Otra respuesta a José Luis Villacañas.

(Alma de siervo)  Tan despiadadamente autoritario debía de ser el ángel o demonio que me veló en la cuna, que nunca me ha dictado más que un único, omnímodo y vacío mandamiento: “Obedece.”  Jamás he sido libre; toda la vida he estado obedeciendo con la paciente desgana de un burócrata pasmado, y encima siempre sin saber a qué.  (Rafael Sanchez Ferlosio, Campo de retamas.)

Respuesta a José Luis Villacañas sobre “Posthegemonía.”

Querido José Luis, te agradezco por supuesto mucho el trabajo que te tomaste, y trato de hacer lo mismo.  Podemos dejar al margen los asuntos de descalificación o desacuerdo, que al fin y al cabo no importan mucho ni podemos aprender de ellos, y más bien hablar de cuestiones sustantivas.  Primero voy a referirme a cosas que creo que conviene aclarar para asegurar que estamos en la misma onda, y luego haré observaciones en mi propio nombre.  Repasando tu texto, la primera cosa que me viene a los ojos es, desde tu párrafo tercero, qué podría significar un “Gramsci hegemónico.”  Para mí–no todos en nuestro llamado “grupo” piensan así, pero de eso hablaré más luego–no hay duda alguna de que estamos en una época marcada por la dominación, y en la medida en que esa dominación se manifiesta como mezcla de persuasión y coerción podemos usar para esa dominación la palabra “hegemonía.”   Afirmar que hay dominación no nos hace directamente “hegemónicos” en ningún sentido que yo alcance a entender de esa palabra.  Otra cosa es si creyéramos–no es el caso para nosotros, pero sí para los gramscianos–que podemos salir de tal situación de dominación fáctica mediante una estrategia hegemónica, que sería de entrada contrahegemónica pero solo provisionalmente: el gramscianismo busca por definición una salida hegemónica a la situación hegemónica, aunque lo hace desde la postulación de una contrahegemonía.  Cuando tú dices que “el Gramsci . . . republicano” “no necesariamente es hegemónico,” supongo que lo que dices–pero corrígeme si me equivoco–es que puede imaginarse un Gramsci republicano dentro del cual la teoría de la hegemonía–su teoría de la hegemonía–sería substraída o aminorada, y no tendría particular relevancia.   En ese sentido “Gramsci hegemónico,” por extensión cualquier “pensador hegemónico,” sería un pensador que hace de la búsqueda de una dominación/contradominación hegemónica parte central e insustituible de su pensamiento–parte no renunciable.  Eso es lo que significa, para mí, aferrarse a la hegemonía–no describir una situación de dominación fáctica que no funciona solo con porrazos, también con servidumbre voluntaria, sino más bien aspirar a cambiar esa dominación fáctica, hegemónica, entre la porra y el placer de la obediencia, por otra con distinto signo pero formalmente idéntica.  Ni que decir tiene que lo que quiera que pueda nombrarse, desde “nuestro” (luego me refiero a eso) punto de vista, “posthegemonía” puede tener posiciones diferentes en sus descripciones fácticas de lo que hay o ha habido, pero tiene en común no pretender una sustitución hegemónica como solución política, y menos republicana.  No cree en ellas.

Cuando dices que hay simpatía en algunos “defensores de la posthegemonía” por la “forma imperio” tampoco sé bien a qué te refieres–a menos que te estés refiriendo a pensadores ajenos a nuestro “grupo” que también usan la palabreja.   Que yo sepa nadie defiende la “forma imperio” como táctica o estrategia posthegemónica–aunque puede haber gente que defienda que es mejor no hablar de hegemonía sino directamente de dominación, y que por lo tanto la dominación es mejor definirla como imperial que como hegemónica.  Estos son los que pueden pensar que no hay “servidumbre voluntaria,” que toda servidumbre voluntaria es un malentendido o un producto falso que enmascara la forclusión del daño dominador.  No sé si tú estás incluso, en tu propio texto, diciendo lo mismo.  Pero, claro, a nadie se le ocurre que, en consecuencia, debamos buscar mejores formas de imperio, más persuasivas o benévolas.  En otras palabras, la noción de “imperio” como la noción de “hegemonía” no admiten, para el pensamiento posthegemónico, una valoración positiva que se convierta en cuanto tal en meta de la praxis: no se busca una contrahegemonía ni se busca un contraimperio, no se busca una hegemonía contrahegemónica ni se busca un imperio contraimperial.

Lo de “haber entrado en una época posthegemónica” es también un poco complicado, porque ahí la consideración fundamental no es la de la posthegemonía sino la de la epocalidad histórica, que es, como sabemos, un problema endiablado por lo díficil que es–si no imposible– darle una solución estable.   Yo creo que muy pocos de los que usan positivamente la expresión “posthegemonía” dirían a la vez que están afirmando haber entrado en una época posthegemónica–a mí personalmente sí que me interesa esa expresión, sin embargo, en la medida en que, efectivamente, pienso que el discurso técnico, en el sentido heideggeriano que tan productivamente ha glosado Jorge Alemán como variación de la noción lacaniana de “discurso capitalista,” hace ya imposible una alternancia de hegemonías, y constituye por lo tanto la última hegemonía–Occidente, para mí, habría quizá llegado a su hegemonía última, y lo que ocurra desde ahora serán variaciones de la hegemonía actualmente efectiva, no nuevas hegemonías.   Pero creo que pocos estarían de acuerdo conmigo en eso, y preferirían con mucho decir que para ellos “posthegemonía” no tiene nada que ver con el asunto de la epocalidad histórica sino que refiere a una calidad formal: igual que la metafísica vendría despues de ta physiká la posthegemonía vendría lógicamente después de la hegemonía, pero solo para ser su tábano o mosca cojonera, solo para insistir en la negación de toda servidumbre voluntaria, y solo para pensar una política otra–republicana, eso sí.  “Posthegemonía” es un paso atrás respecto de la hegemonía como ideología de captura política, y no aspira a ser una definición de época histórica.  En realidad, esto era lo que mi primer texto llamaba “paródico:” que pudieras, aunque fuera inintencionadamente, reducir la posthegemonía a la afirmación de que “ya no hay hegemonía,” como si fuera o hubiera sido eso lo que se dijo o esa fuera su verdad última.   No es así.  Cuando Jon Beasley-Murray, por ejemplo, dice que no hay hegemonía es inmediatamente para decir que nunca la ha habido, y por lo tanto no habla de épocas ni de temporalidades históricas acotadas a un “todavía sí,” o “ya no,” etc.   En ese sentido, ni “ceguera voluntaria” ni “tontería deliberada.”  Nadie entre “nosotros” ha negado nunca el hecho masivo de la dominación en nuestro mundo.

Tú preguntas entonces si las nuevas “hegemonías” como la de Trump pueden combatirse infrapolíticamente.  También aquí conviene aclarar varias cosas.  Lo de Trump no es una “nueva hegemonía” como lo del italiano Salvini no es una nueva hegemonía ni lo es lo del polígrafo Torra.   Sus perspectivas (diferentes) son en sí reacciones a lo que llamamos la hegemonía civilizatoria realmente existente, la que combina en sí el capitalismo financiero y el discurso de la técnica y la caída precipitosa de lo humano en la autobiopolítica.  En ese sentido preciso, la infrapolítica no es una forma de combate político, sino una forma de sustracción a un combate político que hoy no puede lidiarse sino de forma interna al capitalismo financiero, al discurso de la técnica, y la forma autotecnobiopolítica (con perdón por la palabrota) de vida.  Yo sí pienso, efectivamente, que hay hegemonía, entendida como dominación social a múltiples niveles y registros consistentes entre sí, y pienso que la forma de resistir a ella no es el intento por formular una nueva hegemonía, no es el intento por construir una nueva hegemonía, no es el intento por instaurar, finalmente, una nueva hegemonía (obvio que lo del “hiperliderazgo mediático” de Podemos que confundió el sorpasso al PSOE con la instauración de una nueva hegemonía es inadmisible y un poco patético).  Y tampoco es el intento de seguir amarrado a una idea que cumplió su fin histórico, a mi juicio, en el marxismo tardío.  Es más bien el intento de colocarse, política y existencialmente, fuera de su alcance, en la (imposible) medida de lo posible; buscando un paso atrás con respecto de soluciones políticas que traicionan su propia posibilidad.  Pienso que esto es lo consistente con la posición de “ilustración radical,” para usar el concepto de Jonathan Israel, que comparten los más radicales de la Escuela de Frankfurt y la deconstrucción en su sentido amplio (el sentido que incluye, digamos, a Lyotard, Foucault, Lacan, Derrida, Nancy, etc.).  Ahora bien, para “nosotros,” como sabes, las cosas no se acaban en el ejercicio infrapolítico, que es un intento de pensar la forma de vida del existente más allá de su secuestro tecnobiopolítico, porque entendemos que, además de que hay existencia fuera de la política, la política marca la existencia.  La posthegemonía es lo que la infrapolítica ofrece como posición política, igual que la infrapolítica es lo que la posthegemonía ofrece como lugar de amparo o positividad de su propia resistencia.  No es que la posthegemonía o la infrapolítica sean un lugar cómodo, y desde luego no se entienden como teoría política–pero son, o buscan ser, una instancia de resistencia radical a teorías políticas de la modernidad obsoletas, marcadas en su obsolescencia por el capitalismo financiero y la tecnobiopolitización del mundo, que ya no tienen más fuerza que la de la autopersuasión (ideológica) de sus ideólogos.

Me parece muy bien, por supuesto, que digas que lo de la posthegemonía, o lo de la infrapolítica, son cuestiones abiertas para “seguir pensando.”  Por supuesto.  Nada está dicho ya.  Lo que yo había entendido en tu texto era precisamente lo contrario: “la hegemonía,” me pareció que decías, “es una cuestión abierta, pero precisamente no la posthegemonía, que está ya cerrada como ceguera voluntaria, propia de ‘los que solo comentan los textos de la gente que habla sobre el ser.'”   Pero eso queda ya atrás.

Sí, recuerdo tu vinculación hace unos años de “legitimidad” weberiana y “hegemonía” gramsciana.  Y recuerdo que eso fue registrado entonces como un desacuerdo no porque yo piense que no haya relación productiva entre esos dos conceptos, sino más bien porque pienso que, aunque la haya, ninguno de ellos funciona ni puede funcionar como meta política–a mi juicio, y esto me coloca también en cierta distancia con gente de “nuestro grupo,” en última instancia ni la legitimidad puede ser hegemónica ni la hegemonía puede ser legítima.   Aquí podemos efectivamente haber encontrado un tipo de desacuerdo irreductible, no disoluble.  Me atengo nada más que a la vieja máxima republicana de que, en la república, uno solo obedece sus propias leyes, porque nadie es más que nadie y nadie puede imponerle nada al otro.  A partir de ahí la hegemonía y la legitimidad son siempre ya intentos de enjuague, a mí me parece, disfraces para incautos, borrones sobre el hecho de que el conflicto y la dominación persisten siempre bajo los mejores modales de mesa.  La posthegemonía no niega eso, sino que trata de dejar que el conflicto–erin, polemos–respire siempre, no busca cerrarlo ni disimularlo, en la idea de que ese es siempre en cada caso el camino hacia una violencia menor.

Yo no puedo, entonces, desde ahí, aceptar la idea de que sea posible, voluntaria y voluntariosamente, avanzar, desde, por ejemplo, un partido político o un departamento de filosofía o de estudios culturales, hacia la formulación de un “nuevo principio civilizatorio” que se haga portador de una nueva hegemonía.  Aparte de que la ambición me parece excesivamente prometeica, tal nuevo principio civilizatorio sería siempre contestado por los que el principio subalternice–puesto que si el principio no subalternizara a nadie no podría ser llamado “hegemónico.”   La idea de república, la idea de república federal, es a mi juicio siempre ya posthegemónica por lo tanto.  No hay cadena equivalencial posible que no esté de antemano caída en la hegemonía actualmente existente, que no constituya una modificación más o menos banal de tal situación–la fuerza de la hegemonía moderna es tal que no depende de nosotros ponerle fin; solo podemos disponer una resistencia que sea también un comienzo de sustracción, y que guarde en esa posibilidad la memoria y el adelanto de otro lugar.

Por eso, a mi juicio, para referirme al problema de “con Gramsci o sin Gramsci,” la nociòn de estado integral en Gramsci queda pulverizada, y de ninguna manera reforzada, por la tecnobiopolítica. La condición tecnobiopolítica fáctica impide el proyecto de una renovación ética del estado excepto como más biopolitica, y así más hegemonia, etc.  Este problema es un viejo conocido: es el mismo que impidió a los marxismos realmente existentes trascender su propia condición entonces llamada “burguesa” y que sería mejor haber llamado “técnica.”  El límite de Gramsci es el subjetivismo biopolitico sociologizante que es el último avatar del hegelianismo caído (pero todavía triunfante por doquier).  Así el estado integral gramsciano no tiene salida hacia la posthegemonía.  Y yo diría que tampoco hacia el republicanismo federal.  Ni siquiera a ningún afuera del capitalismo.  Aqui se da un enorme problema, a mi juicio: no hay democratización posthegemónica en el límite del proyecto de Gramsci igual que no hay ruptura del principio de equivalencia en Marx.  No es culpa de ellos.  No puede haberla desde sus ontologías respectivas. Podemos soñar con que las haya, eso es todo.  Podemos buscar en Marx un comunismo de la no-equivalencia solo para descubrir que es contra Marx que aparece; podemos buscar posthegemonía o republicanismo en Gramsci para aprender que, en el fondo, hay que buscarlas contra Gramsci.  A mi juicio.  Lo cual de ninguna manera evita la necesidad de leer a Gramsci, o a Marx, o a Hegel.

Me sorprende un poco lo de los “resultados grandiosos o conversaciones personales” que yo “en algún momento [insinuo].” No soy consciente de haberlo hecho.  Pero déjame cerrar en referencia al llamado “grupo,” al llamado “proyecto,” o al llamado “nosotros.”  Son todas ellas nociones averiadas que hoy solo pueden usarse con pinzas y entre comillas, por razones que sin duda nos trascienden.  No todas ellas son nobles, es decir, no todas ellas tienen que ver con la verdad arcaica de que la hora del pensamiento es siempre una hora solitaria, aunque yo creo firmemente, quizás supersticiosamente en eso.  Otras tienen que ver con cuestiones mucho más concretas y pragmáticas.   No te tengo que contar esto a ti, pues has sido testigo de todo ello desde hace mucho tiempo.  Pero quizá otros que lean esto puedan apreciar la aclaración.   Las condiciones de trabajo son diferentes en tradiciones académicas nacionales diversas.  Yo no sé del todo bien cuáles son las tuyas, pero sé cuáles son las mías, y sé qué funciona y qué no.  Aunque lo que funciona solo funciona para algunas cosas, y tiende a desbaratar simultáneamente otros funcionamientos.

La creación del grupo de Deconstrucción Infrapolítica hace unos cuatro años fue un intento más, el quinto o sexto o séptimo, de asegurar un espacio para el pensamiento teórico en el campo intelectual del hispanismo-latinoamericanismo en la academia norteamericana.  El proyecto desde luego que no se terminaba ni se termina ahí, pero empieza ahí.   Estos intentos han sido estrictamente necesarios, porque de otra forma, en nuestras condiciones de trabajo, solo se nos permitiría decir lo que dice todo el mundo o callar para siempre.  Debo abreviar, y muchos pensarán que esas afirmaciones son exageradas, pero sintetizan mi experiencia vital ya larga.  Sin un “grupo” que de cobertura, todo pensamiento no catalogado previamente como normal y disciplinariamente aceptable se convierte en una condena a muerte.  La paradoja es que ser reconocido como perteneciente a un grupo puede también excitar en algunos pasiones asesinas, pero creemos que esa violencia es al fin y al cabo menor a la violencia que representaría vivir por siempre en un páramo sin palabra.  Solitudinem faciunt, et pacem appellant.  No todos tienen la inmensa fortaleza de aquel Maquiavelo que podía encontrar toda la inspiración necesaria leyendo a Tito Livio después de cenar–nos caeríamos muchos por el agujero de ratón de las series televisivas, me temo.  Así que necesitamos grupo, y necesitamos que los grupos funcionen.

¿Funciona el nuestro?  Sí y no.  Funciona a veces, y muchas veces no funciona.  Pero lo que hay es algo, y ese algo, “algunos” creemos, debe preservarse.  De forma abierta.  Todos los que quieran son bienvenidos.  Aunque mi frustración personal por el hecho de que no funcione mejor es infinita, porque no veo razón persuasiva alguna para que no sea así, como de hecho no es.  Ahora bien, ¿cuál es ese “nuestro”?  Eso cambia y va cambiando, como debe ser, pues nadie puede sentirse nunca cómodo con camisa de fuerza.  Eso lo sabemos todos.  Unos vienen y otros van, y otros–muchos–callan.  Cada uno debe pensar lo que dios le de a entender, y no renunciar nunca a nada–por eso son tan útiles estos intercambios, aunque cuesten trabajo.

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