción del sentido de mundo a la matriz del territorio. Aquí podemos tener una interesante discusión con el pensador político Hugo Herrera, quien ha desarrollado una interpretación sobre la crisis chilena como problema del territorio y del paisaje. La mirada excéntrica de la planta se ubica en a la atopia entre tierra y cielo.

Gonzalo Díaz Letelier hace una vinculación importante entre heliotropismo ex terram y la concepción de un universo sin centro. Aquí es reaparece Blanqui con La eternidad a través de los astros (1872). Para Blanqui la luz de los cuerpos cósmicos (estrellas, cometas, lunas, planetas) es una luz manchada. Por ejemplo, dice Blanqui: “…contemplar el teatro de sus grandes revoluciones, bajo el aspecto de una luz pálida, mezclada con puntos más luminosos. La luz es solo una mancha, por eso esta mancha es un pueblo de globos que resucitan…la materia no llegaría a disminuir ni a crecer ni en un átomo. Las estrellas solo son antorchas efímeras. Entonces, una vez apagadas, sino se vuelve a alumbrar, la noche y la muerte, en un tiempo dado, se hacen cargo del universo” (28-29). Si alguna vez se ha hablado dos herencias agambeneanas – una de derechas y otra de izquierdas – podemos decir que el blanquismo cosmológico es su zona de indeterminación.

Pero Blanqui afirma abiertamente el problema de la muerte astral. El universo está siempre lleno de “antorchas efímeras” porque para los astros “la noche es larga en la tumba” (28). En realidad, Coccia habla muy poco o casi nada de la muerte. Esto va al centro de su apuesta panteísta. Si todo es “vida”, entonces olvidamos la sombra que acecha como “afuera de la vida en la vida”, tal y como sugiere el pensador Mårten Björk. Si todo es “vida” entonces la maquinación biopolítica es fuerza absoluta de esa energía. Desde luego, el “todo es vida” de Coccia no es un vitalismo integrado a la comunidad humana. Por eso Coccia se distancia de la tradición de pensadores de la inmanencia como Gilles Deleuze o Michel Henry. Y, sin embargo, lo que sí podemos decir es que no hay cabida para una teogonía trágica en el mundo sensible de los medios. Como remarcó Gonzalo: no hay una retirada a lo Empédocles.

Como sabia Hölderlin, Empédocles era el representante de lo sacrificial de la irreductibilidad aórgica; mientras que para Coccia es trazado no es nunca trágico, sino más bien próximo al paradigma espinosista de la felicidad. El problema sigue siendo si, esa felicidad, después de la génesis moderna, mantiene o no un trazo de sombra negra que es ser-para-la-muerte. Incluso, con Blanqui podemos decir que la muerte no es un “acontecimiento” terrenal, sino también cósmico. Pensemos en el momento actual de nuestra civilización: ¿no es la muerte lo que se busca escamotear bajos diversos dispositivos de encantamiento? El encantamiento del afuera es el lujo. Pero ese lujo puede ser cegador si no encuentra una zona de sombras.

Aquí hay que ir muy lentamente. El encantamiento ex terram no puede ser “absoluto”, sino refractario. Pero en lo refractario afirmo “mis condiciones de verdad”, y es desde ahí que se produce un encuentro con las cosas del mundo. Hay que ver con mil ojos, decía Stevens. Pero solo para no ver mil cosas. Pero tengo para mi que lo importante se trata de establecer un corte entre el paisaje y mi experiencia. Incluso una deriva con lo no-vivido de la experiencia que es la muerte. Y no cualquier muerte: un pajarito muere, muere una flor y una planta, pero en el momento en que la muerte se singulariza como algo irreductible, entonces ya podemos hablar de un archê del entierro como trazo invertido del ser. De la misma manera que amamos aquellas cosas que hemos atravesado, no podemos decir que amamos a todo lo que muere. El amor depende del fantasma y no de la energía solar.

José Miguel Burgos Mazas abrió un punto de inflexión importante cuando dijo que justo aquí reaparece la teología. ¡Finalmente me concede algo! Claro, cierto tipo de teología – no la teología oficial de la Iglesia y de los curas y los sacerdotes – vinculada al afuera de la metafísica del sacrificio y del pastoreo de la persona. Hölderlin le llamó a esto la posibilidad de una “Iglesia invisible”, que era ya extra ecclasiam. El paso de Empédocles a los himnos pindáricos indica esta salida a lo abierto del paisaje como teología transfigurada y transfigurante. O sea, ya no hay dependencia de la “genealidad” del poeta como líder. En este sentido, el paso de la edad de los poetas a la poesis del mundo sigue siendo una transición inter-epocal importante. La poesis nos abre a naturaleza de la caducidad de las cosas.

Es cierto que, como sugirió Rodrigo Karmy, el problema de la biopolítica moderna es que instala el paradigma sacrificial del régimen de vida al punto de dejar fuera a la muerte como ‘accidente’. Que una época como la nuestra la muerte sean estadísticas o acumulación de cuerpos en un frigorífico da la medida de que la biopolítica, incluso en su mejor versión “positiva”, es siempre tanatopolítica. Una biopolítica de la muerte que es, en cada caso, expropiación de la muerte y nunca celebración. Como sabía el teólogo Iván Illich, esta distancia entre vida y muerte es lo que se viene abajo con la administración de mysterium iniquitatis de la Iglesia como control impositivo sobre las almas y la caridad. Rodrigo dice: la ausencia de “almas personales” es lo que el tomismo nunca le perdonará al averroísmo. La muerte se organiza como una oikonomia orientada a preservar una comunidad de salvación encarnada.

Quedaría pensar, con y más allá de Coccia, lo que en otro lugar el mismo Rodrigo ha llamado una apertura de “excarnación”, que para mi ya no sería “política”, sino del otro lado de la política, más allá de la vida y de la economía: la existencia en el mundo. Este pudiera ser un buen momento para un “paso atrás” y reconsiderar, contra toda reducción biopolítica, el bios orphikos, que antecede a la polis. El bios orphikos: el viaje como encuentro entre los vivos y los muertos; la posibilidad de una teología transfigurada desde el afuera de la civilización. Un afuera al que ya no hay que imaginar como un submundo, sino que está entre nosotros, en un zaguán o en una fiesta, o como en la bruma de Santa Mónica, en el umbral entre el paisaje y la piel.

 

 

*Imagen: Paisaje en Route 1, California, abril de 2018. Fotografía de mi colección personal. 

An epoch unmoved. by Gerardo Muñoz

We live in an epoch of odd reversals: that is, we live in an epoch of war, but there have not been as many pacifists as other times in history; we live in an epoch of “excellence”, but there has not been so much reproduction of the same; we live in an epoch of unbound expressionism and commotion, but only with the caveat that all the lines of sensation are contained within the prism of “my security”. Finally, we live in an epoch of “movements” (from the Tea Party to the Yellow Vests), however, everyone is more or less unmoved. The extensiveness of the movement of all things guards an originary “unmoved mover”.

In a 1953 essay “Il tempo della malafede”, Nicola Chiaromonte diagnosed our epoch not as one of disbelief, but rather as one of bad faith. According Chiaromonte: “Nihilism permeated not only intellectual groups but all of European society. This means that men began to feel that no believe was strong enough to withstand the pressure of faits accomplis. It is a very small step from this mood of doubt and distress to the grim conclusion that believes do not matter at all, and that in politics as in art, in art as in personal behavior, the only thing that counts is the will to act. With or without conviction he who acts is right. This is step point at which bad faith beings to set in and a preestablished ideology takes the place a freely formed conviction. The ersatz replaces the genuine.”

The destruction of the genuine or the conditions of the pursuit of our “truths” is what maximizes the regime of compensatory actions. And this is where we are today in the world. Back in the heyday of the Cold War, Chiaromonte had a solution to find an “exit route”. He writes at the end of his essay where he outlines the ingredients that we might consider: “A return to reality after mind and soul have been beclouded can only take place through disillusion and despair. Yet this suffering will remain sterile and the recovery of reason impossible unless a true conversion takes place. Conversion to what? First of all, to the immediacy of nature and experience, to contact with things one by one, and their primal disorder…”

The question for us (and for the species) is whether such a conversion can take place given the “unmoved” tone of the epoch. It seems obvious that this conversion can no longer happen at the level of language, ideas, rhetoric, justification, narratives, and even less political fides. The conversion is, each and every time, an opening of experience in which the things (not all Things, and most definitely not “every-thing”) attunes itself in a different way. Of course, most of the reactive and aggressive outbursts today are ways to block this process of “immediacy” in favor of the “security” of the unmoved position.

This is why the meeting of Wendy Rhoades and Rebecca Cantu in a recreational construction site is so moving (Billions, Season 4, episode 12). But it is moving not because it elicits some sort of aesthetic impulse on the viewers, but because of what Rebecca says to Wendy: “It is not a metaphor…it is going to feel absurd for a minute. I need you to fight that off and own the fact that you’re moving the earth”.

This is the sort of ecstatic movement that is needed today against the unmoved avowals of bad faith. Only this movement can open the “genuine”.

 

 

*Image: Wendy Rhoades and Rebecca Cantu at the construction site in upstate New York.  Billions, Season 4, episode 12, 2019.

A New Priest: Notes on Gramsci’s Pre-Prison Writings. by Gerardo Muñoz

While reading the articles of the young Antonio Gramsci (penned from 1914 to 1920) it becomes evident that he was a keen observer of the historical and geopolitical reality of his time. Gramsci was a realist thinker but of a strange kind. The emphasis on “faith”, for instance, runs through the articles conforming a providential design of history. There are many “entities” that incarnate this providentialism: the Party, the transitional state, the proletarian culture, the organizational discipline, and the productionism of the working class. In fact, all of these subjects are vicarious and obedient to historical developmentalism. In a way, Gramsci appears as a “new Priest” (humanist, Hegelian, and providential) rather than a “new Prince” (Machiavellian, contigent, desicionist), which has become the gentle image through which he is remembered today. The 1914-1920 newspaper articles are filled with theological deposits, but I will limit these notes to three subdivisions, which do not exhaust other possible combinations.

  • The Party. The conception of the “Party” is understood by Gramsci in the same way that official authorities of the Church understood the providential mission; that is, as “the structure and platform” for salvation. But it is also a subjunctivizing apparatus that demands submission and supreme cohesion under a party-culture. For instance, in “Socialism and Culture” (1916) he writes: “Culture is something quite different. It is the organization, the discipling of one’s inner self; the mastery of one’s personality, the attainment of a higher awareness, through which come to understand our value and plea within history, our proper function in life, our rights and duties” (9-10). So, for Gramsci, it is through the energic investment with the Party that one “becomes master of oneself, assert one’s own identity, to enter from choke and become an agent of order, but of one’s own order, one’s own disciplined dedication to an ideal” (11). In the same way that official Church administered the “soul” through a regulatory exercise of “sin”; Gramsci’s conception of the Party is limited to an administration of “revolutionary energy” vis-à-vis discipline and sacrifice in the name of an objective ideal of “philosophy of history”.

 

  • Faith. The notion of faith in Gramsci is intimately intertwined with History. To have faith is to “transcend” the otherwise empty void of History. In this well-known theological conception, faith is the force to have true “objects of History”. The object here means two things: both the intention and “end” to carry forth the revolutionary process. But faith here is nothing like the “knight of faith” who stands beyond the ethical and universalist positions. On the contrary, faith is always a communal faith of believers, whose are the resilient militants of the communist idea. As Gramsci says clearly in “The Conquest of the State” (1919): “And it must be ensured that the men who are active in them are communist, aware of the revolutionary mission that their institution must fulfill. Otherwise all our enthusiasm and faith of the working classes will not be enough to prevent the revolution from degenerating wretchedly…” (114). Or as confirmed in “History” (1916): “Our religion becomes, once again, history. Our father becomes; one again, man’s will and his capacity for action” (14). We see the double movement produced by the apparatus of “faith”: it unifies under a command (the Party), but it also instantiates an objectification to cover the void of History. Indeed, “life without an end’ is a ‘life not worth living”, says Gramsci. This particular instrumentalization of faith legitimizes the struggle against the bourgeois cosmos.

 

  • Order. Throughout these articles the defense of order is quite explicit. It is in this point where Gramsci comes closer to upholding a political theology that transposes the principles of liberalism unto “socialism”. He writes in “Three Principles and Three Kinds of Political order” (1917): “And the socialist program is a concrete universal; it can be realized by the will. It is a principle of order, of socialist order” (25). There is never a substantive idea of “order”, in the same way that there is no clear “transformation” of the state once the state has been occupied and functional to “administrating”, “managerial”, “productive systematization”, “vertical planning’, and “coordinating functions” (“The Conquest of the State”, 113). Gramsci goes as far as to say that “the proletarian state is a process of development…a process of organization and propaganda” (114). And although he claims that it is not, the occupation of the state is a pure “thaumaturgic” act pushed by the community of believers. Isn’t someone like Álvaro García Linera today a faithful follower of this strategy?

So, in this early Gramsci I find a priest rather than a modern prince. A priest driven by a substantive and coordinated theological effort to establish a voluntarist and teleological dogma for historical change, which really does not differ much from the principles of modern Liberalism and its potestas indirecta. It is interesting that in the last issue (1977) of the mythical Italian journal L’erba Voglio, there is a small satirical portrait of Gramsci dressed as a bishop with pen in hand, which speaks to the theological garments of Gramscianism well into our days. But the problem is not theology; it is rather that it is a theology of submission organized around order, reproduction, and history as idols in the name of consented domination.

Finally, I could very well imagine that some could rebuttal these theological imprints by claiming that this is only early Gramsci, and that things change later on. I am not too sure about this. It seems that this heuristic claim is analogous to Kafka’s “Leopards in the Temple” parable. In other words, isolating an “early” from a “late” Gramsci becomes a general ceremony to save the philosopher in spite of himself. But this is a self-defeating maneuvering from the very start.

 

 

*Image source: from the magazine L’erba Voglio, N.30, 1977.

Rough Notes on Antonio Gramsci’s Pre-Prison Writings. by Gareth Williams

  1. What Gramsci is, or appears to be:
  2. “Gramscianism” (here between October 1914 and June 1919) is an orthodox humanist Hegelianism.

Gramsci’s geopolitical world comprises Turin, Italy (as object of political commentary and an under-developed ethical state-form), Germany (as ethical state-form), England (as ethical state-form), France (as ethical state-form), and Russia (as revolutionary process and challenge to the previous ethical state-forms).

  1. The overall dispositive of writing in these pages is comprised of three essential historical determinations:
  • World War I:  shifts in the extension, dimension, and form of the capitalist mode of production.
  • The Russian Revolution, as apparently the least suitable (“Anti-Capital”) of environments for revolution. And yet . . .
  • The understanding of “socialist history” in relation to organization, consciousness, and the regional/national conditions of the capitalist mode of production, the coming revolution etc.
  1. The last of these three (c) is perhaps the most important for reading pre-prison Gramsci, since it leads to the question of how, and whether, Gramsci comprehends historicity in general, and the historicity of capitalism in particular. At this point there are a number of questions and problems herein, which Gramsci himself extends, naturalizes, and does not resolve.
  2. Why? Because he is a card-carrying orthodox Hegelian who puts the cart of Absolute Spirit (that is, his conclusions; the coming into being of the revolutionary dialectic of consciousness) before the horse (of historicity, or of analytic method etc). He does this in the name of objective commentary, knowledge, and therefore science. Socialist history remains internal to the dialectical relation between knowledge and Spirit; it is this enclosure and presupposition that establishes the “actuality” of the ground of his thinking, and also the idea that socialism, or communism, raise political thinking to the level of science. Absolute Spirit is the presupposition and structuring principle of Gramsci’s understanding of the entirety of Enlightenment history and of the coming politics. But does this not mean that Gramsci’s understanding of history is in fact groundless, or at the very least, myopic? Gramsci, like Hegel before him, and, indeed, like Marx to an extent, had already decided in what direction history was flowing and why.  “Spirit” is the moving forward of the new shape of the new era.  It is this glaring contradiction alone—between the claim to method and having decided on a prior conclusion regarding finality, or Absolute Spirit—that informs Gramsci’s understanding of a socialist epochality. While the proletariat is the determined negation of the bourgeoisie, the dialectical passage by which the proletariat ceases to be merely a negation of the bourgeoisie and becomes entirely Other is never really elucidated, other than by claiming the absolute reconciliation of the State-society relation at some point in the proletarian overtaking of the State and the full achievement of consciousness; the entirety of humanity coming into its own (humanity achieving its destinal completion). The signifier “Russia” is almost itself a stand-in for this constitutive lack, or absence.  As a result, the proletariat as the determined negation of the bourgeoisie is the positive content of (bourgeois-socialist-communist) progress in the direction of Spirit. The proletariat in the unfolding of its consciousness is the “not that” of the bourgeoisie; it is the bourgeoisie’s inverted positive, which, in Hegelian terms, could only ever be recognized as such from within the bourgeois dialectic of recognition, the dialectic of Lord and Bondsman in which both are recognized by the other, in their self-consciousness.

This is the heart of both Hegel and Gramsci’s essentially topological imagination (topos of recognition, the proximity of the common, friend-enemy relation etc; question: how could planetary revolution be imagined from within such a topological imagination?). One is left wondering, moreover, how a “true” revolution can be created by the dialectic of an inverted positive alone (again, the mere signifier “Russia” might appear to stand in as the resolution for that problem [?]). This might be why “true” revolution appears to be akin to the collapse of all mediation itself, in the name of “reconciliation”, or “Spirit” as the unity of all the different independent self-consciousnesses which, in their unification, enjoy perfect freedom and independence via the I that is we and the we that is every I (however, a world in which both I and Other disappear, it might be said, is no world; the world of absolute spirit can only be no world, because it has no movement). “True revolution” is the vanishing of mediation itself that has come about, somewhat mysteriously, via the (disciplined, disciplinary, moral) desire for absolute mastery. Is this a desire for an objectless world? To be master in the absence of the object—of the Other—? Can such a thing be possible? Obviously not. No language is given to the status of the object within the epoch of the collapse of all mediation, which is also referred to as “perfection”. From with the advent of “true revolution”, how could anything be grasped, dialecticized, actualized? Can there be a world in which the object—the Other—has no status? And yet Gramsci says that this arrival is inevitable, underway, realistic, already in the process of coming into being in consciousness.

  1. What Gramsci is not (or at least, not yet):
  • He is not a thinker of value, of surplus value, of commodity fetishism per se. He is a thinker of exploitation of the masses by the capitalists, and the place/role of these groupings in the overall terrain of national politics. Capital Volume I does not appear to be here in any specific way, though the Manifesto clearly is (perhaps excessively so).
  • He is not a thinker of anything that might be behind, beneath or beyond consciousness. He maintains no critical, or even agnostic, relation to the cogito. The proletariat exists internally to the epochality of the bourgeois cogito, as its negation. By definition, the proletariat does not think for itself (yet). Gramsci is a thinker of the proletarian amelioration of the cogito, but the cogito itself remains untouched. His thinking appears to be profoundly Cartesian (I think, I am).
  • He is not a thinker of language, of the signifier, metaphor, or of metaphor’s limits or decomposition(s)
  • He is not a thinker of the drives. Rather, he is a moralist. A thinker of the law, of mastery.
  • He is not a critic of “police thought”; on the contrary, “emancipation” is a variant manifestation of the police (discipline, order, morality, confession, self-other improvement, single-mindedness, organization of the army of the masses etc)
  • He is not a thinker of the decision
  • He is not a thinker of the relation between capital and the body; of gender; sexual difference (there is no reason to expect him to be so either).
  • He is not a thinker of the economy.
  1. Up to now, is there anything here to be salvaged for 2020, a “Gramsci for our times”?

Reality, or the social, is exactly the same at Gramsci’s point of departure in any given writing as it is at the point at which his thinking lands again at the end of any given writing. The real itself remains unquestioned. Perception remains unquestioned (faith in the cogito). In this sense, he is a 19th century realist thinker of the political, or, rather, he would be, if it were not for his faith in the Hegelian dialectic of Spirit. He is an astute commentator of the political conditions of his place and time.  But I cannot yet see anything for our times, since, as said at the beginning of these notes, Gramsci is an orthodox humanist Hegelian, a thinker of humanity’s movement in the historical direction of Absolute Spirit.  What we now comprehend as the modern historicity of capitalism itself circumvents Gramsci’s understanding; his secular faith in modern history—in temporality itself—as the bourgeois-socialist-communist teleology of human progress and development is unconvincing, though it remains the structural principle of his reading, and understanding, of both history and capital before, during, and in the wake of World War I and the Russian Revolution.

La fábula de la experiencia: sobre Eduqué a mi hija para una invasión zombie (2019), de Diego Valeriano. por Gerardo Muñoz

Desde hace mucho tiempo que nos sentimos cercanos a la escritura de Diego Valeriano. Cuando decimos escritura buscamos el énfasis: Valeriano no escribe libros o ensayos, poéticas o conceptos, ficciones o relatos en búsqueda de simpatías. Esta escritura es siempre la intensidad de un recorrido ante lo irreductible del mundo. Este mundo es el desdoblamiento de las vidas en el conurbano, pero a la distancia es también el lazzo de otras posibilidades. En realidad, es una invitación para que sus amigos persigan sus verdades. Valeriano no le escribe a un público lector, sino al reino de lo que llamamos “amistad”. En su Eduqué a mi hija para una invasión zombie (rededitorial, 2019) se persigue este vector: la desficcionalización deviene una fábula contra el apocalipsis [1]. Dice Valeriano: “En este apocalipsis no hay proyectos, sino momentos; no hay expectativas sino cuidados y segundeos; no hay jerarquía, salvo la que genera los cuerpos bien plantados” (3). Fabular es entrar en relación con la ingobernabilidad de lo que amamos: una fiesta, un paisaje, unos libros, una conversación, una hija. ¿Cómo fabular con una hija en tiempos de guerra? Una guerra sui generis, pues no somos nosotros los partícipes, sino más bien quienes hemos sido arrojados. “Ser piba hoy es estar en guerra, es cruzar territorio enemigo…” (4). Dice Valeriano. Y así, la escritura va tomando espesor, la fábula va abriéndose sobre la cartografía de lo real.

Aclaremos esto. La fábula es un problema de visibilidad. Esto es, desde la “fábula” podemos ver mejor las cosas. No todas “las cosas” que se mezclan en la abstracción de “todo con todo” del monismo, y que hoy coincide con la estructuración de la cibernética del mundo. La fábula, como sabía un romántico hereje como Lessing, es lo que le da sentido a los posibles [2]. Mientras la realidad no admite sombras, la fábula desrealiza su superficie en condicionales e incondiciales. Un incondicional: amar a una hija. Un condicional: saber que el amor no es el exclusivo que orienta mis percepciones del mundo. ¿Cuál es la inserción de esta guerra del mundo, pudiera preguntarse el lector? En realidad, no se trata de los oropeles de los viejos campos de batalla y sus muertos como en La Guerra y la Paz, sino de la especialización misma de la metrópoli y sus topoi: shopping mall, escuela, fiesta, calle, bondi, parque, tránsito. La metrópoli fomenta la guerra en nombre de una “guerra ortiba” (7); esto es, excluye el acontecimiento de una experiencia de vida. Pero para Valeriano la estrategia que no es la irse al campo, o hacer una comuna en los matorrales, o hacer compañía en el desierto; toda una serie de estrategias que sospechosamente comparten un olor de lo mismo: una nueva fundación de la polis. Al contrario, se trata de liberar el encuentro del afuera estando dentro. Incluso en lo más inaparente: “Esto es un campo de batalla construido a partir de la necesidad de revelarse. Pero un campo de batalla sutil, casi imperceptible. Deserción, huida, quedarse en la plaza gederla. Chamuyar es una disponibilidad inquieta que mata hasta perder la forma humana” (9). Se trata de una “decodificación” de toda la previsibilidad que produce la metrópoli como mirada oblicua en la noche. Esto puede forjar, nos dice Valeriano: “una acción política destituyente, resistente y arbitraria con solo viajar” (12).

Obviamente, política aquí ya no significa organización de las cosas, orientación, movimiento, liderazgos, y todas las cáscaras metafísicas que supuso la vieja política leninista de los fines. La estrategia de la deserción es también la huida de uno mismo hacia los posibles del mundo. En otras palabras, destituir las formas depredatorias con las que lidiamos con el mundo y sus cosas: “vagar siempre fue nuestro mejor encuentro” (22). Pero el vago no es quien ha devenido en un estado de planta, sino el posible de estar-ahí en el mundo con lo que amamos. En el caso de Valeriano se trata de las intuiciones y los silencios con su hija mientras que atraviesan todas las incertidumbres del presente para las que no hay formulas ni marcos compensatorios. La fabulación nos mantiene en el umbral donde lo esencial es más que el entramado ficcional de vida y política. Es el lugar del pensamiento: “El gesto de decir no, de atacar esto que les pasa, el rechazo posta de esta realidad cree un pensamiento. El no es posibilidad de pensamiento de pensar la propia vida” (26).

El no establece un “corte”. El corte reúne las cosas que me son propias en mi expropiación ante el mundo. Ya nada puede ser igual, pues el corte me dota de una separación que es anterior a la alienación de la especie. El arrojamiento es siempre violencia de una experiencia. ¿No es el acontecimiento de una verdad justo lo que aparece cuando atravesamos ese corte experiencial? ¿Pero quien está hoy dispuesto a tomar este camino? Haríamos mal en hablar de una paideia de Valeriano.

Es mejor hablar de una tonalidad de verdad, y que es acaso esta: “lo real cobra una dimensión única, contundente, fabulante…el apocalipsis como momento en que se pueden imprimir otras realidades al mundo. Como campo genuino de experimentación, fabulación y goce” (40). Pero esa posibilidad de pensamiento es también posibilidad que se abre como lo “impensable” (41). El enigma inasible es como hacerlo sin degradar la génesis de nuestra presencia.

De ahí que libro (la escritura, sus recorridos, su fuerza física) de Valeriano se abra a lo que quizás sea la pregunta central de nuestro tiempo: ¿tiene el eros una chance en tanto que posibilidad de corte? ¿O es ya el eros mismo un corte suspendido que, en el momento de cisura se “metamorfosea” en una dádiva para la autoprotección antropológica? En otras palabras, lo impensable es que puede haber un corte fuera de la vida, que es trazo de la vía órfica, y cuya tropología transfigurada puede más que la compresión del vitalista del “amor” (siempre sospechosa de la ausencia de los nombres). Creo que esta es a la pregunta a la que nos arroja Valeriano. Y solo podemos responder a ella estando solos y mirando un mar azul que es huella de lo invivido en cada existencia (45). En este punto la fábula vuelve a comenzar.

 

 

 

 

 

Notas

  1. Ya en los años setenta el pensador italiano Giorgio Cesarano, también autor de un libro sobre el tenor apocalíptico de la época, decía que la tarea del pensamiento radicaba en la destrucción de las ficciones: “Lo completamente ficcional paga más caro su fuerza, cuando más allá de su pantalla se transparente el brillo de lo real posible. No hay duda de que en la actualidad la dominación de lo ficcional se ha hecho totalitaria. Pero este es justamente su límite dialéctico y “natural”. O bien en la última hoguera desaparece hasta el deseo…la corporeidad en devenir de la Gemeinwesen latente, o bien todo simulacro es disipado: la lucha extrema de la especie se desencadena contra los gestores de la alienación…”, Manuale di sopravvivenza (1974), 81. La traducción del italiano es mía.
  2. G.E. Lessing escribe en “Tratados sobre la fábula” (1825): “La diferencia fundamental entre la fábula y la parábola (o el ejemplo) en general es que la realidad para el segundo se descarga como posibilidad. En la fábula, la realidad solo tiene sentido como una entre muchas posibilidades. Y en cuanto al a realidad, la fábula no admite modificaciones, sino solo funciones condicionales o incondicionales.”

Infrapolítica: ¿un nuevo existencialismo? por Gerardo Muñoz

No hace mucho una vieja amiga me dijo en whatsapp en tono sardónico pero amistoso: “ustedes hablan de existencia…pero yo hace décadas, desde la secundaria, no leo a los viejos existencialistas”. Me sorprendió más que me equiparara con un viejo a que me metiera al saco de presuntos “existencialistas”. Pero en ese comentario se recogía algo importante: si infrapolítica es, en efecto, una apuesta abiertamente existencial, ¿qué es lo trae de nuevo? La pregunta puede ser tan compleja como sencilla, así que voy a asumir un termino medio y aprovechar el ensayo Infrapolítica (Palinodia, 2019) de Alberto Moreiras para despejar algunas cuestiones relativas a la cuestión de la existencia. Intentaré ser breve para abrir el diálogo, así que voy a limitarme a tres puntos distintos, aunque tampoco desconectados entre sí.

1. La infrapolítica es una apuesta existencial por fuera del humanismo y de la técnica. Quizás esta sea la mayor diferencia con los conocidos representantes del “existencialismo francés”. No es muy exagerando decir que aquellos buscaban fundar un “movimiento existencialista”, la infrapolítica no se reconoce en ningún movimiento o escuela. El existencialismo francés buscaba una inscripción en la filosofía; la infrapolítica busca un lugar en la anti-filosofia. El existencialismo clásico apostaba por un “Humanismo” (Sartre); la infrapolítica apuesta por la “inhumanidad” de cada destino. Finalmente, el existencialismo tenía pretensiones claramente políticas (PCF y descolonización mediante…hoy no hay ni PC ni descolonización salvo como retórica vacía y pretensiosa); la infrapolítica no le interesan los partidos, o la universidad, o las comunidades de exportación. La infrapolítica busca una tercera figura entre “La carta al humanismo” y “Sobre la línea”, donde Heidegger impuso límites a las instrumentalizaciones de Jean-Paul Sartre y Ernst Jünger. El primero en su desborde “universalista” y dialéctico; el segundo en su deriva mítica y gnóstica. La infrapolítica busca una salida de la técnica como aparato general de la reproducción general de lo Social. Infrapolítica mora allí donde aparece otra relación con el mundo.

2. Esa relación con el mundo no es un “paso atrás” hacia un resguardo interior. En este sentido no se trata de generar una nueva “ascesis” de la vida, al estilo Hadot o los Padres del desierto. El “afuera” de la infrapolítica es el “recorrido” entre dentro y afuera. En un momento importante de Infrapolítica (2019) Alberto Moreiras vincula la atopía infrapolítica con una “fenomenología de la inapariencia” del último Heidegger del seminario de Zähringer, contra toda reducción antropológica del mundo. En lo inaparente encontramos el problema del paisaje; en particular, del paisaje como apertura a una experiencia transformadora.  Y esa “inapariencia” fenoménica pone en abierto que en infrapolítica no hay ningún secreto, sino lo que en otra parte he llamado el “reino de las apariencias”. Hay una cuestión de visibilidad importante que no es mera “transparencia”.

3. La infrapolítica emerge como desconcierto ante la crisis de las formas modernas de la política (consenso, contrato social, legitimidad, ciudadano, sociedad civil, economía, hegemonía, etc.), y rechaza la liturgia contemporánea del Liberalismo. Esta liturgia se puede caracterizar como la concreción de una potestas indirecta que organiza una  jerarquización arbitraria de valores en perpetuo ritual subjetivista y moralizante. Obviamente que hay resistencia al Liberalismo desde varios lados. Estos tres registros podrían subdividirse en tres “salidas falsas”:

a) “consenso unitario”: contra la jerarquización identitaria, se apela a un consenso en nombre de una “unidad nacional”. Esta es más o menos la posición oficial del New York Times como “órgano intelectual” del tardo-liberalismo.

b) “integración comunitaria”: tanto en la derecha como en la izquierda hay apuestas por encontrar guarida en la comunidad (muchas comunidades). Pero siempre y cuando la estructura tética de la comunidad quede intacta. Aquí comunidad es también otro nombre para el consenso dirigido y administrado, que vive cómodamente bajo el marco general de la liturgia liberal.

c) “universalismo moral”: es la posición neo-hegeliana planetaria de una izquierda que pide principios morales (solidaridad, apoyo mutuo, hermandad), pero que en realidad termina siendo la compensación ética de la civilidad del imperio.

Contra estas tres formas insuficientes de romperle la “mano invisible” al Liberalismo, infrapolítica da un paso atrás, sabiendo que una separación de la política es tal vez la manera de transformar otra zona, no-absoluta y no-imperial, desde la cesura entre existencia y política. En las últimas semanas ha sido publicado, después de dos décadas, La hipótesis cibernética (2001) de Tiqqun. Si la eficacia del poder contemporáneo ya no pasa por una gramática política moderna sino más bien por la administración de los flujos y la producción del valor en lo Social, entonces la política misma es un avatar de la técnica. O, como bien me ha dicho Jacques Camatte en un intercambio reciente: la política es el instrumento primordial del control sobre los hombres. ¿No es ya ahora de poder producir un corte contra eso? Incluso, un paso previo a los cortes de la polis como antesala del reparto del botín. No hay garantías de nada, pero el intento es más verdadero que la parálisis actual.

 

 

*Estas notas fueron usadas en mi intervención en el curso del Prof. Ángel Octavio Álvarez Solís sobre pensamiento político contemporáneo en la Universidad Iberoamericana el 5 de mayo de 2020.