Otra nota intempestiva

DSC03236Anima ver que un crítico español como Jordi Gracia lea y reseñe un libro de Alberto Moreiras, un colega que, aunque español de nacimiento, ha hecho su carrera como pensador latinoamericanista en Estados Unidos. Llama la atención porque, con excepciones, el ninguneo mutuo sigue siendo la norma entre las comunidades académicas española y norteamericana que se dedican a producir conocimiento sobre las culturas y literaturas hispanas. Tanto Gracia como Moreiras son quizás poco representativos de sus respectivos mundos (contrarians los dos, pensadores independientes que a pesar de cierta falta de adaptación a sus propios entornos institucionales han alcanzado un nivel importante de influencia y capital cultural). Aun así, y quizá por ello, un diálogo entre ambos tiene un interés indudable.

El abismo que mide entre los mundos —y lo que, a pesar de todo, pueden tener en común— es precisamente uno de los temas que aborda Gracia en su reseña (que no es exacta o solamente tal, como indica su título: “Notas intempestivas sobre humanidades y universidad”). Según Gracia, esa distancia se manifiesta de varias formas diferentes. Para empezar, en el hecho de que no siempre le pilla el hilo a Moreiras. (“No oculto”, escribe, “que muchos de los planteamientos y algunos de los debates sobre los que pivota el libro se me escapan por incompetencia profesional. A veces no entiendo lo que escribe Moreiras y a veces no entiendo ni las preguntas que los interlocutores, en un par de capítulos, le hacen en relación con su trayectoria”.) Otra manifestación de la distancia que mide entre el hispanismo norteamericano y la filología, o crítica literaria, practicadas en el Estado español es, según Gracia, que el primero lleva medio siglo obsesionado con la teoría. Para Gracia, el auge de la teoría en términos de prestigio, o la asociación casi total entre prestigio académico y orientación téorica (sobre todo en Estados Unidos) produjo, como contrapartida, “un descrédito abrumador sobre métodos y enfoques de la historia crítica de la literatura y la cultura y su fundamento positivista” tal y como se practicaban, y siguen practicando, en España.

El abismo es profundo pero no es invencible. Lo demuestra el flujo considerable de talento universitario español que ha venido corriendo de España hacia Norteamérica desde hace un siglo. También lo demuestra el propio Gracia con esta reseña, que no deja de ser un generoso gesto de apertura y comprensión de un lado para otro. Al mismo tiempo, me parece que el texto de Gracia también pinta una imagen extraña, desvirtuada por exagerada, del hispanismo norteamericano y de las españolas y los españoles que deciden entrar a él. Moreiras ya ha hecho algunos apuntes importantes en su carta a Gracia; aquí van algunas reflexiones más, escritas a vuelapluma, desde mi posición de emigrado europeo en Estados Unidos.

La distorsión de la imagen que pinta Gracia del hispanismo norteamericano se debe, creo, a dos cosas: cierta ceguera ante la motivación positiva, y los efectos benéficos, de la migración académica a Estados Unidos; y una falta de comprensión de la diversidad, y la realidad cotidiana, del mundo académico norteamericano. Para empezar con el último punto: de las 2.600 universidades que hay en Estados Unidos, entre públicas y privadas, son relativamente pocas las que seleccionan a sus candidatos según su orientación teórica. Para la gran mayoría, por ejemplo, son mucho más importantes la capacidad didáctica de la solicitante y el interés que puedan suscitar sus temas de investigación entre el estudiantado.

La imagen que pinta Gracia de la emigración de académicos humanistas españoles a Estados Unidos tiene un tinte dramático. Según Gracia, las y los pobres estudiantes peninsulares que se pasan de España al mundo universitario de Estados Unidos, lo hacen sobre todo para sobrevivir; y como parte del proceso se ven obligadas a adaptarse al sistema norteamericano, sobre todo en lo que respecta a la orientación teórica. “Saben”, escribe, “que pueden pagar un precio alto en términos de enclaustramiento o incluso en términos de falsas convicciones oportunistas para integrarse en un mercado profesional tan diferente del español. Pero lo hacen y se prestan a ello por necesidad y a menudo como emergencia vital, y por supuesto, miden muy bien, de cara a un casi forzoso futuro profesional en Estados Unidos, el uso de determinadas novedades teóricas que funcionan como claves de acceso y contraseñas de complicidad tácita con la nueva hegemonía, sea la que sea: es un rito de paso que se aprende con la práctica”. 

En esta descripción del proceso migratorio, Gracia parece descartar por completo lo que el ingreso en un sistema universitario como el norteamericano puede tener de aprendizaje, de apertura de perspectiva y desarrollo intelectual. Pero me parece que esta es, en realidad, la experiencia biográfica mayoritaria de las y los que hemos realizado una emigración académica de Europa a EE.UU.

Claro que, en gran parte, el “brain drain” actual es, en la práctica, una expulsión de parte de la universidad española (donde, como escribe Gracia, “las condiciones laborales de los jóvenes profesores … están siendo vapuleadas”) y, por tanto, trágica. Pero la tragedia no es que las emigradas tengan que traicionar su natural intuición intelectual española para adoptar, en un ejercicio de “camaleonismo”, “falsas convicciones oportunistas” y “novedades teóricas”. No, la tragedia es que la universidad española pierda el talento colectivo que representan: talento pedagógico, investigador y administrativo: es decir, un enorme potencial innovador y regenerador.

Es verdad que la migración intelectual e institucional implica sacrificios, algunos dolorosos: de calidad de vida; de inserción cultural; de entorno familiar. Implica una pérdida de contacto diario con el entorno social y político del propio país y, por tanto, una pérdida de posibilidad de intervención pública (aunque, gracias a la tecnología, esa pérdida es cada vez menor). También implica una posible pérdida de prestigio; como apunta Moreiras en su carta, en la univeridad norteamericana ni la lengua española ni el estudio de las culturas que se expresan en ella gozan del prestigio que tienen (naturalmente) el inglés y la cultura estadounidense, pero tampoco (menos naturalmente) el que tienen otras lenguas y culturas occidentales.

Y finalmente, la emigración intelectual implica a veces concesiones más directamente ligadas a la producción académica: la presión para escribir en inglés, por ejemplo. Es verdad que (aprender a) escribir en otro idioma puede abrir avenidas de intercambio con otros campos dentro de la universidad, aunque en la práctica estas avenidas suelen quedar poco transitadas. Pero escribir en una lengua no ibérica sin duda implica excluir a una parte del potencial público peninsular o latinoamericano.

Para terminar: lo que le permite a Gracia leer lo que ocurre en Estados Unidos como oportunismo, exclusivismo o “camaleonismo” es una determinada visión de la práctica crítica en España. En este sentido, es (teóricamente) interesante, y sintomático, que Gracia parezca asociar lo que hacen los críticos literarios españoles con una noción de naturalidad intuitiva (contrapuesta a lo artificial de la práctica forzosa y modosamente teórica que predomina en EE.UU.), una sana “pluralidad mestiza” reacia a los dogmatismos, practicada además desde siempre. (“Maestros de esa lectura los hay en el hispanismo en España y fuera de España –a menudo sin haber necesitado cursar sus noviciados en sucesivas escuelas teóricas– desde tiempo inmemorial.”) También es interesante que lea el libro de Moreiras, y sus propuestas teóricas, como una especie de regreso a esa práctica de pensamiento libre de escuelas o consignas. La trayectoria de Moreiras puede leerse de muchas formas diferentes, pero de ninguna manera, creo, como un regreso en este sentido.

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