Texto completo entrevista El desconcierto. Por Alberto Moreiras.

http://www.eldesconcierto.cl/cultura-y-calle/2016/05/04/alberto-moreiras-ensayista-y-academico-la-universidad-hoy-es-solo-intemperie/

Aprovecho el blog para poner en él el texto completo de la entrevista de Iván Pinto y Andrés Pereira para El desconcierto, cuyo vínculo está arriba.  (La entrevista publicada fue resumida por los editores por razones de espacio.)

Iván Pinto: Alberto, vienes de un recorrido muy específico, con una serie de libros muy relevantes: Tercer espacio: Duelo y literatura en América Latina (1999), marcado por un momento respecto a los estudios culturales y la post-dictadura. Luego, me parece podríamos detectar un segundo momento con The Exhaustion of Difference (2001) y Línea de sombra. El no sujeto de lo político (2006), ambos libros sin duda están marcando un momento de agotamiento respecto a los estudios de área. Me interesa preguntarte en términos de una evaluación retrospectiva, sobre todo vinculada a la academia.

Alberto Moreiras: Desde mi experiencia personal, es verdad que ha habido un largo proceso que me llevó a mí, y puedo imaginar que también al campo, que yo soy solamente síntoma de un proceso que me trasciende, a una sensación de agotamiento y de fin de espacio discursivo que yo vinculo efectivamente a toda la escena de estudios de área, a toda la escena de latinoamericanismo, a toda la escena del campo profesional, que sigue teniendo una inercia poderosa porque es campo institucional, pero que ha ido perdiendo contenido, ha ido perdiendo urgencia, ha ido perdiendo importancia de forma casi palpable desde fines de los ochenta hasta ahora, que es el tiempo que coincide con mi presencia activa en el campo profesional. Pero esa pérdida se produce de forma mucho más acentuada desde 2001, y podríamos hablar largamente sobre las razones profundas de que esto haya sido así. Mi primer libro, mi tesis doctoral, Interpretación y diferencia (1991), había sido un ensayo deconstructivo o un ensayo sobre la deconstrucción, y supongo que lo que estaba en juego para mí allí era sólo suministrarme una forma de lectura, una posibilidad hermenéutica.

Entonces, mi interés inicial por el estudio de la literatura latinoamericana, en un contexto epocal, se da en el final de la forma de estado nacional popular, antes del alza del neoliberalismo como forma de estado, o coincidiendo con ella, y es lo que lleva a la propuesta de Tercer espacio, que entiende la relación con esa literatura como una relación de duelo, y que intenta entonces pensar la literatura misma como literatura de duelo—lo que interesaba en ella era su propio duelo por la literatura en su forma histórica específica. Algo se estaba perdiendo en los ochenta y eso fue lo que yo traté de capturar, mientras me estaba abriendo también a pensar la postdictadura, cosa que en aquel momento era de enorme importancia, ya desde perspectivas no sujetas a la crítica literaria. Ese libro para mí, que fue sobre todo un intento de apertura al paradigma postdictatorial en general como campo de pensamiento, fue también una expansión, una apertura de horizontes, un abandono del campo de estudios literarios, de estudios del archivo literario. Traté de pensar eso a partir de un trabajo institucional, práctico, donde yo estaba muy metido, de un trabajo universitario propiamente dicho, porque había mucho que hacer para sacar al campo de estudios latinoamericanista de su ghetto y de su inercia y, francamente, de su gran mediocridad institucional, con todas las excepciones particulares que quieras. Le sacrifiqué a ese trabajo tres o cuatro libros por lo menos, mi vida profesional se orientó sobre todo a la organización de conferencias, a la convocatoria de reuniones, a la formación de grupos de trabajo, de colectivos, al trabajo de estudios y de conversación con mis estudiantes y con colegas afines, y no sólo en el campo latinoamericanista o hispanista. Todo eso fue llevándonos, y esto es también epocal, es decir, tiene que ver con las condiciones generales de ese momento histórico, hacia los estudios culturales, hacia las propuestas de estudios culturales, y luego a su radicalización relativa hacia los estudios subalternos latinoamericanos. De ahí sale The Exhaustion of Difference, que es un texto que todavía no está traducido al español. En realidad es un libro también de época, es un libro que, en su mismo título, afirma también cómo habíamos quemado ya la etapa de apertura que ofrecía la noción institucional de campo de estudios culturales y había que pasar a otra cosa: una nueva forma de duelo, quizá, pero ya más bien, más justamente interpretado quizá, el reconocimiento de que estudios culturales no habían conseguido estar a la altura de la tarea del pensamiento en los años noventa.   Eso coincide con el subalternismo como posibilidad perdida—pues el subalternismo latinoamericanista acabó siendo secuestrado por formas caídas del identitarismo y de la politicidad convencional. Esa otra cosa que empezaba a aparecer a finales de los noventa y principios de la década del dos mil era el pensamiento directamente político. Viene con la hegemonía en el campo intelectual de pensadores como Alan Badiou, y Jacques Rancière, con cierta politización en el texto del Derrida tardío, con Agamben, que empieza a ser famoso por entonces, y con Esposito, que está publicando sus primeros libros. También con una más resuelta politicidad directa en gente como Judith Butler y Wendy Brown, y para mí con el encuentro con María Zambrano y Simone Weil y en menor medida Hannah Arendt. Y esa apertura al pensamiento político, en tensión con el pensamiento sobre la cultura y en tensión con el latinoamericanismo, que son mi tradición, mi propia tradición, es lo que lleva a la escritura de Línea de sombra. El no sujeto de lo político, en donde ya se empiezan a iniciar estas preocupaciones de las que hemos hablado hoy de posthegemonía e infrapolítica, que están tematizadas quizás por primera vez desde mi propia obra de forma central ahí. Posthegemonía ya aparecía en Exhaustion pero no infrapolítica, que aparece sin embargo en Línea. En ese momento tengo yo un conflicto institucional fuerte en la universidad que va a causar efectos necesariamente en mi forma de trabajar y en la continuidad de mi trabajo.

Me cambio de país y paso unos años de experimentación con otras formas de pensamiento y con otras lecturas, intento un tanto ingenuo, supongo, de reinventarme a mí mismo, de sacudirme el polvo de los pies después de lo que yo empiezo a entender como una enorme decepción personal tras mi inversión profesional concreta. Pero esa aventura fracasa, y en el 2010 se da la oportunidad de mi regreso a Estados Unidos. En fin, pasan muchas cosas, hay un reencuentro, y hay sobre todo la aparición de nuevas formas de trabajo en red que permiten que el trabajo fundamental que uno hace no dependa ya de la institución en la que uno está. Hay conversaciones intensas y algún proyecto que acaba en callejones sin salida, pero la resaca de todo ello es el nuevo proyecto de infrapolítica y de democracia posthegemónica, que es lo que estamos tratando de llevar a cabo como colectivo. La diferencia fundamental es que este colectivo ya no es un colectivo universitario. Tiene un carácter de colectivo postuniversitario, aunque todos los que estemos en él seamos universitarios, pero paradójicamente ya no hay una vinculación institucional clara, ya no dependemos de institución alguna para llevar adelante el proyecto. Esto ocurre en redes sociales, ocurre en encuentros durante viajes autofinanciados, y tiene claro por lo tanto un carácter de insurgencia con respecto al campo institucional académico, con el que nos manifestamos en ruptura, o en abierto éxodo. En ciertos aspectos que importan, claro, no totalmente, en la medida en que seguimos empleados por instituciones donde tratamos de hacer un buen trabajo y de cumplir con nuestras obligaciones. Pero el proyecto infrapolítico tiene un cierto carácter de insurgencia innegable con respecto del discurso universitario, y yo me atrevería decir que esa es su novedad y su promesa. Y su futuro. Para mí es el proyecto más importante con una genealogía latinoamericanista o hispanista de los últimos treinta o cuarenta años, por dar un número. También es un proyecto que no debe demasiado a otras tradiciones, no es un proyecto que readapta una lengua a otra lengua, sino que piensa por sí mismo desde el principio, y eso es nuevo, me parece—otra cosa es que nos las arreglemos para destruir también su posibilidad, como ha pasado otras veces, como puede haberle pasado a otros.

Para ser más preciso: no se puede evitar cierta reintegración universitaria por el hecho de que la universidad al fin y al cabo es la que nos da tiempo y estudiantes, pero sí que ha habido un paso, desde un compromiso institucional en el que la universidad era el lugar de intervención fundamental en los años ochenta y noventa, a la constatación presente, quizás un poco melancólica, de que hoy la verdadera discusión intelectual, la discusión intelectual libre se produce en espacios que ya la institución no puede ofrecer. Pensar eso es también pensar la historia y nuestro presente.   Pero es mucho más importante darle vía en la infrapolítica a lo que no es meramente negativo (aquello que la infrapolítica no es) sino darle vía a su positividad de pensamiento y de ejercicio, pues eso es lo que puede cambiar nuestra lengua.

Iván Pinto: Muy a propósito de esto y de tu venida al Coloquio la Universidad Posible, planteaste al respecto la idea de una “Universidad imposible”, imposible más bien en el sentido que la universidad “ya no va más”. ¿Cuál es esa universidad que ya no va más para tí?

La universidad que ya no va o da más es la universidad que hay que cerrar como proyecto. Es absurdo tropezarnos, darnos trompadas contra un muro que no se va a romper. Yo hablo de universidades imposibles no como idea utópica, no como paradoja romántica a la que habría que acceder o con la que conviene soñar, sino al revés, como aquello que hay que abandonar, y aquello que si no abandonamos nos hará perder el tiempo sin más. No estoy diciendo que haya que abandonar prácticas de enseñanza. No estoy diciendo que haya que abandonar espacios departamentales o institucionales, y tampoco que haya que simplemente hacerse ausente de cualquier política efectiva que pueda aparecer como posible en algún momento dado, concreto, en la institución en donde estás y donde vives. Lo que estoy diciendo es que nuestra lógica de pensamiento en libertad ya no pasa en términos generales por la institución, pues es la institución misma la que ni la busca ni la quiere. La institución se ha comercializado, se ha corporativizado, y esto no es algo que le haya pasado por casualidad, sino que responde a una formación histórica específica. Esto es un proceso global, no estoy hablando por supuesto de mi propia institución, estoy hablando de la universidad global en general, por supuesto tendencialmente, pues siempre se podrá citar alguna excepción u otra. Entonces para mí la universidad imposible es simplemente la constatación de que en la universidad ya no hay casa. La universidad hoy es sólo intemperie. Y creo que es necesario desplazarse a otro lugar, un lugar en el que tengamos que crear nuestra propia aura. Organizar una arquitectura del desierto, y ponme si puedes arqui- bajo tacha, eso es lo que está en juego ahora en el pensamiento que antes era sin más pensamiento universitario.

Iván Pinto: También viniste a Chile a dar un seminario con Gareth Williams, Sergio Villalobos-Ruminott y Gerardo Muñoz sobre Infrapolítica, y se suma a esto el hecho que la revista “Papel máquina” ha dedicado su última edición a la cuestión. ¿Qué define para ti la intervención “infrapolítica? ¿Cuál es su especificidad como estrategia y/o grupo?

No me gustaría sonar arrogante al decir que yo creo que el proyecto de infrapolítica es una novedad. Pero creo que es una novedad de carácter radical. Incide en los momentos más relevantes del pensamiento contemporáneo. Es decir, precisamente por eso ya no es un trabajo de campo, ya no es un trabajo disciplinario. Tiene relevancia para el trabajo de pensar los problemas más acuciantes de la temporalidad filosófica al menos. Y también de la temporalidad política, diría yo. En ese sentido es una tarea que nos excede, me excede a mí, excede a todo el colectivo. Pero eso le da a nuestro trabajo un carácter de riesgo, de exposición. Cómo pensar sin fetichizar la noción de novedad en el pensamiento, pero cómo pensar a partir de lo que hay, entendiéndolo, y cómo pensar sin reproducir lo que hay. El proyecto de infrapolítica es una forma específica de atender a esas preocupaciones, que yo insisto que tienen relevancia fuertísima para los temas centrales del pensamiento contemporáneo, aunque infrapolítica no se propone como pensamiento central de la contemporaneidad, sino que trata de llegar a la contemporaneidad ya desde una perspectiva marrana, excéntrica, posthegemónica, sin buscar de ninguna forma naturalizar una nueva tendencia, una nueva corriente, una nueva moda. La infrapolítica es un gesto o un estilo, y en cuanto tal no puede copiarse. No nos interesa, por eso tampoco nos interesa, el gesto fácil de definir la infrapolítica, captar adeptos en busca de entusiasmos. No se trata de eso. Nuestra labor es más bien una labor callada, tranquila, sosegada, por más que sea intensa, pero que toma el riesgo fundamental de buscar una palabra nueva, es decir, una nueva posición en el pensamiento. Pero no para llegar a lo nuevo, sino porque lo viejo nos agobia y se nos ha hecho invivible.

Iván Pinto: Una pregunta que estuvo presente en el seminario es el de la política de la infrapolítica. Quisiera preguntarte por ello y por su relación con el contexto latinoamericano actual y lo que podríamos llamar el fin del ciclo “marea rosada”, desde una posición que han ido asumiento como grupo.

Claro, la preocupación por la política de la infrapolítica, que efectivamente ha salido de varias formas en los últimos cuatro días, yo tiendo a asumirla inmediatamente como un intento de entender qué es la infrapolítica. Es un intento de relacionarse con la infrapolítica como algo potencialmente emancipatorio, o si quieres, simplemente útil. Entonces la gente pregunta ‘bueno, ¿pero qué política hay detrás de esa palabra rara que os habéis inventado, qué política hay ahí?’. Y nuestra respuesta sólo puede ser: la infrapolítica no es una política, es precisamente lo que no es política, y busca tematizar lo que no es política en relación con la existencia de todos y cada uno, la existencia común y corriente que es en cada caso la propia. Eso no significa que sea antipolítica y desde luego no significa que no tenga, busque, y quiera una relación con la política. Pero esa relación con la política nosotros la entendemos como suplementaria a la infrapolítica misma. Y ese suplemento, y utilizo la palabra suplemento en el sentido derrideano fuerte (no es una palabra que yo use con ligereza), a ese suplemento nosotros le llamamos “republicanismo demótico”, “democracia posthegemónica”, “populismo marrano”, en fin le hemos dado varios nombres. Ese populismo marrano, que para nosotros es posthegemónico, tiene que ver con el rechazo de la noción teórica de hegemonía como horizonte de la política, pero no como lógica formal de la política. La hegemonía puede entenderse como lógica formal del movimiento político, pero no conviene convertirla en su horizonte.

Para nosotros el pensamiento de Ernesto Laclau, que ha inspirado a tantos políticos importantes y movimientos importantes en la Latinoamérica reciente, sigue siendo relevante, pero como descriptor de la forma de la política, como descripción fáctica de lo que es la articulación política. No pensamos que la articulación hegemónica sea el horizonte de la política, porque la articulación hegemónica es necesariamente una forma de dominación. Y nosotros queremos pensar la política de la libertad, no de la dominación. Le llamamos posthegemonía simplemente a eso: a sustraernos al principio de dominación hegemónica. Y en ese sentido estamos no en desacuerdo sino en desplazamiento con respecto de la mayor parte de las formulaciones teóricas que vinculan los diversos gobiernos de la marea rosada. Incluso pensamos que si los diversos gobiernos de la marea rosada hubieran querido escucharnos, cosa imposible, claro, no habrían caído tan precipitadamente. Puesto que en el fondo lo que está en juego en la posthegemonía es lograr un republicanismo sólido, un republicanismo democrático, duradero y permanente, no fiado a cuestiones de economía desarrollista extractivista, o no fiado a vaivenes en el mercado financiero internacional o a la capacidad de producción de materias primas que tienen un mercado atractivo en un momento dado. Entonces, de nuevo, hay mucho por pensar. Nuestra propuesta no es una propuesta socio-científica, en el sentido de que no estamos ofreciendo programas de gobierno ni plataformas electorales. Estamos simplemente tratando de incidir teóricamente en lo que podría organizar una nueva etapa de la democracia mundial. Ese es el horizonte del intento de pensar la democracia posthegemónica o el populismo marrano.

Andrés Pereira: Al respecto de ello has comentado que se trataría de pensar una suerte de “aprincipialidad” ¿Cómo podríamos entender esto?

En cuanto propuesta política efectiva, es decir, en cuanto suplemento a la noción ateleológica y anormativa de la infrapolítica, pero como propuesta política efectiva, la noción de democracia posthegemónica puede llevar a un programa, porque es una militancia, una forma de militancia, es decir, una forma de asumir el estar políticamente. En cuanto programa y militancia tiene un fin o una meta, pero no en el sentido de que busque la consumación de un principio. Tiene un fin solo en el sentido de que busca o promueve un estado de cosas, busca una relación con la política, y trabaja para ello. ¿Qué significa eso? Significa entre otras cosas y por lo pronto que no queremos que el espacio político se cierre en identitarismos, no queremos que el espacio político se cierre en exclusiones, no queremos que el espacio político se cierre en verticalismos, autoritarismos, en principios de mando, en voluntades de sumisión, en explotación, vengan de donde vengan. Eso es simplemente consistencia con una práctica democrática efectiva, pero no tiene rango de principio, diría yo. Es consistente con la aprincipialidad ateleológica de la infrapolítica en el sentido de que no propone más que un programa para ver si funciona. Y si no funciona, habría que arreglarlo. Y el programa es en ese sentido infinito, o potencialmente infinito. No puede haber una ética de la infrapolítica. La infrapolítica es una forma de moralismo salvaje, digamos. Pero dentro del suplemento democrático posthegemónico sí hay una ética. Es una ética en el sentido de que define modalidades de la práctica, por ejemplo, no se puede ser demócrata y tramar una política sobre el mando, la explotación o la dominación. Tratamos de mantener consistencia en el pensamiento sin imponer normatividades, porque no podríamos, no sabríamos cómo hacerlo, o no nos interesaría aprenderlo.

“O friends …”

“O Friends…” (by Jaime Rodríguez Matos)

A friend (someone who is by no means simply trying to dismiss our work by misrepresenting it in order to declare its insufficiency, someone who is aware of the work that happens explicitly under the term infrapolitics) objects that every time the word infrapolitics is used we might as well substitute it for deconstruction. There is the perception that the insistence on the word infrapolitics is problematic, that something has gone wrong. The wrong turn concerns politics. The objection: once we have deconstructed subjectivity, collectivity, history, and so on, we are no longer dealing with a traditional notion of politics and therefore it might be more of a provocation to call the result “politics.” “Politics,” then, understood as the task of deconstruction (assumed to be the proper but denegated name of infrapolitics), is “the work toward and from the other without ground.” So far the objection.

I find this reaction needs to be made explicit and taken into account if one is interested in considering the existence of the Infrapolitical Deconstruction Collective. It illuminates, inadvertently, to what extent infrapolitics is no longer a continuation of previous theoretical work. It also highlights to what extent the project makes even those in close proximity a little uncomfortable. My aim with these remarks, then, is not necessarily to say anything new, but to make explicit a facet of our project that has been underthematized. Our friends’ objections shed light on some of the more general protestations (sometimes but not always hostile) being made against infrapolitics at the moment. For it is the very refusal to look politics head-on that is at issue. The accusation of a-politicity is made exactly when politics is being questioned most radically. This is important to note if only as a heads-up against any possible question-begging reclamations. The demand for the useful and effective politicity of infrapolitics is possible only by begging infrapolitics to accept presuppositions that are not its own, by begging infrapolitics to destroy itself. That this can happen both in the name of academic discourse and also in the name of political Causes is testament to the non-place that infrapolitics “occupies” at the moment.

Remarks:

  • Steve Buttes recent comments on infrapolitics highlight the extent to which the project can be mistaken as the latest incarnation of a decades long attempt to do theoretical work within Latinamericanism. Following the gesture of John Beverley in Latinamericanism After 9/11, Buttes treats the entirety of Alberto Moreiras’ work, as well as that of scholars associated with him (Patrick Dove, Kate Jenckes, Marco Dorfman), as different instances of a master project geared toward making certain phenomena visible for the fields of Latinamericanism or Political Theory. Everything “theoretical,” regardless of specific circumstance, becomes the work of “the infrapolitical thinker.” This is problematic on more than one front. For one, it fails to see the specific circumstances that led to the emergence of the term. One of the issues at stake, however, concerns the very image of the moment that animates the work on infrapolitics.[1] To put it bluntly: infrapolitics becomes necessary as a project when the theoretical apparatus that informed much of the work that was done in the 1990s and 2000s seems insufficient, or, more radically, when it begins to serve, in many instances, as alibi in maintaining the staus quo regarding the life of an academic discipline like Latinamericanism. It is certainly possible to quote Lacan or Lacanians in order to show how the subject is constitutively divided from itself, but if this is done in the name of producing more readings or contributions to the study of Latin America, then the radical unworking of subjectivity simply serves to prolong the appearance that everything is just fine so far as area studies is concerned. At the same time, this kind of theoretical resourcefulness hides the fact that it is now necessary for “theory” to begin to do theoretical work of its own beyond the masterful reproduction of what is elaborated elsewhere. And this is not simply a question of arrogantly asserting superiority over any archive, but rather of a recognition that, whatever the limitations of our work, it has to begin to push the boundaries imposed by all images of the present that are handed to us regardless of theoretical provenance. (So we are faced with a group of scholars from disparate backgrounds—cultural and literary critics, philosophers, political theorists, etc.—all of whom are faced with the fact that, whatever their credentials, it seems unavoidable to cross into “foreign” disciplinary territory: we lack the paper work that would make us “proper subjects” in those other territories. One way of putting it would be to consider the existence of a trained Hispanist intent on thinking through contemporary global politics by way of a post-deconstructionist notion of the ontological difference.) In a word: it involves acknowledging, and accepting the consequences on our part, that no one is ever recognized as prophet in his own home—which is fine by us, as we deny the possibility of prophesy in the first place, above all when it comes to knowledge of history and politics. For these reasons, the work of the group does not find a ready-made mode of inscription in stable academic frameworks. That resistance to infrapolitics is felt from within (what the “outside” world considers to be just the usual suspects of poststructuralist theory) as well as from without is indication that the claim that infrapolitics simply continues decades long work by a recognizable sector of any field is not quite accurate. One would first need to account for the fact that thinkers who see themselves as deconstructionists (of whatever ilk) find it necessary to situate themselves at a distance (however proximate) from the project as such. This is simply a fact of our situation, not something that has been posited by us. This distance also marks a certain contour of our current situation, and it is not a minor one in my estimation.
  • It would be impossible to do justice to the diversity of approaches that make up the group by pointing to labels such as deconstruction, theory, hermeneutics, posmodernity, subaltern studies, Marxism, pasychoanalysis, political philosophy, and so forth. The line that cuts across all of those terms has a theoretical bent, but it is far from homogeneous and recognizable from the point of view of the current “tool box” approach to academic positionality. But also, and perhaps more important, what is crucial in each one of those cases is that all of those terms are being constantly divided from within: we are heretical in all our theoretical preoccupations. In my own specific case, I have found it perplexing that some label me as a Heideggerian, a Badouian, a Lacanian, and even an old-fashioned literary critic. At the same time historians claim that history is lacking, while literary critics quip that there is too much history keeping me away from the texts. While I can see why that happens, it always results in a reduction that does little justice to what is actually at hand. And more often than not, these acts of labeling go hand in hand with fundamental objections based on the idea that if I am taking Heidegger, or Lacan, or Badiou seriously enough then I should not be doing what I do. These are not simply personal anecdotes regarding my history in the academy: they indicate a fundamental uneasiness when it comes to a certain kind of work that is being done today (not just by me) that refuses the full capture of academic discourse.
  • Why demand a clear demarcation between deconstruction and infrapolitics? It might be counterproductive to take the path of delineating to what extent infrapolitics is not deconstruction. Derrida, Heidegger, Nancy, and others, are fundamental references for many of us. Thus, it is not out of a need for demarcation but out of a need for a more amalgamated existential specificity (an infrathin [inframince] relation to use Duchamp’s term recently invoked by Nancy, 14) that it has become necessary to insist on infrapolitical and poshegemonic reflexion. For Moreiras, the posthegemonic supplement of infrapolitics “es rehusarse al poder del conflicto central a favor de las múltiples intensidades existenciales de una vida, la común y corriente, la nuestra en cada caso, y de hacerlo además en nombre de la resistencia a toda captura” (Moreiras “Comments to Sergio Villalobos Ruminott’s “Literatura y lucha de classes””). It is not simply that the great categories of politics have to be deconstructed, it is also that the shift toward politics (however “deconstructed”) is a shift toward the obliteration of everyday ordinary life to the extent that it does not show itself useful for the politics of the deconstructed community, or subject. To this Moreiras counters: “La pregunta que siempre se plantea en relación con la infrapolítica, es decir, para qué sirve eso, de dónde la necesidad del prefijo, podría invertirse: la política es en cada caso la captura capitalizante de la vida infrapolítica. Y esa es la definición de política que decide también por qué esa palabra debe caer bajo sospecha, y no sólo en general, sino siempre en cada caso, a cada uso” (Moreiras “Comments to Sergio Villalobos Ruminott’s “Literatura y lucha de classes””). Every time the suffering of the world is invoked as the authorizing instance of academic research, as Sergio Villalobos-Ruminott points out, what is at work in fact is the deactivation, not to say the censorship or annihilation, of this existential or lived infrapolitical dimension. He is referring to the objection voiced in the name of “communism,” but we could substitute the specific terms for politics to the same effect: “la tarea distintiva de la infrapolítica pasa por suspender esos automatismos y poner en suspenso las homologaciones empáticas. Advertida ya de la condición contraproducente de la empatía, la infrapolítica no sabe, pero sospecha de las grandes declaraciones y de las formas monolíticas e identitarias del discurso. Y por eso, más que la restitución de la [política] como motor de la historia, la pregunta infrapolítica sospecha de la [política] como forma histórica de la tesis del conflicto central, misma que estructura el horizonte onto-teológico occidental. Desde esta inquietud, la lucha de clases en sus formulaciones más militantes y sentidas no repara suficientemente en su función catecóntica, función que le permite amortiguar, neutralizando, la intensidad discontinua de las múltiples luchas sociales.” Which is to say that the problem of infrapolitics is not simply to offer a resignification of politics, a better sense of the political, but to show how the invocation of politics is always the erasure of the infrathin existence that does not allow itself to be captured by the political in any form.

References

Buttes, Steve. “More Thoughts on Infrapolitics”. https://infrapolitica.wordpress.com/2016/05/02/more-thoughts-on-infrapolitics-steve-buttes/, 2016. 3 May 2016.

____. “Some Questions for Infrapolitics”. https://infrapolitica.wordpress.com/2016/04/10/some-questions-for-infrapolitics-by-stephen-buttes/, 2016. 3 May 2016.

Moreiras, Alberto. “Comments on Regional Critical Work”. Infrapolitical Deconstruction: Discussion Group, 2016. Facebook. 29 April 2016. <https://www.facebook.com/groups/446019398878033/permalink/875947335885235/&gt;.

____. “Comments to Sergio Villalobos Ruminott’s “Literatura y lucha de classes””. https://infrapolitica.wordpress.com/2016/05/02/literatura-y-lucha-de-clases-comunismo-del-hombre-solo-de-fedor-galende-vina-del-mar-catalogo-2016/ – comments, 2016. 2 May 2016.

Nancy, Jean-Luc. Intoxication. Trans. Phillip Armstrong. New York: Fordham University Press, 2016. Print.

Villalobos-Ruminott, Sergio. “Literatura y lucha de clases. Comunismo del hombre solo de Fedor Galende (Viña del Mar: Catálogo, 2016)”. https://infrapolitica.wordpress.com/2016/05/02/literatura-y-lucha-de-clases-comunismo-del-hombre-solo-de-fedor-galende-vina-del-mar-catalogo-2016/ – comments, 2016. 3 May 2016.

 

 

[1]           For Moreiras, the continuity with the work on Latinamericanism, which was always a problematic relation to begin with, is now untenable. Recently he has offered the following exposition of the problem: “there is a void at the place where critical regionalism used to exist as Latinamericanism. Today the position is empty, and our mission … is to work back from that empty critical position into a proper genealogy of historical life: in other words, history is all we have, or history + the void. For me also, this has been developing essentially since the end of the Cold War, but more markedly and more catastrophically since 9/11, 2001—an event that marked the end of postcolonial thought as a genuinely productive possibility. We can note that, today, even people that are enthusiastic about the Latin American progressive politics cycle do not talk about it in terms of any kind of critical regionalism, rather in terms of whether or not the left can become hegemonic, and what mistakes are being made strictly following a political and economic logic given actual conditions, where ‘culture’ is very often simply another fact of political economy. Simply put, from my perspective, geopolitics has shifted to such an extent Latinamericanism, and any kind of great-spaces area studies, have lost their function today. This is a crisis in university discourse because the disciplinary constitution of the university has no replacement for that function but also or primarily because the disciplinary constitution of the university also has no interest in developing it. So we do a genealogy of historical life–perhaps looking for some kind of impersonal democratization as critical horizon, and perhaps looking for singularities of the time of life, what we used to call a ‘metahistory of material practices of power.’ Such is what remains of a Latinamericanism that can no longer sustain an intellectual endeavor in my opinion. My point, once again, is not to be pessimistic, but precisely to avoid all pessimism through an eyeball-to-eyeball confrontation with the state of things as they are. Only a clear understanding of the epochal situation can help orient our own careers, what is a dead end, what is not, what the function of intellectuality connected to languages and historical traditions could be today. My opinion: we owe tradition nothing, but we may want to establish a relationship to it, that is all. How we do it will define our role for the foreseeable future. Finally, I defined myself as a Latinamericanist only to the extent I have an ongoing conversation with Latin American intellectuals, and in no other sense. Same as regards Hispanism” (Moreiras “Comments of Regional Critical Work”).

Literatura y lucha de clases. Comunismo del hombre solo de Fedor Galende (Viña del Mar: Catálogo, 2016)

Literatura y lucha de clases

Comunismo del hombre solo de Fedor Galende (Viña del Mar: Catálogo, 2016)

Al finalizar nuestro seminario sobre Línea de sombra e infrapolítica que acaeció en el marco de la American Comparative Literature Association (ACLA), en Harvard, el pasado mes de marzo, una pregunta que se coló, de refilón, entre las mesas, y que expresaba más bien un cierto lugar común de sospecha y marcada desconfianza con el trabajo asociado a la cuestión infrapolítica, fue la pregunta por la “lucha de clases”. Lo que estaba en juego con esa pregunta no era simplemente devolver a la discusión una cierta preocupación por la historia efectiva, olvidada o desplazada por las infinitas sutilezas de un debate que se hacía poco transparente y poco hospitalario al sufrimiento del mundo. Había lago más. Se trataba de enmendar el camino y mostrar que la infrapolítica resultaba improductiva a la hora de pensar los problemas reales que traman el mundo, y en él, las desgraciadas biografías de sus habitantes. Ojalá todo fuera tan fácil, y el comunismo resultara ser el efecto automático de una preocupación candorosa por el “otro”. Pero no. Lamentablemente la tarea distintiva de la infrapolítica pasa por suspender esos automatismos y poner en suspenso las homologaciones empáticas. Advertida ya de la condición contraproducente de la empatía, la infrapolítica no sabe, pero sospecha de las grandes declaraciones y de las formas monolíticas e identitarias del discurso. Y por eso, más que la restitución de la lucha de clases como motor de la historia, la pregunta infrapolítica sospecha de la lucha de clases como forma histórica de la tesis del conflicto central, misma que estructura el horizonte onto-teológico occidental. Desde esta inquietud, la lucha de clases en sus formulaciones más militantes y sentidas no repara suficientemente en su función catecóntica, función que le permite amortiguar, neutralizando, la intensidad discontinua de las múltiples luchas sociales.

En efecto, para un sabueso infrapolítico, la lucha de clases aparece como una hipótesis de contención que no solo postula a las clases como entidades constitutivas de la historia, sino también organiza el estriado campo social, desde lo biográfico hasta los grandes fenómenos de masas, en la lógica identificadora y subjetivante del conflicto central. Y allí, desde las investigaciones historiográficas de E.P. Thompson en la Inglaterra de mediados del siglo XX, hasta la noche proletaria traída a luz, recientemente, por Jacques Rancière, lo que destaca es la misma incomodidad de la vida obrera, como todo vida, de ceñirse al mandato normativo de una identidad, más allá de los ribetes heroicos con los que se escriba su historia. La vida obrera, nos indica Rancière, hay que mirarla en su exceso nocturno, no en su ajuste normativo a un modelo, sino en plena noche, donde los trabajadores asisten a la escena de una desnudez esencial y experimental, que consiste en abandonar los ropajes sociológicos que le dan una posición y una identidad, y aventurarse en los juegos literarios y funámbulos del bar como escenario a contrapelo de la militancia. Y uno podría pensar así, de vuelta, la literatura obrerista desde Los de Boedo, pasando por Arlt, hasta Manuel Rojas y Gonzáles Vera, para hacer aparecer esa vida ya des-investida del romanticismo que reviste de oro revolucionario la humilde vida proletaria.

En ese marco, donde las luchas se multiplican más allá de la hipótesis del conflicto central, y donde la biografía ya no remite a una obsesión burguesa con el sujeto, sino que refiere a la ilógica economía de los restos que arman la posibilidad de “una vida cualquiera”, aparece el ensayo de Galende, dedicado a desentrañar, como desatento buceador intempestivo –aún a pesar de si mismo- la forma en que la leve tonalidad azul de las películas de Aki Kaurismäki develan el delicado transcurrir de la sobrevida, más allá de los tonos monumentales de la historia. Los personajes de Kaurismäki, sostiene Galende, son huérfanos de la Historia, deambulan por el mundo en una forma no identitaria de comunismo; se buscan como perros tuertos, para reconocer en la averiada condición de la mirada el horizonte sin atributos de una comunidad sin ligaduras. Es como si el cine –y quizá esta era la obsesión que llevó a Benjamin y Kracauer a nunca darlo por muerto- hubiese hecho posible la vida más allá de la ontología. Algo similar nos indica el cineasta iraní Abbas Kiarostami: “filmar es ensayar una posibilidad en el no-ser, en el dejar de ser, donde la imagen ya no da cuenta de la fuerza del mundo, sino que fluye con ella sin quedar atrapada en su dique”. El libro de Galende apuesta entonces, y esta es una decisión de escritura, pues lo que gana es paradojal: desocultar la trama de ser como una inmersión en la pérdida. Vivir es perder, parecen decir los personajes de Kaurismäki, sin desesperar de la perdida.

No es menor entonces el gesto de este ensayo, que restituye un uso común de la palabra comunismo, pero ya sin remitirlo a ningún atributo. Hombres sin atributos, como diría Musil, que extraviando la mirada en el cielo, parecen apostar por un nuevo clima de la historia. Hombres sin pasado, muchachas pobres, tristes, ya sin melancolía. El comunismo no es una finalidad ni un mazazo de la historia. Es el resultado de una cierta serenidad que acepta el devenir material de los días. Vivir es envejecer, pero en el envejecer se abandona la fuerza y su principio, haciendo posible un abandono del discurso sacrificial de la historia. Tendríamos nosotros que preguntar, entonces, qué hace posible un ensayo como esté, no solo en el vórtice conceptual de una escena intelectual dedicada a desentrañar las claves de la historia (Chile), sino acá (USA), en medio de la máquina semiótica universitaria que prohíbe y reprime este tipo de experimentos. Si la infrapolítica es una desistencia insobornable con respecto a los énfasis de la escritura académica, encontramos en este libro un ejercicio digno de considerar. Incansable lector, sabueso derrochador!

Sergio Villalobos-Ruminott

More thoughts on infrapolitics. (Steve Buttes)

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I want to respond and reframe some of my initial questions given the ways in which the dialogue has approached them thus far. Moreiras notes that “there is a differend between us at the level of presuppositions, and that it is very difficult to look both for agreements or disagreements if the differend is not recognized as such.” Using the metaphor of the “pine trees” we discussed earlier, he goes on to say that “this is not the same as saying that you, for instance, insist on focusing on the pine trees whereas infrapolitics looks for everything else as well.

Rather, the very perception of the “everything else” already goes through the recognition of the differend. At that level, I would say that “your” pine trees, from this side of the divide, are not the same as the pine trees we can see and deal with.” And then this is compared with “lust [which] has different connotations for different ethical positions: a puritan sees lust where a libertine sees only desire, etc.”

What I understand as at stake here is the difference between translation and belief. In the former, we might think of the possibility of translating libertinism into a puritan language, of acknowledging the presuppositions of puritanism but nevertheless finding room to see from within those terms desire rather than lust. Approaching puritanism and libertinism as different languages, we might find points of conversation. But, then, if you are a puritan and encounter the translation of desire into your language, what do you do with the earlier form of puritanism in which you understood desire as lust? If it’s a good translation, you’d stop using the earlier version, or maybe you’d strategically (or cynically) use one or the other in given circumstances.

If it’s a bad translation, you might say, “nice try, but it makes no sense: I’m not buying it” or “that’s blasphemous.” But what marks the difference between good and bad here is whether or not you find it convincing and adopt it as your own. In other words, it’s not really a translation at all but rather an argument, one that you either believe to be correct or incorrect. The same goes for the pine trees. If I believe every kind of tree is a type of pine tree and you believe that all trees are individual and beyond categorization, we disagree rather than just differ. This takes the argument onto the ground others have already argued: Di Stefano, Sauri, Hatfield, Michaels and others. Indeed, as Michaels notes in The Shape of the Signifier critiquing the conversing “moral vocabularies” that Richard Rorty advocates and explaining the strangeness of the translation model, “Hebrew and German do not contradict each other, and insofar as Saint Paul’s and Freud’s moral vocabularies are like Hebrew and German, they don’t contradict each other either . . . . if Paul says that Jesus is God and Freud says he isn’t, they aren’t disagreeing, they’re just speaking different languages” (46).

While I believe these issues are important to discuss, I believe the scholars I mention can speak to their own arguments if they wish. I don’t want to move in that direction in my own comments because it takes us away from the intention of my initial post, which was not to interrogate the totality of systems of thought (e.g. infrapolitics as a whole) or make claims about entire philosophical traditions that are at odds with each other. Rather, my intervention emerged from my own plodding, piecemeal way of working, which is to mark concrete points of contact between my thinking and interests and those I see in others—in my case the Neobaroque, trompe l’oeil and the punctum—and to ask questions from there.

In this vein, let me reframe the initial reflection above in which I attempted to address the metaphors Moreiras evokes in his previous post. Rather than puritanism and libertinism, I want to imagine the strangeness of this demand for translation over argument in a Latin American context. More specifically, I want to draw attention to an episode from the colonial period that appears in Mariano Picón-Salas’ work and which I encountered in Marco Dorfsman’s recent Heterogeneity of Being (2015). Here Dorfsman discusses the “very Baroque example” (72) of the transliteration of the Pater Noster (Lord’s Prayer) into hieroglyphic Indian writing:

“The text begins with the word pantli (in Nahuatl a banner or flag of sorts) followed by the glyph for nochtli (in Nahuatl the cactus fruit or tuna) and so it continues on in this manner. The idea is that the Indian is supposed to read pantli nochtli phonetically, and not to see the images of the hieroglyph. A proper reading of the pictographic writing would, of course, produce pure gibberish, while the phonetic reading produces a distorted Latin. It is worth recalling that the majority of the Indians, even those who would have been able to ‘read’ and recite the Pantli Nochtli, would have not been able to understand Latin in any case. However, it is precisely the fact that this new hybrid is incomprehensible that gives it both its sacred and poetic power . . . . In the transliteration, Latin is being put to uses that are only ecclesiastical or scholastic on the surface. Within, ‘a beautiful harmony’ (or struggle) rages. What we have here is the true fusion of opposites [the coincidentia oppositorum of the Baroque]: the beginning of a literary production that leads, almost naturally, towards that other Latin American [Lautréamont] who in France joined together an umbrella and a sewing machine upon an operating table” (72-73).

Here, though I’m not certain that this is a main point of his argument, Dorfsman signals the strangeness of the translation model. As Dorfsman frames it, “Tuna Flag” either makes no sense at all (is “pure gibberish”) or is a way of joining the faith community in saying “Our Father” (in a “distorted Latin”). In the tension between these, Dorfsman sees a “poetic power,” but it is a power that emerges, of course, from a pedagogical power. The “Tuna Flag” scene is taken from the section of Picón-Salas’ book entitled “The Pedagogy of Proselyting:” “images and metaphors were sought in the circumscribed world of the native to bring religious ideas nearer to his mentality” (Picón Salas 56). While, as Dorfsman points out, this pedagogy is somewhat pointless in the sense that “a proper reading of the pictographic writing would, of course, produce pure gibberish,” rather than an understanding of the complexities of a belief system, it is possible to find in the gap between the saying (the distorted Pater Noster) and the said (the incomprehensible Pantli Nochtli)—in the failure to produce a successful translation—a proto-surrealist poetic form: the “true fusion of opposites” that is the “beginning of a [Neobaroque?] literary production” (73).

It is here that I see the task of the infrapolitical thinker manifesting itself as Moreiras describes: deciding what kind of object the failure that is the Pantli Nochtli is. Neither the Franciscans who instructed the indigenous artisans to create the images of the Pantli Nochtli nor the indigenous painters themselves would have recognized what Dorfsman does, which is to see what existing modes of calculation could not. In the gap between the utopian pedagogical practice of the Franciscans and the everyday intonation of gibberish in Nahuatl, the infrapolitical thinker sees the emergence of a nascent (Neobaroque?) literary form. But it is for this reason that I claim in my initial post that infrapolitics (in my partial, fragmented approach to it) “remain[s] squarely within Baroque modes of trompe l’oeil thought, requiring . . . unbelieving beholders.” Indeed, here we see a key example of trompe l’oeil literature: out of raw materials (“pure gibberish”) the appearance of the ecclesia emerges (“distorted Latin”).

But the infrapolitical thinker, as what I call a “miner of life’s raw material,” appeals to the potentiality of life itself by seeing the invisible qualities of that “gibberish.” That is, by seeing in the the incongruous encounter a potentiality that is not visible from the two poles mandated by the encounter, in demanding the failure of realizing the utopian promise (which is accompanied by the violent and creative modes Picón-Salas describes), we see the invisible emergence of the possibility of integrating the Pantli Nochtli into an absent whole by seeing it as the first in a series of variations that will produce an alternative tradition: a poetic form that begins with the Franciscans and develops into the incongruous images created by Lautréamont, the surrealists and Octavio Paz.

It matters little here that the Pantli Nochtli is meant as a mnemonic device to enter the ecclesia. What matters instead is the emergence in the everyday intonation of the Pantli Nochtli of the failure of utopia, which the infrapolitical thinker recognizes as poetic form, a form that is invisible to those who made the work. This infrapolitical account of poetic form escapes the belief systems of the colonial encounter, it does not escape a belief system outright but rather produces one of its own that displaces current understandings by integrating the Pantli Nochtli into the avant-garde tradition (if we agree with the reading) or doesn’t (if we disagree). Does the infrapolitical see a role for artistic visibilizations, or must these always be broken down for parts? Is the failed artwork central to infrapolitics? Are the terms “neobaroque” and “infrapolitical” synonyms for each other?

It is from here—in the infrapolitical approach’s ability to see what is not there when reading from existing modes of calculation—that I can return to the question of the punctum. In reading Moreiras’ work on poverty and infrapolitics in Línea de sombra, I saw parallels with his earlier work on Borges and Cortázar in Tercer espacio. I then heard the opening remarks made by Gerardo Muñoz and Sergio Villalobos-Ruminott at the ACLA seminar in which they marked a connection between Línea de sombra and Tercer espacio: “The drift to suspend the categorial structure of the Latinamericanist reflection was already underway in Tercer espacio and [The] Exhaustion [of Difference]” (“A Response”).

It is in this context that I felt justified in asking the question of whether there was continuity between the infrapolitical that motivates Moreiras’ work now (and underscores the work of the Collective) and his earlier claims about the punctum made in Tercer espacio. Moreiras hints at the possibility of this continuity: “The punctum is . . . a crucial concept for me, as precisely the site of desire, redefined by infrapolitics as the crossing of the ontological difference in every case. I should use this precise point in your paper to warn you that when I wrote Tercer espacio, or even Exhaustion of Difference, I was not yet thinking of infrapolitics. So for me the inferences are very interesting, but I am not ready to endorse them without going over them with a very fine comb” (“A Response”). But as he notes in the continuation of our discussion, where he explains that his account of infrapolitics as “always already a response to exploitation,” what is crucial is that the response occurs in “the gap between lives exploited and infrapolitical lives, the punctum in that gap–the site of Borges’ “ancient innocence”” (“More on responding”).

In this line from Borges’ poem “Alguien” [“Someone”], these confluences are clear: a sudden feeling of happiness that emerges not in hope for the future (an eschatology of change) or from the demands of daily life but rather from the pang of an “ancient innocence.” This “ancient innocence” enables one to see in the partial moments (“an unexpected etymology,” “the taste of water”) of a daily life controlled by structures that are not our own the forgotten joys of the past (which could presumably be the joys of the future). The “ancient innocence” that underscores the infrapolitical minor adjustment has a clear connection with the punctum: it cannot be planned but must rather occur “de pronto” [“all of a sudden”].

And this demand leads me to the follow up question of whether the infrapolitical account of the punctum—the hidden minor adjustment that could not come into being were it planned as part of an anti-exploitation or antipoverty project—has something to do with the antitheatrical reading of the punctum produced recently by Michael Fried. As Fried notes, Barthes demands that the punctum not be put there for us, not be part of the photograph’s studium (or mode of calculation), and it is this demand that marks the punctum as part of the antitheatrical tradition and secures for photography its aesthetic form.

If the punctum (what the photographer cannot put there for the viewer) is a radicalized form of absorption (the refusal to perform for the viewer), it is also what secures for Barthes a successful photograph, or at least one that he finds compelling. This creates a tension, then, between the failed translation above and the successful photo here. If every success is a potential failure (mode of exploitation) and every failure a potential success (mode of escape), these are often invisible to existing modes of calculation, that is, remain in the shadows until revealed by the minor adjustment that breaks down (deconstructs?) those modes.

Does the infrapolitical demand a failed (non-unified) work, or does the infrapolitical (with its emphasis on desires that remain in the shadows, on what is not there for us) dialogue with the antitheatrical reading of the punctum developed by Fried and Michaels? I will end for now but will continue to engage in the dialogue as it/if it continues to develop.

 

 

 

Works Cited
Borges, Jorge Luis. “Alguien.” El otro, el mismo. Obras completas. Emecé, 2007.

Di Stefano, Eugenio and Emilio Sauri. “Making it Visible: Latin Americanist Criticism, Literature, and the Question of Exploitation Today.” http://nonsite.org/article/making-it-visible

Dorfsman, Marco Luis. Heterogeneity of Being: On Octavio Paz’s Poetics of Similitude. Lanham, MD: UP America, 2015.

Fried, Michael. Why Photography Matters as Art as Never Before. Yale UP, 2008.
Hatfield, Charles. The Limits of Identity: Politics and Poetics in Latin America. U Texas P, 2015.

Michaels, Walter Benn. The Shape of the Signifier: 1967 to the End of History. Princeton UP, 2004.

___. The Beauty of a Social Problem: Photography, Autonomy, Form. U Chicago P, 2015.

Muñoz, Gerardo and Sergio Villalobos-Ruminott. “Línea de sombra Ten Years Later: Introductory Remarks”. https://infrapolitica.wordpress.com/2016/03/17/linea-de-sombra-ten-years-after-introductory-remarks-acla-2016-harvard-university-gerardo-munoz-sergio-villalobos-ruminott/

Picón-Salas, Mariano. A Cultural History of Spanish America, from Conquest to Independence. Trans. Irving A. Leonard. U California P, 1962.

*Image: Mira Schendel. Untitled. 1973.

Into the common blue: on Federico Galende’s Comunismo del hombre solo. (Gerardo Muñoz)

Galende Comunismo hombre soloFederico Galende’s new book Comunismo del hombre solo (Catálogo, 2016) cannot be read as just an essay, but rather as a gesture that point to a common hue of humanity. This hue is the intensity of blue – instead of the zealous red, the morning yellow, or the weary white – the intensity that withdraws to an ethereal plane of the common. In a recent book on Picasso, T.J. Clark reminds us that the palate blue of the Spanish artist’s early period paved the way for the entry into the temporality of the modern, while demolishing the bourgeois interior and its delicate intimacy of lives that thereafter became possessed by work and display [1].

Galende’s blue dwells on an angular bend of a color without signification. He is not interested in re-signifying blue as topologically reducible to the new oikos of being. Rather, it is the blue of Aki Kaurismäki’s films what inscribes a distance or metaxy of what is improperly common to a humanity thrown into a world beyond measure (11-12). For Galende, Kaurismäki’s work is an excuse for thought, in the same way that the paintings of Yves Klein or Andrew Wyeth would have been been deployed to un-veil a distant sky that opened to the world of the living in a radically different temporality that is neither that of progress or work, nor that of alienation and consumption.

Blue communism, or rather a communism of blues brings forth unity where there is separation, because ‘class’ far from constituting an identity, is a praxis that “les brinda a ser habitantes inocentes de una actividad que se despliegue bajo un mismo cielo” (36). Hence, there is no ‘idea of communism’, but only an unfulfilled image of potentiality (this is what at stake in Kaurismäki’s cinema, but also in Bresson and Bela Tarr, briefly sketched out in the essay by Galende) of a “tiempo inútil” or an inoperative time. It is a time of life against empty homogenous time of historical appropriation or abandonment. This is also the time that exceeds the threshold between life and work, cinema and the worker’s ailment, the solitary proletarian and the lumpen as always immanent to the capitalist conditions of labor. This inoperative time is what gives form (gestalt) to a negative community of the senses that re-attaches, as in multiple patchwork, what is real and what must remain fiction (78).

Galende sees implicitly this inscription of the inoperative time in Marx’s figure of the lumpenproletariat, and more subtlety, in bits and pieces of Marx’s own life as is autographically reconstructed from the days when the “18th Brumaire of Louis Bonaparte” (1852) was written. It is only in Blanqui and later Benjamin, where communism is imagined as the improper existence of singulars under a common sky. Galende’s injunction for communism is an astro-communism that is neither regulated by subjectivity or will, political parties or the language of the transcendental nor is it a historical benchmark for hegemony and order. Against every regimen of subjective onto-theology, astro-communism is an experimental and impersonal practice of being exposed in the other, with the other. In a crucial moment of his essay, Galende writes:

“Introducir la práctica de los otros no es sin embargo una facultad exclusive del arte. Es la manera que tienen cualquiera de deshacer la identidad a la que ha sido confinado por el otro…Esto significa que no hay nada que interpretar ni nada que comprender, como diría Deleuze, ningún imperativo que asimilar: lo que la experimentación destruye es el transcendental que el catastrofista o el adelantado inyectan en el movimiento de la experiencia con el único fin de inmovilizarla. Ahora estamos al tato de que ese trascendental no era más que la máscara que cubra la vida vacía del sacerdote que frustra las potencias que se actualizan en su despliegue. […] Probar ser otro: la experimentación es una extensión en lo impropio” (81-83).

Astro-communism is conditioned by a metaxy that exceeds every anthropological remainder and its restitution. This explains why in the later part of the essay, Galende turns his attention to the animalia of both Kaurismäki and Bresson’s films: stray dogs, Balthassar the donkey, talking monkeys, rats or giant insects in Kafka. Curiously enough there is no mention of wolves in the essay (the wolf being the only animal that resists the circus or domestication, that is, that resists theory proper). Under the sway of animality, what Galende captures is not a substance or an intensity of the animal as to delimit the caesura between man and animal, but an openness that retain metaxy of every singular animal with the world.

For Galende, the animal’s sight abolishes any ‘central organization of perception’, which is condition for the appearance and consequently for being-singular in common (103-104). The metaxy of animal-world is (intentionally?) underdeveloped in Comunismo del hombre solo, but one could well speculate that this imagistic tactic here is to cross over the ontological difference into a region what the event of the human proper loses its privilege into an unearthly landscape where things and animals are assumed as a form devoid of epochal destiny. Astro-communism renders inoperative all epochality, since it conceives itself as lacking a ‘center, axis, or an organization of the visible that are merely instantiated in the quotidian [2].

This improper communism of the singular man delivers no political program. Of course, Galende makes no effort in restituting a politics in the time of the ruins of the political; at a moment when critique as such has been subsumed into a universitarian operation (125-126). Galende’s point of departure (not of arrival) is thus infrapolitical. His gesture in this sense cannot be said to produce a critical register aim at “re-orienting the present struggles” and re-integrate lumpen-living into the “stable working class”. This second option is already to abandon the promise of astro-communism in the name of an anthro-productivism that feeds off from the fictive arrangement of mechanical and labor arrangement against the singular experience.

Comunismo del hombre solo imagines and thinks what is always-already in the excess of production, that is, on the side of the lumpen, which is the form of life of astro-temporality of being. The blue man of communism can’t never be subsumed by work, since he is first a style of existence that is closer to the work of art. This is why the experience of communism, as Groys understands it, was a destructive plenary where social space became an all-encompassing museum. But that experiment failed, and only comes back to us as spectral trace. This is the promise in Kaurismäki’s oeuvre. What returns is what is un-common of the inoperative man – for instance, the particle ‘mu’ of communism [3] – not only as what makes possible and concrete every existence of life, but as a natural flux of a reverie that carries the fractured back of a laboring humanity.

 

 

 

Notes.

  1. T. J. Clark. Picasso and Truth: From Cubism to Guernica. New Jersey: Princeton University Press, 2013.
  1. Federico Galende writes: “…en este comunismo no hay centro, no hay eje, no hay una organización de lo visible ni a partir del contracampo del protagonista en el que el paisaje se condensa ni a partir de una mirada dirigida….fuera de toda imposición, en formas de co-existencia que asoman solo cuando se las requiere para solucionar un traspié inmediato o cotidiano”. 117-118
  1. Wu Ming. “The Mu particle in communism”. Make Everything New: a project on communism. London: Book Works, 2006.

Nota sobre Comunismo del hombre solo. Un ensayo sobre Aki Kaurismäki. (Viña del Mar: Catálogo, 2016), de Federico Galende. Por Alberto Moreiras.

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El texto empieza como un ensayo sobre la filmografía del finlandés Aki Kaurismäki y termina como anuncio o alegato a favor de “un comunismo más ancestral o primitivo en el que . . . caen, junto a las promesas de la historia, los representantes o los mediadores, los lazos de sangre, la familia, el pasado o el destino, el sueño de un mañana despejado o el precipicio de un ayer irredimible hacia el que los hombres se lanzan” (125). No hay ya recuerdo ni espera, sólo la repetición transhistórica de un tiempo ocioso, no consagrado por el trabajo. La vida precaria se vuelca en la ausencia misma de la unidad de toda idea, o en la ausencia de la idea: comunismo impropio, dice Galende (120), o lumpencomunismo. Lo muestra un nuevo realismo que busca traspasar “una comunidad anudada en el corazón de un tiempo sin historia” (110), el tiempo de la desmetaforización (“porque no hace de historia y ficción figuras que de ahora en más se opongan” [110]). Sólo hay entonces “potencia de ojos que se buscan” (104). El comunismo del hombre solo es también el comunismo animal de los cuerpos “que comparten la capacidad de devolverse la mirada. Esa mirada no es ni la del espejo que enajena ni la de la comunicación que enseña, no es la de ningún medium; es la de lo abierto” (100-01).

Es una extraña figura la de este comunismo animal cuyo común es la mirada en lo abierto: “los ojos no son más que un umbral entre los cuerpos, una línea entre dos reinos que inaugura una y otra vez la potencia de lo abierto” (98). La mirada es mirada en lo abierto, pero es mirada de cuerpos a cuerpos incluso cuando los cuerpos miran al cielo o al mar—es lo abierto lo que mira en la mirada de los cuerpos. Y ese es el comunismo sin idea, el comunismo animal, pues “el animal es una forma que alza los ojos hacia nosotros” (97). Es el comunismo en deconstrucción: “lo común se crea deshaciendo lo común” (91), y así no importa cómo llamar a lo que, sin idea, sin historia, sin destino, es sólo acción impersonal, estado afectivo o punto de intensidad.

Galende habría propuesto “una idea del comunismo . . . según la cual el comunismo antes que residir en la capacidad del proletariado para avanzar en conjunto hacia la sociedad sin clases, reside en la manera que tienen los hombres de definir sus modos de estar juntos bajo un mismo cielo” (61). Habría entonces una manera comunista-sin idea-de “estar juntos bajo un mismo cielo” y otras maneras. A la primera se le llama “comunismo inmanente cuyas fuerzas se prosiguen en . . . solitarios disfuncionales que, a título de un pasado igualitario, sospechan de los caminos trazados por el pensionista de la historia” (62). Tales solitarios disfuncionales no se reducen al voyou desouvrée en el que pensaba Kojéve. Galende añade un componente de perdición. Así, su comunismo, como el de los del pueblo soviético de descendientes de los criminales de la época de Pedro el Grande, es “un comunismo de fracasados unidos por una red solidaria de la que nadie estaba a cargo” (70). Esos fracasados sólo intiman o aducen, sin nombrar, sin acceso al nombre, el comunismo animal de la mirada en lo abierto. “Introducen en su propio hacer la práctica de los otros” y esa es su “experimentación,” como forma de “deshacer la identidad a la que ha[n] sido confinado[s] por el otro.” “Lo que la experimentación destruye es el trascendental que el catastrofista o el adelantado inyectan en el movimiento de la experiencia con el único fin de inmovilizarla. Ahora estamos al tanto de que ese trascendental no era más que la máscara que cubre la vida vacía del sacerdote que frustra las potencias que se actualizan en su despliegue” (81, 82). “Probar ser el otro: la experimentación es una extensión en lo impropio. Nadie puede experimentar sin poner en común lo que no era en común, sin desanudar y reanudar a la vez aquello que estaba en relación, pero tampoco se puede lograr tal cosa sin renunciar en algún punto al atributo de identidad o a la serie de destrezas que a esa identidad le fueron dadas en exclusiva” (83).

Y esto es definido por Galende como política, o mejor: como la política, una política que, si pasa en las películas (de Kaurismäki, pero también de Melville, de Bresson, o Jarmusch, o Tarr), ha también “comenzado a ocurrir en la realidad más inmediata” (125). ¿De qué se trata?  Dice Galende que la vida es ya sólo apariencia de mundo, hacerse visible. La entrada en la visibilidad es la política, y el que entra elude la sombra hacia “un reparto de luz al que todos los seres aspiran y en el que es posible dejar atrás el hecho de ser una sombra en el reparto” (84). Entonces: “la política es la lucha por ingresar al mundo de las apariencias” (84) en la que “se pone eventualmente en juego la irrupción de una comunidad inédita en el espacio de otra que se presentaba como si fuese eterna” (85).

La comunidad eterna es suspendida por lo inédito de un común que deshace animalmente lo común—la mirada en lo abierto, mirada impropia y desobramiento improductivo. Pero eso es la política en su nueva figura, política transfigurada y política de la transfiguración: grado cero, antiheliopolítica de un azul sin sombra, experimentación y ejercicio.

 

 

 

Equivalencia neoliberal e interrupción nómina: El conflicto de las facultades como contrato social

                                               Sergio Villalobos-Ruminott

  1. – La pregunta por la universidad solo puede abarcar una realidad constituida universitariamente. Sin embargo, esto no equivale a decir que la universidad piensa universitariamente lo real y, por tanto, solo piensa un aspecto de la realidad. Por el contrario, la pregunta por la universidad implica, ya desde su mera formulación, la aceptación de la condición aporética de la misma universidad, cuya pretensión es captar las dinámicas históricas mientras no puede escapar a esas mismas dinámicas. La consecuencia fundamental de esa aporía es que cualquier discurso universitario que intente sobre-codificarla, desplazarla o resolverla, quedará inexorablemente sujeta a ella. Es en esta tensión donde se constata la inutilidad de hablar de la Universidad, pasada, moderna o posible como si se tratara de una idea, modelo, arquitectónica o institución, pues la universidad es ya, desde siempre, una articulación contingente de fuerzas y facultades en pugna. La contienda de las facultades, por lo tanto, no es solo una hipótesis filosófica para determinar el rol de la facultad de filosofía, sino una caracterización imperfecta de la relación entre universidad y hegemonía, ya sea de cara a su “interior” como división del trabajo universitario, ya sea de cara a su “exterior” como sustento y mediación en la configuración hegemónica del poder y su legitimidad.
  1. – Sin embargo, si el proceso de globalización implicó el agotamiento de la economía nómicamente articulada en torno a las figuras modernas de la soberanía, de la Universidad nacional y de la filosofía como facultad menor, mediadora y defensora del interés sin interés de la razón, entonces el predomino de la equivalencia nihilista o de la intercambiabilidad general no solo desplazaría las referencialidades territoriales e institucionales del imaginario político moderno, sino que permitiría interrogar el reformismo político y la crítica universitaria en su propia obsolescencia. Esta obsolescencia no nos dice nada de la dignidad de las batallas puntuales por el futuro de la universidad, batallas que más de una vez han logrado interrumpir la lógica des-referencializadora y privatizadora del predominio globalizador y neoliberal contemporáneo (la persistencia de la universidad pública en Argentina, Brasil, México, algunos países europeos, etc.), pero si nos dice mucho sobre la inscripción misma del producto universitario (discursos críticos, profesionales, egresados). Más allá de la pertinencia política de los procesos de expansión, democratización y desarrollo universitario, todavía necesitamos interrogar la convergencia de dos cuasi-principios constitutivos de la globalización entendida como agotamiento de la economía nómico-territorial moderna: el principio evolucionista de comprensión respecto del cual una cierta filosofía de la historia del capital aparece como fundamentación de los procesos desarrollistas, y el principio general de equivalencia que reduce toda producción universitaria a la intercambiabilidad general, aumentando la acumulación de crítica universitaria, pero sin crítica de la acumulación.
  1. – Independientemente de las manifestaciones diversas y diferenciadas del fenómeno universitario, de su realidad o de su política social, con esta primera constatación no se intenta negar la situación puntual de alguna universidad en particular, nacional, local, etc., sino de problematizar la misma función de la universidad en la economía general de las sociedades contemporáneas. En este sentido, convertir a la universidad en un derecho universal puede perfectamente coincidir con la pérdida de relevancia política de la universidad, esto es, con su funcionalización mercantil exitosa. Excelencia e irrelevancia. En otras palabras, habríamos de pensar el problema de la universidad, su condición aporética, no solo desde el punto de vista de la agenda democratizadora, sino desde el punto de vista del desplazamiento general de la universidad y de su función en el nuevo contrato social que define las relaciones entre lo que los discursos sociológicos denominan el Estado, el mercado y la sociedad civil, atendiendo sin embargo a la transformación de estas mismas nociones de acuerdo con el proceso general de flexibilización del patrón de acumulación del capitalismo contemporáneo. Ya no se puede pensar en términos de Primer y Tercer mundo, pero tampoco en términos de lo local y lo global, pues así solo se re-insemina la lógica nómica y dicotómica propia de la crítica y la política moderna. Entender el carácter anómico de la acumulación no equivale a reemplazar un suelo por otro, sino a confrontar el problema de la desterritorialización.
  1. – Necesitamos entonces prevenir una confusión, la irrelevancia de la universidad respecto a la economía general de las sociedades contemporáneas no es una alusión genérica o lateral a la problemática marxista de la base y la súper-estructura. Por el contrario, la economía general alude acá a la misma reconfiguración del patrón de acumulación en una flexibilidad que rompe con todo modelo orgánico, arquitectónico, determinista de la historia y, en un sentido muy preciso, rompe con las formas más o menos estandarizadas de entender la política moderna. Así, por un lado, la pérdida de relevancia política de la universidad no nos dice nada de la reconversión curricular de la universidad y su integración flexible a la lógica de la acumulación contemporánea. Se refiere en cambio al reemplazo de la función mediadora en la estructuración hegemónica del poder a partir de la misma configuración post-hegemónica y auto-referencial del poder. La post-hegemonía para nuestro argumento, no se refiere a un desplazamiento teórico desde la hegemonía hacia el terreno de los afectos o hacia la multitud descentrada y resistente a la interpelación ideológica, sino que la post-hegemonía es una teoría de la constitución del poder que ya no pasa por la mediación humanista-letrada, la función interpeladora de la ideología y sus fictive ethnicities acotadas (Balibar), sino a la configuración duopólica del poder contemporáneo (Levinson, Williams). No se trata, en otros términos, de una cancelación de las luchas hegemónicas y nómicas, sino de interrogar su alcance real.
  1. –Es en este contexto donde la cuestión, muy delicada, de una “post”-universidad, no refiere a una determinación normativa, teleológica o determinativa, ni menos a una agenda política sectorial, neo-imperial, nihilista, apesadumbrada o negativa. La post-universidad es ya la universidad, no en su diversidad fenoménica, sino en su inscripción en la nueva división internacional del trabajo, donde más que informar el pacto social, lo confirma ex-post-factum, mediante la producción de consensos compensatorios ya sancionados fácticamente por los poderes de turno. A su vez, el duopolio no es una macro-categoría, sino una hipótesis orientada a interrogar las relaciones indeterminadas entre guerra, acumulación y soberanía. (El duopolio no es el resultado lógico ni final de la transformación de la razón imperial moderna en la Pax Americana o en relación con la emergencia china, ni es la articulación de los poderes corporativos-financieros, militares, comunicacionales y políticos contemporáneos). La suspensión de la facticidad del duopolio es la suspensión de la suspensión fáctica de la soberanía, cuestión que abre un plano de hiperpolitización (Derrida) que ya no coincide con la politicidad hegemónica moderna.
  1. – Recapitulemos: el hecho de que el poder funcione o se constituya con independencia de la lógica de la legitimación es precisamente lo que podríamos llamar su configuración post-hegemónica. Nótese que acá lo que la post-hegemonía mienta no es una economía multitudinaria de afectos y hábitos, sino meramente la constatación de la prescindencia de la mediación universitaria en la constitución de hegemonía, es decir, lo que llamamos la post-universidad no se refiere a la desaparición o al agotamiento puntual de alguna universidad local, nacional, regional, sino a su desplazamiento desde el contrato social que define la relación entre Estado y sociedad civil en la modernidad occidental. Y, gracias a este desplazamiento, en curso, la politicidad moderna parece perder su pretendida potencialidad, llevándonos a profundizar la siguiente paradoja: mientras más afirmamos esta politicidad, más lejos parecemos ubicarnos desde la posibilidad de hiperpolitizar la cuestión del nuevo contrato social universitario, abasteciendo la misma economía nómico-identitaria que estructuró a la universidad moderna.

En este sentido, la pregunta por la función mediadora de la universidad entre el Estado y la sociedad, una de las mediaciones constitutivas del contrato social moderno, parece ameritar una nueva problematización. Se trata de pensar la cuestión de la universidad de acuerdo a una nueva configuración del poder, de la política, que no responde a la serie de categorías que definen la imaginación política moderna (clase, nación, pueblo, territorio, soberanía, etc.), y por tanto, se trata de pensar la relación entre universidad y globalización neoliberal. Sin embargo, más allá de la generalidad abusiva de estas nociones, no intentamos acá describir una situación sancionada sino apelar a un desplazamiento desde las economías nacional-desarrollistas y reformistas hacia la constitución de una forma a-nómica de universidad, no tanto referida a la forma global de la universidad, sino a su proceso de privatización. Esta privatización no solo se refiere a lo que en Chile, en los años ochenta, se denominó racionalización de las universidades públicas, sino a la emergencia de múltiples formas universitarias y de formación técnica y profesional que ya no responden a la economía nómica del Estado nación, de la cuestión pública y, por tanto, a la tradición de la universidad nacional. Flexibilidad curricular, reducción de las humanidades, orientación mercantil de la formación, acoplamiento entre universidad y mercado, excelencia y calidad como categorías auto-referenciales, etc., son solo consecuencias de todo esto, síntomas, pero no el problema en sí.

  1. – Todo esto nos lleva a una situación bastante compleja, pues con la condición post-hegemónica del poder y con la condición anómica del capitalismo contemporáneo, se sustrae el suelo del ejercicio universitario no en todas sus funciones, sino en las relativas a la constitución de ciudadanía crítica, dejando de manifiesto su reorientación hacia la producción de calidad y de excelencia de profesionales rápidamente absorbibles al nuevo mercado laboral. El problema que surge ahora no es solo aquel relativo a la necesidad de expandir o masificar la cobertura o asegurar la gratuidad de la educación superior, sino, quizás de manera más decisiva, el problema central del curriculum no en sentido técnico, sino en sentido de la función o aspiración de la universidad, y de la práctica crítica universitaria (no necesariamente convergente con al cuestión del intelectual, por cierto). O si se quiere, el problema que tenemos entre manos no es la declaración de nuestras buenas intenciones, sino la necesidad de pensar en un horizonte político emancipatorio, si se me permite tal noción, que ya no esté tramado por las figuras de la hegemonía ni por la re-territorialización afectiva y nómico-catecóntica como confrontación, política y moderna, con la anomia del capital transnacional. En general esos intentos re-territorializadores son re-activos y contestatarios con respecto a la lógica brutal de la acumulación flexible contemporánea y, así, se configuran en un imaginario político todavía marcado por las figuras de la comunidad, la nación, el pueblo y el derecho garantista. (Así es como se distribuyen los peces en la pecera filosófica nacional, en torno al coral de Marchant y su ecosistema, nómico, territorial, nacional).
  1. – Diríamos entonces, de manera programática, que la condición nómico-identitaria de este imaginario está constituido por una suerte de criollismo tardío. Esta forma tardía del criollismo no nos remite a la función identitaria del primer criollismo identitario latinoamericano, ni a sus complejas materializaciones étnicas a través de los siglos 19 y 20. El criollismo tardío, en otras palabras, no se refiere solamente a una etapa terminal del proyecto estatal soberano, nacional-desarrollista o nacional-popular de los últimos dos siglos, ni se agota en una etnicidad ficticia o “real” de referencia, sino que apunta al límite infranqueable del imaginario político intelectual contemporáneo que, en América Latina, y más allá de su pretensión cosmopolita, enciclopédica o filosófica, no logra trascender la pendiente nihilista del nomos de la tierra en la época del pasaje a Occidente, como indicaba hace un tiempo Giacomo Marramao.

            Este imaginario nómico-identitario, aunque tenue o flexible, no puede escapar a una modalidad de la división universitaria del trabajo y, así, no puede escapar a la crítica como autorización, al sujeto como fuente del sentido, al saber como dignificación; no puede substraerse a la voluntad de poder, a la voluntad de “hacerse con el poder”, que constituye y alimenta al conflicto de las facultades, al interior de la universidad como disputas disciplinarias, y en su “exterior”, como batallas hegemónicas por el poder. En tal caso, hegemonía, voluntad de poder, facultad mediadora, juicio y razón, siguen articulando la economía referencial del criollismo tardío como promesa de un nuevo contrato social que contrarreste, reactivamente, la fuerza devastadora de la mundialización. La lucha por la hegemonía como estrategia contra la indiferenciación equivalencial capitalista termina entonces, a pesar de las pulsiones prácticas y las formas del activismo comprometido, en una confirmación de la misma equivalencialidad, predomino de valor cambiario y re-territorialización nómica de la imaginación. El criollismo tardío mira hacia la cuestión del poder, hacia la cuestión de la voluntad, y arriesga en ello re-introducir una heroicidad partisana que copertenece a la metafísica occidental en su configuración onto-teo-política.

            En tal caso, la posibilidad de un pensamiento capaz de suspender el horizonte nihilista de nuestra época, sin abastecerlo (Thayer), estaría dada por una interrogación de la pulsión nómica (logocentrismo sustituto) del criollismo tardío latinoamericano, incluso en su versión deconstructiva y dignificante. O, alternativamente, la incapacidad de poner en cuestión el suelo naturalizado del pensamiento (patria-universidad nacional) condena a los críticos anti-neoliberales de la universidad a una situación de retaguardia desde la que solo pueden demandar, frente a la desterritorialización brutal del capital, una reterritorialización curricular y temática, sin advertir su copertenencia al programa expansivo del mismo capital que cuenta con la voluntad de poder como consumación de su onto-antropología.

Santiago, 2016

 

 

 

 

 

Is communitarianism a substitute for State-University discourse? (Gerardo Muñoz)

Julian Velez Bolivia 2015

As we witness the exhaustion of the Latin American progressive cycle, it is obvious that new demands emerge for thought. What began more than ten years ago in Venezuela, Ecuador, and a little later in Argentina and Bolivia, has now come to a full close. Concretely, this signifies a halt in the processes of democratization in the region. It also entails the need to think new categories, demand imagination to other possible configurations, and abandon principles that have been subsumed into the ‘duopoly’ of market-State formulation [1].

If the last decade was characterized by democratization through consumption, this could well mean that the Latin American plebs will now consume less, will party only part-time under surveillance, and will have to reimagine themselves otherwise (even if it is around a Coca-Cola late at night in the villa). The runfla lives (the lives of the marginalized, of the popular sectors, the villeros, etc.) will have to regain the time of life, which is the time of the commons in consumption.

Out of the many concepts that circulated in the ‘Universidad Posible’ Conference (generously organized by Willy Thayer & Raul Rodriguez Freire) that took place in Santiago (April 18-21) it was that of ‘the commons’ which had intellectual political purchase to ‘invert’ and transform the waning of progressive political structuration, now in the hands of right-wing administrative governmentality. But the idea or concept of ‘commons’ was in itself ambivalent: on one hand, the ‘idea of the commons’  (it is always an idealistic affirmation) thrives on the general horizon of resistance from below, but on the other, it necessarily feeds off the crystallization of the crisis of hegemonic articulation.

This resonated in the phrase that Eduardo Rinesi repeated throughout the four days of the conference: ‘let us not forget that something has happened all these years in Latin America’ (“recordemos que algo ha venido pasando en América Latina”). On one hand, this introduced the experience of someone implicated in a progressive State apparatus, but on the other, this was also an implicit response to those who called for radical suspension of university epochality [2].

But what is that that has happened (in Latin America)? In any case, what happened must remained silenced, and merely evoked. The event cannot be given its proper weight, its semantic density, and its full hermeneutic dis-closure. Perhaps, because what has happened is democratization, but also (now) the crisis of democratization. In other words: in the time of the ruin of hegemony proper, there is a decline and trans-formation into its other, the shadow of post-hegemony as translated and incorporated against the time of democracy. Hegemony flows back as time past to avoid its spectral present.

More importantly, that ‘that which has happened’ provides for political verisimilitude that guarantees specificity of location, which is also a guarantee of the political. But in its closure, it also unveils a temporality of the past. A past that cannot assume the present, and when it tries to do so, it renders a telic result of what has already taken place. In this variation of university discourse, thought is incorporated into the prison of consequential necessity of time. It has happened, but it must remain outside of the now. If according to a maxim of the Russian poet Joseph Brodsky, the prison is maximum time with minimum space; university discourse is maximum past with minimum present. In the carceral reflection on the university in time of crisis, thought itself enters prison with no possibility for parol.

It is at this point where the communitarian option emerges from below as co-substantial with the crisis of democracy. In fact, its demand appears as its supplement that affirms time present of horizontal an-institutionalization with the ‘something has happened’ of partial (interrupted) democratic life. Communitarism becomes a safety-vowel to recast hegemony form from below in the crisis of hegemony form. Thus, communitarianism is a necessary supplement of hegemony to keep its ground intact.

It is in this double movement – between hegemony of the effectual past and the localization of the movement in the present – where something like a crisis of university discourse could be located in the Latin American intellectual reflection when confronted with the inevitable sinking progressive cycle in the region. This movement is full stasis in a double sense: it provides balance and form to principal (intellectual) reflection, and it also guards the conflict between fracture of institutional hegemony and immanentization of hegemony translated into community.

Can the Latin American crisis assume the form of a political plebeization to save itself? What is the time for a plebeization of the university? This was the question posed by Oscar A. Cabezas against reflexive modalities of political closure or the substantialization of the political (as stasis) into thinking the present [2]. Plebeization becomes a possible horizon when it demands the integration of the unity of conflict. But the turn to a communitarian unity of intellect must first posit political struggle as a primary antagonism of the friend-enemy divide, as Luis Tapia forcefully argues [3]. In fact, this is the argumentative core in Tapia’s Universidad y Pluriverso (2014), an inverse but affirmative schmittianism.

Plebeization (a term that interestingly Tapia himself does not deploy) organizes the time of the ‘future’ as a way to govern the present, in the name of forgetting the singular. Or is plebeiazation an invisible remainder of what is always taking place? Or is it a dirty eschatology for post-katechontic times? In both cases, the ‘something has happened’ and the ‘immanentization of the ultimate struggle’ amount to a dual machine of a particular historical fabric that, in the face of the fissures the political, is unable to see the open.

 

 

 

Notes

*Image: Popular procesion after Tiwanaku, by Maria Alejandra Escalante & Julian Velez, 2015. (Do not reproduce without their permission).

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  1. The duopoly of State and market was thematized by Gareth Williams following Brett Levinson’s Market and Thought: Meditations on the Political and Biopolitical (Fordham, 2004).
  2. Moreiras referred the a-positional ‘ex-universitatis’, Villalobos-Ruminott a suspension of the principle of equivalence, whereas I called for a ‘postunivesity form beyond community’. Rodrigo Karmy’s averroism against ‘epistemic personhood’ was also consistent with these positions. These were all rehearsals for an infra-university, as Williams called it.
  3. Oscar A. Cabezas. “Los intelectuales y la universidad norteamericana”. (Paper read at Universidad Posible Conference, 2016).
  4. Luis Tapia’s Universidad y Pluriverso (2014). The reference to Schmitt’s concept of the political is thematized explicitly in Tapia’s essay.

Sobre Papel máquina 10 (2016). Texto para la presentación del número de la revista. Por Alberto Moreiras.

 

2016-04-22 00.42.07El número está compuesto de los siguientes textos: un breve prefacio de Alejandra Castillo centrado sobre todo en la relación entre infrapolítica y política; tres ensayos, respectivamente, de Maddalena Cerrato, cuyo interés se centra en la inversión autográfica de la reflexión infrapolítica, dándole por lo tanto un énfasis especial a lo que es reflexivo en la reflexión misma, de Angel Octavio Alvarez Solís, cuya contribución fundamental es el estudio de la relación entre infrapolítica y el concepto de lo impolítico en Cacciari y Esposito, con referencias finales al llamado nuevo realismo de Maurizio Ferraris, y el de Samuel Steinberg sobre la infrapolítica como pliegue interno o excepción a la guerra entendida como unidad del ser.   Obviamente simplifico y reduzco mucho en estas descripciones.   Hay una segunda parte que consiste de un breve texto mío en el que intento dar una definición precaria de infrapolítica, y una entrevista conmigo de varios autores que se centra también en contribuciones a una posible definición de infrapolítica.   Hay después tres ensayos: el primero, de Benjamín Arditi, es sobre las modalidades de insurgencia contemporáneas, de las que hace emblemáticas a la llamada Primavera árabe y a la revuelta estudiantil chilena en Chile de los últimos años; el segundo es un ensayo de Pablo Pérez Wilson sobre la relación de la infrapolítica con la cuestión de la negatividad en Hegel, y secundariamente con el pensamiento negativo italiano de los años setenta y sus secuelas posteriores; y el tercero es un ensayo de Bruno Bosteels sobre el gramscianismo contemporáneo y la cuestión de si la teoría de la hegemonía constituye el corazón real de la contribución de Gramsci al pensamiento contemporáneo.   Por último, el número cierra con la traducción de Cristóbal Thayer del ensayo de Jacques Derrida, “Admiración de Nelson Mandela, o, las leyes de la reflexión,” anticipo de la próxima publicación en La Cebra del volumen dos de Psyché, de Derrida.   Recordaremos que el texto de Derrida está muy fuertemente comprometido con una reflexión sobre la democracia y la ley.

Así, el número es extrañamente coherente, con una coherencia que no va sin embargo de suyo, sino que habría que explicitar. Y lo que me parece de entrada explicitable es el desafío específico que el número le plantea al proyecto en curso sobre infrapolítica. Si podemos decir que, de manera harto efectiva y elegante, Cerrato, Alvarez Solís y Steinberg introducen y exponen perspectivas infrapolíticas desde un cierto nivel de compromiso interno con el proyecto, que están tratando de explicar y al mismo tiempo desarrollar, tanto el prefacio de Castillo como los artículos de Arditi, Pérez Wilson y Bosteels parecerían pedir—sólo Pérez Wilson es explícito: para Pérez Wilson la llamada por él “confrontación fundamental” es la confrontación entre la negatividad hegeliana y el pensamiento heideggeriano de la diferencia ontológica, y él le pide a la infrapolítica que se haga cargo de ella, que la asuma como su tarea esencial—una clarificación de las implicaciones políticas de la infrapolítica: le piden a la infrapolítica que haga o se declare política, que explicite su politicidad, o que no la esconda, aunque ni Bosteels ni Arditi mencionen en lugar alguno la palabra infrapolítica: digamos que es su posición estructural en el número, más que su interpelación directa, la que elicita esa pregunta, como pregunta en un caso por la noción de insurgencia, y en otro caso como pregunta por la relación con el marxismo. ¿Cómo se vincula la infrapolítica al marxismo, cómo se vincula la infrapolítica a la insurgencia contemporánea? ¿Cómo se vincula la infrapolítica a la gran tradición hegeliana, lo cual quiere decir, a la relación entre historia y sujeto humano? ¿Por qué, parece querer preguntar Castillo sin llegar a hacerlo, ese “afuera” de la política que Moreiras invoca debe también ser pensado como un adentro? Y por supuesto, entonces, la pregunta de Derrida: si hay admiración posible y necesaria por Nelson Mandela, si la admiración por Mandela es una necesidad de nuestro mundo, y si la admiración por Mandela pasa ineluctablemente por una relación con la ley más allá de las leyes, con la incondicionalidad de una democracia y de un pensamiento de la democracia donde nadie sea más que nadie, donde incluso el número no exceda nunca en dignidad a la singularidad, ¿dónde se sitúa la infrapolítica, en su pretensión de éxodo relativo respecto de la política, en relación con esas cuestiones?

Así, este ejemplar de Papel máquina supone un desafío, aunque sea también un amable y generoso reconocimiento, o mejor: es un reconocimiento porque es un desafío.   ¿Cómo reaccionar a él no defensivamente, cómo aceptarlo y darle la bienvenida sin que hacerlo sea un gesto meramente “político,” en el mal sentido, en el sentido de oportunismo, en el sentido hipócrita denunciado siempre por Kant como mal radical?

No es fácil para los que no estén en el grupo llamado Deconstrucción infrapolítica tener una idea clara de lo que la infrapolítica busca. La palabra empezó a usarse a principios de la década del 2000 en algunos textos que no tuvieron particular continuidad, pero fue retomada con entusiasmo entre 2013 y 2014, y llevó a la fundación de un colectivo de trabajo que funciona cotidianamente en red social y cuyos miembros más comprometidos se ven cara a cara y se reúnen en general un par de veces al año. Hay un blog en el que se han recogido algunas polémicas y que va creciendo en cuanto a tamaño pero que sigue, a mi juicio, infrautilizado por el grupo. Hay unos veinte artículos ya publicados, y dos números especiales de revistas, y quizá podemos considerar esta edición de Papel máquina un tercer número, y seguirán una serie de libros, uno de Sergio, dos míos por el momento, algunos más en preparación, varias tesis doctorales en curso, varios otros proyectos en preparación. Desde el principio nos autoconcedimos diez años para darle visibilidad real a la infrapolítica, y la verdad es que no tenemos ninguna prisa, y yo menos que nadie.   No me parece que ninguno de esos materiales en preparación o en trance de publicación vaya a solucionar ninguna de las preguntas que insistentemente se nos hacen o a aclarar de una vez por todas los muchos malentendidos que circulan en torno al concepto, o al cuasiconcepto—pero lo cierto es también que ninguno de esos materiales en preparación busca responder a esas preguntas ni deshacer definitivamente ningún malentendido.

Hizo falta una mirada fresca, de alguien del que ni siquiera sabíamos que habíamos logrado interesar, Michele Cometa, profesor de la universidad de Palermo en Sicilia, el que en una reciente intervención se animó a ofrecer una definición de infrapolítica como una práctica de escritura (y hay que oir escritura en el sentido barthesiano, blanchotiano y derrideano, como algo más y algo menos que escritura en el sentido convencional) caracterizada por cuatro rasgos que para Cometa son los siguientes: carácter postacadémico, o más radicalmente postuniversitario, empresa autográfica, en el sentido de escritura de la existencia, labor desmetaforizante, entendida como deconstrucción de toda tropología estable, y por último carácter de “non-finito,” esto es, carácter inconcluso y siempre abierto, no capturable por ninguna noción de fin. Todo esto le da a la infrapolítica un fuerte sabor de precariedad tenue.

Es más que posible que una práctica infrapolítica sea o busque ser ante todo una práctica de escritura, pero entonces habría que trazar su diferencia con cualquier modalidad de inscripción directamente política—no todas las escrituras son lo mismo ni la misma.   No que la infrapolítica sea antipolítica: no lo es. Pero la antipoliticidad lo es porque niega la política, y al negarla se hace sistema con ella. La infrapolítica aspira o desea una relación de retirada o de abandono de la política a partir de lo que no tendremos más remedio que llamar afectuosamente un cierto odio visceral a la relación entre pensamiento y política tal como se entiende en nuestra contemporaneidad.   En ese odio está la clave de su politicidad—la infrapolítica es sólo una práctica de abandono, y vive su política en ese movimiento de reflujo exódico que es también, sin duda, una forma explícita de insurgencia. Cómo negarlo.

Su condición postuniversitaria está también vinculada a ese afecto sosegado—el odio visceral, no a la universidad misma, sino a la universidad en clave corporativa, en clave neoliberal, a la universidad como el último reducto de colonización por el principio general de equivalencia que es, para nosotros, también el último nombre de la metafísica.

Su condición autográfica, consustancial a su condición como práctica de escritura, debe abrirse también a la noción de lucha existencial, de intento por encontrar en la propia vida, la de uno y la de todos, la vida común y también la vida corriente, los recursos para una cierta substracción a los mecanismos de tecnopolitización explotativa que caracterizan de forma cada vez más intensa la vida en la sociedad contemporánea, hoy más allá de la sociedad disciplinaria de Foucault o de la sociedad de control deleuziana, y ya francamente reconocible por doquier como la sociedad expositiva de la que habla Bernard Harcourt. Contra la exposición total, la total substracción, que no es por supuesto posible, pero que no por ello debe dejar de intentarse en alguna medida.   En ese sentido la infrapolítica es también práctica del secreto.

Y nos llevaría demasiado tiempo discurrir apropiadamente sobre el rasgo llamado desmetaforizador, vinculado a la empresa deconstructiva, y así también a cierta recepción del pensamiento heideggeriano, y así también a cierta recepción de la historia del pensamiento en clave hegeliana y antihegeliana al mismo tiempo, y vincularlo a su vez al último rasgo decidido por Cometa, ese rasgo de incompletitud o de inconclusión permanente que la infrapolítica cultiva como parte crucial de su estructura de deseo, de su propia máquina deseante.

Quizá sea esa apertura inconclusa, y apertura e inconclusa con respecto de lo que el viejo Borges llamaba en un poema famoso la “antigua inocencia” de la felicidad, contraponiéndola al deber o la obligación de sentirse siempre miserables, quizá sea eso en última instancia lo que nos impide apresurarnos con la definición precisa, con la determinación de los límites del proyecto, con la mención final y definitiva de qué es aquello que queremos hacer o que hacemos, que es, por supuesto, la mejor forma de traicionarlo, y de no hacerlo ya nunca.

 

 

 

Ponencia para Coloquio La universidad posible. Santiago de Chile, 18-21 abril, 2016. Por Alberto Moreiras.

Maquinación ex universitate. (Borrador.)

Imagino que, para cuando me toque mi turno de habla en el congreso, la discusión habrá hecho alguna de mis posturas iniciales, o todas ellas, redundantes u obsoletas. Entonces, quizá sólo como mera nota o recordatorio privado, para no perder mi propio norte en estas discusiones, o para restituirlo cuando relea esto nuevamente, escribo ahora, sobre “la universidad posible,” que creo y siento que la pregunta que importa es sobre la universidad imposible, y cómo prescindir de ella y buscar instituciones alternativas. Al fin, no todo puede ser ni lamentar la pérdida de la modernidad de la razón, y sus pretensiones de que la universidad es máquina de ilustración efectiva, ni proponer o celebrar alguna concebible reforma que alargue ese añorado carácter progresista del juego universitario unos años más, ni tampoco, imagino, decir una vez más que vivimos en los resquicios, las grietas, las fisuras, las brechas, los agujeros, las madrigueras, y los boudoirs de la universidad, que somos excepción, porque uno está cansado de eso, que acaba por revelarse como formación compensatoria. Entonces, ¿qué?   Mi posición no es optimista ni pesimista, ni esperanzada ni quejosa.

Dentro de unos días cumplo sesenta años y entro así oficialmente en lo que Heidegger llamaba “el otoño de la vida,” que espero que llegue para todos y que dure mucho tiempo, por cierto. Para Heidegger, siguiendo en esto viejas palabras griegas, ese cambio de edad es todo menos trivial.[1] Es la edad, el tiempo de empezar a recoger el sedal, de abandonar la maquinación, de buscar cierto equilibrio entre pensar y ser y, por lo tanto, de eludir el desequilibrio de la pena y la protesta, de la furia y del rencor. No que no existan, sino que ya van dejando de tener importancia.   Y así este casi viejo profesor que soy yo, después de treinta y cinco o treinta y seis años de serlo, tiene ya poco interés en pensar la universidad como tal. No me queda sitio. Hace pocas semanas entregué el manuscrito de un libro cuya redacción final fue también la autopromesa de zanjar para siempre esa preocupación.   La universidad es mi facticidad, como dice Willy en el texto de convocatoria de esta reunión. Estoy arrojado a ella, llevo mucho tiempo arrojado a ella, han sido muchas batallas, y estoy ya no tanto cansado como aburrido terminalmente de pensar mi propio estado de arrojado, que nunca me ha hecho mayor bien. Quiero ya pensar otra cosa. Ex universitate. Y debo entonces preguntarme si esa situación personal o biográfica mía es sólo eso—en cuyo caso, presumiblemente, sería peor que banal exponerla—o si más bien confluye con algún estado de la cuestión más generalizado.

En este segundo caso podría constatar que mi propio cansancio y retirada de todo lo que huela a política universitaria—más allá de la enseñanza, por supuesto—responde a un síntoma epocal, no sólo a mi posición privada. En todo caso me importa señalar que el apartamiento explícito de la política universitaria no es un abandono de la política en general, sino que es en sí un acto de insurgencia contra la política universitaria realmente existente. El espacio universitario en mi ambiente—no me refiero a Texas sino a todo el espacio profesional norteamericano—es hoy políticamente improductivo y está bloqueado o secuestrado a favor de un imperio del dinero sin más.   Si en algún momento se produce un cambio que devuelva la posibilidad de agencia efectiva, no meramente administrativa, podríamos reconsiderar la situación para entonces.

Javier Marías cita, en su prólogo a la edición más o menos definitiva de Herrumbrosas Lanzas, de Juan Benet (Alfaguara, 1999), una carta que Benet le habría escrito el 25 de diciembre de 1986, justo cuando yo estuve a punto de abandonar la universidad para siempre y cambiar de proyecto de vida. Pero esa es otra historia. Creo que la carta puede extrapolarse a un pensamiento sobre la universidad, a una relación con la universidad, quizá para mí ya la única posible, aunque la universidad estaba sin duda infinitamente lejos de la cabeza de Benet al escribirla. La carta de Benet dice: “cada día creo menos en la estética del todo o, por decirlo de una manera muy tradicional, en la armonía del conjunto . . . [y esto no refiere, claro, a la armonía del conjunto realmente existente, del conjunto fáctico, diríamos, sino también a la armonía de su idea, a la concepción misma de la idea institucional, quizá siempre ilusa, quizá en sí basada en la razón produccionista, en la causa final aristotélica, que es la del carpintero que tiene una idea de mesa en la cabeza cuando se dispone a construir una mesa. Pero nosotros no tenemos por qué tener una idea de universidad en la cabeza cuando no nos disponemos a construir una universidad sino sólo a trabajar en ella, si nos dejan y cuando nos dejan. Y ¿por qué deberíamos o hubiéramos debido hacerlo, tener esa idea? ¿Cuál es la demanda política que se esconde tras la naturalización de la forma ideal de las cosas como horizonte de autoinscripción en ellas?]” Continua Benet: “‘El asunto—o el argumento o el tema—es siempre un pretexto y si no creo en él como primera pieza jerárquica dentro de la composición narrativa es porque, cualquiera que sea, carece de expresión literaria y se formulará siempre en la modalidad del resumen . . . [la universidad, por lo tanto, la idea de la universidad, no es literaturizable, sólo puede pensarse en la forma caricaturesca del resumen, mala letra. Sobre todo, tal resumen no debiera nunca ocupar el centro jerárquico, el vórtice fundamentador de nuestra tarea, o de nuestra desobra.]” Y sigue Benet: “Pienso a veces que todas las teorías sobre el arte de la novela se tambalean cuando se considera que lo mejor de ellas son, pura y simplemente, algunos fragmentos’ . . . Los fragmentos configuran el non plus ultra del pensamiento, una especie de ionosfera con un límite constante, con todo lo mejor de la mente humana situado a la misma cota.” Un non-plus-ultra del pensamiento de carácter no equivalencial, es decir, no jerárquico respecto de otros non-plus-ultras, todos en la misma cota.   Cada uno hace lo que puede, si puede, y hacer eso que se puede es lo único posible-imposible, y es también lo que hace tambalearse toda teoría institucional, toda charla sobre la universidad, devolviéndola a su mero carácter de impotente resumen. “Por eso te hablaba antes,” continua diciéndole Benet a Marías, “del magnetismo que ejerce esa cota y que sólo el propio autor puede saber si la ha alcanzado o no, siempre que se lo haya propuesto, pues es evidente que hay gente que aspira, sin más ni más, a conseguir la armonía del conjunto” (20-21).   Francamente, no creo que la mayor parte de la gente aquí reunida tenga esta última aspiración, y conviene por lo tanto hacerlo explícito, decirlo sin más.

¿Fue la crisis financiera de 2008 la que determinó un cambio en la universidad global de carácter profundo, cuyas consecuencias estamos sólo empezando a notar, pero que son posiblemente irreversibles?  ¿Es plausible imaginar que el fin del ciclo histórico del neoliberalismo y su subsunción real, su conversión sin precedentes de la política misma en dinero, su reducción infinita de la totalidad de lo real al principio general de equivalencia, es plausible imaginar que sea lo que sea lo que lo suceda operará un cambio en la condición equivalencial, rendible, calculable del pensamiento, y restituirá la posibilidad de non-plus-ultras singulares? No tengo razones para pensarlo, y tengo razones para no pensarlo. Para mí, para alguien como yo, sin prejuzgar en absoluto lo que la gente más joven puede o debe querer hacer, se ha hecho claro que sólo queda lo más serio, lo que quizá siempre fue lo más serio o incluso lo único serio, lo que lo explica todo, lo que explica por qué estamos aquí, a pesar de todo, aunque a veces lo olvidemos: que hay, para cada quien, un non-plus-ultra del pensamiento que es de su absoluta incumbencia y de su incondicional responsabilidad, y que hay que dedicarse a él, contra la universidad en la universidad, contra el mundo en el mundo, contra la vida en la vida, puesto que ese y no otro es y habría debido de ser siempre el deseo. Aunque sea tardíamente, aunque se juegue sólo en fragmentos, y aunque nadie sino el propio autor, como dice Benet, llegue a saber si hay, en esa tarea, triunfo secreto. El público es cada vez menos importante. Por razones quizá también coyunturales, pero coyunturales en un sentido fuerte, histórico. Pensar hoy en la “armonía del conjunto,” en la idea de universidad, en la inclusión armónica de la universidad en la totalidad social, en una narrativa para el campo profesional en su conjunto, es, me parece, por lo pronto improductivo, si no terminalmente ingenuo. No puede haber ya contra-maquinación en ese sentido, porque ahora, y quizá desde mucho antes que 2008, todo es maquinación. No hay memoria cuando todo es memoria, no hay olvido cuando todo es olvido, y no hay contramaquinación universitaria cuando no hay afuera de la maquinación universitaria.

En Conversaciones en un camino rural Heidegger habla de “la devastación” de la vida como, entre otras cosas, el robo de lo innecesario para ella. Refiere a un diálogo chino sobre lo necesario y lo innecesario para la vida. Lo único necesario, diría uno de esos sabios chinos que tanto le gustan a Willy, sería un palmo de tierra para plantar los pies. Pero si alguien viene y remueve toda la tierra innecesaria que rodea el necesario palmo ya no podrás nunca más dar un paso sin caerte al abismo. Esa es la universidad tendencialmente hoy, para los profesores y para los estudiantes, y quién sabe desde cuándo—siempre nos enteramos demasiado tarde. Veremos si esa tendencia devastadora culmina en total éxito o hay reacción contra ella, y cuál puede ser el alcance de tal reacción, y si la reacción misma no es a su vez también devastadora. En todo caso, políticamente supongo que conviene pensar desde ahí. Ese es quizá el lugar estructural del pensamiento hoy, incluido el pensamiento “universitario,” en su dimensión políticamente autorreflexiva. Y lo que queda, lo que falta, lo que dura es refigurar nuestra vida innecesaria, nuestra vida intelectual, postuniversitariamente. La universidad ha dejado de ser, tendencialmente, es decir, es hoy imperfectamente, un espacio productivo, en la medida en que casi todo lo que es interesante, para estudiantes y profesores, debe hacerse o vivirse ex universitate, desde la universidad fuera de la universidad, al margen de la universidad. Se lo debemos a nuestros colegas y administradores, que se lo deben a nuestros políticos. ¿A quién se lo deben ellos? No a la gente. Y es este no debérselo a la gente, la no-deuda, la falta de deuda política, la que quizá abra, improbablemente, un espacio no sólo ya político para el pensamiento postuniversitario—yo lo llamo infrapolítica.

Hubiera querido, para este coloquio, elaborar un trabajo sobre el pensamiento de Derrida sobre la universidad. Y quizás lo haga si hay planes de publicación de estas intervenciones. En inglés se publicó en 2004 el libro titulado Eyes of the University. Right to Philosophy 2, que incluye las páginas 281 a 663 del enorme tomo publicado en francés en 1990, Du droit á la philosophie, que recoge intervenciones preparadas entre 1975 y 1990. Todo esto pertenece por lo tanto a la época media de Derrida, y hay que pensar si, hacia el final de su vida, Derrida hubiera dicho lo mismo que decía entonces.  Pero pienso que, dadas las limitaciones de tiempo, mejor que ni lo intente, excepto de una forma indirecta. Parto de la sospecha de que lo que dice Derrida entre 1975 y 1990 es en última instancia indefendible, es decir, defendible sólo sincrónicamente, como intervención histórica. Pero hoy ya no hay quizá recurso a esas propuestas del pensamiento derrideano, no en último término, quizá no, en la forma más obvia, y eso hay que pensarlo.

Hace unos años, al final de un libro cuyo intento parcial era justificar un acercamiento subalternista a los estudios culturales latinoamericanistas, escribí sobre el capítulo tres de Los espectros de Marx, de Derrida, que es muy poco tiempo posterior a Du droit á la philosophie (de 1993). Allí Derrida trata de convocar una “nueva Internacional” sobre la base del marxismo, de uno de los “espíritus,” “espectros” o “fantasmas” del marxismo. Derrida se refiere a una “doble interpretación” (81) cuya necesidad siente irreducible a la hora de recibir el complejo legado marxiano y marxista.   En cuanto al marxismo, dice Derrida, “no hay ningún precedente para tal acontecimiento. En toda la historia de la humanidad, en toda la historia del mundo y de la tierra, en todo aquello a lo que podemos darle el nombre de historia en general, tal acontecimiento (repitamos: el acontecimiento de un discurso de estilo filosófico-científico que pretende romper con el mito, con la religión y con la mística nacionalista) ha quedado vinculado, por primera vez e inseparablemente, a formas mundiales de organización social” (91).   Esta es la “promesa mesiánica”del marxismo que “habrá grabado una marca inaugural y única en la historia” (91). Y quizá este coloquio sobre la universidad posible, no tan incidentalmente, asuma esa herencia y esa promesa.

Derrida situa entonces su trabajo en relación a tal promesa mesiánica: “la deconstrucción habría sido imposible e impensable en un espacio pre-marxista;” “la deconstrucción nunca ha tenido sentido ni interés alguno, en mi perspectiva por lo menos, excepto como radicalización, lo cual es decir en la tradición, de un cierto marxismo, desde cierto espíritu del marxismo” (92).   Si la deconstrucción puede presentarse, en 1993, como un “intento de radicalización del marxismo” (92), tal intento se mueve inevitablemente, y funciona, en y a través de la doble interpretación de lo que Derrida, unas páginas antes, había llamado las “diez plagas” de la tardomodernidad capitalista, del “nuevo orden mundial” organizado en torno a los diez problemas estructurales en los que se detiene Derrida, “telegrama de diez palabras” (81), y que yo me limito ahora a mencionar sin especificar.

La primera interpretación derrideana se acerca a lo que Etienne Balibar, en un ensayo de esos mismos años (Balibar se refiere en él a Espectros brevemente [64], y su ensayo es por lo tanto ligeramente posterior), llamó “universalidad total o ficticia” (Balibar 61). Para Balibar “la universalidad total o ficticia es eficaz como medio de integración . . . porque lleva a grupos dominados a luchar contra la discriminación y la desigualdad en el nombre mismo de los valores superiores de la comunidad: los valores éticos y legales del estado mismo (notablemente, la justicia) . . . Confrontar la estructura hegemónica denunciando la brecha o contradicción entre sus valores oficiales y la práctica real . . . es la forma más eficaz de poner la universalidad en obra” (61-62). Y Derrida dice de este primer registro de interpretación: “Aceptemos provisionalmente la hipótesis de que todo lo que va mal en el mundo es producto de la brecha entre una realidad empírica y un ideal regulador” (86).   El ideal regulador de Derrida es lo que Balibar considera valores oficiales de la estructura hegemónica. Ambos pensadores, en el espíritu del marxismo, recomiendan una intervención crítico-política para cerrar esa brecha empírica que mantiene el ideal democrático tan lejos de la experiencia cotidiana. Podemos aquí aplicárselo directamente a la universidad—la historia de la universidad sería la historia de esa brecha empírica entre facticidad e idea de la universidad, historia principial en términos de Reiner Schürmann, historia ilusamente controlada por la postulación hegemónica de una causa final que nos redime.[2] La historia de estas intervenciones que buscan cerrar la brecha es por supuesto lo que Ernesto Laclau y Chantal Mouffe invocan como la larga tradición de las luchas populares y democráticas, luchas de posición o luchas sistémicas, luchas de maniobra, política de clase o política identitaria, política de solidaridad y política de representación.[3]

Pero ese primer registro de interpretación crítico-política no es suficiente para Derrida, que pide o postula una segunda articulación interpretativa que es, de hecho, también consistente con la “universalidad ideal” de Balibar, esto es, una “insurrección latente” que guarda una demanda absoluta e infinita “contra los límites de cualquier institución” (Balibar 64). En términos derrideanos, “más allá de los ‘hechos,’ más allá de la supuesta ‘evidencia empírica,’ más allá de todo lo que es inadecuado al ideal, sería cuestión de poner en cuestión otra vez, en algunos de sus predicados esenciales, el concepto mismo de dicho ideal” a través de una crítica radical de sus articulaciones (Derrida 86-87). Derrida supone que no es posible, políticamente, restringirse a la primera o a la segunda interpretación: ambas son necesarias, dado que la insistencia unilateral en una de ellas sólo resultaría o bien en idealismo fatalista o bien en escatología abstracta y dogmática: “No se debe sumar uno al otro, sino que hay que entrelazarlos. Deben implicarse el uno en el otro en el curso de una estrategia compleja y constantemente reevaluada. De otra forma no habrá repolitización, no habrá política. Sin tal estrategia, cualquiera de las dos razones podría llevar a lo peor, a algo peor que lo malo, si podemos decirlo así, es decir, a un tipo de idealismo fatalista o a una escatología abstracta y dogmática ante el mal del mundo” (Derrida 87).

La primera interpretación, por sí misma, presume que nadie puede extraerse de su propio contexto, que estamos siempre marcados por nuestro mundo, que no podemos librarnos del todo de nuestros prejuicios ideológicos, y que por lo tanto sólo es posible asegurarse de que nuestros prejuicios puedan establecer algún grado de consistencia con la realidad. Esto sería lo que Derrida llama idealismo fatalista. Y quiero aquí abrir la pregunta de hasta qué punto nuestro propio idealismo fatalista es activo en la pregunta misma sobre la universidad posible. Pero, si nos atenemos sólo a la segunda interpretación, caeríamos en un agujero sin fondo de crítica sin resto, una especie de negación absoluta a la que Derrida llama escatología dogmática y abstracta.   Quizás sea esto lo que está en juego en la inversión de la pregunta por la universidad libre hacia la certeza desencantada o terca de la universidad imposible. Cuando escribí Exhaustion of Difference asocié estas reflexiones derrideanas y balibarianas sobre morar en la ambigüedad del registro doble con lo que llamé entonces “afirmación subalternista” (Exhaustion 289; ver también 281-89).   Me parecía lo que era preciso hacer, crítica o académicamente, en nombre de una deconstrucción políticamente productiva, o de una estrategia política deconstructiva. Pero hoy ya no lo veo así. En otras palabras, ya no me parece que la conjugación doble de la pregunta por la universidad posible y la universidad imposible, como pensamiento del doble registro, pueda traer otra cosa que un cierto pragmatismo desencantado y voluntarista, quizás incluso oportunista.

No hace tantos años, pero el mundo parece haber cambiado, o cambió para mí. Quizá nos hayamos percatado de que la universidad no funciona ya en la brecha entre su idea pura y una realidad empírica que no está a la altura de su idea o bien por convencionalismo esclerótico o a través de algún tipo de reaccionarismo tendencial que sigue alguna ley de entropía decadente. Y ya no estamos convencidos de que sea suficiente luchar por un retorno de la vieja idea fundacional de una universidad libre.   La noción de universidad se ha modificado en años recientes hasta tal punto que cualquier forma de praxis “idealista” en ella, en el viejo sentido, debe asumir su ruina interna: ya no hay un ideal regulativo de la universidad, y decirlo no es ni fatalista ni idealista en segundo grado sino más bien la única forma de prepararse para evitar una esquizofrenia efectiva.   Por lo tanto el primer registro derrideano-balibariano es a estas alturas críticamente insuficiente, y debe ser abandonado.

¿Podemos mudarnos al segundo registro, según el cual lo que hay que hacer es poner bajo cuestión el concepto mismo del ideal en juego?   Podría uno decir que la práctica de este segundo registro de interpretación sería la práctica de destrucción crítica de la vieja idea de la universidad desde la perspectiva de su radicalización potencial. Pero ¿qué es lo que hay por radicalizar? ¿Y cómo hacerlo?   Si la posibilidad política prometida por el primer registro de interpretación falla, también falla entonces este segundo registro. Ya no hay una construcción hegemónica dotada de idealidad oficial que podamos someter a deconstrucción de forma políticamente productiva. O, si la hay, está embarazosa o vergonzantemente denegada. Si la labor de radicalización no tiene ya un referente institucional, si no podemos encontrar un horizonte que delimite parámetros seguros y reconocibles, entonces cualquier ejercicio de desmantelamiento corre el riesgo inefable de acabar de contribuir a la transformación de la universidad en la empresa comercial-instrumental que ya es de hecho.   Las preguntas que surgen no son particularmente hospitalarias, en el sentido de que sus posibles respuestas no pueden aspirar a producir un espacio de hospitalidad: ¿cómo morar institucionalmente contra la institución, cómo trabajar contra el trabajo de forma que, día a día, podamos encontrar alguna vislumbre de otro mundo, alguna perspectiva que pudiera quizás sostener subjetivamente nuestras acciones en la universidad?   ¿Qué se puede hacer?

Vuelvo a mi comienzo.   Ya no tengo más tiempo. ¿Cabe reinscribir el segundo registro derrideano y balibariano sin atender al primero y sin caer en la dogmática escatológica contra la que previene Derrida?   ¿Cabe renunciar al pensamiento del doble registro en cuestiones universitarias?   Creo que hay un principio de respuesta en lo que Juan Benet le cuenta a Marías: en esa apuesta por un non-plus-ultra singular del pensamiento en cada caso, pensamiento en fragmento, olvidado de la armonía del conjunto, pensamiento inconcluso, desvinculado de todo sistema, e incidente en algo otro que una política universitaria que metaforiza una imposible sutura con un ideal no tanto caduco como por siempre ya ilusorio; incidente en la existencia siempre de antemano infrapolítica de cada uno de nosotros, hayamos llegado o no al otoño de la vida, y por mucho tiempo.

 

[1] Referir a las edades en la Retórica de Aristóteles. En una comunicación pública ara celebrar el sesenta cumpleaños de un amigo del colegio, Bruno Leiner, dice Heidegger: “La edad es ese tiempo en el que nos hemos hecho suficientemente viejos para reconocer al Dasein humano como es, y atesorar, de todas las cosas, como son. La edad es el tiempo en el que saber y ser se han hecho maduros el uno para el otro. La edad es el otoño de la vida; aunque el otoño sea la estación más gentil, puesto que todo está equilibrado por su equivalencia, en el que la felicidad y el pesar pertenecen con la misma esencialidad al Dasein, en el que la calma de una superioridad libre ha llegado al corazón de todo movimiento en cada obra y en cada emprendimiento” (citado por Andrew Mitchell, 22).

 

[2]  Remitir al libro de Schürmann, Broken Hegemonies.

 

[3]  Combino aquí los dos lados de la distinción entre luchas populares y luchas democráticas clásicamente teorizados por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en Hegemony and Socialist Strategy, pero conviene notar que Laclau y Mouffe se distinguen, por supuesto, por un interés largamente sostenido en la fenomenología de las luchas políticas dentro del primer registro interpretativo derrideano-balibariano.

 

Obras citadas

Balibar, Etienne. “Ambiguous Universality.” Differences 7.1 (1995): 48-74.

Benet, Juan. Herrumbrosas lanzas. Madrid: Alfaguara, 1999.

Derrida, Jacques. Eyes of the University. Right to Philosophy 2. Jan Plug y otros

trads. Stanford: Stanford UP, 2004.

—. Specters of Marx. Peggy Kamuf trad. Nueva York: Routledge, 1994.

Heidegger, Martin. Country Path Conversations. Brett Davis trad. Bloomington:

Indiana UP, 2010.

Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe. Hegemony and Socialist Strategy. Londres: Verso,

Mitchell, Andrew J. The Fourfold. Reading the Late Heidegger. Evanston:

Northwestern UP, 2015.

Moreiras, Alberto. Exhaustion of Difference. The Politics of Latin American Cultural

Studies. Durham: Duke UP, 2001.