A su salida del campo de concentración de Buchenwald, el joven Jorge Semprún se va a Francia para intentar reconstruir su vida. Siempre ha querido ser escritor, y su temática parecería ser dable por supuesta: debe contar sus experiencias en el campo, como ya ha hecho, por ejemplo, su amigo y compañero del partido comunista francés Robert Antelme. Pero no puede. La “nieve” del campo cae constantemente sobre sus ojos. Después de algo que puede ser o no un intento de suicidio en una estación de trenes en París, durante una visita en casa de su hermana en Suiza, Semprún renuncia a la escritura y decide entregarse a la política. En el año 42 o 43 había entrado en el PC de España, y fue militante y miembro del aparato de resistencia comunista en Buchenwald. En París, en la posguerra, se hace miembro del partido francés, y pasa a integrar una célula de intelectuales en St Germain des Prés, la célula organizada en torno a la casa de Marguerite Duras. Pero en 1949-50 ocurren episodios oscuros. En una de las juergas nocturnas un periodista llama “gran chulo de putas” a uno de los jefes del partido, y el partido decide intervenir contra la célula. Acusan a Duras, Antelme y otros de conducta inapropiada, de titismo y troskismo y putismo. Y los acusados piensan que el que está detrás de todo, de la denuncia misma, y de las sanciones, y se ha hecho por lo tanto traidor a su amistad, es Semprún. Semprún lo niega, pero las acusaciones persisten. Poco después Semprún decide apartarse del Partido francés y centrar sus actividades dentro del Partido español, hasta que consigue ser tomado en serio en 1953. La historia continuará largo tiempo, claro.
Sobrevivir a tu propia muerte simbólica no es fácil. Ese tipo de muerte para Semprún fue sin duda un maestro llegado de Alemania, y para tantos de nosotros llega o ha llegado de otros sitios. Las dificultades de Semprún para llevar a cabo su propia vida, su potentia, se resumen en esa necesidad de dejar de lado la escritura, y mantenerse en ello hasta muchos años más tarde (su primer libro, El largo viaje, es de 1963). El lo hizo, sin que la decisión fuera por otra parte más que la puesta en limpio de una decisión previa en relación con la cual Semprún mismo no podía ni hubiera podido decidir. No está tampoco claro que la otra decisión, la segunda decisión, la decisión de profesionalizarse como activista político en el entorno de la práctica comunista de entonces, muy marcada, en Francia, por la necesidad de conformación a los imperativos de la Kominform, y para el PCE, igualmente sometido a las directrices moscovitas, por la necesidad de establecer una resistencia efectiva contra el franquismo, fuese una decisión enteramente libre, una mera decisión “política:” era, simplemente, al margen de cualquier otra complejidad histórica, intelectual, biográffica, incluso patológica, lo que cabía pensar, lo que era posible, dado el trayecto de Semprún, y dada también la estrecha solidaridad personal con miembros del partido conseguida en Buchenwald. Esas cosas no se olvidan, o su olvido es excesivamente doloroso para alguien ya roto por el dolor.
¿Tenían razón Antelme y Duras en sus acusaciones a Semprún? ¿O es cierto que Semprún no tuvo que ver y fue calumniado? De hecho, Semprún, cuyo protector francés, Jean-Marie Soutou, era embajador de Francia en Belgrado y considerado muy peligroso por el PCF, tenía razones tácticas para tratar de ser más papista que el Papa en el mantenimiento ostensible de su ortodoxia. Pero nunca sabremos qué pasó, o sí, pero ya no importa mucho.
Lo que me importa más a mí es entender cómo la “decisión” misma de emprender una vía política está en el caso de Semprún regida o condicionada infrapolíticamente. Y cómo, en realidad, todas las peripecias posteriores de la vida de Semprún tienen igualmente un carácter infrapolítico que se superpone espectralmente a su ostensibilidad política. Semprún tuvo fuertes razones para entender, en años cruciales, que su trayecto era potencialmente un trayecto sin itinerario, que su historia no iba a estar automáticamente regida por ninguna sucesión necesaria. Su paso a la política fue, claramente, el paso al itinerario, el paso a la sucesión, el paso a una relevancia buscada y por lo tanto voluntarista y compensatoria. Pero persistió en él el recuerdo oscuro de la sombra que lo explicaba todo sin explicar nada, la sombra fenoménica de un ocurrir sin transcurso.