Das Leben ist ohne warum: una nota sobre Reiner Schürmann (Gerardo Muñoz).

Al comienzo de su libro Le principe d’anarchie: Heidegger et la question de l’agir (1982), Schürmann sugiere que lo fundamental en la filosofía (en la historia de la filosofía, así como en la arquitectónica de cada uno de sus pensadores epocales) no se encuentra en las condiciones enunciadas, sino más bien en eso que nunca aparece dicho, pero que a su vez hace posible la validación axiomática [1]. Este es, si se quiere, el punto de partida de Schürmann para desarrollar – quizás no exhaustivamente –la asociación entre “ser”, “acción”, y “arche” en el pensamiento de la destrucción de la metafísica de Heidegger leído en reverso; es decir, desde su última etapa topológica hacia la analítica existencial.

Lo que está en juego en el trabajo de Schürmann no es – conviene decirlo desde ya – instalar a Heidegger en un programa regido por una nueva economía categorial del presente, ni mucho menos vincularlo al fundamento de la crítica ingenua que busca superar el nihilismo en cuanto a su consumación (léase aquí la tecnología en tanto “ge-stell”). Al contrario, el interés de Schürmann es mostrar cómo la condición práctica, irreducible tanto al pensamiento como acción y a la acción como pensamiento, pudiera dar un giro fuera de todo antropocentrismo a partir del pensamiento atento al ser como tiempo en una posibilidad an-árquica que se abre a partir de lo que me gustaría traducir, via Schürmann, como la “economía de economías” , esto es, la “posibilidad” (Moglichkeit) de una economía an-árquica en el fin de la metafísica occidental [2].

En otras palabras, a partir de una doble operación, la acción en Heidegger está desprovista de arche, ya que la propia condición del pensamiento deconstruye el principio [3]. Esta reducción fenomenológica carece de toda concepción teleocrática, aunque su única potencia (irreducible a mando o comienzo) es la libertad como fin de la forma principial de la dominación. La claridad de Schürmann no prohíbe la aparición de una serie de posicionamientos, claramente centrales e importantes para lo que se ha venido pensando como la “deconstrucción infrapolítica” atenta a la co-pertenencia entre vida, ética, y política. Por esta razón, en lugar de recaer en la imposible tarea de glosar El principio de la anarquía, quiero detenerme en un momento desde el cual, quizás, pudiéramos abrir uno de estos posibles caminos aporéticos en el interior de nuestra reflexión.

Hay uno de estos momentos no dichos en Schürmann que marca el texto de comienzo a fin, y que aparece justo en las primera páginas y se vuelve a retomar hacia el final. Me refiero a un breve apunte de pasada en el cual Schürmann pregunta por el estatuto de la ética en Heidegger, cuya esencia hubiese sido decisiva si partimos que la anarquía de la época a-principial (la entrada a “esa noche del mundo”, en palabras de Hölderlin) habría dado el giro a la consumación épocal de la ge-stell tecnológica. Conviene escuchar a Schürmann sobre este momento aporético:

“…the genealogy of principles will show how this lineage itself was born; how, with a certain radical turn, the Socratic turn, the constellations of presencing began to be dominated by principles;’ how, at last, with another no less radical turning which announces itself in the technological reversal, these constellations can cease to be dominated by principles. But this thought of a possible withering away of the principles is only progressively articulated in Heidegger. It has been clear from the start that the question, “When are you going to write an ethics?” posed to him after the publication of his major work, arouse from a misunderstanding. But it is only in Heidegger’s last writings that the issue of action finds its adequate context: the genealogy of a finite line of epocal principles” [4].

La aporía aquí es llevada a un punto máximo de explicitación: si por una parte en Ser y Tiempo se anuncia una destrucción (Abbau) fenomenológica de la historia de la ontología occidental, el pliegue que se deja caer en tanto forma de acción a-principial deriva consecuentemente hacia la pregunta por una ética en la medida en que se subscriba la tarea de Schürmann de llevar adelante una fenomenología de los principios epocales (puesto que el ser se entreteje con el carácter común presencial de la dichtung). Por otra parte si aceptamos (dice Schürmann) la solicitación de una ética en el pensamiento de Heidegger, la demanda pudiera ser entendida como generativa de elementos transformados en normas o reformulados en categorías prescriptivas o descriptivas. Lo cierto es que el Heidegger de Schürmann no avanza más allá de esta aporía central en cuanto a la radicalización de la pregunta por el Ser (ti to on) en la crisis an-árquica epocal [5]. La pregunta por la ética en el fin de la destrucción de la metafísica por lo tanto queda en suspenso.

Curiosamente quizás esta sea la misma aporía que ha llevado a Giorgio Agamben en su más reciente L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014), volumen que redondea el proyecto teórico-político bajo el nombre de Homo Sacer, a confrontar abiertamente la interpretación de la ontología dual (más adelante explicaremos porqué) reconstruida por Schürmann. Escribe Agamben en la penúltima glosa de “Per una teoria della potenza destituente”:

א “Il termine arche significa in greco tanto «origine» che «comando». A questo doppio significato del termine, corrisponde il fatto che, tanto nella nostra tradizione filosofica che in quella religiosa, I’origine, cioche da inizio epone in essere, no e soltanto un esordio, che scompare e cessa di agire in cio a cui ha dato vita, ma e anche cio che ne comanda e governa la crescita, lo sviluppo, la circolazione e la trasmissione – in una parola, la storia. In un libro importante, II principio d’anarchia (1982), Reiner Schürmann ha cercato di decostruire, a partire da un’interpretazione del pensiero di Heidegger, questo dispositivo. Egli distingue costi nell’ultimo Heidegger I’essere come puro venire alia presenza e I’essere come principio delle econome storico-epocali. A differenza di Proudhon e di Bakunin, che non hanno fatto che «spostare l’origine», sostituendo al principio di autorita un principio razionale, Heidegger avrebbe pensato un principio anarchico, in cui l’origine come venire alla presenza si emancipa dalla macchina delle economie epocali e non govema piu il divenire storico. II limite dell’interpretazione di Schiirmann appare con evidenza nello stesso sintagma, volutamente paradossale, che fomisce il titolo al libro: il «principio d’anarchia». Non basta separare origine e comando, principium e princeps: come abbiamo mostrato in II Regno e la Gloria, un Re che regna ma non governa non e che uno dei due poli del dipositivo governamentale e giocare un polo contra l‘altro non e sufficiente ad arrestarne il funzionamento. L’anarchia non puo mai essere in pisizione di principio: essa puo solo liberarsi come un contatto, la dove tanto l‘arche come origine che l‘’arche come comando sono esposti nella loro non-relazione e neutralizzati” [6].

Lo que subyace en está crítica de Agamben – debatible y probablemente injusta, aunque acertada – solo se puede entender a partir de una lectura detenida de su libro Opus Dei. En este libro se deconstruyen las “dos ontologías dominantes de Occidente”: el comando y el deber, el “ser” y el “deber-ser”, la “teoría” y la “práctica”, ancladas anfibológicamente en la esfera del derecho y la filosofía, introducidas en la ética moderna (Kant), así como en la invención del normativismo legal (Kelsen) [7]. No conviene en este momento hacer una lectura detenida de Opus Dei – aunque es fundamental hacerla para la comprensión de Le principe d’anarchie (1982) –en cuanto a la pregunta por la ética luego de la liquidación de las ontologías hegemónicas (principio y comando).

Por ahora, quizás solo debemos decir que para Agamben, la cesura que establece Schürmann entre “comando” y “principio” no es suficiente para establecer una relación an-árquica (en efecto, al citar al Benjamin de la anarquía del poder, Agamben malinterpreta totalmente la distinción crucial en Schürmann entre la “anarquía económica epocal” y la “anarquía del poder” en el pensamiento de Heidegger), sin poder establecer una ontología co-sustancial con el momento destructivo epocal. (Esto Agamben lo resuelve de diversas formas en su obra. Pero digamos que el vórtice de elaboración aparece, a mi modo de ver, en la ‘ontología modal’ así como en el concepto paulino de la katargesis en preparación para la desactivación de toda operatividad) [8].

Me gustaría sugerir, sin embargo, al menos un lugar donde ocurre algo así como una doble interrupción entre ambas lecturas; la de Schürmann sobre Heidegger y la de Agamben sobre Schürmann. La clave estaría ceñida en el concepto de Gelassenheit (serenidad) obviada por Agamben, y apenas tematizada por Schürmann. Es allí donde el momento epocal es afrontado por una facticidad unívoca de la atención ante la ge-stell vía una forma que en su uso de vida ya ha dejado de ser capturada, al decir del propio Schürmann, por los aparatos hegemónicos de la tecnificación [9]. (Debo decir, desde luego, que con esto no quiero sugerir que el principio epocal, explicitado con tanta elocuencia por Schurmann en este libro, quede superado en la obra de Agamben).

Es a partir de la Gelassenheit que la pregunta por la ontología no solo cobra un lugar importante de articulación, sino que además ya no encuentra razón de ser en un normativismo prescriptivo ni un principio en disposición del ser, sino que solo aparece ligado a la vida como facticidad, o bien en palabras de Heidegger vía Ángelus Silesius: “En el oscuro fondo de su ser, el hombre verdaderamente siendo coincide en su forma como es; sin porqué”. (La figura de Silesius es simétrica con la ‘vida sin porqué’ de Eckhart, o ‘el niño que juega’ de Heráclito).

Es importante que Heidegger no diga meramente que el hombre es sin porqué, sino que es sin porqué en la medida en que su ser ya se piensa siendo. ¿Puede ese momento de inflexión inscrito a partir de la Gelassenheit pensarse sobre los bordes de una “infrapolítica del vencimiento”, tal y como le ha llamado Alberto Moreiras en un reciente apunte programático? Por el momento solo podemos responder con las mismas palabras de Moreiras: “si esto es un programa, la letra aun no está escrita”.

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Notas

  1. Reiner Schürmann. Heidegger on Being and Acting: From Principles to Anarchy. Indiana University Press, 1987.
  1. Ibíd. “The theoretical turn away from anthropocentrism is only one condition for the possible thinking (being as time) of a possibility (anarchic economy)”. P. 302
  1. Ibíd. “Heidegger makes action deprived of arche the condition of thought which deconstructs the arche…always appears as the a priori for the ‘thought of being’. P. 7
  1. Ibíd. 11
  1. Ibíd. “It is necessary to exist without why in order to understand presencing as itself without arche, or telos, ‘without why’”. 293
  1. Giorgio Agamben. L’uso dei corpi. Neri Pozza Editore, 2014.
  1. Giorgio Agamben. Opus Dei. Archeologia dell’ufficio. Bollati Boringhieri, 2012.
  1. Reiner Schürmann. Heidegger on Being and Acting. Es crucial esta distinción establecida por Schürmann, para contener la crítica de Agamben (si bien hay que tener en mente que el Agamben de Il Regno e la Gloria, tambien glosando a Schürmann, atiende al “principio económico” para sustraerlo a la oikonomia del poder. Todo esto para decir, quizas, que para Agamben el poder y la oikonomia convergen en la forma goburnamental de la soberanía que expresa la maxima ‘el Rey gobierna pero no manda’): “Economic anarchy is not anarchy of power. What I called the hypothesis of closure makes it impossible to conceive of public affairs according to the model of reference to the one, that is, according to the principial model that founds the delegation of functions and the investment of power in ad hoc representative or titular. Economic anarchy is opposite to the anarchy of power as lawfulness is to lawlessness, as thinking is to the irrational, and as liberty is to oppression”. 290

Ni siquiera un manifiesto. (Alberto Moreiras)

La infrapolítica es, mínimamente, un campo de reflexión abierto a la indagación de condiciones y manifestaciones de experiencia en la época de la consumación de la estructuración ontoteológica de la modernidad.   Entendemos que la experiencia, la de todos y la de cada uno, está cruzada por la política, que la marca y determina y enmarca de forma fundamental e irreducible, pero postulamos que la determinación política no agota la experiencia. La experiencia excede o subcede la política, y puede por lo tanto ser tematizada y estudiada infrapolíticamente. Postulamos también que la política en la época de la consumación de la estructuración ontoteológica del mundo conocido no es un fenómeno naturalizable como dado por supuesto, sino que está él mismo sometido a condiciones históricas de manifestación.   La esencia de la política, podemos decir mimetizando a uno de nuestros pensadores de referencia, no es en sí política. Pero la infrapolítica no busca determinar filosóficamente cuál sea la esencia de la política, ni siquiera en sus dispensaciones contemporáneas. Su interés, hermenéutico, fenomenológico y deconstructivo, se da más bien en el intento de acotar la determinación política a favor de su exceso o suceso.   La infrapolítica es un campo de reflexión que indaga el suceso de la política en nuestro mundo.   En cuanto su-ceso, es decir, exceso que precede, campo experiencial no circunscribible ni agotable por determinación política alguna, la infrapolítica tiene dimensiones críticas—la infrapolítica piensa la política en la medida en que piensa su negación–, pero su ejercicio primario no es crítico (de la política) sino interpretativo.   La infrapolítica vive en una retirada de la política de la que no se nos oculta que incluye una intensa politicidad—pero es la politicidad impolítica que suspende y cuestiona toda politización aparente, y la coloca provisionalmente bajo el signo de su destrucción. Llamamos a la dimensión de politicidad impolítica de la infrapolítica posthegemonía, o democracia posthegemónica. La infrapolítica encuentra en la democracia posthegemónica, y en su praxis, que es la democratización posthegemónica, la interrupción suplementaria de su propia praxis subcedente.

Es claro en lo que antecede que este proyecto se sitúa en una tradición de pensamiento marcada por la obra de Martin Heidegger, a la que busca interpretar o reinterpretar en diálogo con sus continuadores históricos, de Reiner Schûrmann a Catherine Malabou, de Luce Irigaray a Felipe Martìnez Marzoa, de Jacques Derrida a Jean-Luc Nancy, de Giorgio Agamben a Roberto Esposito o Davide Tarizzo, e incluyendo a muchos otros. Pero también que la reflexiòn infrapolítica aspira a constituir un archivo de pensamiento más amplio y no contenible en la estela heideggeriana.   Nos interesa la práctica artítstica, la literatura, la ciencia y la religión en la misma medida en que también en esas prácticas se da reflexión y poetización de la encrucijada historial a la que remite el fin de la estructuración ontoteológica de la modernidad.   Nos interesa también el pisicoanálisis, que en ciertas de sus versiones puede entenderse como paradigmático de la práctica infrapolítica avant la lettre.   Y nos interesa el mundo de la vida cotidiana, con sus trazas de maquinación y cultura, de ética y moralismo, de historia y de desnarrativización perpleja.

Lo que proponemos es sólo derivada y subsidiariamente una práctica académica. Muchos de nosotros somos miembros de alguna universidad y tendemos a realizar nuestro trabajo en el contexto del aparato universitario.   Pero entendemos que la universidad está hoy sometida a condiciones de producción, en sí derivadas del acabamiento metafìsico de la modernidad, que son incompatibles con el futuro del proyecto infrapolítico. La infrapolítica es postuniversitaria y antiinstitucional en la medida en que busquemos su necesaria radicalización.   Se entiende como una modalidad de pensamiento salvaje, lo que Malabou llama la irrupción de lo fantástico en la filosofía, que nos desborda tanto como nos convoca, y nos destruye tanto como nos informa.

La infrapolítica no pide inscripción ni perdón. Se anuncia como voluntad de pensamiento al margen de canales establecidos y reconocibles, al margen de toda política cultural, al margen de toda recuperación biempensante. Tratará, por supuesto, de crear sus lugares, pero nuestra querencia es virtual y oscura, y nos atraen más los bares y las playas y los desiertos que las aulas, las salas de conferencia o los grandes hoteles convencionales. No insistimos en secreto alguno, pero sabemos que el pensamiento es siempre secreto.   No pedimos comunidad, no pedimos filiación, no pedimos siquiera comprensión alguna.   Nos manifestamos contracomunitarios y hostiles a toda formación de captura. Y apostamos a un largo plazo incalculable desde el cómputo servil del produccionismo excelentista.   Sabemos que sólo contamos con nuestro tiempo de vida, y que tal tiempo excede, y sucede, al tiempo de trabajo. Y esa es la cosa.

La presuposición del vencimiento y su consecuencia. Nota mimético-preliminar a Schürmann, Beistegui, Malabou, Sheehan, Leyte, Martínez Marzoa. (Alberto Moreiras)

El vencimiento de la estructura ontoteológica de la metafísica, si esa es la tarea de pensamiento asumida, pide un cambio en la dis-posición del pensamiento mismo, también de la escritura: una nueva Ge-Stell escritural. Contra la representación calculativa hacia una meditación recolectiva. Tal cambio sólo se hace posible en la época, presumiblemente la nuestra, de la consumación de la metafísica en el agotamiento de sus recursos metafóricos o foranómicos.   La metafísica hoy está ya de antemano desmetaforizada—de ahí que la desmetaforización imposible sea el nombre del peligro mismo del pensamiento otro (dado el riesgo de su contaminación saturante.)   Ese cambio—prepararlo, ejercitarlo (ex + arcare, exercitium, Ge-Stell de escritura), ejecutarlo—es actividad de pensamiento desde el fin de la historia que nos vive hacia otro comienzo posible, desde cierto fin del pensamiento hacia un pensamiento otro posible.   Pero no conocido. Tal esfuerzo, cuya necesidad no es cuestión de fe sino que se siente o no, por lo pronto, íntimamente, poéticamente, es ya un esfuerzo infrapolítico. La infrapolítica es el doble juego de destrucción o desestructuración crítica (desmetaforizante, en su peligro) del pensamiento tradicional, que constituye la hegemonía de Occidente, y del paso atrás o salto hacia una re-estructuración posthegemónica.   Pero esto último implica una mutación, un cambio en, dentro de, el cambio permanente que informa y estructura la tradición metafísica, un cambio otro que sólo puede ser entendido como salto fantástico. En cuanto fantástico no es locura sino que permanece como proyección orientativa. El motor del pensamiento infrapolítico es el fantasma de esa intimación. A ese fantasma hay por lo pronto acceso poético, o mejor, poetológico, en la medida en que se trata de una instancia que debe tematizarse (Ge-Stell de escritura) para ser. Dice Derrida en algún momento de La bestia y el soberano que de Paul Celan puede derivarse una política: quizá hay que añadir que esa política no es política, sino infrapolítica. La política, en cuanto a la vez necesariamente aprisionada en la esencia ontoteológica de la metafísica e instancia fáctica del manifestarse en cada caso de la voluntad de voluntad, en el fin epocal de la metafísica, debe también ser destruida, desestructurada, desmetaforizada.   Se trata de encontrar una relación libre con la política. La retirada de la política es su necesario retrazo. El nombre de ese paso atrás o salto hacia una sub-stancia destituyente puede ser, es, infrapolítica del vencimiento. Pero, si esto es un programa, la letra no está escrita. Pasa por la liquidación del fantasma, por su encarnación vital.

La suspensión de la filosofía de la historia: sobre Spartakus, de Furio Jesi. (Gerardo Muñoz)

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En el apéndice que da cierre a la nueva edición de Spartakus: the symbology of revolt (Seagull Books, 2014), a cargo de Andrea Cavalletti y Alberto Toscano, Furio Jesi advierte que este manuscrito no intenta reconstruir los sucesos de la revuelta espartaquista alemana de 1919, sino ofrecer una documentación dialéctica de los sucesos a partir de figuras que explicitan la divergencia entre el tiempo del historicismo y el ascenso de la posibilidad figurativa del mito. En efecto, Spartakus es mucho más que un argumento sobre una terrible masacre de la Spartakusbund; es también una forma de intervención intelectual luego de la euforia del 68 francés, y más específicamente para Furio Jesi, se trataba de hacerse cargo del pensamiento en torno al mito y la política de su mentor Karoly Kerenyi.

Pero no se puede afirmar que la intervención de Spartakus quede restringida meramente a una polémica entre dos estudiosos de la función social del mito en el interior del “evento 68” y su posibilidad en el horizonte democrático. Este valioso ensayo, pensando y escrito a partir de inflexiones visibles con la metodología en Walter Benjamin (el montaje y la constelación) o Aby Warburg (la nachleben y la imagen en la secularización), ofrece para nosotros un importante lugar donde es posible pensar un modo de suspender el historicismo y la filosofía de la historia en diversos registros metafóricos; que incluye (aunque no se limita) a la teoría marxista aun a servicio de principios como la ‘lucha de clases’ o la ‘revolución habilitada a partir de la base economicista del valor social’. Por otro lado, Jesi confronta el principio de equivalencia del mundo ético burgués al cual define como aquel sometido a la “ley eterno del retorno” (sic), que hace posible la relativización como eje del universo intelectual burgués.

Para Jesi, la revolución como concepto fáctico de la teoría marxista se debía a ese productivismo valorativo social (espejismo de la lógica capitalista en cuanto equivalencia), y que además reproducía su misma estructura temporal; a saber, la revolución es posible en la medida en que es llevada a cabo por quienes (léase la vanguardia) son capaces de capturar y reducir una serie de principios en el presente y llevarla hacia adelante, tal y como se produce en los términos leninistas de la dictadura del proletariado.

Es imposible no ver aquí una forma consumada de la heliopolitica del historicismo, plenamente restituida al tiempo desarrollista del progreso de la historia y a la matriz del cálculo político por excelencia. En cambio, la revuelta para Jesi ofrece no otro tiempo histórico posible, sino la suspensión misma del principio de la historia en cuanto tal; siempre en retirada hacia una indeterminación espacial de una política nocturna o de la oscuridad (figura recurrente en la mitologizacion de la revuelta a lo largo de Spartakus):

“Cada revuelta puede ser descrita como una suspensión del tiempo histórico. Gran parte de aquellos que han sido parte de una revuelta comprometen su individualidad a una acción cuyas consecuencias no pueden saber o predecir. En el momento del enfrentamiento solo pocos están concientes de la concatenación de causas y efectos…en el sueño antes de la revuelta – y presumimos que la revuelta comienza en la aurora! – puede ser tan plácido como la experiencia del Príncipe Conde, sin poseer el momento paradójicamente tranquilo del enfrentamiento. En el mejor de los casos, pudiera parecer un momento de tregua para aquellos quienes han ido a dominar sin sentirse como individuos” [1].

Luego Jesi pasa a una descripción bellísima sobre la co-habitación de la ciudad que, por momentos recordando las reflexiones de Simone Weil, logra dejar atrás los efectos de la alineación moderna en el momento en que irrumpe la revuelta, puesto que aparece allí otro tiempo de relación interna. Así, la ciudad emerge no como espacio de identificación colectiva horizontal (lo cual seria una antropología de la multitud o del pueblo), sino como negatividad: una salida de la soledad hacia la entrada de un retiro hacia una noche de un Dios oculto. En este punto, para Jesi, el pensamiento político tiene su fundamento en el mito y su forma moderna de propaganda (una convergencia simbólica inaceptable para Kerenyi y que interrumpió el diálogo Jesi-Kerenyi tras el 68), y que solo puede entenderse a contrapelo de la instrumentalización de la sociedad de consumo y el espectáculo moderno.

Tendríamos que matizar también la diferencia entre el mito en el pensamiento de Jesi, y el que Schmitt abogaba en la década del treinta mientras glosaba la tesis de Sorel junto al fascismo italiano. Según Schmitt, Sorel había penetrado el momento de la nihilziacion mundial a partir de un nuevo mito de la violencia que podía, en efecto, hacerle frente al economicismo de la clase burguesa, así como al parlamentarismo democrático. Por lo que para Schmitt, el mito era el dispositivo político para la concreción de una principio de legitimidad contra la legalidad positivista.

En esa línea, Schmitt evocaba a Mussolini como forma de una nueva posibilidad de mito, por encima de la gran maquinaria del Estado moderno liberal partícipe de la distribución del valor y la neutralización de lo político [2]. Para Jesi, en cambio, la necesidad del mito nace de un exceso con lo político, así como lo político es el vacío mismo en su instanciación con el mito. Si tanto Schmitt como Jesi comparten cierto desfundamento de la ontología y representación política, la diferencia irremediable radica no en la ideología, sino en la potencia de destrucción y retirada de lo político que el segundo extrae de la lección de la revuelta como “forma pura” del poder destituyente o de la destrucción.

Es así que Jesi argumenta que la revuelta es la forma hiperbólica del mundo burgués, pero en tanto tal también la excede, ya que no busca el poder ni tampoco la aurora del mañana como consagración de la victoria. La revuelta solo puede concebirse como una interrupción de la hegemonía, o para pensarlo en términos de Sergio Villalobos-Ruminott, como una soberanía en suspenso capaz de arruinar la filosofía de la historia y su eje que sostiene la ontología del capital [3].

Es importante ver cómo, tanto Jesi como Villalobos ponen en el centro de sus proyectos el concepto de ‘suspensión’ más allá de la obvia entonación benjaminiana, para desmovilizar la filosofía de la historia como otro de los nombres corrientes de la metaforización de la máquina historicista. Y al igual que Villalobos-Ruminott en Soberanías en suspenso (La Cebra, 2014), para Jesi ese movimiento interno del pensamiento solo es posible a través del estatuto del poema, la imagen, y la literaturas como zonas donde se articula la potencia de la imaginación. Aunque lo que lo que la revuelta espartaquista es en la adjudicación de Jesi al historicismo; el Golpe de Estado de 1973 es para Villalobos en cuanto la destitución de la soberanía como principio de lo político.

Pero también es fundamental que el sentido que Furio Jesi le otorga a la revuelta no queda atrapado por las lógicas del evento – formas de soberanía invertida, como ha argumentado recientemente Villalobos-Ruminott – en donde el movimiento entre lo nominal y lo genérico estructura lo que pudiéramos llamar una antropología del nombre bajo la condición de una equivalencia dualista – entre el realismo y nominalismo – que dota las luchas de sentido en la secuencia de la Historia [4]. En el Spartakus de Jesi no trata de recomponer una “invariante de la revuelta”, sino de hilvanar algunas imágenes en la oscuridad de los sucesos sin la restitución fetichista del nombre propio del líder o de la inscripción del sitio como permanencia en la memoria. Incluso, se pudiera decir que la crítica a la memoria que aparece en los dos últimos capítulos del libro dan cuenta del desinterés de Jesi por trazar una historia general de la revueltas, así como su distancia por atender una estructura genérica del evento. En su reverso, la revuelta espartaquista es la figura que excede la política porque destruye todo historicismo (sic) , y cuyo mito solo puede encontrarse en su uso singular más allá del tiempo vulgar de todo principio de equivalencia general.

De esta manera, Jesi postula la definición de la revuelta espartaquista no solo como un exceso al mando de la forma partido, sino como una mitología a medio camino entre el eterno retorno y el de una vez por todas. La dialéctica que co-pertenece al mito y al tiempo histórico, no es la que ocurrirá con la certeza del mañana, sino la que deviene sin cálculo alguno hacia el día después de mañana. Glosando al Nietzsche de Más allá del bien y el mal, Jesi sugiere:

“Lo que tengo en mente cuando defino la revuelta espartaquista a medio camino entre el de una vez por todas y el eterno retorno – no la superposición del tiempo histórico por encima del tiempo mítico, como en el pensamiento de Mircea Eliade – sino el día antes de ayer y el día después de mañana….en lugar de asegurar la libertad como decisiva en la justificación del a estrategia de victoria, identificamos la libertad como aquello que ocurre después del día de mañana” [5].

Habría que pensar, sin buscar homologar o establecer una equivalencia, hasta que punto la indeterminación entre eterno retorno / de una vez por todas, pudiera ser contraída a la formula de el ya-siempre y no todavía que busca pensar infrapolitica como solicitación de un abandono imposible de la metaforización de la historia, tal y como ha sugerido Moreiras en una lectura reciente del seminario de Jacques Derrida sobre Heidegger y la Historia de 1964 [6].

Y no es casual que, en el momento en que aparece esta formulación en Spartakus, Jesi distinga entre mito y metafísica. Corriengiendo una rápida y equivocada yuxtaposición entre mito y metafísica, Jesi apuesta a definir la instanciacion mítica como aquella que no participa de la metasifica tal cual, sino aquella vinculada a un Dios oscuro (deus absconditus) que, antecediendo la antropología del sujeto moderno y el cogito, encuentra una morada apotropaica más allá de la separación entre muerte y vida, abriéndose hacia la supervivencia en retiro existencial irreducible a la ética o la política [7].

Si el historicismo capitalista es otro nombre para la metafísica en tanto participación de un continuo proceso de metaforizacion de la esencial transcendental del valor; entonces, solo atendiendo al mito como instancia de sobrevivencia singular puede devolver el estatuto de la finitud a la vida fuera del aura sacrificial de la militancia política, o de la promesa iluminista de la revolución comunista. Lo que esta en juego para Jesi no solo es pensar fuera de la equivalencia de la “ley del retorno” que articula el mundo burgués, sino pensar en el nachleben de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht sin subscribir las tesis del sacrificio heroico de una voluntad consumada por el “ideal político”.

De modo que si el activismo político de Luxemberg & Liebknect no es reducible a la militancia política ni al evento, ¿cómo explicar que hayan decido permanecer en Berlín sabiendo las consecuencias nefastas para sus vidas? La respuesta que desarrolla Jesi aparece en uno de los momentos más decisivos del libro, donde la escritura ha derivado hacia lúcidas glosas sobre Goethe, la novela Immensee de Theodor Storm, y el concepto de la renuncia en Kierkegaard. Conviene citar este fragmento en su integridad:

“Cuando Reinhard renuncia a la luz y espera en las sombras de la tarde, el ignora que pasará; y sin embargo una fuerza que coincide con su voluntad lo lleva a actos rituales que preceden esa invitación – la oscuridad y la soledad. Un rayo de luz de la luna se hace presente y se deja oír el eco del nombre: ‘Elizabeth!’. Voluntad y destino ya son inseparables. Es aquí donde aparece el sentido pleno de Immensee…pero, ¿qué significa renunciar? Renunciar es un gesto y en tanto tal – como diría Kierkegaard – es la realidad en términos de la forma de vida; de vida como absoluto y verdad. Esto significa que allí se abre, ante quien renuncia, el laberinto del ser. Y esto ocurre porque los que ejecutan un gesto están destinado a confrontar las ilumiacones y terrores de las epifanías de lo verdadero. El ha conseguido la verdad, pero que en tanto verdad solo puede ser como un abismo, y a su frente yace solo la nada, la oscuridad” [8].

Este momento de Immensee es hiperbólico a la renuncia de vida ante la lucha de Luxemburgo y Liebknecht. El gran gesto de la revuelta no solo aparece abstraído, entonces, al principio de la suspensión de la historia, sino en distancia próxima de un gesto singular intuido hacia la forma misma de la vida. Este gesto impolítico no solo busca su retirada en la sombra abismal de una libertad sin valor, sino que se sostiene a partir de ese estado del despertar que supone vivir en lo común de la singularidad, tal y como Jesi sugiere citando uno de los fragmentos de Heráclito hacia el final del ensayo. De esta manera, vemos que para Jesi la radicalización del mito contra la metaforizacion de la metasifica no pasa por un vórtice transcendental – tal como sucede en el pensamiento de Schmitt o en el pensamiento contemporáneo de Alain Badiou – sino en el movimiento de la vida como supervivencia, esto es, mas allá de la equivalencia en nombre de una comunidad o en su relación jurídica con la esfera del derecho.

Si decíamos que Spartakus fue un ensayo que intenta pensar la condición de posibilidad de un suceso como el 68, en diálogo cruzado con La verdad de la democracia de J.L. Nancy, Jesi pareciera sugerirnos que lo que yace en el espíritu de la revuelta es la estructura incalculable y singular de una democracia por venir. Aunque, a diferencia de Nancy, pensar la salida de la trampa de la metafísica exige que también nos detengamos en la supervivencia de los mitos en su co-pertenencia con las singularidades de la existencia.

 

 

Notas

  1. Furio Jesi. Spartakus: the symbology of revolt. New York: Seagull Books, 2014. p.52-54. Todas las traducciones al castellano de Jesi son mías.
  1. Refiero aquí al ensayo de Schmitt, “Irrational theories of the direct use of force” publicado en The crisis of parliamentary democracy (MIT, 1988).
  1. Sergio Villalobos-Ruminott. Soberanías en suspenso: imaginación y violencia en América Latina. Buenos Aires: La Cebra, 2014.
  1. Alain Badiou en “La idea del comunismo” restituye un principio equivalencia de la historia a partir de lo que Sylvain Lazarus llama una “antropología del nombre”. Por ejemplo, Badiou escribe: “¿Por qué Espartaco, Thomas Münzer, Robespierre, Toussaint-Louverture, Blanqui, Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo, Mao, Che Guevara, y tantos otros? Porque todos estos nombres simbolizan históricamente, en la forma de un individuo, de una pura singularidad del cuerpo y del pensamiento, la red a la vez rara y preciosa de las secuencias fugitivas de la política como verdad”. Lo que está en juego en el pensamiento de Badiou es la multiplicación de metáforas como nombres “alternos” (nominales) a la “Idea” del Comunismo (realismo). Le agradezco a Sam Steinberg algunas conversaciones que sostuvimos recientemente sobre Badiou y esta problemática de la lógica del nombre.
  1. Furio Jesi, Spartakus, 139.
  1. Aunque el actual trabajo de Moreiras busca pensar el problema de la “desmetaforizacion de la Historia”, ya se pueden encontrar algunas elaboraciones preliminares en su ensayo “Infrapolitical Derrida” (inédito), y en las notas en este mismo espacio tituladas “Notes on Derrida’s Heidegger: la question de L’etre et l’Historie “(June, 2014).
  1. Furio Jesi indica en otro importante pasaje del último capítulo: “…the time of myth can be said to be the house of death inasmuch as it represents the eternity with which human being is comingled. It is the deep shelter, the secret room in which the spirit draws on its reality and comes to know the archetypes, the perennial forms capable harmony between the objective and the subjective. He who suffers and finds no justification for his suffering is obviously incapable of discovering the deep and authentic face of death; he comes to a stop before the mask of pain with which despair counterfeits the reality of death” (153).
  1. Ibid., 129.

Hans Blumenberg, Shipwreck with Spectator. (Alberto Moreiras)

No conozco la obra de Hans Blumenberg, y así no conozco sus presuposiciones. Lo que me interesa en esta nota es sólo iniciar una exploración, tentativa en la precisa medida en que, para mí, el texto de Blumenberg es todavía difícilmente descodificable, que se vincula a varias conversaciones recientes—sobre desmetaforización y diferencia ontológica en particular.   Quiero referirme a las páginas finales de Naufragio con espectador desde la traducción al inglés, Shipwreck with Spectator.   Allí Blumenberg introduce un comentario sobre Heidegger que me parece astuto y útil, pero al que Blumenberg parece darle una carga negativa que depende de sus presuposiciones (que son las que no conozco).

La segunda parte de Shiwreck with Spectator es “Prospect for a Theory of Nonconceptuality.” Comienza diciendo que su propia teoría de la metáfora ha cambiado desde tratar de ser un método subsidiario para la historia de los conceptos a concebirse como un “caso especial limitado” de noconceptualidad (81).

La perspectiva metaforológica, por lo tanto, en la versión de Blumenberg, no trataría ya fundamentalmente de incidir en la explicación de la constitución de la conceptualidad, sino que habría girado hacia las conexiones de la metaforicidad, y del sistema de metáforas o incluso de cualquier puntualidad metafórica específica, con “el mundo de la vida como el apoyo constantemente motivante . . . de toda teoría” (81).

Siguen algunas consideraciones donde lo que parece el rasgo dominante es asegurar la estabilidad de la conciencia a partir de los mecanismos metaforizantes—si es así, el proyecto de “asegurar la estabillidad de la conciencia” sería una de las presuposiciones fundamentales de Blumenberg (fundamental en el sentido de que no es una presuposición trivial).   Dice Blumenberg que la metáfora puede ser entendida no sólo como elemento desestabilizador, sino quizá primariamente como todo lo contrario, reparador de desarmonías. “To repair its disharmonies, to again and again find its way back to the harmony of the data as data of one experience, remains the constitutive accomplishment of consciousness, which assures it that it is following reality and not illusions” (82).

Hay una escisión básica entre metáfora e intuición teórica, parece decir Blumenberg, que no es meramente histórica sino estructural.   Esto lleva a Blumenberg a una afirmación de carácter fundamentalmente nietzscheano, y criticada por Heidegger como dependiente absolutamente de la comprensión del mundo como campo de expresión de la Voluntad de poder. Se trata de la división del mundo entre objetualidad propia (susceptible de certeza) y objetualidad potencial o artística, que dependería del entusiasmo estético—verdad en cuanto certeza y arte son dos facultades primarias de la Voluntad de poder. Dice Blumenberg: “The homelessness of metaphor in a world determined by disciplined experience can be seen in the uneasiness encountered by everything that does not meet the standard of a language that tends toward objective univocity. Unless it fits into the opposing tendency, as ‘aesthetic.’ This attribute provides the ultimate, and therefore completely unhampering, license for multiple meaning” (88-89).

Ese sentido múltiple se derivaría de una necesidad elemental de lo humano no colmable por pensamiento teórico o univocidad científica.   Para Blumenberg, una teoría de la noconceptualidad entiende esa “situación de necesidad” como necesidad de “racionalización de una carencia” (96).   La teoría se relaciona con esa racionalización de carencia “supplementing the consideration of what we should do to fulfill the intentionality of consciousness with a—more anthropological—consideration of what we can afford in the way of fulfillments” (96). En mi opinión este es un claro reconocimiento de que la capacidad crítica de la metaforología entendida como teoría de la noconceptualidad tiene un horizonte estrictamente antropológico y antropologista.

Y es desde ahí desde donde se produce el comentario sobre Heidegger, introducido mediante una curiosa referencia al principio de equivalencia general. Blumenberg nos cuenta que el dinero buscó “hacer presente el valor” buscando una conexión con el oro, pero que esa relación oro-dinero debía estar refrendada por la autoridad gobernante.   Pero que el símbolo, en todo caso, no está refrendado. “It maintains distance in order to constitute between object and subject a sphere of nonobjective correlates of thought, the sphere of what can be represented symbolically. It is the possibility of a mere idea having an effect—an idea as the sum of possibilities—just as it is the possibility of value” (98).

And then Blumenberg adds “or the possibility of ‘being’” (98).   De esta forma Blumenberg está ya introduciendo, no sé con qué grado de intencionalidad, una “valorización” del ser como monetización simbólica, lo cual sería, desde el horizonte heideggeriano, una operación altamente ilegítima.  Blumenberg parece acordar con el horizonte general del principio de equivalencia general en cuanto herencia de la Ilustración.   Y esta sería, en nuestra interpretación, una diferencia irreconciliable con los parámetros del pensamiento de Heidegger.

“Do we really understand what was meant by Heidegger`s fundamental ontological question about the ‘meaning of being’?” (98).    Blumenberg habla de un “truco” de sustitución mediante el que Heidegger eludiría la necesidad convencional de dar una definición al decir, en su analítica existencial, en Ser y tiempo, que el Dasein entiende ya siempre de antemano la noción de Ser, de hecho, que el Dasein es ante todo ese saber. Esto tiene implicaciones radicales, fundamentalmente en relación con el acceso al entendimiento de nuestros modos de conducta y sus implicaciones. “That is why the being of Dasein is care, care implies time, and time implies being. Such an answer relates to none of the objects that we know, nor to their totality as a world like the one in which we live. That existence is being-in-the-world means precisely that the world of this ‘being-in’ is not composed of ‘objects’ but cannot be grasped in metaphors either” (99).

Me parece que la descripción de Blumenberg de las implicaciones de la determinación heideggeriana de la diferencia ontológica es correcta en su mayor parte–de nuevo, mis dudas ocurren en el momento de intentar entender por qué esas implicaciones constituirían un problema para Blumenberg. “Heidegger posited an enmity between his question about being and positive scientificity, and this enmity was supposed to be more deeply fundamental than that between intuition and concept, between metaphor and formula. But for this relationship too . . . it is true that the question concerning the ‘meaning of being’ can affect or even occupy us only because the question concerning the conditions of existence is neither decided nor even influenced by it” (100).   No puedo entender a qué remite la expresión “conditions of existence” en Blumenberg, porque me parece que la pregunta por el sentido del ser, o más bien dicho, la noción de la diferencia óntico-ontológica, afecta drásticamente nuestra relación a cualquier posible determinación de “conditions of existence.”

Eso no es trivial, pero puede ser la indicación de un diferendo, de una diferencia irreconciliable entre Heidegger y Blumenberg.  Pero en cualquier caso creo que Blumenberg acierta en casi todo en lo que sigue: “Nothing can be ‘represented’ metaphorically if all elementary modes of behavior towards the world find their original totality in care, whose ontological meaning lies in temporality, which in its turn is probably the unfolded horizon of an ultimate radicality whose designation may be arbitrarily exchangeable (I would also express a caveat concerning this last phrase: the arbitrary exchangeability is mere errancy: factical, yes, but not warranted). To this, the strictest prohibition on metaphors applied” (101)

Pero no es asunto de “la más estricta prohibición,” sino más bien de la necesidad de la destrucción de la metáfora, y del trabajo sostenido en la destrucción de la metáfora y de la historia de la metáfora en el sentido técnico específico de la noción de ¨destrucción” en Heidegger, puesto que la metáfora, en cuanto mediada por la historia de la metafísica o por la historia del ser en su manifestación metafísica, cubre y oculta la posibilidad misma de acceso a la diferencia ontológica.

La demetaforización, que es ónticamente imposible en última instancia, es todavía sin embargo una parte necesaria de la destrucción de la historia de la ontología, tanto de la ontología conceptual como de esa otra ontología no conceptual que forma parte de la ideologización del mundo de la vida.  Blumenberg parece indicar que esto es un error, pero sólo sus presuposiciones, que no son las de Heidegger, pueden justificar su posición.

On Heidegger’s “Overcoming Metaphysics,” “Recollection in Metaphysics,” and a bit on Derrida’s “Le retrait de la métaphore,” I. (Alberto Moreiras)

Joan Stambaugh, the translator and editor of the volume The End of Philosophy, where both texts by Heidegger are included, warns that “overcoming” does not mean “left behind and defeated,” rather “incorporated” and somehow neutralized, as one may perhaps do with a flu. Metaphysics has already done it to Being—Being is incorporated and neutralized through the history of metaphysics, which is why metaphysics is also the history of the forgetting of Being.

Metaphysics rules today, unconditionally, determining what is real and its objects.   But, from a certain perspective, this also means that it has entered its ending, which “lasts more than the previous history of metaphysics” (85).

At the terminus of metaphysics, man is defined as the working stiff, animal laborans, itself objectified as mere will to will.

At the time of completion there is a decline: “a collapse of the world characterized by metaphysics” and a “desolation of the earth stemming from metaphysics” (86).

A metaphoric sedimentation has taken place historically, at the end of which “Man wills himself as the volunteer of the will to will, for which all truth becomes that error which it needs in order to be able to guarantee for itself the illusion that the will to will can will nothing other than empty nothingness, in the face of which it asserts itself without being able to know its own completed nulllity.”

[Esta es una frase perfectamente nietzscheana. Esa “empty nothingness” es en mi opinión el resultado de la gran acumulación metafórica de la modernidad, que es también su reducción máxima al principio de, por ejemplo, excelencia universitaria: si usted es un profesor excelente, usted publicará durante el resto de sus días no menos de tres ensayos y dos cuartos al año en revistas indexadas de al menos 7.38 puntos de estimación, y sus evaluaciones de enseñanza en ningún caso bajarán del 4.562. Lo demás no importa, para eso están nuestra tolerancia y generosidad democrática ejemplares. El corazón de la metáfora, como ya Nietzsche intimaba en el texto sobre Verdad y mentira, es la sedimentación de la gran mentira que pasa por verdad histórica, y la verdad histórica del momento (el error que necesitamos para mantener la ilusión, etc.) es por lo pronto el produccionismo excelentista. Que podríamos desmetaforizar sin que eso implique en absoluto desmemorización ni desmundianización, todo lo contrario.]

Heidegger goes briefly into the history of modern metaphysics—Descartes, Kant, Hegel. “The completion of metaphysics begins with Hegel’s metaphysics of absolute knowledge as the Spirit of will” (89).   The countermovement that follows Hegel—Schopenhauer, Nietzsche, but also Marx—“completes” Hegel, completes the completion. The thought of “value,” and of Being as value as a condition of the will, accomplishes metaphysics [Heidegger never says it, but value is the condition of the principle of general equivalence. General equivalence is at the same time a condition and a determination of the world understood as will to will].

But—at the time of completion, the ontological difference, the memory of an alternative figuration, veiledly appears. “Together with the beginning of the completion of metaphysics, the preparation begins, unrecognized and essentially inaccessible to metaphysics, for a first appearance of the twofoldness of Being and beings. In this appearance the first resonance of the truth of Being still conceals itself, taking back into itself the precedence of Being with regard to its dominance” (91).

If “destiny” is the granting of the ontological difference, metaphysics wards it off.   The lack of destiny is the unhistorical.   Completed metaphysics throws up an unhistorical unworld ruled by technology, understood as objectified nature, the business of culture, manufactured politics. (93)

Representational-calculative reason (the form of reason consistent with the principle of general equivalence, although Heidegger does not talk about general equivalence) is technology’s reason.   Driven by will to power, which is will to will.   This is the scaffolding of the order of the earth: truth as certainty and stability, art as enthusiastic push and drive.

“But with the end of philosophy, thinking is not also at its end, but in transition to another beginning” (96). “Philosophy in the age of completed metaphysics is anthropology” (99).   One could choose—either anthropology or a preparatory thought for another beginning.

Let`s think of this not as it related to Heidegger´s own time, or more specifically to the 1936-46 period when these notes were composed.   Let us think of it as related to today.   For instance, as pertains to US electoral politics for 2016 as reported in yesterday’s New York Times (Jan 27, 2015), in an article about the Koch brothers’ fund directly to influence elections. Heidegger says that representational-calculative reason, guided by the principle of equivalence (although he does not say it), is “the ubiquitous, continual, unconditional investigation of means, grounds, hindrances, the miscalculating exchange and plotting of goals, deceptiveness and maneuvers, the inquisitorial, as a consequence of which the will to will is distrustful and devious toward itself, and thinks of nothing else than the guaranteeing of itself as power itself” (100-01).

This aimlessness is called “mission” (or sometimes “vision,” and often “strategic plan.”)

And here comes the Heideggerian radical indictment of all (modern) politics, hence the first historical opening into explicit infrapolitics as the thought of the ontological difference. This is an important text, and very unusual in the Heideggerian oeuvre: “The struggle between those who are in power and those who want to come to power: On every side there is the struggle for power. Everywhere power itself is what is determinative. Through this struggle for power, the being of power is posited in the being of its unconditional dominance by both sides. At the same time, however, one thing is still covered up here: the fact that this struggle is in the service of power and is willed by it. Power has overpowered these struggles in advance. The will to will alone empowers these struggles. Power, however, overpowers various kinds of humanity in such a way that it expropriates from man the possibility of ever escaping from the oblivion of Beings on such paths. This struggle is of necessity planetary and as such undecidable in its being because it has nothing to decide, since it remains excluded from all differentiation, from the difference (of Being from beings), and thus from truth. Through its own force it is driven out into what is without destiny: into the abandonment of Being” (100).

Abandonment of Being, in the double genitive sense.   Nihilism in the completion of metaphysics.   Heidegger now says something unexpected: against so much “machination” a “pain must be experienced and borne out to the end.”   It is a curious pain: the pain of the lack of need.   It needs to be understood, Heidegger says, that experiencing “lack of need is the highest and most hidden need” (102).

Heidegger now engages in a long rant on global war, which foresees Carlo Galli’s recent determination of the concept. “The question of when there will be peace cannot be answered not because the duration of war is unfathomable, but rather because the question already asks about something that no longer exists, since war is no longer something that could terminate in peace” (104). Beings are out everywhere for consumption as raw material, and war is the name for the consumption.   For that, “leaders” emerge everywhere, in the various “sectors,” including the university sector, or the poetry sector, or the culture sector.   But leaders are only “the necessary consequence of the fact that beings have entered the way of erring in which the vacuum expands which requires a single order and guarantee of beings” (105).

And Heidegger also engages in a rare diagnostic of the division of the world between superhumanity and subhumanity, hegemony and subalternity, using the category of “instinct,” which seems to take us back to Alexander Kojève’s meditation on the end of history into animality: “Instinct is the superescalation to the unconditional miscalculation of everything. It corresponds to superhumanity. Since this miscalculation absolutely dominates the will, there does not seem to be anything more besides the will than the safety of the mere drive for calculation, for which calculation is above all the first calculative rule. Until now, instinct was supposed to be a prerogative of the animal which seeks and follows what is useful and harmful to it in its life sphere, and strives for nothing beyond that. The assurance of animal instinct corresponds to the blind entanglement in its sphere of use. The complete release of subhumanity corresponds to the conditionless empowering of superhumanity. The drive of animality and the ratio of humanity become identical” (106).

What remains is an ordering as the form of guaranteeing aimless activity. “This circularity of consumption for the sake of consumption is the sole procedure which distinctively characterizes the history of a worl which has become an unworld. ‘Leader natures’ are those who allow themselves to be put in the service of this procedure as its directive organs on account of their assured instincts. They are the first employees within the course of business of the unconditional consumption of beings in the service of the guarantee of the vacuum of the abandonment of Being” (107).

Heidegger ends by warning that “no mere action will change the world” (110). Something else is needed.   In the meantime, and we might as well think here about global warming, which was not present for Heidegger as a demonstrable phenomenon, “the desolation of the earth begins as a process which is willed, but not known in its being, and also not knowable at the time when the being of truth defines itself as certainty in which human representational thinking and producing first become sure of themselves. Hegel conceives this moment of the history of metaphysics as the moment in which absolute self-consciousness becomes the principle of thinking” (110).

Something else is needed.   A process of Andenken, or recollection, Heidegger will call it, which is also a step-back from the unworlding of metaphysics.  That will be for Part II of this commentary.

Impossible Demetaphorization. (Alberto Moreiras)

We could start by assuming that Jacques Derrida´s “White Mythology: Metaphor in the Text of Philosophy” (1971) is boring, and laboriously says many things we have come to understand and accept long ago. So it is a text that has grown performatively boring over the years. It is no longer possible, perhaps, to understand its novelty, what could have made it exciting in the first place, and this is the mark of its own success.   So be it.

But is there something in it that might still be properly productive, that might still speak in a defamiliarizing way, that might still incorporate metaphors in action, that may be itself more than white mythology?

The difference between “metaphors in action” and “metaphors that have been effaced” is traced back to Hegel as its more explicit provider: “the movement of metaphorization (the origin and then the effacing of the metaphor, the passing from a proper sensible meaning to a proper spiritual meaning through a figurative detour) is nothing but a movement of idealization. And it is covered by the master category of dialectical idealism, namely sublation (Aufhebung), that is, that memory which produces signs and interiorizes them (Erinnerung) by raising up, suppressing and conserving sensible exteriority” (25).   Derrida says that this procedure describes “the possibility of metaphysics,” since the schema just mentioned will resolve the opposition “between nature and spirit, nature and history, or nature and freedom, an opposition genealogically linked to that between physis and its opposites, and at the same time to that between the sensible and the spiritual, the sensible and the intelligible, the sensible and sense itself” (25).

In a footnote to that passage Derrida says that it “explains Heidegger’s distrust of the concept of metaphor,” and quotes Der Satz vom Grund: “Once the distinction between the sensible and the non-sensible is recognized to be inadequate, metaphysics loses its authoritative role as a mode of thought . . . The metaphorical exists only within the boundaries of metaphysics” (25-26, n. 22).

This is perhaps the general, not so explicit framing of the essay.   If it is a matter of dwelling within the end of metaphysics, what are we to do of metaphor?   Let us take an objection to the Hegelian Aufhebung, as it resolves too much, at great cost, and we are no longer willingly paying the cost.   Then what?   If the metaphorical exists only within the boundaries of metaphysics, can we afford to step out of metaphor? Can we abjure metaphor? Can we demetaphorize terminally?   Would that be our only way of dissolving “this sleep of philosophy”? (29)

It is not until many pages later, in Section V of the essay, that the question gets picked up again, at first under a rhetorical question (we can see from the beginning that the answer is going to be “well, no, forget it”): “Might we not dream . . . of some meta-philosophy, of a more general level of discourse which would still be of a philosophical kind, on ‘primary’ metaphors which open up philosophy?” (61).

The question comes up whether there is necessarily a metaphysical destination of all metaphorology—“the same physis, the same sense (sense of being as presence or, what comes to the same, as presence or absence), the same circle, the same fire of the same light that is manifest or hidden, the same turning of the sun” (68). Well, yes, take Descartes. The tenor of his onto-theology will always return to “the circle of the heliotrope” (69), the dominant metaphor, lumen naturale in his case: “a presence disappearing in its own radiance, a hidden source of light, of truth and of meaning, an obliteration of the face of being—such would be the insistent return of that which subjects metaphysics to metaphor” (70).

And yet sublation occurs, and sublation is the final taming of metaphor, its effacement. “Metaphor is included within metaphysics as that which should penetrate to the horizon or to the depths of the proper, and in the end there regain the origin of its truth. The turning of the sun is then seen as a reflecting circle, returning to itself with no loss of sense, no irreversible expenditure” (71): “This end of metaphor is not understood as a death or dislocation, but as an interiorizing anamnesis, a recollection of meaning, a sublation of living metaphoricality into a living property” (72).

But there is another end of metaphor. Derrida is very brief about it.   It says of it that, in contrast with the previous end, in which “the death of philosophy is the death of a particular philosophical form in which philosophy itself is reflected on and summed up and in which philosophy, reaching its fulfillment, comes face to face with itself” (74), in this second end there is “the death of a philosophy which does not see itself die” (74).

If the first end is associated to Plato or Hegel, the second one is associated to Nietzsche or Bataille.   To their different “heliotropes” (74).   Something breaks down in the second one: “Self-destruction here still has the form of generalization, but in this case it is not a matter of extending and confirming a philosophical notion, but rather of deploying it in such a way, without limit, that the borders of what is proper for it are torn from it; consequently the reassuring dichotomy between the metaphorical and the proper is exploded” (74).

The explosion of the heliotrope—it is hard to see it as a goal of philosophy. It happens when a philosophy “does not see itself die,” Derrida says little else. It is the other end of metaphor in philosophy, the one that will not be sublated into heliotropic reconciliation.

I wonder whether the enterprise of demetaphorization, understood as the attempt to push past metaphor in metaphysics, impossible and unfinishable, ceaseless and necessary as it may be, can only cor-respond to the darker heliotropic activity.   There is no demetaphorizing the circle of the first heliotrope. It would be a waste of time.

Infrapolítica, impolítica, vida: una réplica a Jorge Yágüez. (Gerardo Muñoz)

El ensayo “Límites y potencial crítico de dos categorías políticas: infrapolítica e impolítica” de Jorge A. Yágüez, publicado en el más reciente número de la revista Política Común (Vol.6) es una contribución fundamental en el debate actual en torno a la espacialidad y diferenciación de los conceptos políticos contemporáneos. Más allá de su cuidada formulación en torno a infrapolítica e impolítica (incluso, la teología política), Yágüez ha trazado un mapa categorial muy útil que nos ayuda a poner en claro algunos de los problemas y aporías que se han venido discutiendo y articulado de diversas formas a lo largo de dos años de diálogo en común.

En este sentido, el trabajo de Yágüez corta transversalmente por dos registros disímiles: primero, lleva a cabo lo que me gustaría llamar una “mínima arqueología de los conceptos”; y segundo, elabora la potencia, así como los límites de cada de uno de ellos para los efectos de la discusión crítica del presente. Este plan de trabajo, le permite a Yágüez no solo una amplificación de los problemas en cuestión, sino también un acercamiento desinteresado – y por lo tanto, más allá del cálculo y de cierta razón de los fines – desde donde la co-pertenencia entre pensamiento y concepto se encuentran por encima de toda estrategia política legitimista, tan común en la exegesis de la filosofía política, en la politización contemporánea (las teorías que “funcionen para gobernar”, como les ha llamado recientemente Sergio Villalobos-Ruminott), o en la persistencia de la teología política.

En lo que sigue quiero detenerme en algunos momentos claves del derrotero trazado por Yágüez, y hacia el final quiero retomar la lectura que éste lleva a cabo del concepto “infrapolítica” en el pensamiento Alberto Moreiras y así ofrecer otras claves conceptuales para mayor elucidación de este concepto. Desde luego, no se trata aquí de esbozar una crítica a trabajo de Jorge Yágüez, sino más bien ahondar en el interior de un debate que, para bien, es una de las interpelaciones que genera su texto.

Es curioso que Yágüez no comience analizando los diversos textos de Alberto Moreiras donde se interponen y se busca pensar un “éxodo de la política” a partir de la figura infrapolítica. Yágüez parece retroceder, y propone volver a la formulación del antropólogo estadounidense James C. Scott, para ver allí el entramado de la infrapolítica (principalmente desarrollada en su libro Domination and the Arts of Resistance) que antecede “conceptualmente” al planteamiento de Moreiras, y que dibuja un “tercer espacio”, irreducible a la esfera de las economías privadas, así como al orden público de la política entendida como gobierno y administración del poder. Para Scott, como subraya Yágüez, infrapolítica designa un modo clandestino, si bien ejecutado a lo abierto del día a día, sin plan o programa, sin vanguardia y sin interpelación ideológica definida. Aunque no aparezca explicitado por Yágüez, el concepto de infrapolítica de Scott, tal y como fue pensando en su momento, daba un giro de tuercas interesantes en el campo de la historiografía subalternista. Puesto que Scott cortaba con el énfasis de las rebeliones en pensadores como Ranajit Guha, quien en su Elementary aspects of peasant insurgency in Colonial India (Duke, 1999), prologado por el propio Scott, había buscado “re-politizar” las rebeliones campesinas de la India, a contrapelo de las interpretaciones de bandidos anti-políticos tan común en las lecturas de la british history from below (Hill, Thompson, Hobsbawm). Pero Scott, con el concepto de infrapolítica, también arremetía contra la categoría de la ideología de cierto marxismo vulgar que negaba la potencia de acción por parte del lumpenaje o de actores posicionados en los márgenes de la directiva de la “clase obrera”.

Aunque para mí el concepto de Scott aun consta de cierta productividad crítica (desde luego, solo en la medida en que se suplemente con la noción del no-sujeto y la crítica al principio equivalencial y las formas comunitarias), estoy en principio de acuerdo con al menos dos de los efectos del planteamiento de Yágüez: primero, que la infrapolítica de Scott queda atrapada en una matriz de la “resistencia” (por más “pasiva” que está sea en tanto su praxis política), y que ha sido exportada en algunas de los programas políticos de la “micropolítica” en América Latina, particularmente en la Argentina [1]. Por lo tanto, si hablamos de resistencia, suponemos un sujeto de acción definido (por la ideología o sin ésta), marcado por la decisión como se puede entrever a partir del componente “solidario” que Scott retiene en sus análisis de las figuras comunitarias (barriales), los carnavales, o los desertores. Segundo, la infrapolítica pareciera operar dentro de un régimen opresivo o totalitario, como nos dice Yágüez, por lo que estaríamos ante un tipo de acción, ahora sí, expresiva de cierta sistematización anómica de lo social, encrudecida en estos últimos años de guerra civil a escala global. Escribe Yágüez:

“Los sistemas sociales cerrados general no dejan otra vía de escapa que las formas infrapolítica de resistencia, como puede verse en la dominación medieval, en el feudalismo, o en la mas sofisticada fase de subsunción real del trabajador en el capitalismo, o en determinadas áreas de las sociedades complejas, especialmente desestructurados sin la mas minima salida…en este sentido, en función de A y B, puede decirse que la infrapolítica es propia de pueblos largamente sometido a sistemas autoritarios, dictatoriales, cerrados, o desestructurados” [2].

Pudiéramos decir, afirmando esta tesis de lectura de Yágüez, que buena parte de la historiografía contemporánea latinoamericana, por ejemplo, lee modos infrapolíticos de resistencia justamente porque se ajustan a sociedades sometidas a dictaduras, ya sea una de izquierda como la sociedad cubana (el trabajo de historiadores como Lillian Guerra, Sergio López, por citar tan solo dos) o bien de derecha, como se explicita en el análisis de las “formas bembas” que analiza Emilio de Ipola en los centros de detención en la última dictadura cívico-militar de la Argentina. Lo importante es notar que, la infrapolítica en la determinación de Scott, queda registrada a un modo de resistencia, donde la valencia de la política queda aún dominada por una cierta subjetividad militante, aun cuando ésta sea pasiva o sobredeterminada en un comunitarismo arraigado en la solidaridad.

Yágüez, luego, gira hacia el concepto de la impolítica, lo cual prepara el terreno para la última parte donde retoma la infrapolítica en la determinación del pensamiento de Moreiras. Pasando por los usos de Massimo Cacciari y Roberto Esposito, y sus diversos referentes (Weil y Canetti, Nietzsche y Kafka, Broch y Arendt) Yágüez apunta la manera en que el concepto de impolítica se asume a partir de una crítica de la representación y de la valorización de la acción; por lo que la impolítica deviene como una categoría oposicional a la teología política. Esto es, no la negación de la teología política en nombre de la secularización moderna más allá del principio de legitimidad a la Blumenberg, sino más bien aquello que apunta al Abgrund del fundamento de toda legitimidad y toda razón principial.

Por lo tanto, la impolítica no es propiamente un concepto para una ” nueva política “, sino la respuesta práctica que trae-ahí-delante la ruina de la teología política en tanto política, y la representación despolitizante que comienza con la concepción maquinista moderna del Leviatán de Hobbes, tal y como lo supo entender el Schmitt a propósito del origen de las neutralizaciones de la Modernidad. Aquí, Yágüez establece una equivalencia entre el pensamiento de Cacciari y Eposito, pero que también extiende al trabajo teórico de Jacques Derrida, Giorgio Agamben, o Alberto Moreiras. Siguiendo de cerca la analítica de Galindo Hervás sobre la impolítica y la llamada escuela italiana de la diferencia, Yágüez establece el cuestionamiento impolítica de la siguiente forma:

“…cuestionamiento de la acción y el de la irrepresentabilidad, con la ontología de la posibilidad o de la potencia del Heidegger de Ser y tiempo (§ 9, 31, 45…); en esos dos rasgos (irrepresentabilidad y desvalorización de la acción) se concentraría la esencia de la impolítica (Galindo Hervás). Justamente en ello la impolítica se opondría a la caracterización de la soberanía por parte de la teología política de Carl Schmitt: representación de un orden transcendente, y decisión sobre el estado de excepción. [3].

La última parte del ensayo de Yágüez – donde realmente se abre el desenlace de todo el desarrollo y el esbozo del texto – trata sobre el pensamiento infrapolítico de Alberto Moreiras. A esa altura del ensayo, Yágüez solo puede tratar de una manera reducida un conglomerado de articulaciones que el propio Moreiras ha desarrollado desde Línea de sombra (Palinodia, 2006) hasta su más reciente trabajo sobre Derrida Infrapolítico o el principio demótico de lo no-equivalencial, sin pasar por alto los ensayos que tratan específicamente sobre ética, producción inmaterial, Hispanismo, o Borges [4].

En el reverso de Scott, Yágüez nota que la categoría infrapolítica en Moreiras no tiene nada que ver con un proceso de subjetivación, ni mucho menos con el orden común de lo político. En efecto, Línea de sombra intenta elaborar una analítica de la destrucción tanto del concepto del sujeto como de la política, entendida en la estela heideggeriana, como transformación de la gran política imperial romana y por lo tanto ya arruinada. Infrapolítica, en este sentido, marca la zona en donde se intenta apuntar hacia una región del exceso de la política, así como del exceso de la ética, llevadas a una suspensión crítica en un doble registro, sin fundamentación ni determinación conceptual alguna, y consecuentemente, abriéndose hacia eso que Moreiras enfatiza como un moralismo salvaje irreducible a la matriz ético-político de lo moderno [6]. En este momento de mayor definición conceptual analítica, Yágüez escribe:

“La infrapolítica de Moreiras tiene una proximidad mayor al horizonte impolítico del que arriba hablamos, particularmente por su cercanía a autores como Derrida o Nancy. No se puede decir que se amolde a ellos, sino más bien que los utiliza; el suyo es un pensamiento abierto e inacabado que rehúye toda definición. La proximidad a la categoría de impolítica radicaría en rasgos como: crítica de la teología política, simpatía por la necesidad de explorar una nueva ontología, cuestionamiento radical de la identidad, defensa de un no-sujeto (crítica de la categoría de sujeto), simpatía por la inoperancia, decisión pasiva, (cuestionamiento del sujeto activo, de la producción, de la categoría de alienación), y centralidad política de la diferencia ontoteológica heideggeriana”.

Lo más productivo del ensayo de Yágüez es, desde luego, la manera en que abre la discusión, haciendo notar cómo, el propio destino de infrapolítica permanece incondicionalmente abierto en un presente. De modo que la discusión en cuanto a su elaboración se encuentra en puro desarrollo. Sin embargo, también habría que notar, a partir de esta última cita, que infrapolítica no busca quedarse instalada en el horizonte de la impolítica, si bien está atenta al pensamiento de Esposito y Cacciari, Agamben y Galli. Tampoco la infrapolítica tiene que dar cuenta de una dimensión “concreta” en la esfera de las ciencias sociales, puesto que su intervención pertenece estrictamente a la región del pensamiento que se abre tras el fin de la metafísica heideggeriana o post-heideggeriana.

Por lo que infrapolítica no busca un asentamiento en el campo epistemológico de las ciencias sociales (o de lo que Kuhn llamaba normal science), ni mucho menos un estatuto valorativo en el orden de las categorías modernas, puesto que desde ya asume íntegramente la crisis categorial moderna de las ciencias en la caída del mundo hacia el nihilismo, parafraseando aquí el importante trabajo del filósofo Willy Thayer [5]. Por otra parte, es sugerente la alusión o el paralelo que Yágüez traza entre infrapolítica y la inoperancia, ya que se abre para infrapolítica la fisura de la an-arquía de una vida sin mando (insubordinada) que conviene ser pensanda junto a “forma de vida”, en diálogo con Giorgio Agamben, inmune a los principios de lo moderno (vía el pensamiento de Reiner Schurmann y su destrucción de las hegemonies), así como a las ontologías de la acción que el pensador italiano critica en su libro Opus Dei [7].

Pensar la vida, en su inscripción salvaje y an-arquíca (irreducible a la esfera de la política o la ética, al Estado o al horizontalismo hiperbólico), permanece uno de los lugares de mayor productividad tanto para el pensamiento de Moreiras, así como de los que venimos trabajando en el colectivo de infrapolítica. Por lo pronto, habría que decir que el problema de la “vida” no solo en el interior de infrapolítica, sino en conjunto con la post-hegemonía como esfera de articulación de la política en un registro práctico.

¿Cómo pensar la inoperancia de la vida (sin principio ni obra, sino como “morada en la tierra”) en relación con el fin de la política sin principios? Y desde allí, ¿qué hacer con el problema de la productividad, los modos de acumulación capitalista, la expansión de la guerra global, la metamorfosis de la soberanía, y la continua promesa de la democracia no-equivalencial como horizonte de una imaginación política en la frontera del nihilismo? Todas, preguntas difíciles y urgentes, a partir de las cuales podríamos seguir pensando seriamente gracias a las consecuencias decisivas y al rigor conceptual de este oportuno ensayo de Yágüez.

Notas.

  1. He recogido algunas de las variantes conceptuales de infrapolítica en mi ensayo “Infrapolítica en tiempos posnacionales”, donde comento sus usos en Scott, Moreiras, y los pensadores argentinos Diego Sztulwark & Verónica Gago, y Pablo Hupert. Ver: http://anarquiacoronada.blogspot.com.ar/2013/11/infrapolitica-en-tiempos-posnacionales.html.
  1. Jorge Yágüez. “Límites y potencial crítico de dos categorías políticas: infrapolítica e impolítica”. Política Común, Vol.6. Enero, 2015.
  1. Ibíd., (web).
  1. Moreiras ha publicado una serie de ensayos donde la infrapolítica denomina varios problemas o regiones. Véase, por ejemplo, “Infrapolitical Borges” (2004), “Infrapolitics and inmaterial reflection” (2004), “Infrapolitics and the thriller” (2007), Línea de sombra: el no-sujeto de lo político (Palinodia, 2006), “Infrapolitical literature: Hispanism and the Border” (2010), y más recientemente “Infrapolitical Derrida” (ponencia inédita, ACLA NYU 2014).
  1. Me refiero, obviamente, al importante libro de Willy Thayer, La crisis no-moderna de la universidad moderna (epilogo del conflicto de las facultades), Santiago, Cuarto Propio 1996.
  1. En la segunda parte del seminario sobre Infrapolitica de Otoño 2014 desde la Universidad de Texas A&M estuvo dedicado a pensar lo que Moreiras sugirió y pensó en varias sesiones, como un “moralismo salvaje”.
  1. Espero desarrollar más la relación entre vida, infrapolítica, y an-arquía en una investigación en curso. El más reciente libro de Agamben L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014) es un aporte a considerar en el cruce del pensamiento de Moreiras y Schurmann, ya que lo que está en juego no solo una forma sin arche, sino también la cuestión de la vida, el estilo, y una ontología destituyente en vías de la destrucción de toda consumación política.

Seminar on Thinking Infrapolitics (Martínez Marzoa, García Calvo, Sánchez Ferlosio). (Alberto Moreiras)

Comments Welcome:

Hispanic Studies 640-400: History of Ideas in the Hispanic World. Thinking Infrapolitics: Martínez Marzoa, Sánchez Ferlosio, García Calvo.

Instructor: Alberto Moreiras

Office: 204A Academic Building

Email: moreiras@tamu.edu

Term: Spring 2015

Meeting Days: Wednesdays 5:45-8:35.

Seminar Room: ACAD 224

Office Hours: Wednesdays 2:00-4:00, or by appointment.

Description and Learning Outcomes

The Infrapolitical Deconstruction project, which some of us both at Texas A&M Hispanic Studies and in the field at large launched in the early Spring of 2014, is advancing through social network conversations, blogs, and publication projects.   This seminar, the second one in a projected series, attempts to contribute to it by thematizing the work of three of the most significant Spanish thinkers of the second half of the 20th century (and into the 21st): the writer and essayist Rafael Sánchez Ferlosio, the professor of classical philology, playwright, and committed anarchist Agustín García Calvo, and the Galician philosopher, now retired from the University of Barcelona, Felipe Martínez Marzoa.   This seminar, which does not presuppose knowledge of texts or discussions covered in the previous seminar, will attempt an in-depth familiarization with these thinkers’ main topics of engagement.   The overarching theoretical project for the seminar will be a consideration of the three thinkers’ position vis-à-vis the so-called Principle of General Equivalence at the ontological and political level.   If the Principle of General Equivalence can be said to constitute the most radical ontological foundation of modernity, having come to be understood as a supplement-substitution for the Hegelian dialectics of Absolute Spirit or the Nietzschean Will-To-Power, then it is important to understand how these three thinkers relate to it, and whether they do so from an interior or a destructive position.   Hence, the second overarching question: are these three thinkers engaged in a preparatory thinking for what we could call, following a Heideggerian notion, an Other Beginning of thought?   The questions are large, and we can only hope to embark on their path.   The path is, nevertheless, significant both for contemporary thought and for an understanding of any possible “philosophy of the future.”

Learning outcomes for this seminar are the following: 1) To obtain a contextual understanding of the position of the three thinkers in question within the field of contemporary post-metaphysical thought; 2) To become as familiar as possible with their written work and topics of engagement; 3) To produce significant interventions at a hermeneutic level.   This seminar means to foster publishable work from the students in the context of the ongoing preparation of a monographic journal issue or issues.

Suggested Reading

The oeuvres of the three thinkers under study are vast, and we cannot read it all. Whatever segments of their work we choose to read will inevitably imply some degree of arbitrariness. My proposal is that we take the following list of suggested readings as mere suggestions.   Our discussions will often center on them, after appropriate presentations, but our seminar encourages students’s initiatives for alternative readings and seminar presentations, which should be discussed with the instructor beforehand if they are to be offered as substitutes for suggested readings (no need for consultation if additional readings are above and beyond suggested readings.) We will initiate the seminar with some work by others that should help set the context. NOTE: for Beistegui, Schürmann, Malabou, students will be asked to read only one of them, not all three. The following list follows an approximate order of class discussion:

-Jean-Luc Nancy, After Fukushima. The Equivalence of Catastrophes. Charlotte Mandel transl. New York: Fordham, 2015.

-Martin Heidegger, The End of Philosophy. Joan Stambaugh transl.   Chicago: U of Chicago P, 1973.

-Reiner Schürmann, Heidegger on Being and Acting: From Principles to Anarchy. Christine-Marie Gross and Reiner Schürmann transl.   Bloomington: Indiana UP, 1987.

-De Beistegui, Miguel. The New Heidegger. London: Continuum, 2005.

-Cathérine Malabou, The Heidegger Change. On the Fantastic in Philosophy. Peter Skafish transl. Albany: SUNY P, 2011.

-Arturo Leyte, Heidegger. Madrid: Alianza Editorial, 2005.

-Felipe Martínez Marzoa, Heidegger y su tiempo. Madrid: Akal, 1999.

—. Ser y diálogo. Lectura de Platón. Madrid: Istmo, 1996.

—. Filosofía de El Capital, de Marx. Madrid: Taurus, 1983.

-Agustín García Calvo, Sermón de ser y no ser. Madrid: Visor, 1977.

—. Lecturas presocráticas. Madrid: Lucina, 1981.

—. Contra el tiempo. Zamora: Lucina, 1993.

-Rafael Sánchez Ferlosio, Vendrán años más malos y nos harán más ciegos. Barcelona: Destino, 1993.

—. Mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado. Barcelona: Destino, 2002.

—. El alma y la vergüenza. Barcelona: Destino, 2000.

Grading Policy

Seminar participation is expected to be ongoing, and based on seminar readings as well as other pertinent readings you may want to bring to bear on course discussions.   You will have a choice between submitting a final paper not to exceed 20 typewritten and double-spaced pages (which must include secondary bibliography consisting of at least ten sources), or producing during the semester three review essays of books authored by the thinkers under study of around 8 typewritten and double-spaced pages each (which must also include secondary bibliography).

Participation: 10%

Final Paper or Three Reviews: 85%

Attendance Policy

The student is granted the right to two unexcused absences. More than two unexcused absences will affect the participation grade in the class at the rate of 3% per missed seminar meeting. More than five unexcused absences will be reported to the Hispanic Studies Director of Graduate Studies for advice on an adequate course of action.

Syllabus

Weeks 1 to 3. Introduction.   Discussion of Nancy, After Fukushima; Heidegger, The End of Philosophy.

Week 4-5: Student Presentations: Beistegui, Schürmann, Malabou.

Week 6-7:  Leyte, Heidegger; Martínez Marzoa, Heidegger.

Week 8-9: Martínez Marzoa, Filosofía de El Capital; Ser y diálogo.

Week 10-11: García Calvo, Sermón; Lecturas presocráticas; Contra el tiempo.

Week 12-14:  Sánchez Ferlosio, Vendrán años; Mientras no cambien; El alma.

Summary Discussion.

NOTE: Given instructor’s professional travel commitments, one or two seminar meetings may need to be rescheduled.

Grading Scale

A: 90-100

B: 80-89

C: 70-79

D: 60-69

F: Below 60

American With Disabilities Act (ADA)

The American with Disabilities Act (ADA) is a federal anti-discrimination statute that provides comprehensive civil rights protection for persons with disabilities. Among other things, this legislation requires that all students with disabilities be guaranteed a learning environment that provides for reasonable accommodation of their disabilities. If you believe you have a disability requiring an accommodation, please contact Disability Services in Cain Hall, Room B118, or call 845 1637. For additional information visit http://disability.tamu.edu

Academic Integrity

“An Aggie does not lie, cheat, or steal, or tolerate those who do.”

Upon accepting admission to Texas A&M University, a student immediately assumes a commitment to uphold the Honor Code, to accept responsibility for learning, and to follow the philosophy and rules of the Honor System. Students will be required to state their commitment on examinations, research papers, and other academic work. Ignorance of the rules does not exclude any member of the TAMU community from the requirements or the processes of the Honor System.

For additional information please visit www.tamu.edu/aggiehonor