El Marranismo frente al Santo Oficiador. Por Pedro García Caro.

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Entre los varios comentarios y reflexiones que han seguido a la publicación en Facebook de la reseña de Jordi Gracia al libro de Moreiras Marranismo e inscripción, quizá la más parca pero más significativa sea la del propio autor reseñado cuando sugiere en un par de ocasiones que el interés por el intercambio transatlántico entre hispanistas de uno y otro lado no es muy alto, e incluso que el interés por las crisis y conflictos del hispano-latinoamericanismo norteamericano en realidad quizá no interese a demasiada gente. Dice Moreiras en respuesta a la “Otra nota intempestiva” de Sebastiaan Faber: “[…] lo que no sé es si en España –es decir, en los medios profesionales que nos competen más o menos– tienen maldito interés en entender lo que pasa entre nosotros. A veces pienso que nosotros mismos no lo tenemos.” Sin embargo, lo que revela esta reseña, igual que los varios intercambios de Gracia y de Trapiello con Faber a lo largo de los últimos años, lo que la existencia misma de una elogiosa reseña de Gracia al complejo libro de Moreiras demuestra, es que la aparente ignorancia peninsular respecto a la producción anglo-americana (y en particular, la de hispanos o no anglo-americanos, como Faber, en espacios anglo-americanos), el tan sonoro y palpable desinterés de los agentes académicos del hispanismo en la península, encubre en realidad una profunda ansiedad por las propuestas y reflexiones que se producen fuera del circuito de validación, premiación, y profesionalización del estado español postfranquista acerca de los macrorrelatos de producción cultural que ese estado celosamente demarca y vigila. No puedo dejar de pensar en los ecos históricos de este juicio público del crítico literario de casta filológica, encumbrado en su centralidad estatal y mediática, en los círculos expansivos en el agua de la piedra fundacional de una universidad nacionalista cuyos discursos giran desde su origen moderno en torno a la búsqueda de una ortodoxia nacional y de su suplemento: una heterodoxia peregrina por siempre negada, excluida de los espacios de publicación, docencia, y prominencia académica y pública. Acordemos que el patrón lo propuso el santo patrón del hispanismo peninsular, su eminencia el polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo de feliz memoria todos los veranos y días de guardar. Trascribo aquí mi comentario en Facebook en respuesta a la sospecha de irrelevancia que levanta Moreiras: “Creo que es un debate muy estimulante e interesante para todos los que compartimos trayectorias parecidas de una u otra forma y que tu respuesta a Gracia, igual que la de Sebastiaan Faber, resumen de manera muy concisa y profunda los puntos más destacables del espacio intelectual expatriado transatlántico y en muchas ocasiones triangular, con la complejidad añadida de los españoles que hacemos estudios latinoamericanos… en EEUU. Las densas cuestiones de la articulación académica del hispanismo en EEUU, con el doble poso del exilio y de la “hispanidad” imperialista; el racismo antiespañol protestante de leyenda negra en estéreo y en esteroides tanto por críticos latinoamericanos como por anglosajones y practicado a conveniencia contra colegas entrometidos como disciplina inquisitorial; el racismo xenófobo más genérico, lingüístico, étnico; la constitución de un campo crítico teórico que examina los archivos hispanos de manera post-nacional en un emplazamiento académico “neutro” desligado de la universidad como maquinaria de fundación nacional-estatal y que por lo tanto choca con una universidad española (pero también latinoamericana, a ratos) muy comprometida con su función de instructora del profesorado de la secundaria de un sistema educativo profundamente nacionalista; la incomprensión mutua derivada de objetivos políticos, académicos e investigadores esencialmente divergentes en su naturaleza y orientación; la adicional fractura entre el campo de estudios culturales teóricos y la dispersa y posthegemónica práctica de la infrapolítica que infralideras desde tu refugio de perros y libros tejano como un quijote gallego; la incomprensión de un factótum cultural español que nunca necesitó salir de su barrio para luchar contra ningún molino de viento; la sordera del funcionariado lastrado postfranquista que viaja a remolque de prácticas e inercias seculares y que no visualiza su función como la de intelectual público sino como la de académico; y finalmente la larga historia de los heterodoxos españoles y la progenie de Menéndez y Pelayo, entre una filología hermenéutica y crítica y una filología canonista y conservadora de la esencia identitaria patria… tantas fracturas que siguen fractalmente repetidas en el espacio y el tiempo…”

Pienso que no es por lo tanto intempestiva la reseña de Gracia, como no lo es la de Faber, sino que puede ser el comienzo de un desborde muy productivo, en el cual dos (y más) espacios académicos que están mucho más entrelazados de lo que se atreven a confesar (en tanto se perfilan unos contra otros, se fortalecen en la derrota mutua, se hacen grandes en el desprecio ajeno, se definen en contraposición y en negación) empiecen a hacer no un auto de fe, como el bueno de Gracia parece desear, no un auto de fe en ese humanismo erasmista redentor en su cinismo y que es consuetudinario al cervantismo liberal y que contradictoriamente centra las esencias de la ortodoxia hispanista de larga estirpe (como si de un estatismo que congela la potencialidad de esa dialéctica renacentista), si no una conferencia internacional, un diálogo transatlántico en la Casa de América en Madrid, un concilio vaticano en la Complutense o aquí, en la frontera norte de la hispanidad en Oregón, en el que se debata la fractura misma, el cisma y sus raíces históricas (eso será del gusto de los más filólogos pero también de los que nos consideramos historiadores culturales), y que se cuestionen los dogmas de fe del santo oficio hispanista confrontados con los postulados marranistas, y que se establezca un lenguaje común entre aquellos que aunque lo tienen parecen hablar idiomas tan distintos, para que de alguna manera se visualice la diferente función institucional del espacio académico de uno y otro hispanismo, si es que el de EEUU puede llamarse de tal manera, para que se reformulen los parámetros mismos de la querella: las herramientas críticas, la definición de lo literario, del espacio cultural, del lenguaje estético y crítico, y finalmente se evalúe la posibilidad de colaboración en la reelaboración y pensamiento internacional del archivo. Ya sé, que un marrano le pida a un inquisidor un concilio teológico es muy atrevido, es una marranada, que le exija puntos de comunión, una afrenta, que le pida abrir los archivos, reformar, revisar, cuestionar la hermenéutica misma del texto sagrado, eso es el centro mismo de la querella. Me atrevo a imaginar sin embargo que en estos tiempos posthegemónicos en los que el estado español se apresura a abrir cátedras de catalán en Toledo y en Sevilla, es viable un cuestionamiento que reavive el latente erasmismo que Pelayo ortografió en su corsé nacionalcatólico.

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