Contra los mentores.

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Dentro de unos días empieza el semestre, y me toca dirigir un seminario en el que se discutirán procesos de profesionalización. Uno de esos procesos es sin duda la relación con lo que en USA se llama el “advisor” o “major professor.” Siempre me pareció una figura simpática–un fulano o fulana que acepta alegremente ocuparse de la formación de algún estudiante que se lo pida, y que, al hacerlo, acepta también no solo discutir y dar consejo sobre estudios y tesis, sobre propuestas y proyectos, sino además, de alguna forma, tratar de dar algo más que consejos puntuales, entregar algo así como una verdad vital, en el terreno profesional, laboriosamente conseguida. Hoy, me temo, tal figura me produce alarma creciente. Puede ser que mi odio al líder, sea quien sea, se haya ido radicalizando y ya amenace con incluir hasta a los niños que deciden organizarse un rancho de hormigas en sus casas.

Y encima me acabo de leer una novela donde aparece otro tipo de tutor espiritual: Albert Gaines es el mentor de Sarat Chestnut en la novela de Omar El Akkad American War (Nueva York: Alfred A. Knopf, 2017).   Su misión es reclutar jóvenes prometedores para la lucha que enfrenta el Free Southern State contra lo que queda de Estados Unidos en situación de guerra civil tras la declaración unilateral de secesión de varios hasta entonces Estados de la Unión.   Sarat le pregunta a Gaines por qué se unió a la causa sudista, y la contestación rechina fuertemente y suena ya a mentira podrida (aunque el lector no tiene por qué saber todavía en ese momento de la novela que Gaines no es un personaje de fiar): “I sided with the Red because when a Southerner tells you what they’re fighting for–be it tradition, pride, or just mule-headed stubbornness–you can agree or disagree, but you can´t call it a lie. When a Northerner tells you what they’re fighting for, they’ll use words like democracy and freedom and equality and the whole time both you and they know that the meaning of those words changes by the day, changes like the weather. I’d had enough of all that. You pick up a gun and fight for something, you best never change your mind. Right or wrong, you own your cause and you never, ever change your mind” (142).

Pero la verdad del sudista es otra mentira más sobre todo cuando insiste en su calidad de excepción.  Lo que está en juego es por supuesto si, en una situación de división política, las palabras y las ideas no sirven para nada, y lo único que sirve es una especie de cerrazón feral donde hay que aliarse con sangre y suelo pase lo que pase y caiga quien caiga: la patria viene a ser aquello que queda cuando uno cierra ojos y oídos y escucha la voz de la verdad torrencial que viene de dentro, y todo lo demás es el enemigo. Quizá todos los perdedores han querido siempre afirmar que la autenticidad atávica está de su lado, mientras que los ganadores usan las palabras analgésica o anestésicamente y así por definición mienten. Gaines es una de esas figuras que transmite la verdad de la causa, como sin duda también lo fue para los terroristas que atacaron en Barcelona y Cambrils hace unos días Abdelkabi Es Satty, el dudoso imán de Ripoll con, sin embargo, capacidad probada de embaucamiento.  O los viejos tunantes de Charlottesville, que usan su edad como camuflaje de su impostura.  Proliferan o están de moda figuras como estas: santos varones, milagreras, santones, falsos héroes que producen carisma e impronta, que producen fijación, y que la usan para lavar cerebros, desde una causa cuya verdad emocional se convierte en más importante que ninguna otra cosa en el mundo.   Hay que tener cuidado con estos personajes–políticamente por supuesto, pero también en la universidad.

Creo que estaríamos todos mejor servidos si le quitamos toda paternidad y maternidad al papel del advisor en la universidad y pedimos en cambio–exigimos– que ningún mentor trascienda su papel de tía mala, o tío malo, un poco perverso, un poco cruel, un poco demasiado gracioso, escéptico, sarcástico, y descreído de todas las piedades, empezando por la torpe piedad de la tradición profesional. Un tipo que no se haga cargo de nada, infiable, inestable, reticente, algo canalla, no por falta de generosidad, sino cabalmente porque ya aprendió, hace tiempo, que no hay otra generosidad que compartir lo real; y que lo único imperdonable es la traición, a la que no hace falta arriesgarse.

3 thoughts on “Contra los mentores.

  1. “lo único imperdonable es la traición”
    Desgraciadamente, lo único inevitable es la traición.
    ¿qué hacer?

  2. La traición tiene siempre un sentido retroactivo. Es en la traición donde se revela la vida interior del singular en su naturalidad mortífera. Por eso la negación de la traición necesita negar necesariamente la finitud para imaginarse inmortal. Por eso el pensamiento revolucionario busca negar, como ha visto Marquard, el sentido traicionero de la vida burguesa. Una mirada sin traiciones es el sueño de la filosofía de la historia. Aquí hay una tonalidad schmittiana paradojal que me obliga a arriesgar una apuesta especulativa: como el enemigo es siempre gestaltico, la traición nos devuelve la forma de nuestra indeterminación trágica.

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